Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 31. Regina
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31. Regina

Desde la altura que la roca le ofrecía, Regina observaba el desarrollo de la batalla.

Los comandantes estaban desenvolviéndose mejor de lo esperado. Era cierto que algunos de los capitenses habían perdido la vida como resultado del enfrentamiento, pero aún quedaban muchos de ellos en pie.

La Emisaria giró su cabeza levemente hasta hacer contacto visual con la bolsa membranosa que palpitaba tras ella.

¿Podrán mis otras creaciones debilitar lo suficiente a los humanos? ¿Podrás acabar con todos ellos tú solo cuando despiertes?... ¿Cuánto tiempo más necesitas?

Volvió la cabeza al frente y centró su atención en el epicentro del campo de batalla. Pudo ver como Hiniur y humanos seguían enfrentándose sin descanso. Su ejército caía con facilidad, pero el desgaste y el cansancio que provocaban en los hombres y mujeres era cada vez más evidente.

Desvió entonces su mirada hacia uno de los flancos.

Su siguiente creación se erguía frente a un nuevo comandante, dedicándole su rugido más amenazante.

Los relámpagos que emitía la bestia iluminaban de forma intermitente el yermo y Regina, desde allí arriba, pudo distinguir quien era el comandante que lucharía a continuación.

Soltó una carcajada.

—¿Un comandante joven e inexperto frente a un ser capaz de provocar tormentas? —murmuró como si alguien pudiese escucharla—. Que poca estima le tenéis a vuestra vida.

Siguió recorriendo el yermo con sus ojos carmesí.

Frente a ella se desplegaba un paisaje de ensueño; cuerpos humanos devorados, con las armaduras desgarradas y la carne expuesta.

Armas esparcidas por el suelo, el inconfundible hedor a sangre que saturaba el aire y los gritos de agonía cuando algún humano encontraba la muerte.

Tenía que reconocerlo; ver el mundo así le colmaba de felicidad.

Pero su sonrisa complaciente se apagó de pronto cuando reparó en una figura que parecía acabar con sus tropas sin apenas esfuerzo.

Un ser mitad bestia, mitad hombre, que galopaba a través del yermo a una velocidad muy superior a la de cualquier otro.

Armado con dos lanzas, derribaba a todo Hiniur con una facilidad aterradora.

No parecía sufrir cansancio ni tener intención de detenerse.

Tan pronto emergía una nueva oleada de Hiniur, él se abalanzaba sobre ellos como un vendaval mientras giraba las lanzas que blandía con sus manos, desgarrando la carne de sus enemigos a su paso y dejando tras de sí un rastro de cuerpos inertes.

Regina apretó sus puños, irritada.

—Disfruta de tu momento —susurró, siguiendo al brevodiano con la mirada—. Pronto arreglaremos nuestras diferencias, Yskar, rey de Brevodia.