27. Lección
Destacar por encima de los demás siempre había despertado envidias en la gente de su alrededor, bien fuera por un defecto o, como en su caso, por una virtud.
Su elevado coeficiente intelectual le hacía sobresalir por encima del resto de niños y, por si fuera poco, la repentina Bendición que había sido capaz de despertar a tan temprana edad la convertía, aún más, en un blanco perfecto para las burlas de sus compañeros de clase.
Esa era la razón por la que el recién coronado como rey de Capital había puesto sus ojos en ella.
Su Bendición parecía ser de las más poderosas del reino y Álvar quería asegurarse de que, aun siendo una niña, Valtyra fuese instruida para comandar algún escuadrón llegado el momento. Y aquello atraía todavía más miradas.
Valtyra era una niña poco común, de eso no tenía duda.
Solía deambular en soledad por los pasillos de la academia, acompañada únicamente por sus libros de lógica y deducción, resolviendo ejercicios que parecían aburridos para cualquiera excepto para una mente inquieta como la suya.
Ella prefería la compañía de aquellos retos intelectuales más que jugar con los demás niños y ellos, a su vez, no deseaban relacionarse con una niña que prefería la compañía de páginas repletas de cálculos y problemas por resolver.
Un sol apacible bañaba Capital aquella mañana de primavera. Tras la clase de esgrima, los maestros siempre daban una hora para que sus alumnos pudiesen disfrutar del aire libre antes de seguir con las lecciones del día.
Sus compañeros de aula preferían aprovechar ese rato para tumbarse en la hierba, hablar entre ellos o jugar a ser los próximos héroes de Capital. Pero para Valtyra, aquello no eran más que simples juegos y una forma absurda de perder el tiempo.
Se sentó al cobijo de un árbol de los que circundaban el patio central y, apartada del resto, extrajo de su mochila uno de sus libros favoritos: “ Enigmas de ayer y hoy: retos para mentes inquietas ”. Abrió una de sus páginas y leyó el problema atentamente:
El reino de Capital está al borde del caos. Un traidor se ha colado en sus muros y ha filtrado información vital al enemigo. El rey Krollo ha reunido a sus comandantes más cercanos para interrogarlos. Solo uno de ellos dice la verdad, mientras que los demás mienten. Estas son sus declaraciones:
Comandante Ansel: "No soy el traidor. Isolde es quien ha traicionado al reino."
Comandante Lana: "Ansel miente. La traidora es la comandante Avelyn."
Comandante Isolde: "Ni Ansel ni yo somos traidores. Lana es la culpable."
Comandante Avelyn: "Lana no dice la verdad. El traidor es el comandante Isolde."
¿Quién es el traidor?
Pistas para resolverlo:
Solo una declaración es verdadera.
Los demás comandantes están mintiendo deliberadamente para confundir al Rey.
Valtyra se acomodó la diadema que recogía su cabello mientras cavilaba cómo afrontar aquel ejercicio. Comenzó a dibujar una tabla en la página contraria del libro, la cual estaba en blanco, escribiendo los nombres de los comandantes en su parte superior.
Veamos… si Isolde dice la verdad, entonces eso me dejaría con solo dos posibilidades pensó mientras seguía trazando líneas con su lápiz. En ese caso, Lana…
Una silueta repentina ensombreció sus apuntes, distrayendo a Valtyra momentáneamente y obligándola a alzar su mirada, algo molesta, buscando al culpable que había osado interrumpirla de su tarea.
—¡Eh, chica rara! ¿Qué haces ahí?
Valtyra permaneció en silencio, observando fijamente a los tres chicos de su clase mientras trataba de disimular su repentino nerviosismo. Ellos, a su vez, la miraban como si fuera alguna especie de bufón, con una marcada mueca de burla en sus rostros.
—¿No prefieres dejar esos estúpidos libros y jugar con nosotros? —preguntó uno de los chicos. En sus palabras se adivinaba una mofa cruel.
Valtyra les ignoró. Agachó su cabeza y se volvió a centrar en el enunciado del problema que le planteaba el libro.
Sostuvo su lápiz y siguió trazando las líneas de la tabla que la ayudarían a resolverlo.
Una pelota forrada en cuero impactó contra su mano, desplazando el lápiz, provocando que su punta se deslizara y dibujara una línea diagonal sobre la hoja, atravesándola de extremo a extremo.
—Déjala, Lain —pidió irónicamente otro de los chicos—. Prefiere la compañía del papel y el lápiz antes que la nuestra.
—¡Oh, vamos! No puede ser cierto —se quejó Lain, quien extendió su mano hacia Valtyra pidiéndole la pelota de vuelta—. Venga bicho raro, devuélveme el balón y juguemos todos juntos.
Valtyra, con el fin de evitar que el conflicto fuese a mayores, le devolvió la pelota a regañadientes.
Cuando Lain tuvo en su poder la esfera de cuero de nuevo, la volvió a lanzar hacia ella con todas sus fuerzas.
El balón viajó por el aire hasta impactar, esta vez, sobre su cara, que se golpeó contra el tronco del árbol con el retroceso.
Las carcajadas de los niños resonaron con malicia.
Valtyra bajó la mirada hacia el libro, fingiendo concentración, repitiendo el enunciado en su cabeza una y otra vez, ignorando lo que acababa de pasar.
Pero la impotencia le ganó el pulso y las palabras empezaron a verse borrosas cuando sus lágrimas abandonaron las pupilas y gotearon sobre el papel.
—¡Vamos, vamos!, ¡Otra vez! ¡Esto es muy divertido! —pidió Lain volviendo a extender su mano—. Devuélveme la pelota y sigamos jugando a este juego.
Valtyra se alzó del suelo, apoyando su libro sobre el pecho, rodeándolo con ambos brazos.
Dio un paso atrás instintivamente, tratando de huir de aquellas miradas perversas que la acosaban.
El tronco del árbol tras ella cortó su retirada cuando tropezó con él.
Los chicos, al verla acorralada, se acercaron poco a poco, sin cesar aquellas sonrisas de burla.
—Vamos, juega con nosotros —exigió uno de ellos.
—Queremos ser tus amigos, nada más.
Cuando los acosadores estuvieron demasiado cerca, Valtyra no vio otra alternativa para escapar de allí. Líneas lumínicas, delgadas y casi imperceptibles, comenzaron a descender desde el nacimiento de su pelo hasta sus parpados, dibujando surcos en ellos.
Una Bendición como la suya, capaz de alterar el espacio sobre quien la utilizara era, sin duda, un poder devastador.
Pese a no tener todavía mucha práctica en su uso, Valtyra era consciente de la magnitud de su habilidad y, por ello, prefería usarla sobre sí misma en lugar de utilizarla sobre los demás.
Los niños, inmóviles, se quedaron absortos contemplando el tronco del árbol frente a ellos donde, momentos antes, se sentaba aquella niña rara. Ahora no había nadie. El bicho raro había desaparecido delante de sus narices.
—Va-va-vámonos de aquí Lain…—titubeó uno de ellos atemorizado.
—E-e-esa chica es rara… muy rara.
Los niños, sufriendo un tembleque incontrolable en sus piernas, se alejaron despavoridos del lugar.
Valtyra ahora se encontraba en un valle rodeada de la más apacible primavera.
La hierba fresca acariciaba sus pies desnudos, los cánticos de las aves que sobrevolaban en la distancia inundaron el ambiente y la brisa refrescante meció sus cabellos al son.
Allí, en aquel lugar fruto de su imaginación, por fin pudo respirar en paz.
Lejos de aquellos niños. Lejos de Capital. Lejos del mundo.
Se dejó caer sobre la cama verde que revestía la ladera, exhaló el aire puro que recorría el prado y volvió a abrir el libro.
Veamos, ¿por dónde me había quedado? , pensó para sus adentros mientras hojeaba el cuaderno en busca del problema que había quedado a medio hacer. ¡Ah, sí! Ya recuerdo.
Volvió a leer el enunciado del acertijo reparando en cada detalle, pues cualquier pista podría ser crucial para encontrar la solución.
Valtyra…
Un susurro entorpeció su concentración. Con su ceño fruncido escrutó el entorno, que parecía estar difuminándose a medida que las líneas lumínicas se desvanecían de su rostro.
Valtyra…
Aquella voz la volvió a llamar y, nuevamente, la niña miró en todas direcciones en busca de su origen mientras su entorno se volvía cada vez más borroso y la devolvía de vuelta a la realidad.
…Sé que estás ahí.
A regañadientes y temiendo una reprimenda por parte de su profesor, Valtyra abandonó el mundo de su imaginación para volver a la realidad.
Volvió a aparecer en el mismo lugar, bajo la sombra de aquel árbol solitario. Un suspiro cargado de resignación se escapó de sus labios. La realidad no era tan atractiva como los mundos que su imaginación le ofrecía.
Por suerte, ahora no estaban aquellos molestos niños cerca. Sin embargo, tenía ante ella a un hombre ataviado con una armadura de jaspe negro, que la miraba con una ceja ligeramente alzada, con sus brazos en jarras y su pie moviéndose de arriba abajo, como esperando una explicación por su parte.
Valtyra prefirió no decir nada, volvió a apoyar su libro sobre su pecho y lo rodeó con sus brazos. Eryn suspiró y, tras frotarse las canas de su barba mientras pensaba cómo sonsacar las palabras de aquella niña que pretendía guardar silencio, se dejó caer bajo el amparo del árbol junto a ella.
—Valtyra, no puedes ocultarte siempre. ¿Cuántas veces más he de decírtelo? —la regañó Eryn, buscando con su mirada los ojos esmeraldas de su alumna—. Usar tu Bendición sin control puede ser peligroso, te lo he explicado muchas veces.
Valtyra desvió su mirada como si así pudiese evitar afrontar la realidad.
—Pero es que me molestan y yo solo quiero…—separó el libro de su cuerpo, contemplando el título una vez más—. Solo quiero acabar mi cuaderno de problemas.
Eryn suspiró. Era consciente del acoso que recibía Valtyra a diario, pero sabía las posibles consecuencias del uso desmesurado de una Bendición ilusoria. Lo sabía muy bien.
—Pero esconderte en tu mente no es la solución.