22. Kaselea
La comandante inclinó ligeramente su torso, dejando caer sus brazos hacia delante como péndulos.
Su cabeza se torció hacia un lado, como si hubiese perdido la sujeción sobre el cuello.
Abrió los ojos todo lo posible mientras se cubrían de luz y se volvían completamente blancos.
Comenzó a jadear entrecortadamente, cada vez más rápido.
Las cicatrices de su piel, poco a poco, se abrieron.
Desde el interior emergieron ojos de iris multicolor que se movieron en todas direcciones, escudriñando el entorno como si buscaran algo.
Al detectar la presencia del Noxtra, los ojos dejaron de moverse y centraron su atención en el engendro.
Kaselea comenzó a rotar sus hombros y a sacudir su columna vertebral en sucesivos espasmos.
Bajo las dos cicatrices que cortaban verticalmente su espalda, empezaron a formarse unas protuberancias que se sacudieron desde el interior de la carne y que ejercieron presión hacia fuera, luchando por salir.
Kaselea gritó de dolor.
Uno de los bultos reptó hasta el omoplato derecho y empujó la piel hacia fuera, desgarrando la cicatriz que lo sellaba. Un brazo envuelto en luz comenzó a abrirse paso entre la carne, retorciéndose mientras salía.
Sin tiempo de asimilar lo acontecido, otro brazo brotó del omoplato contrario, atravesando la cicatriz, seguido por dos más que se abrieron paso a la altura de las lumbares.
Cuatro brazos colmados de luz se desplegaron en X tras la comandante mientras la sangre que los manchaba goteaba hacia el suelo.
Kaselea volvió en sí, irguiéndose nuevamente. Bajó la mirada y contempló cómo el pequeño charco de sangre a sus pies le devolvía su reflejo.
Ni siquiera me reconozco.
Cerró sus seis puños con rabia, apartando la mirada de la sangre para clavarla en el Hiniur.
Movió los dedos de sus seis brazos en abanico, asegurándose de tener el control total de sus nuevas extremidades.
Se tiró en el suelo y apoyó sus seis manos sobre la tierra mientras el ejército de ojos seguía fijo en el Noxtra.
—Ahora conocerás de qué es capaz mi autentica yo.
La comandante se impulsó hacia la criatura. El Noxtra, en respuesta, sacudió su cuerpo con más ímpetu hasta que los insectos brotaron nuevamente de los colgajos de sus tripas.
La nube carroñera voló hacia la capitense.
Kaselea, en medio de su carrera, saltó hacia un lado, aterrizando contra la pared rocosa de la montaña.
Ayudándose de sus seis brazos, corrió por ella como si fuese tierra firme, mientras el enjambre la perseguía rozándole la espalda con un zumbido rimbombante.
Cuando la nube de insectos estaba a punto de alcanzarla, Kaselea saltó. En pleno aire, estiró dos de sus brazos hacia lo alto. Sus manos se aferraron a un saliente rocoso y se enroscaron alrededor de él. Aprovechando el balanceo, esquivó el enjambre, que se estrelló contra la ladera de la montaña.
Dio una vuelta más y, al alcanzar el punto más alto, se soltó, quedando suspendida en el aire por un instante.
Entonces lanzó sus brazos, que se enroscaron alrededor del cuello del Hiniur, y los contrajo para impulsarse hacia él.
El Noxtra rugió, liberando una nueva oleada de insectos desde sus tripas. Pero Kaselea ya había aterrizado sobre su cabeza.
—No quería llegar a esto, pero no me has dejado alternativa.
Todos los ojos que sobresalían de su cuerpo empezaron a moverse frenéticamente, como rastreando al Hiniur. Se detuvieron de pronto, fijos en las vísceras que arrastraba tras de sí, en las uniones de sus codos, en la columna que sobresalía de su lomo y, por último, en su cuello.
Una vez localizados los puntos, los seis brazos salieron catapultados hacia delante.
Uno de ellos rodeó el hueco en el estómago del Hiniur, sellándolo y evitando que volviese a expulsar un nuevo enjambre.
Otros dos rodearon los brazos esqueléticos de la bestia, impidiéndole moverse.
Dos más circundaron su lomo, dando varias vueltas sobre él.
El último, enroscado alrededor de su cabeza, puso fin a la existencia del engendro tras partirle el cuello.
Kaselea retrocedió sobre el cráneo del Hiniur cuando se desplomó y caminó hacia el hocico mientras sus pasos resonaban en el hueso. Bajó la mirada y, por un momento, contempló las cuencas vacías de la criatura, donde alguna vez debieron estar sus ojos.
—Que irónico —dijo—. De todos los Hiniur, tú eres el más aberrante. Igual que yo lo he sido siempre. Y, aun así, has sido tú quien me ha obligado a mostrar mi verdadero yo.
Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios mientras le lanzaba una última mirada a su enemigo antes de unirse al resto de comandantes.
Pero algo la detuvo.
La corteza negra que cubría las cuencas vacías del Hiniur, de pronto, comenzó a agrietarse.
Un burbujeo constante abombó la superficie, creando llagas que amenazaban con estallar en cualquier momento, hasta que, finalmente, la piel muerta empezó a desprenderse, dejando entrever lo que ocultaba bajo ella.
Unos ojos, tan putrefactos como hipnóticos, emergieron de entre la oscuridad de su cráneo; una mirada moribunda y carmesí que logró adueñarse de la voluntad de la comandante y detener sus pasos.
—No… puedo… moverme.
Su cuerpo empezó a pudrirse, pero a Kaselea no pareció importarle.
En aquel momento no existía nada más salvo aquel mirar.
La poca piel que aún se adhería a su silueta se arrugó y la musculatura ennegreció.
Los huesos que sobresalían empezaron a deshacerse como ceniza y alguno de sus tendones, sin poder soportarlo más, se rompieron.
Los cuatro nuevos brazos comenzaron a marchitarse, apagando la luz que los envolvía hasta colgar flácidos a su espalda.
Los ojos de la criatura se abrieron hasta su límite y Kaselea comenzó a percibir como su entorno y todo lo que le rodeaba se deformaba, mostrándole una realidad de la que llevaba demasiado tiempo huyendo, que tantas veces se había obligado a olvidar.
Una realidad a la que prometió no volver jamás.
¿Es una ilusión?
Se vio, de pronto, de pie en el interior de una cueva en las minas de Capital. Mineros y soldados que vestían los atuendos de su escuadrón corrían desesperados hacia la salida mientras el techo pétreo se derrumbaba.
Todos abandonaron la cueva salvo un hombre que trataba de liberarse del aplastamiento de unas rocas que habían caído sobre sus piernas y que le impedían moverse.
Kaselea abrió sus ojos mientras observaba los inútiles intentos de aquel hombre por liberarse. Dio un paso hacia él mientras el techo rocoso amenazaba con derruirse de un momento a otro. Le miró con temor mientras él le devolvía aquella mirada que se debatía entre la angustia y el dolor.
Dos lágrimas abandonaron las pupilas de Kaselea cuando lo reconoció.
—¿…Padre?
Intentó moverse, pero sus piernas permanecían ancladas al suelo, atrapadas en una maraña de espinas afiladas. Los pensamientos se agolparon en su mente, desbocados, mientras el pavor la envolvía por completo.
Sintió frío.
Alzó la vista cuando un hilo de tierra cayó sobre su hombro. La roca que tenía justo encima se iba a desplomar en cualquier momento.
Frente a ella, su padre extendía la mano y sonreía. A pesar de todo, sonreía.
Como aquel día.
Exactamente como aquel día.
Quiso gritar, pero la garganta se le cerró. Tampoco podía huir. Estaba condenada a presenciar la muerte de su padre y, después, a vivir la suya propia.
Sin él.
La enorme roca del techo se desprendió y se precipitó hacia ella.
Pero, a medida que caía, fue perdiendo velocidad.
Poco a poco, su consistencia fue volviéndose más liviana, más frágil, hasta que alcanzó a la comandante apenas acariciando su cabello.
Confundida, Kaselea abrió sus ojos para descubrir como la piedra estaba suspendida en el aire justo encima, flotando.
El paisaje fantasmagórico que la rodeaba comenzó a disiparse, deshaciéndose poco a poco hasta devolverla de nuevo a la realidad.
La cueva desapareció, convirtiéndose en el yermo desértico frente a Capital donde Hiniur y humanos seguían enfrentándose.
Su cuerpo volvía a estar roído por los insectos, exponiendo sus músculos y huesos.
Frente a ella volvía a erguirse el monstruo responsable de haberla obligado a revivir aquella tragedia.
Desorientada y aún asimilando lo acontecido, escuchó un siseo en el aire que llamó su atención.
Un objeto de madera atravesó el viento, golpeando una y otra vez la cabeza del Noxtra, aturdiéndolo y rompiendo la ilusión que había estado ejerciendo sobre ella. Aun exhausta, Kaselea forzó la vista hasta poder distinguir qué era aquello que acababa de salvarle la vida.
El objeto entonces cambió el rumbo y voló en su dirección, dando vueltas sobre sí mismo como un bumerán.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Kaselea pudo distinguir dos curvas en forma de S talladas con delicadeza sobre la propia superficie amaderada.
Las cuerdas que se extendían desde su punta hasta la base emitían pequeños destellos con cada giro, cegando levemente a la monstruosidad.
Tras varios giros más, el objeto sobrepasó a la comandante pasando de largo a ras de su hombro y rozando el poco pelo que se adhería a su cabeza.
Una mano lo atrapó en pleno vuelo.
Kaselea se volteó, contuvo la respiración y exhaló, aliviada. Una sonrisa juguetona y una caricia sobre aquel cabello sedoso bastaron para reconocer a su salvador.
—Vete… lárgate…este enemigo…—balbuceó Kaselea desplomándose contra el suelo.
—Shh… calma amiga mía ¡Pero mira cómo te ha puesto el bicho este!
—contestó Samil, imbuyendo las yemas de sus dedos con la luz de su Bendición—.
Cuando esto acabe, nos daremos el capricho de una larga sesión de belleza, nos lo hemos ganado —apoyó sus dedos sobre las cuerdas afiladas de su lira—.
Pero ahora, relájate y deja que te dedique mi mayor obra. La más hermosa de todas.