Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 27. Lección #2
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27. Lección #2

—¿Por qué no? —espetó ella, girándose hacia el profesor tan bruscamente que hizo tintinear las diferentes cadenas de oro que colgaban en su diadema—. Allí nadie me molesta. Puedo estar tranquila, disfrutando de la brisa fresca, la hierba mullida y mi libro. Nada más.

—Por el tipo de Bendición que tienes, Valtyra.

La niña se cruzó de brazos y giró su cabeza, irritada.

—Ojalá Gheva nunca se hubiese fijado en mí.

El maestro guardó silencio unos instantes tras aquella declaración.

Valtyra era demasiado joven para comprender la magnitud del poder que tenía.

Muy pocos eran Bendecidos y, sobre todo, a tan temprana edad.

Sabía que todo el mundo le exigía una responsabilidad muy grande para sobrellevar tal poder y que, muchas veces, olvidaban que tan solo era eso; una niña.

Eryn llevó dos dedos a su frente y los deslizó hacia abajo, recorriendo el puente de su nariz. Tras sus dedos, dos líneas lumínicas se dibujaron en su piel y se extendieron a lo largo del recorrido que previamente habían hecho sus falanges.

Valtyra, que aún seguía mirando hacia otro lado, de pronto arrugó su nariz. Un olor atosigante entre ajo crudo y cebolla fermentada la golpearon de lleno, obligándola a toser.

—¡Puaj, qué asco! —espetó, tapándose la nariz mientras lanzaba una mirada de reproche hacia su profesor.

Eryn no pudo disimular una sonrisa, aunque también él arrugaba su rostro, incómodo, tratando de soportar aquel fuerte hedor.

—Usar una Bendición ilusoria en su justa medida puede ayudarte mucho sin tener que sufrir consecuencias demasiado…

severas —explicó, llevando sus dedos de vuelta a la nariz, volviendo a trazar con ellos el recorrido hasta su frente, borrando las líneas de luz y, con ellas, el olor pestilente—.

Mi Bendición no es muy poderosa, Valtyra, y es por eso que toda ilusión que creo también la vivo yo mismo.

Esa es mi limitación; algo molesta, pero llevadera —sostuvo la mano de la niña, buscando su atención—.

Pero la tuya va mucho más allá de crear malos olores.

Puedes modificar el espacio a tu alrededor, haciéndole creer a tu rival que está en un lugar que nunca ha existido.

Y no solo eso, sino que, además, puedes usar tu Bendición contigo misma, desapareciendo y transportándote a esos lugares que tu imaginación te ofrece —su mirada era firme, buscaba que sus próximas palabras calaran hondo en su alumna —.

Y las consecuencias de un poder tan desmesurado pueden ser devastadoras.

—¿Cómo qué? —dijo ella con cierto reproche—. ¿Qué podría pasarme?

Eryn no sabía si debía hablarle sobre las secuelas del uso de una Bendición como la que ella tenía.

No quería asustarla, tan solo que fuese consciente y aprendiera a manejarla con cautela.

Pero, quizás, advertirle de a qué se exponía la ayudase a tener el cuidado suficiente hasta que ese momento llegara.

—Podrías quedarte atrapada en una de tus ilusiones para siempre.

—Ojalá así sea —respondió de inmediato—. Preferiría quedarme atrapada en uno de esos valles tan hermosos de mi imaginación que… —miró en la lejanía, donde Lain y sus demás compañeros jugaban despreocupados—… soportar a la gente del mundo real.

Eryn se mantuvo en silencio, frotándose la barba.

—¿Y si te quedases atrapada en una ilusión que no deseas?

—respondió—. Nuestra mente es impredecible, Valtyra.

Hoy puede mostrarte el atardecer más bello que jamás hayas visto para, en un instante, proyectar aquello que más temes.

El fin del mundo, la muerte de un ser querido…

todos tenemos pensamientos intrusivos que no podemos controlar, y tú tienes la capacidad de darles vida.

Podrías quedar prisionera de una pesadilla para siempre, desarrollar algún tipo de demencia, o incluso no distinguir entre lo que es real y lo que es fruto de tu imaginación —le dio un golpe cariñoso a su alumna—. Y no queremos eso, ¿verdad que no?

Valtyra contrajo sus piernas, las rodeó con sus brazos y dejó caer su cabeza sobre las rodillas. Suspiró.

—Supongo que no.

Eryn sonrió.

—Eso está mucho mejor.

Valtyra abandonó el cobijo que le ofrecía el hueco entre sus rodillas y, con los labios curvados y una mirada repleta de dudas, se volvió hacia Eryn.

—¿Qué puedo hacer?

Eryn se incorporó, arrodillándose frente a Valtyra. Repeinó el mechón ondulado que sobresalía por debajo de su diadema y lo acomodó tras su oreja.

—Te instruiré en secreto —musitó—. Sacaré de ti ese poder que empieza a surgir en tu interior.

Te enseñaré todo lo que sé, llevando ese don por la deducción que tienes y la Bendición que posees hasta su límite.

Hasta que seas capaz de dominarla por completo.

Y entonces, solo entonces, el mundo verá de qué es capaz ese “bicho raro” que tanto repudian.

—Pero ellos…

—¡Olvídate de ellos! —interrumpió Eryn—.

Llegará el día en que este viejo no tenga nada más que enseñarte y te toque a ti demostrarle al mundo todo tu potencial.

Ahora estas palabras no tendrán mucho sentido y te tocará soportar miradas recelosas y palabras de odio durante un tiempo.

Pero, cuando de ti dependa el futuro del reino y la vida de los demás esté en tus manos, los que hoy te señalan, se reverenciaran a tu paso—.

Se levantó del suelo y desbarató el pelo de Valtyra cariñosamente—.

No lo olvides, niña; Eres más de lo que crees ser.