19. Íkaro
Las oleadas de Hiniur eran cada vez más numerosas.
La humanidad había respirado algo de tregua gracias a la participación de los kyanos y los no-nacidos en la guerra. Pero, aun así, ¿cuánto tiempo más aguantarían?
Una nueva jauría de aquellas criaturas emergió en el horizonte del yermo. Hiniur de piel negra, cuerpos escamados y ojos como rubíes que brillaban con sed de sangre se aproximaban hacia el campo de batalla.
Frente a ellos se alzaba Íkaro a lomos de Beti, aguardando impaciente su llegada. Se inclinó hasta quedar a la altura de las pequeñas orejas que coronaban la cabeza de la corpulenta osa parda sin perder de vista a los Hiniur.
—Un poco más, Beti —susurró, acariciando su pelaje—. Solo un poco más.
Beti exhaló aire por sus fosas nasales, dispersando aún más la grava que se esparcía por la arena.
Soltó un gruñido y emprendió una carrera hacia el grupo de bestias, que sucumbieron ante sus fauces ya teñidas de sangre.
No obstante, poco a poco la osa iba siendo presa del agotamiento.
Cuando se libró del último engendro, Íkaro la acarició, satisfecho por su labor, mientras contemplaba los cuerpos de los Hiniur esparcidos a su alrededor.
El recolector se dejó caer sobre el acogedor pelaje de su montura, esperando así recibir un breve y merecido descanso. Pero las tropas enemigas no cesaban su ataque; volvían una y otra vez, como siempre habían hecho.
El brevodiano, aún tumbado sobre Beti, entreabrió un ojo atisbando en el horizonte una nueva manada de Hiniur que se acercaba a su posición.
—No desisten…—murmuró, exhausto.
Miró a su alrededor y, en la distancia, distinguió como los Kyanos se enfrentaban a los Hiniur. El fulgor carmesí de Krib junto a las aletas rosadas de Shaila destacaban entre los demás. Un poco más allá apreció la silueta del oso de Yskar, Ylvan, luchando junto a otros brevodianos.
¿Estará Yskar con ellos?
Desvió entonces su mirada hacia el otro lado y pudo distinguir como los guardabosques davenses luchaban codo a codo junto a un grupo de…
¿Niños?
Unas pisadas aceleradas lo obligaron a volver en sí y centrar su atención en las criaturas que se acercaban.
Se incorporó a duras penas, preparándose para arremeter contra ellas.
Trató de acomodarse el mango de la lanza bajo su axila, pero el agotamiento ya había hecho mella en él.
Un temblor se apoderó de sus brazos mientras trataba de mantener el arma fija a la altura de sus ojos, apuntando con el filo hacia las bestias.
Fue imposible.
La lanza resbaló de entre sus dedos e impactó contra el suelo con un sonido metálico. Beti, confusa, giró su cabeza al oírlo, buscando con la mirada a su jinete.
Los Hiniur ya estaban demasiado cerca. Su cuerpo parecía no responder, al menos no como antes, y sabía que ni siquiera tendría tiempo para bajar de la montura y recuperar su arma.
Las criaturas saltaron hacia él. Íkaro alzó las manos instintivamente, dispuesto a recibir el ataque. Pero los Hiniur, aun en el aire, perdieron inercia y se desplomaron contra el suelo.
Íkaro permaneció unos instantes más en aquella posición hasta que, poco a poco, apartó sus velludos antebrazos del rostro y pudo percatarse de lo sucedido. Saltó desde la cruz de Beti y, al aterrizar, sus ojos se posaron en los cuerpos que yacían a su alrededor atravesados por plumas afiladas.
Arrugó su frente.
Eran plumas translúcidas que reflejaban distintos colores según el punto desde el que se mirasen. Desde el ángulo correcto y bajo el suave fulgor de la luna, se podían apreciar titilantes estrellas y lunas perladas talladas en el raquis de cada una.
Alzó la vista y descubrió que los Hiniur que no habían sido alcanzados por aquel extraño ataque seguían avanzando hacia él, ajenos a lo que acababa de suceder.
El recolector se acuclilló y recuperó su lanza de acero, levantándose de nuevo y alzándola amenazante hacia el frente.
Los Hiniur, ajenos a la amenaza del arma, continuaron avanzando hacia él.
Íkaro dio un paso atrás, pero su pierna flaqueó y cayó de rodillas al suelo.
Escuchó un galope.
Justo cuando las criaturas se preparaban para lanzarse sobre el brevodiano y su leal montura, una sombra surgió de la nada, atravesando a la marabunta de monstruos y dejando tras de sí una estela como si de una estrella fugaz se tratase.
Pocos momentos después, la silueta volvió a cargar contra los Hiniur, esta vez haciendo rodar las lanzas celestes que blandía en cada mano, descuartizando a las bestias a su paso.
La sombra detuvo su galope por fin e Íkaro pudo reconocerlo al instante.
—Ma… ¿majestad?
Yskar se mantuvo firme sobre sus cuatro patas, dejando que su espesa crin se meciera al viento. La parte superior de su cuerpo, parcialmente desnuda, estaba salpicada con la sangre de los Hiniur recién abatidos.
—¿Qué… qué te ha pasado? —prosiguió Íkaro, incrédulo—. Estás…
Ilma descendió de los cielos en picado, aterrizando junto a Yskar. Alzó la cabeza, dejando entrever dos ojos a través de la oscuridad que le brindaba la caperuza gris. Contrajo sus alas, plegándolas tras su espalda.
—… ¿diferentes? —acabó de decir la davense.
—Te lo explicaré —aseguró Yskar dirigiendo su mirada hacia un nuevo grupo de Hiniur que se acercaban—. Ahora descansa, mi querido Íkaro. Descansad todos. Ilma y yo contendremos a los Hiniur hasta entonces.
Sin mediar una palabra más, Ilma volvió a desplegar sus alas, mostrando su plumaje cubierto de constelaciones.
—Te veo allí.
Con una poderosa batida, la davense emprendió el vuelo, dejando un rastro de estrellas en su ascenso.
Una vez a solas, Íkaro mantuvo ese semblante entre la duda y la admiración. Por supuesto que Yskar estaba diferente. Su nueva forma irradiaba un poder tal que, incluso para Íkaro (quien lo conocía desde la infancia) resultaba difícil reconocerlo.
—No padezcas por nosotros, mi querido amigo —Yskar permitió que sus ondulantes mechones cubriesen la mitad de su rostro—.
Los Dioses nos han escuchado y están de nuestra parte en esta batalla.
Pronto gozaremos del futuro que tanto hemos soñado —se aproximó a Íkaro, apoyando una de sus manos sobre su hombro—. Descansa ahora, te lo has ganado.
Sin decir nada más, Yskar trotó veloz hacia los Hiniur que combatía Ilma en el horizonte. Su melena ondeaba tras él como una bandera al viento y su grito de guerra resonó por todo el páramo mientras enarbolaba una lanza en cada mano.
Íkaro se dejó caer en la tierra exhausto y, sonriente, contempló el cielo nocturno.
El futuro que tanto hemos soñado.