21. Belleza
No quería pero, aun así, volvió a hacerlo.
Volvió a sentarse frente a frente ante su peor enemigo: ella misma, reflejada en aquel estúpido espejo.
Pero necesitaba verse otra vez.
Aunque lo odiase. Aunque le doliese.
Sabía que era una sensación contradictoria.
No quería mirarse y volver a encontrarse con aquella aberración, pero, al mismo tiempo, lo necesitaba.
Quizás por morbo, quizás por simple curiosidad.
O tal vez por la absurda esperanza de que, algún día, el espejo le devolviera la imagen de la Kaselea que había sido siempre y todo no fuera más que una pesadilla tonta.
Miró.
El espejo le devolvió el reflejo.
Una joven de tez inmaculada y piel de terciopelo. Ojos marrones con matices ocres que recordaban a la miel, y unos brillantes mechones que caían a sus costados y perfilaban sus pupilas.
Pero era todo mentira. Bajo aquella gruesa capa de abundante maquillaje se ocultaba su verdadero rostro, su yo real. El que tanto temía mostrar.
Kaselea se levantó del pequeño taburete acolchado y abandonó el tocador para dirigirse a la puerta de su alcoba.
La abrió y miró a ambos lados del pasillo, asegurándose de que nadie irrumpiría en la habitación y la sorprendiese haciendo lo que estaba a punto de hacer.
Aunque, quizá, el sorprendido sería aquel que osara entrar y la viese desprovista de su máscara de colorete y jazmín que ocultaba el monstruo que era.
Tras asegurarse de que no había nadie cerca, cerró la puerta con cuidado y se dirigió de nuevo al tocador. Se sentó frente a su reflejo una vez más y contempló, en silencio, aquella abominación atrapada en el cristal.
Suspiró.
—¿A quién pretendo engañar? —susurró mientras hundía un poco de algodón en una tarrina de bálsamo—. Acabarán enterándose.
Con apenas quince años de edad, Kaselea había conseguido lo que cualquier adolescente capitense podría desear: despertar una Bendición. Ella misma incluso, desde bien niña, había soñado con ser una de las elegidas por Gheva algún día.
Pero no así.
Su don, más que una Bendición, era un castigo.
Le deformaba la piel y le agrietaba el cuerpo.
Por eso prefería no decírselo a nadie, ya que, hacerlo significaría atraer la atención de Álvar, el recién proclamado Rey de Capital, quien no dudaría en reclutarla para sus filas, y entonces su maldición quedaría expuesta a los ciudadanos.
O lo que es peor; ascendería a comandante y se vería obligada a emplear su Bendición con más frecuencia, lo que acabaría por deformarla todavía más.
Deslizó el algodón húmedo por su rostro y el espejo le reveló lo que tanto había tratado de evitar. Un sinfín de cicatrices negras surcaban su piel, agrietando sus pómulos, endureciendo el contorno de sus labios y arrugando su mirada.
Se levantó del taburete y dejó que la fina blusa resbalara hasta el suelo.
Su cuerpo quedó expuesto ante la sinceridad del espejo, el cual reflejó las cicatrices que cortaban su torso a medida que ella deslizaba el algodón.
Algunas eran profundas y se hundían en la piel.
Otras, en cambio, se elevaban sobre la superficie formando pequeños montículos rugosos de carne muerta.
Se dio la vuelta y reparó en las marcas que cortaban su espalda. Eran, sin duda, las más pronunciadas de todas. Líneas ennegrecidas que recorrían la suavidad de su cuerpo, desfigurándolo como si su espalda hubiese sido tallada a base de golpes de martillo.
Se giró y contempló su abominable rostro durante unos segundos más. El algodón se deslizó de entre sus dedos cuando su respiración comenzó a acelerarse a medida que la rabia y la impotencia consumían su cordura.
—Te odio.
Alzó su mano en un puño, temblando de ira.
—¡TE ODIO!
No lo soportó más y asestó un puñetazo contra el espejo.
El golpe retumbó en sus nudillos y el vidrio respondió con un crujido estridente al romperse en varios círculos alrededor de la zona del impacto.
La lluvia de cristales cayó sobre la mesita, esparciéndose entre los frascos de maquillaje y abriendo pequeñas heridas en la piel de su mano.
Permaneció con el puño hundido en el espejo un poco más mientras jadeaba entrecortadamente.
Un nuevo arrebato de ira invadió su alma y Kaselea lo sofocó barriendo la mesa con su brazo ensangrentado.
Los labiales, las cajitas de colorete y los distintos tipos de frasquitos cosméticos cayeron al suelo, coloreando las baldosas al romperse y desparramarse.
Kaselea mantuvo la cabeza gacha y el brazo extendido sobre la mesa, con los dedos crispados por el ardor punzante de los cristales que se habían incrustado en su carne. Las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos para derramarse a través de sus mejillas segundos después.
—¿Qué voy a hacer? —susurró en un llanto—. No puedo ocultar algo así el resto de mi vida. De una forma u otra, acabarán descubriéndome. Me encerraré aquí. Sí, eso haré. No puedo dejar que me vean así. Esta… esta no soy yo. Este monstruo…
—No eres ningún monstruo.
Kaselea abrió sus ojos hasta su límite y, de inmediato, saltó del taburete. Rápidamente recogió la blusa del suelo y la dejó caer sobre su cuerpo, ocultando sus marcas a quien quiera que se había atrevido a entrar sin avisar.
—¡SAMIL!
—Pero mira que estropicio has hecho… todo el maquillaje que tanto te había costado conseguir, echado a perder.
Kaselea frunció el ceño. ¿De verdad no había notado que estaba completamente desnuda frente a él? O, peor aún, ¿no se había dado cuenta de las cicatrices que tanto se empeñaba en ocultar?
—¡Pero, ¿qué haces aquí?! ¿Cómo has entrado en mi casa?
Samil arrugó su entrecejo.
—Tu padre me ha abierto la puerta.
—¿Y cómo has sabido que estaba aquí?
—Tu padre también.
—¿Y por qué…?
—Tu padre.
Kaselea suspiró.
—¿Te has olvidado, amiga? —preguntó el joven Samil—.
Hoy íbamos a pasar la tarde juntos. Té caliente, galletas recién hechas y una laaaarga sesión de cuidados cutáneos —abrió la bolsa de cuero que colgaba sobre su hombro, revelando todo tipo de productos de belleza—.
He traído toda mi colección, más unos que he adquirido en el mercado esta mañana.
Tengo que confesar que no me he podido resistir y he abierto uno de ellos que…
—Samil, ¿me tomas por tonta?
El capitense se repeinó los mechones de su flequillo hacia atrás. Miró a Kaselea durante unos instantes tratando de deducir a qué se refería.
—¿Es una pregunta trampa?
—¿Qué? —respondió ella—. ¿Acaso no estás viendo mi cuerpo?
Samil la recorrió con la mirada de arriba abajo, golpeándose el mentón mientras lo hacía. Kaselea, al comprobar que su amigo parecía no darse cuenta de lo evidente, dejó resbalar la blusa hasta el suelo, exhibiendo sin pudor la deformidad que tanto le avergonzaba.
Tanto ella como Samil habían sido amigos desde pequeños. Más que amigos, ellos se consideraban miembros de una misma familia. Habían correteado juntos por las calles de Capital, compartido travesuras y confiándose sus secretos más íntimos. Todos.
Quizás, si había alguien a quien pudiera contarle lo que le sucedía, no podría ser otro que Samil.
—No se lo digas a mis padres —rogó ella mientras mostraba su cuerpo.
Samil siguió observándola detenidamente sin decir nada, golpeándose el mentón repetidas veces mientras negaba con la cabeza.
—¿Es esa tu Bendición?
Kaselea guardó silencio por un momento y asintió.
—Y… entiendo que no te gusta nada.
La capitense volvió a asentir.
— Y… por eso no te separas nunca del maquillaje y siempre tratas de ocultarte tras cualquier rincón para retocarte, ¿verdad?
—¡No pueden verme así! —respondió Kaselea, irritada—. Desde que desperté esta… maldición y mi cuerpo empezó a deformarse, el maquillaje ha sido mi salvación. Es mi máscara para poder enfrentarme al mundo.
—La belleza está en todas partes, querida amiga —espetó Samil—, incluso en un cuerpo repleto de cortes y heridas, como el tuyo.
—No se trata de ser guapa o fea, Samil. Se trata de no ser un monstruo. De no ser señalada por los demás.
El joven Samil introdujo una mano en el interior de su blusa multicolor. Kaselea frunció el ceño.
—La gente teme lo diferente, Kassi —espetó el capitense—.
Mi alrededor se ha encargado de recordármelo siempre.
No soy el hijo vigoroso que mi padre esperaba tener, un hombre corpulento con un sentido innato para el liderazgo.
En la academia también me dejaron de lado solo por preferir los pinceles y la música antes que la espada.
Pero, ¿sabes? —extrajo la mano, que sostenía un trozo de papel rasgado de forma irregular por un lado—.
Siempre tuve mis dibujos. En ellos lograba evadirme del mundo y me ayudaban a olvidar.
Cuando Samil le mostró el papel agrietado, Kaselea lo reconoció de inmediato. En él se podía apreciar la figura de un hombre trazado con líneas rectas. Sobre su cabeza, en letras pequeñas, podía leerse: “Con todo”.
—¿Aun conservas el tuyo? —preguntó Samil con una sonrisa, sosteniendo el medio dibujo frente a Kaselea.
La capitense hurgó en uno de los bolsillos interiores de la blusa y, al igual que Samil, extrajo un trozo de papel rasgado por uno de sus lados, que parecía encajar a la perfección con el suyo.
En él se apreciaban unos trazos rectos que representaban la silueta de una mujer y un pequeño mensaje sobre cabeza: “Juntos podemos”.
Samil acercó su trozo de papel al de Kaselea, y el dibujo se completó.
—“Juntos podemos con todo”—leyó Kaselea entre lágrimas.
—Eso es, querida amiga —concluyó Samil—.
La única persona que se acercó a mí cuando todos me daban la espalda fuiste tú, Kassi.
Has estado conmigo siempre, a pesar de todo.
Desde aquel día nos volvimos inseparables y sellamos esa promesa con este dibujo que te dediqué, jurando que siempre lo conservaríamos para recordar que, aunque el mundo nos haga de lado, siempre nos tendremos el uno al otro.
Samil guardó su parte del dibujo de nuevo en el interior de su bolsillo y se acercó a la joven Kaselea, dándole un suave beso en su coronilla.
—Tómate el tiempo que necesites para aceptar quién eres. Escóndete tras una capa de maquillaje si eso te hace sentir confianza. Pero recuerda: yo siempre estaré contigo.