Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 30. Gora
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30. Gora

En algún lugar del subsuelo brevodiano, una caverna retumbó. El agua presente en las charcas vibró. Las estalactitas que colgaban de la parte superior se mecieron, amenazando con desprenderse. Finas lloviznas de tierra y pedruscos comenzaron a caer en cascada, agitadas por la sacudida.

Los habían encontrado.

—Estar… aquí.

Los cuatro Guardianes dirigieron sus coloridas pupilas hacia la entrada de la estancia, iluminando con los colores que proyectaban allá donde dirigían sus ojos.

—Tener que impedir entrar —propuso Tiza, dirigiendo su ojo perlado hacia sus compañeros.

Durazno extendió el brazo hacia una de las robustas columnas de piedra que sostenían la caverna y, aferrándose a ella con firmeza, se incorporó desde el suelo.

—Tener que matar —respondió.

A lo lejos, desde algún lugar de la penumbra, se oyeron infinidad de pisadas inquietas que se acercaban, seguidas por una marabunta de rugidos que reverberaban en la profundidad de la gruta.

Tiza, imitando al Guardián de ojo anaranjado, se incorporó con lentitud. Carbón y Malva lo siguieron en silencio.

—Montaña lugar sagrado —sentenció Malva una vez de pie—. Nadie poder entrar.

Los Guardianes caminaron juntos un poco más hacia la entrada.

Sus pesadas zancadas sacudían el suelo, provocando temblores a cada nuevo paso que daban.

Una vez avanzaron lo suficiente, extendieron lentamente sus raquíticos dedos hacia las armas improvisadas que usarían para enfrentar a sus nuevos enemigos.

Rocas del tamaño de árboles, afiladas estalactitas e incluso lianas repletas de espinas que se enroscaban alrededor de las columnas que sostenían la propia montaña.

Usarían todo objeto, por insignificante que pareciera, para proteger su hogar.

Antes de que sus larguiruchas piernas dieran un paso más, un poderoso haz de luz se proyectó desde atrás. Las siluetas de los cuatro Guardianes se iluminaron con un abanico de todo tipo de colores, deteniendo su avance.

—No interferiremos —ordenó un eco de ultratumba tras ellos—. Los asuntos terrestres, son asunto de los terrestres.

Los Guardianes se giraron, movidos por el tono autoritario que proyectaba aquella voz.

Frente a ellos, postrado en su trono de piedra maciza, se erguía Óleo, líder de los Gora.

Lentamente, se inclinó hacia delante y sus escasos mechones grasientos se mecieron como cortinas.

Su único ojo parpadeó repetidas veces, apagando y encendiendo la luz multicolor que emitía, y asustando a los insectos carroñeros que correteaban a través de su rostro.

—La historia está escrita y los Gora no debemos alterarla.

La Creación sufre hoy su capítulo más sangriento, pero nosotros no formamos parte de él— una vez logró atraer la atención de los cuatro, Óleo volvió a reclinarse sobre el respaldo rocoso—.

Nuestro cometido va más allá de disputas territoriales y derramamiento de sangre.

Nosotros, los Gora, debemos seguir protegiendo el interior de la Creación y evitar que este sucumba.

Nuestros hermanos titanes siguen cumpliendo su cometido; los Nymarid mantienen en calma las profundidades del mar, los Vizzex siguen regulando el clima y los Dravari custodian los cielos ocultos entre las nubes.

Nosotros no seremos quienes desobedezcan la voluntad de Gheva; velaremos por el mundo subterráneo tal y como se nos ordenó.

Malva dio un paso al frente, inclinando su arrugada cabeza hacia delante en una reverencia.

—Nosotros no querer participar en guerra de superficie —aclaró—. Enemigos terrestres entrar en nuestro hogar y nosotros deber impedir.

—Si no impedir, invadirán —intervino Tiza proyectando su luz blanquecina—. No tolerar.

Esta lucha nos concierne a todos recordó decirle aquel humano llamado Yskar. Aun sin pretenderlo, os veréis obligados a participar.

Óleo soltó una leve risa.

—Resulta que el humano tenía razón, después de todo…—murmuró el líder Gora para sí.

Con un último esfuerzo, el Guardián de iris multicolor abandonó la comodidad de su trono. Apoyó sus pies sobre el suelo y sus prolongadas uñas verdosas arañaron la fría roca cuando movió sus dedos tras abandonar el largo descanso.

—La historia debe seguir su curso por sí misma, tal y como dicta la profecía.

Tal y como dicta la Creadora —estiró sus brazos a través de la caverna, incrustando sus dedos en el risco de roca que circundaba la entrada—.

Protegeremos este lugar con todo lo que tenemos, pero no participaremos en esta guerra.

Los cuatro Guardianes intercambiaron miradas, entrelazando los diferentes tonos que sus iris proyectaban. Óleo parecía muy decidido en emplear las defensas que con tanto tesón habían salvaguardado, lo que los volvería aún más vulnerables ante posibles futuros ataques.

—¿Estar seguro? —preguntó Durazno al percatarse de las intenciones de su líder—. Si hacer, flores quedar desprotegidas.

Óleo dejó de tirar de la roca al escuchar las palabras del titán de pupila anaranjada. Sopesó la propuesta por un momento, pero finalmente, siguió tirando.

—No habrá mejor momento que este para emplearlas —concluyó el líder—.

Con ellas, evitaremos que se adentren más allá de la entrada, conservaremos nuestra identidad y no volverán jamás —dio un nuevo tirón—.

Cuando todo esto termine y los terrestres resuelvan sus diferencias, nos ocuparemos de recolocar la piedra y cubrirla con las flores otra vez.

Con un último tirón de sus manos, Óleo consiguió vencer la resistencia de la pared rocosa.

La capa externa que revestía la entrada de la gruta cedió, revelando una frágil cubierta de piedra repleta de Éfir que emergían de entre las fisuras de la pared.

Los pétalos emitieron su rojo más brillante, bañando la caverna con su resplandor, opacando incluso los brillos que los ojos de los Guardianes reflejaban.

Una vez finalizó su tarea, Óleo volvió a acomodarse en su trono, dejando caer todo su peso sobre él.

Sus brazos se contrajeron y adoptaron su tamaño habitual, los insectos que vivían bajo los pliegues de su piel se escondieron en ellos y la luz multicolor de su ojo dejó de brillar con tanta intensidad.

—Ahora, Guardianes, nadie osará alcanzar este lugar —concluyó, sellando el ojo al cerrar su pesado párpado—. Entablemos vínculo con la montaña, entremos en comunión con ella y dejemos a los terrestres seguir trazando las líneas de su historia.