18. Shaila
—¡brONK!
El sirviente acudió lo más rápido posible ante la llamada de su líder, abriéndose paso entre las pequeñas escaramuzas que protagonizaban los guerreros kyanos que enfrentaban a las constantes oleadas de Hiniur. Su reverencia en cuanto llegó fue tan pomposa como perfecta.
—¿Habéis solicitado mi presencia, mi señora?
Shaila escrutaba el frente de batalla desde su improvisado trono de jaspe negro. A su lado estaba Krib, con sus manos entrelazadas tras su espalda, observando impasible las pequeñas refriegas entre kyanos e Hiniur.
—¡Infórmame! —exigió la líder mientras sostenía su báculo oxidado y miraba de reojo su reflejo en la gran perla que lo coronaba.
Bronk se mantuvo inclinado hacia delante unos segundos más, con su aleta morada meciéndose frente a él.
—Los kyanos están logrando repeler las tropas enemigas, mi señora —se irguió, entrelazando sus dedos nerviosos—. Sin embargo, hemos sufrido numerosas bajas y los nuestros están agotados. No sé hasta cuando serán capaces de mantener la posición, mi señora.
Shaila suspiró, ahogando su resignación.
—Siempre dándome malas noticias —dijo. Rotó la perla del cetro para observar desde todos los ángulos la belleza que le devolvía su reflejo—. Retírate, imbécil.
—S-s-sí, mi señora.
Una última reverencia sirvió como despedida antes de que Bronk volviese a su puesto en la avanzadilla, desde el cual podía observar el desarrollo de la batalla sin ser visto.
Shaila volvió a suspirar.
—Nuestras tropas necesitan un respiro, Krib —le dijo a su guerrero más diestro sin mirarle—. Parece que es nuestro turno.
Krib se mantuvo en su posición de firme. Sus manos seguían entrelazadas tras su espalda, pero sus dedos empezaron a moverse inquietos, esperando las próximas órdenes de su líder.
Shaila suspiró una tercera vez antes de abandonar la comodidad del trono, ayudándose del báculo para levantarse. Krib dio unos pasos hacia delante, situándose justo al lado de la soberana, y desenfundó sus cuchillas nacaradas.
—Que YO tenga que intervenir, habla muy mal de tus soldados, Krib —espetó Shaila, iluminando poco a poco las sinuosas aletas rosadas que bailaban sobre su cabeza—. Espero que recaiga sobre ellos una dura represalia cuando todo esto acabe. ¡Es intolerable!
—No será necesario que intervenga, mi señora —aseguró Krib, cuya aleta rojiza empezó a iluminarse también—. Yo me ensuciaré las manos por vos.
Las aletas que danzaban bordeando las extremidades de Shaila alcanzaron su punto de mayor fulgor. En especial la que se alzaba sobre su cabeza, la cual irradió una luz tan intensa que su resplandor fucsia se reflejó en las dagas de Krib.
—Bastante ridículo hemos hecho ya ante los terrestres como para arriesgarme a volver a fracasar —gruñó, alzando la mandíbula con autoridad—.
Ahora encarguémonos de ellos mientras nuestras tropas se recuperan.
Utiliza tu modo frenesí y asegúrate de acabar con esos bichos de una vez.
No quiero más disgustos ni tener que volver a pasar por semejante vergüenza. ¿Queda claro?
Ante la petición de su líder, las aletas de Krib alcanzaron su pico de luz más álgido. El brillo rojizo rivalizó con el que propagaba la aleta rosada de Shaila. Con las facas danzando entre sus dedos, Krib flexionó las piernas, preparándose para impulsarse hacia el yermo junto a los demás.
—Como ordene, mi señora.
El kyano corrió hacia el campo de batalla y el primer grupo de Hiniur no tardó en emerger frente a él.
A pesar de la marabunta de colmillos que se aproximaban, él no aminoró su paso.
Sin abandonar su seriedad habitual, el kyano aumentó su velocidad, aún más si cabe, cuanto más cerca de ellos estaba.
Con la gracilidad de un felino, Krib se abalanzó sobre el grupo de Hiniur.
Giró en el aire con un salto invertido y sus cuchillas desgarraron el lomo del primero de los monstruos antes de que pudiera reaccionar.
Cayó en cuclillas en medio del grupo de bestias y, dando una poderosa zancada al aire, giró sobre sí mismo como un torbellino, cortando la carne y los huesos de los engendros.
Pero hubo uno que logró burlar los filos nacarados y se lanzó sobre el kyano con las garras extendidas. Sin embargo, antes de alcanzarlo, un látigo conformado por algas marinas emergió desde alguna parte, enroscándose alrededor de sus patas y deteniéndolo en seco.
Shaila entonces tiró de su brazo y la cuerda vegetal se tensó, quebrando los huesos de la criatura con un chasquido.
—¡Ahora Krib!
La Aquamágena era una magia devastadora; manipular el agua a voluntad infundía tal temor que nadie en su sano juicio osaba enfrentarse a Shaila en solitario.
No obstante, tenía una gran desventaja; para controlar y manipular el agua era necesario, precisamente, estar rodeada de agua.
Tal vez por eso detestaba abandonar su isla y poner pie en tierra firme, donde el mar de Aqualuna se antojaba inalcanzable.
Pero durante años, Krib había suplido esta carencia proporcionándole a la soberana el agua que necesitaba en caso de tener que combatir hasta en los lugares más áridos.
El kyano no necesitó más indicaciones; desde aquella posición ventajosa, comenzó a respirar agitadamente, inhalando aire y expulsándolo hasta que empezó a sentir arcadas.
Abrió la boca hasta su límite y, desde su garganta, empezó a expulsar un vomito burbujeante y acuoso similar a la baba de caracol, que cubrió el suelo bajo las patas de las bestias.
Shaila soltó las algas y comenzó a mover las manos mientras sus ojos se cubrían por completo con el mismo tono rosado de sus aletas. Continuó moviendo sus brazos un poco más, simulando el vaivén de las olas. De pronto, el vómito transparente de Krib pareció obedecer sus deseos.
Unos poderosos torrentes emergieron desde la baba que impregnaba el suelo.
Serpentearon a través del aire hasta llegar a los Hiniur que rodeaban a Krib, introduciéndose poco a poco en el interior de sus fosas nasales.
Shaila movió sus dedos, ordenando así al agua seguir su recorrido hacia el interior de las gargantas de las bestias, obstruyendo su respiración.
Con una coreografía perfecta los Hiniur, incapaces de respirar, se desplomaron asfixiados contra el suelo alrededor de Krib quien divisó un nuevo grupo de enemigos que se aproximaba desde su izquierda.
Dejando atrás un rastro de cuerpos inertes y agua teñida de rojo, Krib avanzó hacia ellos.
Sus ojos, como su aleta, adquirieron el color del sol y saltó hacia los Hiniur.
Apoyó la punta de sus pies y volvió a impulsarse con una voltereta hacia atrás, evitando así un zarpazo.
En pleno giro, cruzó sus facas y asestó un tajo doble que cortó en dos el cráneo de uno de ellos.
Aterrizó sobre el tronco de un Hiniur y se impulsó hacia arriba, usando el rebote para caer sobre dos enemigos a la vez, hundiendo sus armas en sus cuellos.
Sin embargo, aunque Krib era un guerrero formidable, las oleadas de Hiniur eran muy persistentes. A Shaila le dolía reconocerlo, pero sabía que el cansancio le afectaría antes de que el resto de sus soldados pudiesen recuperar algo de aliento para continuar.
¿Qué pensarán los terrestres si nos ven fracasar? Maldijo entre dientes.
Necesitaba ayuda y, obviamente, no por parte de los humanos. Necesitaba la ayuda de algún kyano, tan diestro y experimentado como Krib, alguien como el que osó interrumpir sus pensamientos en aquel preciso momento.
—Mi señora —llamó una voz tras Shaila provocando, por un momento, que apartase su mirada del campo de batalla.
Un kyano de aleta grisácea hizo una reverencia ante ella. Sus pupilas violáceas encontraron las rosadas de Shaila y, al cruzar sus miradas, ella apartó la suya hacia el fragor de la batalla, como si quisiera huir de aquellos ojos.
—Largo —ordenó, tajante—. No necesito nada de ti.
—Krib no podrá mantener su fuerza eternamente —empezó a decir Korvin, incorporándose—. Y, aunque haya estado encerrado en los calabozos de la Isla todos estos años, aún conservo mis dotes como guerrero.
Shaila se mantuvo callada unos segundos más.
—Dime, ¿qué narices quieres?
Korvin sonrió como si hubiese estado esperando esa pregunta eternamente.
—Expiar mis pecados —pidió—. Déjame demostrarte que, aunque enfermo, aún puedo servir para la batalla —se adelantó, deteniéndose junto a la soberana—.
Pero cuando todo esto acabe, quisiera tu perdón y servirte como antaño, junto a Krib, mano a mano, siendo ambos tus dos guerreros más diestros y leales otra vez.
Shaila carcajeó ante las palabras de Korvin.
—¿De verdad crees que voy a caer en ese jueguecito? —espetó —. Poco me conoces si crees que yo, Shaila, la gran soberana de la Isla Kyana, cedería ante…
—¡MI SEÑORA! —gritó Krib de pronto en la lejanía.
Tanto Shaila como Korvin dirigieron sus ojos hacia el kyano de aleta rojiza. Un grupo de cuatro Hiniur lo habían alcanzado por la retaguardia. Eran demasiados enemigos incluso para un guerrero tan formidable como él. Necesitaba ayuda con urgencia.
—¿Y bien? —volvió a preguntar Korvin.
—¡Ve idiota! ¡Ayúdale! —espetó Shaila, empujando a Korvin al campo de batalla.
El kyano de aleta gris sonrió mientras emprendía una carrera hacia Krib y su aleta se iluminaba de blanco.
—Eso es justo lo que necesitaba oír.