Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 32. Helex
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32. Helex

Ramis abrió el bestiario.

Helex, alias Chispitas (Jedena me obligó a cambiarlo…)

Nivel de amenaza: ocho (si portas armadura de metal, es un diez. Así que ya sabéis; toca enfrentarlo como Gheva nos trajo al mundo)

—¿A qué nos enfrentamos, Capitán?

El lenovense volvió a leer las notas, esperando encontrar en ellas algún dato relevante acerca del Hiniur que enfrentarían a continuación.

“…Como Gheva nos trajo al mundo”

—No… estoy seguro —balbuceó, obviando la parte que sugería enfrentarlo desnudo—. El bestiario lo compara con los relámpagos de una tormenta. No estoy seguro de cómo debería interpretarlo.

Siguió leyendo las notas de los márgenes.

“Un monstruo capaz de absorber la electricidad estática del entorno y expulsarla en forma de rayos azules (si se enfrenta durante la noche, tiene que ser un espectáculo de luces digno de ver)”.

—Parece que es capaz de almacenar carga en su cuerpo para liberarla en forma de relámpagos a sus objetivos —concluyó Ramis, cerrando el tomo—. Por tanto, intuyo que nos enfrentamos a un Hiniur veloz.

Jedena asintió varias veces, procesando cada palabra.

—Si el tiempo y la velocidad son los puntos que enfrentar, entonces sé exactamente a quién recurrir.

Ramis se giró hacia la comandante con su ceño fruncido. Jedena, aun sabiendo que el Capitán la miraba, permaneció con sus ojos esmeralda al frente. Guardó silencio un poco más, alargando aquel momento de incertidumbre.

—Este comandante valora el tiempo por encima de todo y no dudará en atacar a su enemigo sin perder un solo segundo.

—¿De quién estamos hablando?

Jedena se giró hacia Ramis.

—Cecil, comandante del Tres.

El aire olía a ozono.

Una tormenta de cuatro patas se aproximaba desde la lejanía, rasgando el entorno con los relámpagos que emanaban de su cuerpo, iluminando el yermo intermitentemente cuando un nuevo rayo aterrizaba sobre su cuerpo.

Con la luz fugaz que aquellos relámpagos desprendían al caer, Cecil pudo apreciar el color verdoso de las escamas que cubrían la piel de la criatura.

Tenía la apariencia similar a un lobezno, pero su pelaje, lejos de verse suave y aterciopelado, era rugoso y afilado.

Dos robustas cornamentas nacían de ambos lados de sus sienes y se retorcían hacia atrás, perfilando su cráneo.

Una crin albina recorría de punta a punta un lomo que parecía erizarse cuanta más carga almacenaba.

El comandante reparó en que los rayos que caían sobre el Hiniur no le dañaban. Al chocar contra su cuerpo, aquellas descargas celestes se intrincaban bajo sus escamas y formaban una ligera capa lumínica sobre su piel que intensificaban su tono azulado.

—Un Hiniur que absorbe la electricidad estática del entorno…—susurró para sus adentros, recordando las anotaciones de Samil—. ¿Me llevará mucho tiempo acabar con él?

El Helex se detuvo de pronto a escasos metros frente al comandante, clavándole sus ojos carmesíes. Cecil extrajo su reloj de arena de entre sus ropajes, lo volteó y lo apoyó sobre el suelo.

—Comprobémoslo.

Se colocó frente a la bestia y llevó sus manos al cinto de cuero que abrazaba diagonalmente su coraza y sobre el cual guardaba sus dagas, para desenvainarlas.

Los siguientes segundos estuvieron sumidos en el más pesado silencio, únicamente interrumpido por el crepite de las descargas que seguía acumulando el Hiniur en su lomo y que erizaban su crin plateada hacia el cielo.

—Vamos, vamos, vamos —se repitió Cecil haciendo rodar las navajas sobre cada una de sus palmas—. Solo necesito acercarme, evitar sus rayos, usar mi Bendición, paralizar su sistema nervioso, encontrar sus puntos débiles, incrustar mis cuchillas y…

Un rayo azulado interrumpió al comandante cuando, de pronto, salió disparado hacia él.

Cecil logró esquivarlo lanzándose al suelo en el último segundo, rodando a través de la aspereza de la grava.

Allí tendido, alzó sus ojos y se percató de cómo la zona del impacto estaba ahora carbonizada, con las rocas esparcidas en fragmentos y la propia tierra perforada.

Se incorporó de un salto y se giró levemente, comprobando cómo seguía cayendo la arena del reloj que descansaba unos metros tras él.

—No hay tiempo.

El joven comandante emprendió entonces una carrera hacia el Helex, fijando su atención en el chisporroteo que reverberaba en su lomo.

Cuando el Hiniur no pudo almacenar más carga y su crin platina no pudo erguirse más, expulsó la tormenta de su cuerpo con total libertad, creando una cúpula de relámpagos a su alrededor, seguida de un aullido que desgarró el silencio.

El comandante saltó de lado a lado, aterrizando sobre las puntas de sus pies para coger impulso y saltar nuevamente. Aunque aquellos rayos se propulsaban veloces, el estruendo previo que los acompañaba ayudó a Cecil a intuir donde caerían.

Los haces de luz continuaron su ofensiva, perforando la tierra allí donde impactaban.

Pero, entre brinco y brinco, Cecil se percató de algo: los hoyos que formaban los relámpagos al caer eran cada vez menos profundos.

La carga que imbuía la piel del Helex ya no tenía aquel tono azul chillón de momentos antes, sino que, poco a poco, iba apagándose.

Aquella coreografía entre el comandante y los relámpagos que invocaba el Helex siguió un poco más hasta que, súbitamente, la tormenta cesó.

Cecil se detuvo y se encorvó hacia delante, apoyando sus manos sobre las rodillas, cogiendo aire.

Allí, exhausto, alzó su mirada con el ceño fruncido y pudo observar como ya no fluía la electricidad estática bajo las escamas del Hiniur. La crin perlada tenía un tono gris enfermizo y caía hacia un lado como una cortina deshilachada.

Su cuerpo se había quedado sin electricidad estática y Cecil supo que esa era su oportunidad. Se inclinó hacia el reloj, lo volteó y lo volvió a dejar en el suelo. Inhaló aire mientras recreaba en su mente los próximos movimientos que haría.

Cuarenta segundos.

Expulsó el aire de sus pulmones lentamente, adelantó una de sus piernas y, sin perder contacto visual con la bestia, se impulsó hacia ella.

El Helex se inclinó hacia delante, erizándose, preparándose para contraatacar.

Cecil aumentó su velocidad, sosteniendo ambas facas con firmeza mientras acortaba la distancia con el monstruo.

El Helex aulló y, sin previo aviso, emprendió también una carrera hacia el capitense.

Pero Cecil se vio obligado a interrumpir su avance al percatarse de que algo no iba bien. Los pasos del Hiniur eran erráticos y había algo de torpeza en ellos. Tan pronto giraba hacia la derecha, cambiaba abruptamente el rumbo, y seguía avanzando hacia el otro lado.

¿Estaba herido? ¿O quizás era parte de su ataque?

Al recorrer varios metros en línea recta, el Helex saltó hacia a un lado deslizándose sobre la tierra y, aprovechando la fricción, se impulsó hacia el lado contrario.

Se incorporó rápidamente, avanzó hacia delante un poco más y, de pronto, saltó hacia la falda de la montaña que se alzaba próxima, desplazándose por ella como si fuera un sendero liso.

De un salto, volvió a aterrizar en el suelo, se dejó caer sobre la grava y, allí acostado, comenzó a sacudir su cuerpo revolcándose en la tierra.

Cecil lo miró perplejo, sin bajar la guardia, mientras el Helex continuaba con aquellos movimientos impredecibles.

¿Qué pretende?

Las escamas que recubrían el cuerpo de la bestia volvieron a desprender aquel fulgor brillante y, sobre la piel que lo abrigaba, volvió a crepitar la furia de la tormenta.

Cecil observó detenidamente al Hiniur. Parecía que, con cada giro, cada salto, cada carrera que emprendía, cargaba su cuerpo de electricidad estática.

Sonrió.

Así que es eso, ¿verdad?

Tenía que reconocerlo; el poder del Helex era devastador, pero dependía de su propio movimiento para generar los relámpagos que liberaba.

Esa desventaja lo dejaba en una posición muy vulnerable, especialmente frente a un comandante como Cecil.

La Bendición que Gheva le había conferido paralizaba el sistema nervioso de su adversario y, sin movimiento, el Helex no podría almacenar carga.

Y, sin carga, ya no podría atacar más.

Cecil se giró brevemente para comprobar la arena del reloj. Todavía estaba a tiempo. Cerró los párpados y empezó a liberar la luz de su Bendición.

Tenía que ser rápido.

Más rápido que nunca.