Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 23. Samil
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23. Samil

El Noxtra se recompuso del golpe más rápido de lo que habían esperado.

Sacudió su cabeza putrefacta y fijó sus ojos anímicos sobre la nueva figura que se alzaba desafiante ante él. Su gruñido, agudo y discordante, abandonó sus cuerdas vocales mientras clavaba sus garras huesudas en la tierra dispuesto a arremeter contra el nuevo capitense.

—Samil… este Hiniur… es peligroso…

El comandante, tras repeinarse los mechones de su flequillo hacia atrás, volvió a lanzar su lira como un búmeran hacia la cabeza del Hiniur.

El instrumento aterrizó con un sonido seco, aturdiendo a la bestia y obligándola a cesar su ataque.

Tras el golpe, la lira dibujó un arco perfecto en el aire y surcó el viento de regreso a las manos de su dueño.

—…Peligro —repitió Samil, sin borrar de su rostro aquella sonrisa despreocupada, ajena a la amenaza que tenía enfrente—. Ah… el peligro. Qué sentimiento tan agónico y bello a la vez, ¿no crees, querida amiga? Esa tensión que desprende, ese miedo a lo desconocido. Es duro, es crudo y es… ¡Arte!

Samil lanzó de nuevo su lira justo cuando el monstruo intentó avanzar hacia los comandantes.

El objeto amaderado volvió a girar en el aire ganando velocidad, mientras se dirigía hacia los dedos desnudos del Noxtra.

Las cuerdas, afiladas como cuchillas, cercenaron los frágiles huesos al pasar a través de ellos.

Cumplida su tarea, el instrumento siguió su curso hasta regresar a las manos de Samil.

—Lo que intento decirte es que…

Kaselea calló cuando la lira volvió a emprender el vuelo, dirigiéndose hacia el engendro.

Samil se movió con ella, desplazándose por el campo de batalla con tanta gracilidad y elegancia como si de un baile se tratase, anticipando cada giro del instrumento y calculando con precisión el punto exacto donde aterrizaría.

Una y otra vez, atrapaba la lira y la volvía a lanzar hacia el Noxtra, interrumpiendo sus intenciones de atacar.

—Este… Hiniur no es como los demás —prosiguió Kaselea con voz apenas perceptible—. No usa la fuerza bruta, sino que…— calló unos instantes, recordando la escena que acababa de vivir—. Proyecta los miedos y temores con aquel que hace contacto visual.

La lira de Samil volvió a sobrepasarla de cerca, silbando por el aire hasta impactar de nuevo contra el monstruo. Tras ello, rebotó de vuelta a Samil, que volvió a lanzarla justo cuando logró atraparla.

—Eso suena… tan interesante —espetó despreocupado.

—Samil, no es ninguna broma —aseguró ella—. No podemos hacer frente a algo así. Este… monstruo juega con nuestra mente y altera nuestros recuerdos más dolorosos.

El Noxtra, cansado de recibir golpes y sufrir los cortes que el instrumento le propinaba, ordenó a los insectos que revoloteaban en su interior devorar al molesto humano que le entorpecía.

Samil sostuvo la lira con ambas manos e hizo sonar dos notas a la vez.

Las delicadas cuerdas, conectadas al hígado y los intestinos del engendro, provocaron que los órganos se contrajeran de inmediato, cerrando de golpe cualquier orificio por el que pudieran escapar los insectos.

—No criatura, ¡ni se te ocurra dejarme la cara como a ella! —espetó Samil en alto, dirigiéndose hacia el Noxtra como si este pudiese entenderle. Se volteó hacia Kaselea, apenas mostrándole el perfil—. Con todos mis respetos, Kassi.

La abominación rugió, intentando expulsar la plaga de insectos, pero no fue capaz.

—¡¿Estas… escuchándome?!

Samil lanzó su lira al monstruo de nuevo.

—Kassi, ya te he dicho que…

Samil calló cuando el Noxtra, enfurecido, abrió sus ojos en su totalidad. Sus viscosos orbes carmesíes rodaron hasta posarse sobre el hombre de blusa multicolor que le hacía frente.

La lira cayó en el suelo justo a los pies del comandante cuando este, encandilado por la mirada del Hiniur, no consiguió atraparla.

Como su compañera antes que él, se quedó paralizado, contemplando aquellas esferas escarlata que desprendían ese halo cautivador que deformaba su realidad y le imbuía en la más terrible pesadilla.

—¡SAMIL!

Pese a los gritos, su voz no pareció llegar a sus oídos.

Él estaba quieto, contemplando la seductora mirada de aquellos ojos rojos.

Kaselea intentó levantarse aun con sus brazos bailando inertes a los lados.

Pero fue en vano. Las heridas que resquebrajaban su piel se abrieron todavía más, absorbiendo sus fuerzas y obligándola a caer de bruces contra el suelo terroso.

Trató de mover sus piernas, pero estas parecieron resistirse a tan dura petición. Incapaz de realizar otra acción, levantó su rostro roído de entre la tierra y dirigió su mirada hacia delante.

Desde aquella posición, Kaselea solo podía apreciar la espalda de Samil, mientras él seguía inmóvil, absorto ante aquellos ojos del color de la sangre.

El Noxtra, sin cesar la ilusión que ejercía, caminó hacia él aprovechando aquel momento de vulnerabilidad para asestarle el golpe que acabaría con su vida.

Alzó una de sus zarpas, ensombreciendo al comandante. La garra ósea se abrió lentamente, dispuesta a partir en dos al joven que había osado atacarle.

—No...—rogó Kaselea en un susurro, arrastrándose por el suelo hacia Samil—… Tú no.

Como si hubiese podido percibir el susurro de su compañera, Samil, de pronto, giró su cabeza levemente hacia Kaselea, mostrándole aquella sonrisa pícara que tanto le caracterizaba.

Kaselea frunció el ceño.

¿Ha conseguido escapar de la ilusión? Y, aunque así fuera, ¿cómo es posible que esté tan tranquilo en un momento así?

—Querida Kassi, deja de ser tan dramática —espetó Samil de pronto mientras miraba de reojo—. Ya te he dicho que te relajes. No todos los días puede una contemplar una obra artística como la que vas a poder presenciar tú hoy.

—¿Cómo…—tosió—…lo has conseguido? ¿Cómo… es posible que tú…?

Samil se giró de nuevo hacia el monstruo sin perder su aparente felicidad. Incluso a Kaselea, pocos metros tras él, le pareció escuchar una de sus carcajadas.

—El Hiniur no puede mostrarme mis miedos porque, directamente, yo no temo a nada, Kassi —se llevó una mano hacia el pelo, repeinándose los mechones hacia atrás una vez más—.

En el odio, en el dolor, en la muerte e incluso en el miedo, hay belleza— su sonrisa se pronunció un poco más—.

Quizás no logres verla ahora, pero deja que te muestre, querida amiga, como se ve el mundo desde los ojos de un artista.

Las falanges de sus dedos adquirieron un grado más de luminosidad cuando incrementó el brillo de su Bendición. Ahora, la luz que emanaba de ellas se extendía más allá de sus uñas perfiladas, prolongándose por encima de sus dedos como afiladas garras felinas.

Samil había canalizado su Bendición al completo, vinculando cada órgano del Hiniur a una de las cuerdas de su lira.

—Para mí es todo un deleite, mi queridísima amiga, dedicarte esta obra pictórica.

Kaselea arqueó una ceja.

—Para esta representación —prosiguió—. Voy a necesitar un color base con fuerza. Un tono llamativo, poderoso, con carácter —llevó uno de sus dedos a una de las cuerdas centrales del instrumento—. ¿Qué te parece si empezamos con… el rojo?

La lira proyectó una nota cuando el comandante la hizo sonar y el Noxtra se irguió de golpe.

Su hocico se contrajo de pronto cuando el crujido seco de su tabique sonó en su interior al partirse.

La sangre brotó por sus orificios nasales sin contemplaciones hasta formar un charco espeso y rojo bajo sus pies.

—Bien, bien… tenemos la base —afirmó Samil, quien dirigía sus dedos hacia otra cuerda—.

Aunque quizás nos hemos excedido con las cantidades, ¿no crees?

No queremos que el rojo quite demasiado protagonismo al resto de colores ¡Ten más cuidado la próxima vez!

—arqueó sus labios en disconformidad—. Bueno, ¡no importa!

Trataremos de subsanarlo más adelante. Veamos, ¿cómo deberíamos seguir?

—observó detenidamente el cuerpo del monstruo, pensativo—.

¡Oh, ya sé! Qué tal un poco de… ¿amarillo?

El comandante hizo sonar la cuerda y, al compás, el Noxtra volvió a retorcerse de dolor. Su hígado explotó en su interior y una cascada de bilis escapó de su garganta. El vómito cayó sobre el charco de sangre, dibujando motas amarillentas que flotaron sobre él.

—¡Oh, mira lo que has hecho! —le riñó al Hiniur—. Está quedando demasiado oscuro… ¡Te has vuelto a exceder con el color! —ladeó la cabeza con un claro tono de decepción—. Hay que intentar corregir el error. ¡Rápido! Necesitamos claridad… ¡Blanco!

El comandante pellizcó una nueva cuerda y una explosión se escuchó en el interior del Noxtra cuando sus pulmones estallaron.

El engendro se tambaleó, negándose a caer mientras lidiaba con el dolor lacerante que sentía.

Abrió sus fauces, emitiendo un quejido tan chirriante que obligó al comandante a cerrar sus ojos para soportarlo.

Seguidamente, una baba blanca y pastosa que recordaba al pus se deslizó por las comisuras de su boca, uniéndose a los otros fluidos que ya coloreaban el suelo.

—¿Ves? Eso está mucho mejor ¡Jamás hay que darse por vencido!

Que la crítica siempre sirva como motivación para superarte.

¡Bien hecho! —afirmó sin apartar su atención del engendro.

Avanzó hacia el charco que se extendía sobre el suelo y lo contempló, pensativo—.

Me gusta, he de admitir, pero… sigue faltándole algo. Quizás…

Hizo sonar otra cuerda y los ojos del Noxtra reventaron. El líquido en su interior se deslizó, recorriendo las escamas de su rostro y acariciando su hocico hasta caer sobre el charco en forma de gotas.

—¡Eso es! ¡Justo así! —apoyó sus dedos sobre la última cuerda, la más gruesa de todas—. Y ahora, el toque final… ¡El rojo más intenso que puedas ofrecerme!

El comandante hizo sonar la cuerda con dos de sus dedos, pellizcándola cada vez más rápido. El Noxtra comenzó a sacudirse violentamente. Se movió de lado a lado, frenética y descontroladamente, golpeándose contra la pared de la montaña para, seguidamente, dirigir su cabeza hacia el suelo.

Fue entonces cuando Kaselea lo entendió; Samil había vinculado aquella nota musical al corazón de la bestia y ahora controlaba sus latidos. Cuanto más aumentaba la velocidad del acorde, más aceleraba el ritmo cardíaco del monstruo, obligándole a actuar de aquella manera psicopática.

¿Qué narices está haciendo? ¿Acaso se ha olvidado del costo tan caro que requiere usar su Bendición de esa manera?

“Todo aquello que sufre mi enemigo, lo sufro yo también” recordó explicarle.

La cuerda no dejó de sonar. Samil la acariciaba cada vez con más ahínco y la bestia parecía haber perdido el control total de su ser.

—…Samil.

Pero su susurro se perdió en el viento. Trató de gritar, pero su falta de energía no le permitía alzar la voz por encima de los silbidos del aire y de los impactos que provocaba el Noxtra al colisionar contra la montaña.

—…Samil… detente…

Las carcajadas del comandante, de pronto, se escucharon en la distancia.

Parecía estar disfrutando pese a estar llevando su poder al límite.

La melodía que ofrecía su lira, lejos de sonar desafinada y estridente, era la música más armoniosa que Kaselea jamás había podido escuchar.

Cuanto más aceleraba el corazón del Hiniur, notas más bellas sonaban en el aire.

Y fue entonces cuando el mundo de Kaselea se apagó.

Samil se giró completamente hacia ella sin dejar de tocar aquellos preciosos acordes.

Su blusa colorida y su pequeña coraza de jaspe estaban impregnadas con la sangre que brotaba sin control de su nariz.

El vómito amarillento también moteaba su ropa, y sus ojos, como los del Noxtra, habían estallado dejando nada más que sus cuencas vacías.

Frente a él, bajo las patas del Hiniur, los fluidos que había estado expulsando parecían formar un dibujo.

El rojo proveniente de la sangre era el fondo.

Sobre ella, el fluido amarillo dibujaba dos figuras: un hombre y una mujer.

Pero el color blanco fue el que la desgarró por dentro.

Había caído sobre el lienzo improvisado trazando líneas que, a pesar de ser delgadas y temblorosas, Kaselea, aun desde el suelo, alcanzó a leer:

Juntos podemos con todo.

Samil siguió avanzando hacia Kaselea, lentamente, sin dejar de dedicarle su música, pellizcando las notas del corazón del Hiniur que, a su vez, eran el suyo propio. Se detuvo ante la comandante, mirándola desde arriba y sonrió.

—Sé… honesta. ¿No es esta… la pintura más bella que hayas visto jamás?

La música de Samil cesó cuando una de sus cuerdas se rompió de pronto y los latidos del Noxtra dejaron de escucharse.

Su corazón palpitó con contundencia una última vez antes de silenciarse para siempre.

El Hiniur paró en seco y, seguidamente, un estallido reverberó en el interior de su pecho, obligándole a expulsar toda la sangre que recorría su cuerpo.

El flujo escarlata abandonó su ser por todo orificio que encontraba: Garganta, hocico, lagrimales e incluso por sus oídos…

hasta que la bestia, finalmente, se desplomó, flácida e inerte.

Hubo silencio y Kaselea se quedó atónita ante la figura de Samil, que había sufrido exactamente lo mismo que el Hiniur.

Contuvo sus lágrimas todo lo que le fue posible, pero ellas, desoyendo su petición, abandonaron sus ojos cuando el sonido de la armadura de Samil repicó contra la grava al desplomarse justo a su lado.

La comandante, sin poder sobreponerse al dolor de las heridas que sufría, dejó caer su cabeza.

Con su oído pegado a la tierra, pudo percibir los latidos del corazón de la que había sido su compañía más cercana desde que ascendió a comandante.

De su mejor amigo, o amiga, como ellos dos cariñosamente se llamaban. De aquel que siempre estuvo ahí.

A escasos palmos de ella, el corazón de Samil ofreció su último acorde. Sus últimos latidos. Hasta que, finalmente, estos cesaron y con ellos, Samil pasó a formar parte de la historia del mundo. De la historia de Capital y de la propia historia de la vida de Kaselea, hasta el fin de sus días.