Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 17. Tayim
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17. Tayim

El joven Emisario dio varios puñetazos contra la dura tierra, ahogando allí su frustración. Aunque sometían sus cuerpos y Bendiciones hasta su límite, los humanos estaban derrotando a las creaciones que con tanto empeño había engendrado su madre.

¿Cómo era posible? ¿Cómo unos seres tan frágiles eran capaces de acabar con esbirros creados a partir del don del mismísimo Yavan?

Regina, de pie un poco más adelante, se volteó movida por los continuos golpes que su hijo propinaba.

—Pero, mi amor, ¿qué es aquello que tanto te atormenta? —preguntó, acercándose a él.

—Los humanos… han logrado acabar con dos de tus creaciones —masculló, apretando su mandíbula con rabia—. ¿No se supone que estos Hiniur rozan lo divino? ¿Que son inmortales? ¿Cómo es posible que unos seres de carne y hueso puedan hacerles frente?

—Porque no son humanos cualquiera —aclaró—. No olvides, vida mía, que las Bendiciones de las que gozan son atributos propios de Gheva, que concede a aquellos que demuestran ser merecedores de ello —miró al cielo—. Poderes que también rozan lo divino.

Tayim arqueó una ceja.

—¿A qué te refieres con atributos de Gheva? Maldita sea, madre ¿A qué nos estamos enfrentando exactamente?

La Emisaria calló, dándole a su hijo un tiempo hasta que su creciente furia amainase.

—Gheva es la creadora de este mundo, mi amor —explicó—.

Posee el don de dar vida, así como Yavan tiene el poder de arrebatarla.

Fue ella quien formó los bosques que nos rodean, el fuego que ruge en el interior de la tierra y la nieve que cae sobre las montañas —posó su mirada en la de Tayim—.

Y fue más allá… Creó el paso del tiempo, el sentido de la orientación, el subconsciente, los sueños, la fuerza bruta...

Casi todo lo que existe, es obra de su voluntad.

—Pero no entiendo…

—Cuando Gheva y Yavan decidieron abandonar este mundo, El Supremo prometió que algún día regresaría —prosiguió Regina, sin permitir interrupciones—.

Gheva, ante esta declaración, no iba a dejar a su Creación, a su mundo, desprotegido.

Decidió entonces fragmentar sus habilidades en poderes independientes, que otorgaría a aquellos humanos que demostraran ser dignos portadores—.

Contrajo sus alas cobrizas, envolviendo su silueta con ellas—.

Capital es conocida por su fuerza militar, como bien sabes.

Sus hombres y mujeres son los más preparados para el combate de entre los cuatro reinos.

Tal vez por eso Gheva solo haya puesto sus ojos en ellos, concediéndoles su poder o las Bendiciones, como ellos lo llaman —dirigió sus pupilas carmesíes hacia su hijo—.

Así pues, hay un comandante capaz de alterar la temperatura, otro de manipular el flujo del tiempo; algunos con una fuerza descomunal, otros con una determinación inquebrantable o una velocidad sobrehumana.

Todas estas habilidades son el reflejo del poder que Gheva utilizó para dar forma a este mundo.

Madre e hijo se miraron en silencio, hasta que, finalmente, ella extendió su mano y lo ayudó a incorporarse del suelo.

Cuando estuvieron a la misma altura, la Emisaria apartó los mechones ondulados que se precipitaban sobre el rostro de su retoño y, cuando su frente estuvo despejada, le dedicó el más cálido de los besos.

—¿Entiendes ahora, vida mía?

—¿Entonces? ¿Qué sentido tiene enfrentarlos con nuestras mejores unidades si acabarán por derrotarlas?

—Para ganar tiempo, mi amor.

—¿Tiempo? —repitió con indignación, apartando el rostro de las caricias de su madre—. ¿Tiempo para qué?

Regina alzó su mano lentamente, dirigiendo una de sus garras tras Tayim, señalando la bolsa pelicular que se postraba en el suelo. El joven la contempló durante unos segundos, recorriendo con sus ojos afilados aquella membrana negruzca que latía de forma irregular.

—Tiempo hasta que tu padre despierte y sea entonces cuando ya no enfrentaran un poder casi divino, sino a la divinidad en sí misma.

Regina carcajeó al imaginarse aquel trágico final para el último resquicio de la humanidad, pero Tayim seguía sumido en un mar de preguntas.

—El único objetivo de mis pequeños es debilitar a los comandantes —prosiguió la Emisaria al ver el semblante confuso de su hijo—.

Agotarlos y extenuarlos. Los comandantes, gozando de sus plenas facultades, no tienen ninguna posibilidad contra un Emisario como tu padre, y menos todavía si pretenden hacerlo agotados —Regina soltó otra carcajada—.

Míralos, mi amor, fíjate en qué estado acaban los capitenses después de enfrentar a mis bebés.

Tayim fijó la vista en la lejanía. Alcanzó a distinguir los cuerpos inertes de los comandantes que ya habían enfrentado a alguno de los Hiniur de su madre; incluso le pareció reconocer el cadáver de uno de ellos.

—¿Lo ves? —preguntó Regina—. En ese estado no tienen nada que hacer contra alguien como tu padre.

Una sonrisa maliciosa brotó en el semblante de Tayim.

—¿Y nosotros, madre? ¿Cuál es nuestro cometido aquí?

Regina, hombro a hombro con su hijo, contempló junto a él la inmensidad del yermo, donde el olor a sangre ya era parte del aire y los cuerpos sin vida salpicaban la superficie.

—Proteger a toda costa a tu padre hasta que desarrolle su potencial —aclaró, extendiendo sus alas en plenitud, mostrando las venas azuladas que surcaban el interior—. Si alguien se atreve a acercarse, lo mataremos.

Tayim, siguiendo el ejemplo de su madre, desplegó también sus alas y las agitó suavemente.

—Seremos pacientes entonces, madre.

Regina, sin abandonar aquella sonrisa maliciosa, asintió.

—Ahora tan solo nos toca esperar y deleitarnos con el espectáculo de ver cómo los humanos acaban moribundos tras cada enfrentamiento. Y… ¿Quién sabe? Quizás tengamos suerte y alguno de ellos pierda la vida antes de tiempo.

Madre e hijo se miraron con complicidad mientras sus rostros fueron arrugándose en una mueca de felicidad.

—Todo va según lo previsto, mi amor… Todo.