26. Vazhdu
“¿Habéis visto qué plumaje más bien cuidado tiene este bicho? Me pregunto cómo hará para mantenerlo así…” leyó Ramis en uno de los márgenes del bestiario “…Quizás esa baba negra que recubre sus plumas sean el secreto. Quien se enfrente a él, que me consiga una de esas plumas para… ¡su posterior estudio! No vayáis a pensar que lo quiero como elemento decorativo para colocarlo entre mis sedosos mechones de pelo porque considere que su estética realzaría mi brillo natural”.
—¿Cómo crees que deberíamos enfrentar a este, Capitán?
Ramis echó un último vistazo a la ilustración del Hiniur de Rango Alto.
A primera vista, recordaba a un águila común, pero su cuerpo no estaba compuesto de plumas como cabía esperar, sino que estaba cubierto por un manto de escamas pardas superpuestas que imitaban el plumaje.
De entre los huecos en cada una de ellas supuraba una densa pasta negruzca que se deslizaba por su piel y goteaba al llegar a las puntas.
—Ataca desde el cielo —concluyó, cerrando el bestiario—. ¿Disponemos de algún comandante que sea capaz de atacar desde lejos?
—Azava es la única con un arma a larga distancia, pero la potencia de su ballesta no alcanzaría tal altura —Jedena calló unos instantes, sopesando otra opción—.
Quizás la Bendición de Kaselea le permita estirar su cuerpo a tal distancia, pero tal vez ello requiera exponer su Bendición a un límite que no quisiéramos…
—Si no podemos darle alcance, entonces lo atacaremos desde la mente.
Jedena se giró hacia Ramis con su ceño fruncido.
—¿A qué te refieres, Capitán?
Ramis se giró también y sus ojos marinos encontraron los esmeralda de la capitense.
—A los comandantes con Bendiciones ilusorias —concluyó—. Según lo que he podido ver, son capaces de emplear sus Bendiciones sin contacto físico, ¿cierto?
Jedena asintió. Ramis volvió su vista al frente y pudo apreciar en la lejanía, sobre la cima de una montaña, como el Hiniur de Rango Alto aguardaba allí en busca de su víctima.
—¿Quiénes eran los comandantes con tales Bendiciones?
Jedena también se volvió al frente y cerró sus ojos por un momento.
—Tras la muerte de la comandante Leya, solo somos dos las que gozamos de Bendiciones ilusorias —explicó la capitense—. Valtyra y yo misma.
—A ti te necesitamos aquí —declaró Ramis casi de inmediato—. Sin alguien al mando, los enfrentamientos no darán tan buenos resultados.
Jedena entonces dirigió su mirada hacia la hilera de comandantes frente a ella, posando su atención sobre la líder del escuadrón cinco.
—En ese caso, solo nos queda una opción —suspiró—: Valtyra.
Desde las alturas, el sonido de un aleteo inundó el silencio del campo de batalla, anunciando la llegada de un enemigo que nada tenía que ver con los que la humanidad había enfrentado hasta ahora.
—Ya viene.
La comandante lo reconoció de inmediato.
Según el bestiario de Samil, el Vazhdu era el único Hiniur de Rango Alto capaz de volar.
Su apariencia imponente recordaba a la de un águila imperial, parecida a las que solían surcar los cielos de Capital, pero, a diferencia de ellas, su plumaje estaba constituido por escamas de tonos caoba.
A medida que ascendían hacia la cabeza, su color se desvanecía gradualmente, abandonando los matices pardos para dar paso a un tono pálido.
Algo que llamó la atención de la comandante fueron las escamas que nacían en la parte posterior de sus brazos.
Eran, sin duda, las más pronunciadas de todo su cuerpo.
Se curvaban siguiendo el contorno de sus extremidades, sobresaliendo por encima incluso de los hombros y, al desplegarlas, conformaban las alas con las que navegaba los cielos.
También lo reconoceréis por su pico anaranjado, que usa para cortar todo a su paso recordó leer en una de las notas de Samil, escrita en los márgenes del bestiario Y que presenta grietas en su superficie fruto del desgaste. ¡Por fin! ¡Un Hiniur con colores más allá del negro!
Los ojos de la comandante siguieron con atención la trayectoria del Hiniur mientras sobrevolaba el viento, hasta que finalmente volvió a aterrizar en la cima de una montaña cercana.
Desde aquella posición ventajosa, la criatura contempló el campo de batalla, recorriendo con sus ojos rasgados el vasto valle que se abría bajo sus garras hasta encontrar, allá abajo, la silueta de una mujer que permanecía firme y que le sostenía la mirada desde el suelo.
Extendió sus alas una vez más, majestuosas e impecables, oscureciendo por un momento la luz de la luna que bañaba el terreno e iluminaba el lugar donde se alzaba la capitense.
De pronto se dejó caer, abandonando el amparo de las alturas, y descendió hacia el suelo a ras de la fachada montañosa. El aire a su alrededor silbó con más fuerza a medida que fue ciñendo sus patas a su cuerpo y adoptaba una forma más aerodinámica, como la de una flecha.
La comandante, al percatarse de cuan rápido el monstruo recorría la inmensidad de la montaña, lo comprendió. El Hiniur no solo tenía un tamaño imponente, sino que, además, era veloz. Atrozmente veloz.
Antes de que la capitense pudiera completar un pestañeo, la criatura aterrizó justo frente a ella, mostrando sus alas en todo su esplendor y abriendo su pico para dejar escapar un chirrido estridente que brotó desde lo más profundo de su garganta.
Pero había más.
Al observar de cerca al Hiniur, Valtyra reparó en la baba negruzca que impregnaba las escamas de sus alas. Una pasta del color de la muerte que se deslizaba hasta tocar el suelo, hirviendo la roca al mínimo contacto y desintegrando la tierra al tocarla.
Hay davenses que afirman haber visto una sustancia corrosiva desde sus alas, volvió a recordar en una de las páginas finales del bestiario. No podemos afirmarlo con total certeza, pero… ¡Cuidadín! (Y sí, es una sustancia de color negro. ¡Negro! ¡COMO NO!)
El Vazhdu entonces comenzó a mover su cabeza en todas direcciones de forma impredecible, observando a la capitense desde diferentes ángulos, buscando un punto vulnerable por el cual iniciar su ataque.
—Eres un Hiniur veloz, por lo que veo. Muy veloz —susurró mientras una sonrisa complaciente se dibujaba en su rostro—. Pero si altero tu percepción del entorno, si te muestro una realidad que no existe… ¿De qué te servirá ser tan rápido?
Antes de que la comandante si quiera pudiese pensar en desatar el poder de su Bendición, la cabeza del Hiniur se dirigió hacia ella asestando una estocada. Lo esquivó saltando hacia un lado, pero el pico afilado consiguió rozarle un costado, agrietando el jaspe de su coraza.
Valtyra se llevó instintivamente una mano hacia los rasguños de la zona dolorida, pero, antes de tocar su piel, una nueva arremetida se dirigió hacia ella. Esta vez el pico le dio de lleno sobre la boca del estómago, lanzándola varios metros hacia atrás.
Aturdida, Valtyra trató de contener el dolor que sentía.
Pestañeó y, antes de poder abrir sus ojos de nuevo, el pico del Hiniur volvió a arremeter, rozando su brazo.
El corte no fue muy profundo y la comandante logró conservar la extremidad, pero la sangre comenzó a deslizarse sin piedad, tiñendo su piel con aquel rojo oscuro y espeso que recordaba al vino.
Se mueve más rápido de lo que mis ojos son capaces de percibir, pensó, sujetándose la herida del brazo. Si no empleo mi Bendición ahora, no tendré ninguna posibilidad.
Pero el Vazhdu no le daba tregua. Sin concederle siquiera un segundo para recuperar el aliento, saltó hacia la capitense, impulsándose con el plumaje afilado de sus patas para ganar velocidad.
Valtyra rodó por el suelo en el último instante.
El pico le rozó justo por encima, acariciando su coraza, y se estrelló contra la tierra, que se agrietó con el impacto.
Necesitaba tiempo.
La criatura volvió a erguirse, ladeando su cabeza antes de volver a arremeter contra la comandante.
Una vez tras otra, Valtyra esquivaba las estocadas del pico, se incorporaba y volvía a evitar el siguiente ataque.
El cansancio pronto comenzó a pesarle y los golpes parecieron volverse más precisos, más cercanos, más poderosos.
Ella insistió, intentando desatar su Bendición en cualquier pequeño instante que la bestia le concedía. Del centro de su frente comenzaban a nacer finas líneas de luz, pero el pico astillado del Hiniur siempre encontraba la forma de interrumpir su concentración.
Finalmente, uno de los ataques acertó y Valtyra cayó de bruces contra el suelo.
Allí tendida, escuchó los pasos del Vazhdu acercarse desde la oscuridad de la noche.
La bestia se detuvo frente a ella, observando sus inútiles intentos por incorporarse.
Sus plumas escamadas se desplegaron para, seguidamente, batir sus alas y levantar el polvo que acariciaba la tierra cuando, de pronto, alzó el vuelo.
Con apenas un par de aleteos, la bestia se elevó hacia las nubes, buscando la mayor altura posible para lanzarse en picado y acabar con la vida de la mujer que se tambaleaba débilmente más abajo.
Ahora o nunca.
Valtyra, moribunda, logró ponerse en pie.
Sabía que el Vazhdu caería sobre ella en cualquier momento, más rápido de lo que su cuerpo pudiera responder, más veloz de lo que sus ojos serían capaces de percibir. Pero también sabía que no volvería a tener unos segundos como aquellos. Y debía aprovecharlos.
El Vazhdu batió sus alas y se impulsó hacia el suelo dispuesto a rematar a su presa, pero algo le detuvo en seco, quedando inmóvil en el aire a mitad de su recorrido.
Abajo, la comandante se erguía firme. Tenía la palma de una mano alzada, apuntando con ella al Hiniur.
Infinidad de surcos de luz se dibujaron desde su frente y descendieron por su rostro como una cascada.
Las líneas continuaron extendiéndose por su piel y fue entonces cuando ella, no viendo otra alternativa, llevó su mano libre a su cabeza, deshaciendo el nudo del pañuelo que la cubría.
Sonrió complacida, lo había conseguido. Ahora que había podido liberar su Bendición, el Vazhdu ya estaba muerto, solo que él aun no lo sabía.
—La Geodislocación , una de las Bendiciones más letales de todo Capital —explicó como si el Vazhdu, inmovilizado en las alturas, pudiese entenderla—.
Mi mente nunca descansa. Siempre está creando, ideando, imaginando algo nuevo —siguió retirando lentamente las telas que ocultaban su cabeza—.
Y es ahí donde radica el verdadero peligro de mi Bendición.
El mundo que yo imagino, lo que mi mente proyecta, puede volverse real.
Y créeme, tengo pensamientos tan retorcidos, tan grotescos, que ni yo misma me permito darles forma.
Valtyra siguió desenvolviendo el pañuelo de su cabeza sin apartar sus ojos de la criatura.
—Álvar ordenó confeccionar este pañuelo a partir de fibras vegetales y resinas somníferas que adormecen mi mente y evitan que piense demasiado —prosiguió—.
Con el tiempo, el uso de mi Bendición me trajo severas secuelas.
Escuchaba voces, veía siluetas de personas que formaron parte de mi pasado y me trasladaba a lugares tan grotescos que ninguna mente humana podría soportar —arrugó su frente—.
¿Sabes la tortura que supone convivir con una mente como la mía?
¿Querer huir de algo que forma parte de ti?
¿De algo que vive en tu cabeza? —hizo una pausa—.
Cuando Álvar me entregó este pañuelo, no solo me dio la capacidad de callar mis pensamientos, sino la de tener una vida como la de los demás—.
Sus ojos se clavaron en el Vazhdu con el habitual desprecio que solían desprender—.
Pero contigo no tengo que contenerme lo más mínimo y, después de tantos años, estoy dispuesta a vivir ese infierno otra vez solo para que tú lo vivas conmigo.
La comandante deshizo el último nudo de su pañuelo y lo arrojó lejos. La prenda voló con el viento y la capitense dejó que su melena azabache acariciase su rostro y bailase libre.
Los surcos lumínicos, desprovistos de la droga que desprendía el pañuelo y que calmaban su mente, se intensificaron.
Valtyra pronto abandonó su semblante serio para adoptar una mueca de angustia y desesperación cuando, después de tantos años, aquellas voces que vivían en su subconsciente y las sombras que se habían ocultado con ellas comenzaron a cobrar vida de nuevo.
—Hoy soy más… —murmuró—…de lo que creo ser.