29. Jedena
A pesar de las heridas que lo laceraban, el Vazhdu se irguió desafiante ante su nueva rival.
Las plumas escamadas que cubrían su espalda estaban ligeramente chamuscadas por las puntas.
Su cuerpo, exhausto, ya no poseía la velocidad ni, tal vez, la fuerza de antes.
Pero aquello no pareció ser suficiente para que el engendro se diese por vencido.
Apoyó sus patas firmes en el suelo y, como un perro que trata de retirarse el agua, comenzó a sacudirse. Las plumas se mecieron con violencia, generando más baba negruzca que comenzó a esparcirse por sus escamas de nuevo.
Jedena lo observó sin inmutarse. Su mirada afilada se clavaba en aquel ser que, lejos de rendirse, parecía estar dispuesto a enfrentarla.
La comandante del Diez agarró con firmeza el mástil de su tridente y comenzó a mover sus dedos, haciendo rodar el arma sobre su palma.
Cuanto más se zarandeaba el Vazhdu y, por ende, más baba generaba, más rápido rodaba Jedena el mástil sobre su mano.
El Hiniur detuvo su sacudida y, al mismo tiempo, Jedena dejó de rodar el tridente.
Aunque desde fuera parecía no ocurrir nada, tanto la criatura como la capitense intercambiaban miradas esperando el mínimo gesto de ataque para actuar.
Finalmente, tras aquella pausa, Jedena lanzó su arma hacia el monstruo.
El Vazhdu batió sus alas, alzándose en el aire y esquivando las destellantes puntas del tridente que acabaron clavándose en el suelo.
Allí arriba, aprovechando que la comandante recuperaba su arma, el Hiniur volvió a sacudir su cuerpo untando sus alas de más baba negruzca y preparándose para un último ataque que pondría fin al encuentro.
Jedena recuperó su tridente y lo lanzó de nuevo hacia el engendro, interrumpiendo sus sacudidas y evitando así que almacenase más viscosidad. Pero el Vazhdu, aunque débil, pudo ascender en el aire unos metros más y esquivar así las puntas del tridente.
La comandante no parecía querer cambiar de estrategia, seguía insistiendo en recuperar su arma para volverla a lanzar hacia el Vazhdu y este, a su vez, ascendió unos metros más en el aire, esquivándola.
Cuando la comandante advirtió que el Hiniur había alcanzado cierta altura, recogió su tridente y ya no lo lanzó más. Permaneció quieta, observando a la criatura desde el suelo, con su mirada autoritaria clavada en ella.
—Habéis arrasado tres de los cuatro reinos que gobiernan este mundo —sus ojos se cubrieron con la luz de su Bendición, formando un antifaz lumínico—.
Habéis asesinado a mi hermano a sangre fría —la luz comenzó a desbordarse, extendiéndose más allá de sus ojos, sobresaliendo de su rostro—.
Habéis conseguido que los míos duden de mí, que me acusen de traición.
Y ahora, después de todo, osáis subestimarme, enfrentándome como si tuvieseis alguna posibilidad.
Mientras recitaba aquellas palabras cargadas de odio, Jedena se dejó seducir por la ira y el dolor que sentía. Fruto de ello, su Bendición comenzó a intensificarse y, sobre su espalda, a la altura de los hombros, emergió un círculo de luz cuyo brillo perfiló la silueta de la comandante.
—¿Acaso habéis olvidado quién soy? —sobre la aureola lumínica emergieron cuatro aspas de luz blanca que se posicionaron en cruz, marcando los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste—.
Soy la gobernante del reino más poderoso de la Creación.
La portadora de la Bendición ilusoria más letal que este reino ha conocido —alzó su mano, apuntando al Hiniur con su palma iluminada—.
Creéis haber acabado con Álvar, el hombre capaz de erradicaros para siempre —contrajo sus dedos poco a poco y las aspas de su espalda comenzaron a girar como un reloj—.
Pero habéis olvidado lo más importante de todo…
Jedena terminó de contraer los dedos justo cuando la rueda de luz dejó de girar.
El aspa que hasta entonces señalaba al norte ahora apuntaba hacia abajo.
La de la derecha se había desplazado hacia la izquierda y su luz se intensificó hasta tal punto que, por un momento, consiguió cegar a la criatura.
—Mientras la sangre de mi hermano siga corriendo por mis venas, él seguirá vivo.
Un fuerte estruendo sonó, de pronto, frente a la comandante del Diez.
El Vazhdu se estrelló contra el suelo con toda la velocidad que sus alas fueron capaces de alcanzar.
El crujido de infinidad de huesos al quebrarse se mezcló con el sonido del impacto, mientras un aluvión de escamas y vísceras salieron despedidas por todas partes.
Su cuerpo, deformado en una postura imposible ante ella, ofrecía sus últimos espasmos de vida mientras un charco de sangre se extendía circundando su cuerpo.
La Bendición de Jedena había alterado completamente el sentido de la orientación del Hiniur.
Lo que percibía a su derecha era izquierda, y lo que creía ser cielo, en realidad era tierra firme.
De ese modo el Vazhdu, en su intento por ganar altura para descargar su baba corrosiva sobre la llanura, no hizo más que volar hacia el suelo todo lo rápido que pudo, creyendo estar ascendiendo hacia las nubes para atacar desde las estrellas.
Allí plantada frente al cadáver de la bestia, la comandante, sin inmutarse, lo observó con ese desprecio tan característico de su mirada a medida que su Bendición se apagaba y recobraba su aspecto habitual.
—Que no se os vuelva a olvidar jamás.