33. Cecil
Con su mirada fija en su objetivo, Cecil se movió a través del campo de batalla de lado a lado, esquivando los rayos que el Helex lanzaba hacia él ahora que la tormenta volvía a rugir bajo su piel.
Harto de no acertar en su presa, el Hiniur aulló de nuevo como un lobo que canta a la luna.
La electricidad estática que le envolvía, como respondiendo a su llamada, empezó a crepitar con más fuerza.
Sus escamas adoptaron un tono celeste brillante cuando, furioso, liberó la tormenta y creó una lluvia de rayos a su alrededor.
Pero aquello no bastó para frenar al joven comandante.
El reloj seguía contando los segundos y Cecil no estaba dispuesto a detenerse. Siguió corriendo con su melena ondeando tras él, evitando los hilos luminosos que lanzaba el monstruo y que pretendían detenerle.
A medida que la bestia expulsaba más relámpagos, las escamas de su cuerpo perdían su brillo, apagándose poco a poco hasta que el azul intenso que emitían fue adquiriendo un tono verde musgoso.
Cecil, al percatarse del cambio de color, vio su oportunidad.
Unas cuantas zancadas más bastaron para recorrer la poca distancia que le separaba de la bestia y, una vez la alcanzó, liberó su Bendición.
Una gruesa línea lumínica se dibujó en su espalda, recorriendo su columna de arriba a abajo. De ella brotaron infinidad de pequeñas ramificaciones de luz que se intrincaron y abrazaron entre ellas hasta cubrir la piel en aquella zona.
El Helex, de pronto, quedó inmóvil. Petrificado. Su sistema nervioso había dejado de emitir impulsos cuando sintió el poder de la Bendición tan de cerca.
Vamos, vamos, vamos.
El joven comandante saltó hacia una de las patas del Helex y, ayudándose de las escamas verdosas que sobresalían, trepó por ella.
—Ya casi, ya casi, ya casi —se repetía mientras ascendía hacia la cabeza del monstruo, dispuesto a hundir sus filos en la cuenca de sus ojos—. Rápido, rápido, rápido.
Cecil siguió la escalada.
Alcanzó el cuello y trepó por él sin mayor dificultad, hasta situarse sobre el cráneo rugoso de la criatura.
Sosteniendo con firmeza sus facas, alzó las manos y dirigió su mirada, por un momento, hacia el reloj de arena tras él.
Al mismo tiempo que el último grano de arena caía, Cecil dirigió las hojas de sus cuchillas hacia el Helex.
Pero algo le detuvo. Una fuerza que Cecil no pudo comprender lo empujó de golpe contra el cuerpo del Hiniur, pegándolo a su piel sin poder moverse.
¿Qué narices…? , pensó mientras trataba, inútilmente, de separar su cuerpo de entre las escamas. ¿Por qué estoy pegado al cuerpo del Hiniur?
Antes de que Cecil pudiese asimilar lo acontecido, el Helex aprovechó la situación para liberar por completo la electricidad estática que había estado almacenando todo este tiempo.
El comandante quiso gritar, pero incluso los músculos de su garganta estaban paralizados bajo el yugo de aquella fuerza. Todo su cuerpo había sucumbido al poder magnético de la electricidad estática del Helex, obligándolo a permanecer ahí pegado sin poder escapar de él.
Quema…
El olor a carne calcinada inundó el lugar.
¿ Podré soportarlo? ¿O será aquí, en este lugar, donde perderé la vida?
Su Bendición, como si también supiese que aquel era el final, decidió apagarse mientras la vida de Cecil parecía abandonar su cuerpo. Imágenes de su vida comenzaron a proyectarse en su mente. Recuerdos de su niñez, de sus días de instrucción, de su familia, pero, sobre todo, de ella; su madre.
En cierto modo estaba feliz; sabía que, tras aquel ataque, volvería a reencontrarse con ella una vez su alma alcanzase las estrellas.
Sus lágrimas rodaron por sus mejillas mientras cerraba sus párpados.
La descarga cesó.
La fuerza magnética que le obligaba a permanecer pegado al Helex, desapareció.
Cecil cayó desplomado contra el suelo.
Poco a poco, abrió sus ojos y su vista, aun borrosa, empezó a diferenciar los detalles del entorno. Las piedrecillas que conformaban el suelo árido, las ramas secas de la poca vegetación que se esparcía en la tierra y… una silueta.
—Las prisas no son buenas consejeras, muchacho —espetó una voz varonil—. No te permiten ver con claridad y, por su culpa, a veces obviamos la solución por evidente que sea.
Cecil se alzó del suelo pausadamente. Sus huesos crujieron en su ascenso, las quemaduras provocadas por la descarga ardían. Aun tambaleándose, logró erguirse. Se sacudió la tierra que ensuciaba sus ojos y fue entonces cuando pudo reconocer de quien se trataba.
—Si no fueses por la vida como un pollo sin cabeza, hubieses reparado en que de nada sirve tu Bendición contra este Hiniur, muchacho —prosiguió—. Podrás paralizar su cuerpo, pero el flujo de electricidad estática que lo recorre es independiente a él. ¿De verdad pretendías hacerle frente tu solo?
Cecil se limpió la sangre.
—¿Y qué sugieres que…?
—Yo me encargaré de los relámpagos —interrumpió Farco, comandante del Uno, acomodando ambos escudos en sus brazos—. Y, cuando esté ocupado achicharrándome; acaba con su miserable vida.