25. Verso
Verso se acercó a la cristalera manteniendo una distancia prudente con Cincela, hasta poder divisar aquello que tanto la inquietaba.
Más abajo, frente a las puertas de Capital, pudo percibir el brillo celeste de las armaduras brevodianas y cómo, junto a las tropas de Shaila, hacían frente a las oleadas de Hiniur que no cesaban. Pudo distinguir también unos niños que le resultaron extrañamente familiares.
¿Los no-nacidos? ¿Qué están haciendo aquí, tan lejos del bosque?
Siguió observando y pudo apreciar que aquellos niños que brincaban como ciervos, embestían como bisontes y mordían como zorros, combatían junto a…
¿Un halcón? No, espera… ¿una mujer? Esa capa grisácea… ¿La reina davense?
Verso frunció todavía más el ceño cuando, junto a la mujer que sobrevolaba el yermo, distinguió…
¿Un corcel? ¡¿Con lanzas brevodianas?!
En los flancos, esparcidos por todo el terreno, también apreció las colosales siluetas de los Hiniur de Rango Alto y de los comandantes que los enfrentaban.
Se percató también de las figuras de Alina y Azava que, malheridas, estaban tendidas en el suelo tras su último enfrentamiento. Vislumbró al comandante de pelo azul, que lloraba desconsolado en el suelo, acariciando los restos de… ¿un cadáver?
—¿No es esa la comandante del Dos? —preguntó en voz alta, señalando en aquella dirección con su dedo tembloroso.
Cincela guardó silencio durante un momento, sin apartar sus ojos de la barbarie que estaba teniendo lugar.
—¿Entiendes ahora mi frustración? —declaró, despegando sus ojos del cristal por un momento—.
Están todos dando lo mejor de sí, incluso si ello implica sacrificar sus vidas.
Y yo, en cambio…—dio un puñetazo contra la repisa de la ventana, ahogando ahí su impotencia—.
No puedo hacer absolutamente nada más que mirar.
Verso no se inmutó. Siguió observando durante unos segundos más, inmóvil, como si no hubiera escuchado el golpe.
—Quizás no sé me dé especialmente bien todo lo relacionado con la guerra —confesó de pronto, rompiendo el incómodo silencio—.
Y ni hablar de estrategia militar o tácticas bélicas, pero…
—se frotó el mentón, pensativo—. Si los comandantes agotan todas sus fuerzas contra los Hiniur de Rango Alto, ¿cómo harán para enfrentar a los Emisarios?
Cincela abrió y cerró su mano repetidas veces, calmando la contusión provocada por el golpe. Sus ojos, sin embargo, permanecían fijos en el paraje desolador que se extendía más allá del cristal.
—No creo que puedan.
Verso arqueó una ceja.
—¿Entonces? ¿Qué posibilidades tiene la humanidad de vencer?
Cincela suspiró.
—No lo sé, Verso. Esto ha sido un completo sinsentido desde el principio —examinó su mano, la cual presentaba pequeñas motas escamadas—. Lo humano no puede vencer a lo divino.
—Y hacerles entender lo contrario va a ser tarea imposible, ¿cierto?
—espetó el clérigo con un deje de preocupación—.
No conozco demasiado a los otros, pero tu padre es muy cabezota y sé que no aceptará una derrota sin más —ladeó el labio—.
Intentar convencerle de que se retire sin oponer resistencia sería como darse golpes contra la pared.
—Y mucho me temo que Jedena es igual de cabezota que él —afirmó Cincela—. Y el rey de Brevodia, Ilma y todos los demás parecen ser igual de tercos. La humanidad luchará, no hay otra alternativa.
—Y si nadie cede, solo nos espera…
—Dolor.
—Pero…
—… Y muerte.
Verso apartó la mirada, centrándola en las baldosas que conformaban el suelo, esperando encontrar en ellas el consuelo que necesitaba tras escuchar aquellas palabras.
—Ya veo…— murmuró—. ¿Entonces es así como acaba todo? ¿La humanidad luchará en vano mientras nosotros dos no somos más que meros espectadores?
Cincela no respondió. Volvió su atención hacia el cristal y permaneció absorta contemplando el paisaje.
—¿Sabes? —prosiguió Verso—. Cuando era niño, creía que los héroes siempre salvaban el mundo.
Que, sin importar cómo de dura se volviera la situación o cuántos enemigos se alzaran en su contra, siempre encontraban la manera de ganar.
Que, pese a la adversidad, siempre lograban adaptarse y vencer —bufó, resignado—.
Pero quizás no eran más que eso, cuentos para niños. Quizás los héroes no existan…
Adaptarse… y vencer…
Verso observó a Cincela que seguía ensimismada contemplando el exterior, sin prestar atención a sus palabras. Dejó caer su cabeza hacia delante, con su flequillo rectilíneo bailando frente a él.
Un largo suspiro escapó de sus labios.
—No importa, olvídalo.
Adaptarse… y vencer…
—Lo mejor será que guarde silencio, soy muy cargante a veces y, tal y como están las cosas…
Cincela dio un respingo que sobresaltó a Verso, interrumpiéndolo. Giró su cabeza bruscamente, dirigiendo sus ojos bicolores hacia él, abiertos hasta su límite.
—¡Eso es!
—¿Qué-qué-qué? —balbuceó el aprendiz con un evidente tembleque en su voz—. ¿Qué-qué-qué he dicho?
—¡Eso es Verso!
—¿Eso es? ¿El qué es?
—¡Adaptarse! ¿No lo recuerdas? —exclamó Cincela chasqueando sus dedos—. “Adáptate y vencerás” Tal y como decía el abuelo Azhna. ¡Todo este tiempo hemos tenido la repuesta delante de nosotros y no nos hemos dado cuenta!
La joven avanzó hacia el aprendiz con decisión. Él retrocedió, asustado, mostrando las palmas en alto hacia ella, tratando de detenerla.
—Cincela no… no estoy entendiendo nada —balbuceó a trompicones—. No… no te acerques tanto, ya sabes que es peligroso… sabes que no debemos… No debemos…
—Tenemos que adaptarnos, Verso —respondió ella, ajena a las advertencias del clérigo, aproximándose—. ¿No lo ves? No debemos tratar de vencerles con lo que tenemos, sino… Adaptarnos a ellos.
Verso dejó de retroceder cuando su espalda tropezó contra la pared que delimitaba la habitación. Se encogió, tratando de acortar la distancia con Cincela, la cual estaba cada vez más cerca. Por fin, ella se detuvo frente al clérigo y lo observó detenidamente.
—Ci-Ci-Cincela… No sé qué tratas de hacer, pero… no me está gustando nada.
La lenovense contempló a Verso durante unos segundos más.
—No sé qué va a pasar a partir de ahora, Verso —dijo sin apartar sus ojos de él—.
No sé si quiera si esto funcionará o si será algo irreversible.
Pero, pase lo que pase, no olvides nuestra promesa: cuando el ser que se gesta en mi interior nazca…
—señaló la faca que Verso guardaba en la funda que colgaba sobre su costado—…
dale muerte y acaba con esto para siempre. Tú eres el héroe de la humanidad.
—Pe-pe-pero… ¿Es esto un adiós? No-no-no entiendo… ¿Por-por-por qué te despides? No… yo no…
Verso calló cuando Cincela, sin previo aviso, se abalanzó sobre él y lo abrazó. El aprendiz trató de alejarse y salir de aquella envoltura, sabiendo las consecuencias que implicaba. Pero no fue capaz; ella no le soltaría.
Sintió el aliento de Cincela rozarle el oído con cada jadeo que escapaba de su boca, fruto de la quemazón que comenzaba a sufrir.
Los brazos que lo rodeaban, de pronto, empezaron a sentirse rugosos cuando las escamas negruzcas los cubrieron por completo.
Los dedos ya no se sentían cálidos alrededor de su cuello, sino afilados, conforme las garras emergieron de entre la carne de sus uñas.
La bermuda color ocre que ella vestía se desgarró justo por debajo de sus lumbares cuando una cola del color de la noche emergió de su cuerpo, enroscándose alrededor del clérigo.
Las escamas negras comenzaron a extenderse más allá de su cuello, cubriendo los últimos vestigios de humanidad que le quedaban.
Cincela… se había vuelto uno de ellos.