Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 20. Noxtra
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20. Noxtra

—¿Qué sabemos de este? —preguntó Ramis sin perder de vista la colosal criatura.

Jedena abrió el bestiario de Samil por la página que ilustraba al Hiniur de Rango Alto que enfrentarían a continuación.

Repasó las descripciones en los márgenes, las cuales eran escuetas y no muy detalladas.

La misma ilustración tampoco ofrecía demasiada información; una monstruosidad colosal con colgajos de piel putrefacta entre los que asomaba carne ennegrecida.

—No demasiado —contestó Jedena, ofreciéndole el bestiario al lenovense.

El Capitán sostuvo el libro y repasó él mismo las notas.

De este sabemos poco, pero podría vivir con esa incertidumbre siempre. Ilustrar esa carne podrida que le cuelga… ¡Puaj! No, gracias.

Este fue avistado por los guardabosques de Davá y ni ellos mismos pudieron recopilar más información debido al hedor que desprende el bicho. Quien vaya a combatir contra él, ¡que se cubra la nariz!

Ramis suspiró.

—¿Esto es todo lo que tenemos?

—Todo.

—¿Qué comandantes tienes en mente para enfrentar algo que desconocemos?

Jedena clavó su mirada en el lenovense.

—Esta vez irá uno solo —respondió con firmeza—. Ya hemos perdido a una comandante y hay tres gravemente heridos. No podemos permitirnos sacrificar a dos cada vez que nos enfrentamos a un nuevo Hiniur.

—¿A uno solo? —replicó Ramis algo sorprendido—. ¿Y a quien enviarás para enfrentar a un Hiniur del que no contamos con información más allá de su pestilencia?

—Hay una.

Ramis abrió sus ojos, sorprendido ante la rapidez en la respuesta de Jedena. Designar a un solo comandante para enfrentar a un Hiniur así no debía ser una decisión precipitada, puesto que, quien lo enfrentara, o bien saldría gravemente herido o bien…

—Su Bendición es flexible y se adapta perfectamente a situaciones desconocidas —explicó Jedena—. Para un Hiniur del que apenas sabemos nada, es la mejor opción.

—¿De quién se trata?

Jedena sonrió.

—La comandante al mando del escuadrón Seis —sentenció—. Kaselea.

Olía a descomposición.

El aire se volvió irrespirable cuando se contaminó por un hedor denso y pútrido que parecía emanar del Hiniur que irrumpió en el campo de batalla.

De entre la niebla de tierra y polvo que envolvía el lugar, su presencia no pasó desapercibida para nadie.

Se trataba de un ser colosal que parecía haber sido engendrado a partir del más puro odio y rencor.

Su piel, como el hedor que desprendía, estaba podrida.

Sus escamas, aunque colgaban inertes sobre su cuerpo moribundo, lucían un color entre rosado y blanco, como si estuviesen hechas de carne viva.

Las partes de su cuerpo que no estaban cubiertas con piel dejaban entrever pedazos de sus huesos necrosados y unas entrañas hediondas que parecían estar en plena fase de descomposición.

Su cabeza anfibia no presentaba mejor estado; su cráneo, al descubierto y con las cuencas oculares vacías, daba la impresión de ser un yelmo óseo.

Una hilera de vertebras exteriores recorría su espalda, protegiéndole con un sinfín de costillas que lo abrazaban desde atrás.

Su mandíbula, a medio cubrir de carne, mostraba unos colmillos prolongados que apuntaban hacia el suelo.

Los hoyos vacíos de sus ojos emitieron un tenue fulgor rojizo, como pequeños farolillos, cuando el Noxtra detuvo su avance y centró su atención en la figura que le cortaba el paso.

Para alguien que se había criado entre el azufre de las minas de Capital, el hedor pestilente que desprendía la criatura no suponía un impedimento para enfrentarla. Allí plantada, esperando a que el Hiniur iniciase el ataque, Kaselea dejó fluir la luz de su Bendición.

Líneas lumínicas serpentearon alrededor de sus brazos y piernas, envolviéndolas en forma de espiral. Las cicatrices que cubrían su piel respondieron estirándose levemente, como preparándose para afrontar al monstruo que la miraba intimidante desde las alturas.

—Hoy voy a exigiros más que nunca— susurró Kaselea mientras deslizaba los dedos sobre la piel de su brazo, como si las cicatrices que lo marcaban pudieran oírla—.

Prometo que, después de esto, tendréis una sesión de masajes con los mejores mejunjes del reino hasta que recuperéis la suavidad de siempre.

El Noxtra contrajo sus dedos esqueléticos, clavando parte de ellos en el suelo, preparándose para cargar contra la comandante.

Abrió sus fauces apuntando en aquella dirección, pero, de pronto, sintió una fuerte sacudida.

El puño de Kaselea viajó a través del aire, estirándose hasta impactar contra la mandíbula de la bestia, dislocándola y dejándola pendida por uno de sus lados.

La criatura gruñó y encorvó su espalda, encogiendo su silueta mientras trataba de calmar el dolor.

El brazo de Kaselea se retrajo, volviendo a adoptar su longitud habitual.

Pero su sonrisa complaciente pronto desapareció cuando comenzó a sentir el escozor que le provocaron las cicatrices recién abiertas de su brazo, y de las que ahora brotaba la sangre que salpicó su coraza.

—Aguanta Kassi —se dijo—. Un poco más.

El Noxtra, algo más recompuesto, volvió a posar su mirada apagada en aquella humana. Su mandíbula, que seguía colgando de un solo costado, se meció de lado a lado al dar varios pasos más hacia la comandante.

Persistente, la aberración se preparó para cargar de nuevo, clavando sus garras huesudas en la tierra para coger impulso. Pero, como antes, el puño de Kaselea volvió a impactar contra su dentadura, que la desencajó por completo y cayó con fuerza en el lodo bajo sus pies.

Kaselea volvió a contraer su brazo.

El Noxtra tenía un aspecto intimidante, de eso no cabía duda, pero era tan solo eso; pura fachada. Era enclenque y frágil, un amasijo de huesos putrefactos y colgajos de piel que no oponían mayor resistencia.

Una vez tras otra, Kaselea se ciñó a su estrategia: imbuir sus brazos con la luz de su Bendición, estirarlos y descargar duros golpes contra la criatura, impidiéndole siquiera moverse.

—¿Es esto lo que durante tantos años hemos temido?

—murmuró la comandante para sí—. ¿La humanidad realmente perecerá ante seres tan débiles como este?

—acarició su brazo, manchando su mano con la sangre que brotaba de las cicatrices recién abiertas—.

Un poco más, tan solo necesito soportar mi Bendición un poco más.

Con aquella idea en mente, la capitense corrió hacia la criatura, echando su brazo hacia atrás. A falta de unos pasos para alcanzarle, lanzó su extremidad hacia adelante, como un látigo, que se estiró por encima del lomo del Hiniur y se enroscó en varias vueltas alrededor de su espalda.

Te tengo.

Un crujido seco resonó en el aire cuando el nudo que ejercía el brazo de Kaselea se estrechó y la columna del monstruo se partió en dos. La mitad inferior del engendro se desplomó sin vida contra el suelo, mientras que su mitad superior rodó sobre la tierra, quedándose finalmente boca abajo.

—Se acabó.

Kaselea se incorporó.

Sus brazos colgaban a ambos costados, malheridos, mientras avanzaba hacia la parte superior del Noxtra que yacía más adelante. Sus ojos recorrieron el cadáver, o lo que quedaba de él, satisfecha por haber dado muerte a uno de los temidos seis Hiniur de Rango Alto.

—Una victoria más para la humanidad —espetó, dándole la espalda al Noxtra, dispuesta a unirse al resto de comandantes.

Pero algo la detuvo.

Un zumbido, desde alguna parte, le heló la sangre.

Kaselea se giró y escrutó el entorno en busca del origen de aquel incesante sonido hasta que, un poco más adelante, lo vio.

Desde la carne putrefacta y las vísceras hediondas que sobresalían de la parte inferior del estómago del Noxtra salió despedida una nube negra, que revoloteó alrededor del cuerpo del Hiniur como esperando algo.

—¡Insectos!

Cada vez más moscas verdosas, cucarachas voladoras y escarabajos necrófagos salían despedidos desde las entrañas del engendro y se unían a la nube negra, aumentando su tamaño.

Kaselea dio un paso atrás instintivamente y la marabunta de insectos carroñeros voló hacia ella, alcanzándola antes de que pudiese reaccionar. La comandante gritó de dolor cuando sintió como aquellos parásitos sobrevolaban sobre su rostro, arrancaban su piel y se alimentaban de su carne.

No podía moverse.

No podía huir.

Paralizada, no pudo hacer nada más que soportar el ataque.

Finalmente, la nube de insectos se despegó de su cuerpo, revoloteó un instante más sobre ella y regresó de vuelta hacia el Noxtra.

A medida que los parásitos se reinsertaban en las entrañas del Hiniur, sus huesos comenzaron a crujir, recuperando poco a poco la movilidad de su cuerpo. La mitad inferior aún yacía tendida a lo lejos, pero el torso logró incorporarse, justo cuando el último parásito se hundió en su cuerpo.

El Noxtra se sacudió cuando pareció recobrar la vitalidad.

Avanzó hacia la comandante valiéndose únicamente de sus dos brazos para caminar.

Sus tripas colgaban tras él en tiras, arrastrándolas y pintando el suelo con la sangre negruzca que las embadurnaba como si fueran las cerdas de una brocha.

Su cráneo, desprovisto de su mandíbula inferior, crujía con cada movimiento.

Los huesos que aún se adherían a su lomo estaban astillados y las costillas, agrietadas.

Kaselea se tambaleaba de un lado a otro, moribunda.

Su rostro, que siempre procuraba mantener bien cuidado, ya no conservaba su belleza.

La piel, desgarrada a mordiscos, dejaba entrever la carne debajo.

Sus párpados, a medio devorar, colgaban flácidos sobre sus ojos.

En su cabeza, solo unos pocos mechones se adherían todavía a su cuero cabelludo, el resto estaba desprovisto de piel y carne, exponiendo el hueso al exterior.

Hincó una rodilla en el suelo y observó como el Noxtra estaba cada vez más cerca.

—Tengo que…—balbuceó y la sangre brotó de su boca con cada palabra—…acabar con él.

La única forma que tenía Kaselea de evitar que los insectos volviesen y devorasen lo que quedaba de ella, era acabando con la criatura que tenía delante. Tenía que asestarle el golpe de gracia. Un ataque que acabase con su vida de inmediato, sin darle tiempo a recuperarse.

Pero ¿cómo iba a enfrentarse a un enemigo al que no podía tocar? Al mínimo contacto, el enjambre de insectos brotaría de nuevo.

No había otra opción. Tenía que llevar su Bendición al límite, aunque detestara recurrir a ella.

Aunque odiase denigrar su aspecto hasta ese punto.

Para alguien como Kaselea, la apariencia lo era todo.

Tantos años usando su Bendición habían acabado marcando su cuerpo con cicatrices y heridas que ya apenas podía disimular.

Por ese motivo, liberar su poder y verse obligada a desfigurar su cuerpo de una forma tan grotesca suponía una humillación insufrible para ella.

Tosió y la sangre volvió a salir despedida de su boca formando un charco sobre el suelo.

Inclinó la cabeza y contempló su reflejo y los estragos que aquellos parásitos habían dejado en su cuerpo.

Era aberrante. Tiras de piel le colgaban como cortinas desgarradas y parte de su carne estaba a medio roer.

Sus ojos no podían cerrarse del todo, ya que los párpados estaban parcialmente consumidos.

La punta de su nariz parecía haber sido cercenada con un tajo limpio, dejando el hueso al descubierto.

Era un monstruo, no había duda de ello. Se había convertido en aquello que siempre había tratado de evitar.

Quizás… haya llegado el momento de aceptar lo que soy.

El Noxtra sacudió su cuerpo y los insectos en su interior comenzaron a revolotear, ansiosos por terminar de devorar a su presa.

El cuerpo de Kaselea comenzó a emitir un destello cada vez más intenso a medida que su Bendición se liberaba.

No había otra alternativa.