Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 28. Valtyra
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28. Valtyra

Soy más… de lo que creo ser.

Las líneas lumínicas siguieron su curso, cubriendo casi la totalidad de su cuerpo mientras se repetía una y otra vez aquella frase.

Sus brazos, sus piernas, su espalda… todo resquicio de piel se revistió con aquellos ríos de luz.

Ahora que el pañuelo no silenciaba su mente, Valtyra gozaba de todo el poder de su Bendición, pero con ella y tras años de permanecer en silencio, su locura también despertó.

El suelo comenzó a inundarse de pronto.

¿Agua? No, no hay ríos o mar cerca ¿verdad? Quizás… ¿Quizás sea lluvia?

Extendió su mano.

No, no llueve… está todo en mi cabeza.

Todo… en mi… cabeza.

Valtyra parpadeó repetidas veces y el entorno se difuminó.

La comandante fue navegando por un sinfín de paisajes que se sucedían uno tras otro con tal rapidez que apenas podía asimilar una imagen antes de ser arrastrada a la siguiente.

Un desierto seco, un bosque de árboles retorcidos, una isla exótica, el interior de un lodazal, la vastedad del océano, la soledad del subsuelo…

Finalmente, las imágenes se detuvieron y arrojaron a la capitense a un paisaje en particular. Abrió los ojos lentamente. Estaba de pie, al borde de la colina frente a la que se levantaba la que siempre había considerado su casa.

—Has fallado. Nos has fallado a todos —susurró una dulce voz tras ella—. Y ahora nos toca morir juntas.

La comandante se giró y vio a una niña de cabellos negros y mirada inocente. Su yo de ocho años dio un paso hacia ella, situándose a su lado. La pequeña torció su cuello, dejando su cabeza tendida a un lado.

—¿Por qué has vuelto? —preguntó con una risita tan dulce como siniestra—. No te queremos aquí.

—Yo… yo no…

Valtyra calló cuando la tierra bajo sus pies comenzó a derretirse como si estuviera hecha de cera.

Junto a su yo de ocho años aparecieron formas difusas de rostros sombríos y fantasmagóricos.

Cuanto más miraba, más siluetas emergían de la nada rodeándola, acechándola.

Siluetas de amigos y familiares que ya no existían, de enemigos a los que había dado muerte con sus propias manos, personas que había jurado olvidar y otras que jamás había visto, pero que parecían conocerla mejor que nadie.

—¡Te dije que no abrieras la puerta!

—¿Te acuerdas de mí? Soy todo cuanto odiaste ser.

—¿Comandante de Capital? ¿Te has vuelto completamente loca?

—No llores, Valtyra, no todavía.

Las voces comenzaron a hablar todas a la vez.

—¿Tienes hambre? El suelo está repleto de carne.

—No puedes correr con los pies llenos de sangre.

—¡Mírame cuando te hablo!

La comandante se llevó las manos a la cabeza, haciendo presión con las yemas de sus dedos, tratando así de callar las voces. Pero ellas siguieron hablando.

—¿Y si esto es lo real?

—¿Por qué dejaste que mamá se ahogara?

—La luna te está mirando. ¿La ves? ¿La ves? ¿LA VES?

—¡Está detrás de ti! ¡No lo mires a los ojos!

—Tu piel se está cayendo, Valtyra, no la toques.

—¿No era más fácil morir?

Valtyra intentó gritar, pero su boca se llenó de agua salada. Tosió. Estaba bajo el mar. No. En una cascada. No. En el centro de un lago.

Los lugares se fundían y se volvían a construir en cuestión de instantes. Volvió a la colina, con aquel tumulto de sombras.

—¿Por qué has vuelto? —preguntó un anciano de pie frente a ella—. Nosotros no te hemos llamado.

—¡CALLAOS! —gritó Valtyra—. ¡CALLAOS DE UNA VEZ!

Y entonces todo se volvió blanco. Luego rojo. Luego negro. Hasta que, finalmente, el entorno dejó de cambiar.

La llanura desértica donde se estaba desarrollando la batalla finalmente se desvaneció por completo. La tierra agrietada, las montañas de roca anaranjada e incluso el cielo nocturno; todo empezó a difuminarse para dar paso a la nueva realidad a la que Valtyra se había transportado junto al Vazhdu.

El nuevo paraje era desolador. A medida que el Hiniur se recomponía del zarandeo mental y abría poco a poco sus ojos, se percató de que aquel lugar sería su tumba.

El suelo estaba resquebrajado y salpicado con charcos de agua negra que emitían un hedor dulzón y pútrido.

En el horizonte, podía percibir las siluetas de unos árboles marchitos cuyas ramas se estiraban hacia el cielo como unas manos que suplicaban piedad.

Una leve brisa, fría y cortante, acariciaba su piel escamosa como cuchillas, con un silbido agudo que se propagaba allá por donde arreciaba.

El Vazhdu se alzó débilmente del suelo y pudo vislumbrar la silueta de la comandante frente a él, acurrucada y de rodillas en el suelo, gritando desesperada mientras un sinfín de extrañas siluetas la rodeaban y cuchicheaban de forma ininteligible.

—Corre… —susurró una voz junto a su oído.

—¡No! —otra voz la contradijo—. Esta vez no.

La tierra negra sobre la que se erguía el Hiniur se ablandó como si fuesen arenas movedizas. El suelo comenzó a burbujear frenéticamente y fueron engullendo al Vazhdu poco a poco.

—No estás sola, Valtyra —murmuró una anciana carente de rostro apoyada en un bastón de huesos—. ¿Cuántas veces has caído? ¿Y cuántas veces te has vuelto a levantar?

Un vendaval helado comenzó a alzarse y a golpear a la monstruosidad. Sus ráfagas silbaban como una voz que susurraba mientras arreciaba cada vez con más fuerza. Las escamas, sin poder soportar aquel aire gélido, comenzaron a desprenderse de su cuerpo.

El Vazhdu rugió de dolor.

—Vas bien, vas bien, sigue. Más. ¡MÁS!

—Ríe, Valtyra. Ríe. Él no entiende lo que está viendo.

—Esta es tu guerra —añadió un hombre ataviado con una armadura muy similar a la de la capitense—. Usa tu demencia. No la temas. Abrázala. Quiérela.

—¡Rompe el cielo si hace falta!

Las nubes, de pronto, se abrieron en dos dejando paso a un meteoro procedente de las estrellas que comenzó a descender con lentitud, aunque ya desde la distancia se podía percibir el apabullante calor que desprendía.

Los árboles que se alzaban en el horizonte fueron derritiéndose, nubes de vapor emergieron desde los ríos, y el suelo que pisaban fue rompiéndose, levantando pequeñas piedras que ascendían hacia la roca de fuego.

—Eras tan solo una niña cuando mataste por primera vez.

—Tu ira tiene hambre. Dale de comer.

—Valtyra... ¡Destruye!

El calor fue en aumento cuanto más se acercaba el meteorito. La vegetación cercana a la zona del impacto se calcinó por completo y la tierra, en aquella zona, se desintegró. El Vazhdu, poco a poco, fue liberándose de su prisión cuando el lodo que le atrapaba las patas se evaporó también.

Valtyra seguía de rodillas en el suelo, soportando todas aquellas voces que la acosaban. Estaba llevando su Bendición al límite y se arriesgaba a quedar atrapada en ella para siempre. Pero quiso soportar su locura un poco más, pues dar muerte a una criatura como el Vazhdu exigía todo de ella.

El Hiniur, una vez liberado, desplegó sus alas y voló alto, surcando el viento abrasador, huyendo del calor que emanaba del suelo y que parecía no afectar a la capitense.

Valtyra alzó su cabeza despacio sin perder el contacto visual con el monstruo, el cual detuvo su vuelo de pronto y se mantuvo flotando en el aire.

—¡Clávalo en el suelo! ¡Haz que se arrepienta!

—¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡MÁTALO!

Las nubes del cielo se tornaron rojas y se fragmentaron en varias partes, dando paso a un ejército de meteoros que iluminaron el firmamento con el color vivaz de sus llamas.

El Vazhdu se giró levemente, contemplando aquel lienzo de ascuas que coloreaban el cielo y que traían consigo su final.

Vociferó un chirrido agónico, el más agudo que su garganta fue capaz de emitir.

Valtyra cerró sus párpados, concentrándose en mantener aquellos meteoritos, sin perder la imagen mental que tenía de ellos.

—¡Valtyra, quémalo como nos quemaste a todos!

—¡Cubre el cielo con tu ira!

—¡Ya no eres tú! ¡Eres NOSOTROS!

El Vazhdu percibió el aura ardiente que emanaban las rocas al acercarse y, en respuesta, batió sus alas con fuerza. La baba negra que cubría sus plumas se desprendió con cada aleteo, elevándose en forma de espirales hasta ennegrecer el cielo por completo.

Uno a uno, los meteoros fueron desintegrándose al mínimo contacto con aquella viscosidad, hasta no quedar rastro alguno.

Cuando el enjambre de meteoritos desapareció, el Vazhdu se giró en el aire y, desde lo alto, fijó la mirada en la comandante, la cual parecía estar al límite de su Bendición.

Los surcos lumínicos que recorrían su rostro comenzaron a palpitar, amenazando con apagarse.

Aprovechando el estado deplorable de la capitense, el Vazhdu extendió sus alas para cerrarlas de golpe y oscurecer el páramo con una lluvia de baba negruzca.

Los árboles se deformaron. El suelo se agujereó al recibir los impactos, moteándose en un bosque de cráteres. Las montañas circundantes tampoco pudieron soportar aquella corrosión y se evaporaron al contacto con la mucosidad. Valtyra, finalmente, fue alcanzada por una gota que se adhirió a su piel.

—¡¡NO!!

—¡Te ha tocado! ¡Te ha tocado! ¡Te ha tocado!

—¡Quítatelo! ¡Arráncatelo! ¡Corta la carne si hace falta!

La baba se deslizó lentamente por su brazo y su pierna, engullendo la piel y los músculos a su paso. Dirigió su mirada hacia aquella zona, siendo testigo de cómo su cuerpo sucumbía ante aquel ácido.

—¡Duele, Valtyra! ¡Eso es real!

—…si mueres ahora, yo también lo hago contigo.

—¡NO CAIGAS!

La comandante empezó a tambalearse mientras luchaba por mantener sus párpados abiertos. Pero las heridas que sufría ganaron aquel pulso y, fruto del dolor, comenzó a caer al suelo. Los surcos de luz de su Bendición fueron apagándose y el entorno, poco a poco, fue difuminándose.

La cabeza de Valtyra encontró la aspereza del suelo y se quedó allí tendida.

Abrió sus ojos lentamente a pesar de los deseos que tenía de mantenerlos cerrados.

Su vista estaba borrosa, pero fue capaz de vislumbrar las patas del Hiniur unos metros más adelante.

Sintió el temblor en la tierra cuando el Vazhdu dio un nuevo paso dispuesto a rematarla.

Sin embargo, había algo más con ella.

Justo a su derecha pudo percatarse de la presencia de alguien ataviado con una armadura de jaspe negro.

Estaba acuclillada en su dirección, envolviéndole la cabeza con el mismo pañuelo que momentos antes había arrojado lejos.

Cuando aquellas manos les dieron la última vuelta a las telas, el mundo se detuvo.

Las voces se desvanecieron por completo y Valtyra volvió a la realidad.

Cerró sus ojos al discernir aquella cara amiga y supo, en ese instante, que el Vazhdu no tendría oportunidad alguna ante su nueva rival.

Desde bien pequeña, Valtyra siempre había sido señalada por la magnitud de su Bendición y su capacidad destructiva, obligada a vivir una infancia marginada del resto y a recibir constantes desprecios.

Desde entonces, usaba su Bendición para huir del mundo y se prometió no confiar en nadie nunca más.

Pero aquella mujer que se erigía firme a su lado le enseñó, en aquel preciso instante, una lección que jamás olvidaría.

Ella también había afrontado miradas acusatorias, había hecho frente a comportamientos huidizos por parte de aquellos que decían seguirla y había sido señalada por todo un reino como la culpable de la muerte de su propio hermano.

¿Y ella? ¿Cómo había respondido cuando el reino que la vio crecer le dio la espalda en el momento en que más lo necesitaba?

Luchando junto a los suyos, dando muerte a los Emisarios que amenazaban con erradicar a la raza humana y protegiendo, con su vida si fuera necesario, a sus allegados. Y eso, más que cualquier rumor, era lo que realmente hablaba por ella.

—Creí que jamás saldrías de tu ilusión —espetó aquella voz extrayendo a Valtyra de su reflexión—.

El escuadrón de Alina está de camino para tratar tus heridas y aliviar tu dolor —hizo girar su tridente sobre una de sus manos hasta pararlo en seco y dar un golpe contra el suelo—.

Ahora guarda reposo. Del resto me encargo yo.