24. Yavan
El tintineo metálico de las cadenas volvió a repicar cuando Yavan forcejeó en un intento por liberarse. Izh tiró con fuerza, estrechando el nudo de eslabones y frustrando así las intenciones del Dios sombrío.
Gheva desvió la mirada hacia el Vastali, asegurándose de que volvía a sujetarlo con firmeza. Izh asintió y la Creadora se volvió hacia el tablero de nuevo.
—No vas a ir a ninguna parte —sentenció—. Haz tu siguiente movimiento y terminemos con esto de una vez.
Yavan estaba ligeramente inclinado hacia delante, con los brazos rígidos y pegados al cuerpo por la presión que ejercían las cadenas que lo contenían.
Su cabeza, agachada, dejaba caer su larga melena azabache sobre el rostro, ocultándolo parcialmente.
Entre la cortina de cabello se escuchó una risa que, poco a poco, fue haciéndose más sonora.
Alzó la cabeza con lentitud, dejando que los mechones se deslizaran hacia los lados y revelaran unos ojos carmesíes que se clavaron en su adversaria al otro lado del campo de juego.
—Que decidida pareces, mi querida Gheva —espetó cuando logró calmar su risa—.
El Maggom, el Klotoross, el Noxtra… tres de mis unidades más poderosas han caído.
Debes estar saboreando ya la victoria, ¿verdad?
—soltó una leve risa—. Vamos, dime querida, ¿Puedes verte ganadora?
¿Sientes el triunfo de los tuyos? ¿Te has imaginado lo orgulloso que harás sentir a Padre si acabas conmigo para siempre?
Gheva no le concedió la satisfacción de una respuesta. Se mantuvo firme, dedicándole a Yavan su mirada más fría a través del yelmo de luz.
—Ya veo, ya veo…—prosiguió—. Olvidaba lo desagradable que llegas a ser a veces.
Pero no te equivoques, querida —continuó sin borrar aquella felicidad de su rostro—.
Todavía tienes que deshacerte de otras tres de mis unidades, sin contar con mi Rey y Reina, cuyo poder está muy por encima de todos ellos —llevó su mirada hacia las unidades blancas y su sonrisa se pronunció—.
Dos de los tuyos han muerto y cuatro más apenas pueden mantenerse en pie.
Querida, deja de engañarte… ¿De verdad crees estar ganando?
La Creadora, una vez más, se mantuvo en silencio. Yavan dejó escapar un suspiro exagerado, dando a entender que aquellos silencios lograban incomodarle.
—Está bien —dijo por fin, encogiéndose de hombros—. Mi turno, supongo.
Entre los fragmentos oscuros pertenecientes a las unidades ya derrotadas que adornaban el tablero, se alzaba imponente uno de los alfiles de Yavan.
Una pieza alargada y afilada con dos alas extendidas a cada lado de su cuerpo.
Estas exhibían un plumaje de escamas puntiagudas, cubiertas por una pasta viscosa que goteaba lentamente.
Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención era su postura que, a diferencia del resto de piezas, flotaba por encima de su peana, dando la sensación de estar en pleno vuelo.
Yavan deslizó el alfil en diagonal, avanzando varias casillas hacia los peones blancos, algunos de los cuales yacían derruidos o visiblemente agrietados tras los últimos enfrentamientos.
—Veamos qué haces contra este.
Gheva barrió con la mirada su lado del tablero.
Fijó su atención en la figura blanca del Rey, cercenada y perforada, y en su Reina, que se erguía tras la hilera de peones.
Más allá su Torre seguía junto al Alfil y el Caballo, ambos bendecidos por Aelireth y conteniendo el avance de los Hiniur enemigos.
Una vez se aseguró de tener ese frente cubierto, Gheva dirigió la mirada hacia el resto de sus peones, sopesando quien enfrentaría a la nueva amenaza que los sobrevolaba.
Tras aquel silencio, un peón blanco se deslizó una casilla hacia delante, enfrentando a la nueva monstruosidad que se suspendía en el aire.
La pieza blanca tenía el escudo de Capital grabado en su parte posterior, junto al número cinco en uno de sus lados.
Empuñaba una espada de hoja estrecha entre sus manos y un turbante de telas oscuras adornaba su parte superior en varias vueltas.
—Interesante —soltó Yavan, sarcástico—. Muy interesante.
—Tu turno.
Yavan asintió varias veces, mientras su sonrisa se ensanchaba.
—Otra vez esa falsa seguridad en ti misma —chasqueó su lengua mientras ladeaba la cabeza—. Y otra vez desatendiendo tus otros frentes. Querida… debes ser más cuidadosa.
Yavan dirigió su mirada carmesí hacia el lado del tablero donde el peón bicolor se situaba. Un fulgor negro envolvió la pieza y esta avanzó una casilla hacia él.
—Como ya te he dicho antes —prosiguió Yavan—. La guerra no solo acontece en el campo de batalla.
El peón acabó su movimiento y la parte ennegrecida que lo cubría se expandió, devorando un poco más el poco color blanco que le quedaba.
Gheva apretó su mandíbula. Tenía razón, había descuidado a su pieza más importante. Aquella que le aseguraría la victoria. Frunció el ceño, furiosa, y alzó la mano, extendiendo los dedos hacia el peón, ordenándole que se acercara a ella. Pero la figura no se inmutó.
Entonces alzó ambas manos, entrelazó los dedos y los envolvió con su luz, intentando que la figura escuchase su voluntad y retrocediera. Pero, una vez más, el peón permaneció inmóvil.
—¿Qué significa esto? —exigió saber, intensificando la luz de sus dedos—. Cualquiera de los dos debería poder mover ese peón.
Yavan soltó una carcajada.
—¡RESPONDE!
Las carcajadas del ente sombrío fueron apagándose poco a poco hasta solo quedar la sonrisa burlona que solía tener.
—Como me gusta sentir esa desesperación en tus ojos, querida —espetó pasándose la lengua lentamente por los labios—.
En efecto, esa pieza deberíamos poder moverla ambos.
Como cualquier otra unidad, ellas escuchan nuestra voz y actúan guiadas por nuestros deseos —hizo un gesto con su barbilla, señalando al peón bicolor—.
Esa pieza, querida, hace tiempo que dejó de escucharte.
La semilla que implanté en ella apaga tu voz y, poco a poco, es solo la mía la que percibe.
Gheva, sin creer las palabras de su adversario, volvió a extender su mano hacia el peón bicolor. Este pareció reaccionar por un momento, vibrando ligeramente, pero finalmente permaneció allí quieto.
Yavan soltó otra carcajada.
—No lo intentes más, te ves estúpida —aconsejó—. No te va a escuchar. La germinación que sufre esa chica es muy poderosa, tanto como para eclipsar la tuya. Quizás, y solo quizás, logre percibirte una vez cumpla su cometido: dar vida al Eco de los Dioses.
Gheva, sin querer alargar más aquella conversación, no exigió más explicaciones. Era cierto; si aquel peón lograba llegar al otro lado del tablero, acabaría por perderlo para siempre. Y eso era algo que no iba a consentir.
Centró su atención en una de las piezas que aún descansaba en las primeras casillas.
El segundo Alfil, erguido justo a su izquierda, comenzó a desplazarse en diagonal por el tablero.
Un sobretodo amarillento y algo desgastado abrazaba su silueta, ocultando parcialmente el escudo de Lenov en su parte posterior.
Recorrió casi la totalidad de la superficie hasta quedar justo al lado del peón bicolor. A su llegada, la luz que irradiaba acarició suavemente la pieza bicolor y su parte blanca, por un instante, pareció ganar terreno a la zona oscura.
—Puede que no me escuche más —comenzó a decir Gheva mientras sus seis alas se iluminaban—. Pero no te permitiré tomar el control total de ella. Nunca.