16. Doile
—Te lo volveré a repetir —insistió Doile sin apartar su mirada del monstruo—. ¿Crees poder retenerlo? Solo necesito un poco de tiempo hasta canalizar por completo mi Bendición.
Kerin miró hacia todas partes, analizando sus posibilidades mientras sopesaba la petición de su compañera.
Quizás provocarle para que me siga y conducirlo a… ¡No, tonto! Doile necesita que el monstruo se quede quieto.
El Klotoross seguía recuperándose del último ataque, distraído, dándole a Kerin aquellos segundos para valorar la situación.
¿Y si congelo sus patas? …No, tampoco. Su boca seguiría estando libre y podría escupirnos fuego.
Piensa, piensa… mi Bendición… agua… inmovilizarlo… vamos, piensa.
Kerin, de pronto, chasqueó los dedos.
—Te-te-tengo una idea que podría funcionar —declaró, desencajando ambas cantimploras de su cinturón—. Pe-pe-pero voy a necesitar toda el agua posible.
Doile sonrió.
—Sabía que darías con la forma.
—Pe-pe-pero es algo arriesgado y-y-y tiene varios inconvenientes —advirtió, alzando la bufanda que rodeaba su cuello hasta cubrir su nariz mientras repasaba mentalmente el plan una última vez—. No podré retenerlo durante mu-mu-mucho tiempo, ya que su fuego podría acabar por descongelar mi hielo.
—Será suficiente.
—Y tampoco podré a-a-ayudarte mientras lo esté inmovilizando.
Voy a usar todo mi cuerpo para retenerlo y-y-y si algo te pasara, no-no-no podré socorrerte.
Tampoco sé muy bien qué pretendes hacer, pero usar tu fu-fu-fuego para acabar con un Hiniur que está hecho de eso mismo, me parece un plan un tanto…
—No voy a usar mi fuego esta vez —interrumpió la comandante del Dos moviendo sus dedos, haciéndolos crujir—. Confía en mí.
Los rostros de ambos comandantes se iluminaron de pronto cuando las ascuas que bailaban en el lomo del Hiniur se volvieron a avivar.
Rugió como nunca, mientras las llamas se agitaban con furia y se propagaban hacia sus patas, que quedaron también envueltas.
Su cola barría el suelo de lado a lado con ímpetu, hasta que el fuego en aquella zona se intensificó más que el del resto del cuerpo.
Abrió su boca, apuntando hacia los comandantes, y la llamarada que parecía haber contenido hasta entonces en sus entrañas iluminó el campo de batalla.
Kerin y Doile saltaron hacia los lados para evitar el torrente de ascuas y, sin cruzar palabra, se separaron y corrieron en direcciones opuestas, confundiendo a la bestia.
Mientras corría, Kerin retiró el tapón de sus cantimploras y se detuvo en seco. Vertió el contenido de una de ellas para humedecer el suelo bajo sus pies. El agua de la segunda la dejó caer sobre su propia cabeza, permitiendo que se deslizara bajo su coraza y empapase su cuerpo.
Cuando ambas cantimploras quedaron vacías, Kerin las lanzó hacia el Klotoross, golpeando uno de sus costados y llamando así su atención.
No me queda más agua. A partir de aquí, estás sola. Miró a su compañera y suspiró. Espero que tu plan funcione, Doile.
—¡A-a-aquí! —gritó, retirándose los mechones azulados que se habían pegado sobre sus ojos por la humedad—. ¡Aquí monstruo! ¡S-s-soy yo a quien quieres!
El Hiniur, incapaz de resistir la provocación, echó la cabeza hacia atrás, como si tomara impulso.
El fuego en su garganta chisporroteó con intensidad y pequeñas ascuas escaparon de entre sus dientes, como si ni siquiera él pudiese contener el fuego que estaba acumulando.
Con un violento movimiento del cuello, dirigió su cabeza en picado hacia Kerin, abriendo sus fauces hasta su límite y cubriendo sus colmillos con el fuego que brotaba de su boca.
El comandante contuvo el aliento mientras esperaba paciente el ataque para, en el último segundo, agacharse y evitar así los colmillos flamígeros que pasaron por encima.
Desde el suelo, activó su Bendición y el agua que empapaba su armadura se congeló al instante, permitiéndole deslizarse sobre la tierra que había humedecido momentos antes y que ahora se revestía con una fina capa de hielo.
Se coló bajo la bestia y se detuvo justo a la altura de su vientre. Fue entonces cuando activó de nuevo su Bendición, pero esta vez la dejó fluir sin contención.
Colocó sus manos en la tierra mojada y, desde ella y de entre los poros de su cuerpo, brotaron infinidad de gruesos aguijones de hielo que se abrieron paso hacia el cielo.
Cada uno de ellos atravesó el cuerpo del Hiniur, perforando sus músculos y tendones sin piedad, desgarrando todo cuanto tocaban hasta que lograron inmovilizarlo.
Las torres gélidas que brotaron de su cuerpo eran las más gruesas y robustas que jamás había creado, asegurándose así de que el Hiniur no las rompiese con facilidad y se liberase de la sujeción.
Pero ello, a su vez, reducía su propia movilidad, obligándole a permanecer allí tendido bajo el peso de toda aquella cantidad de hielo.
Mientras concentraba todos sus esfuerzos en mantener activa su Bendición, Kerin escuchó el sonido de unos pasos que se aproximaban. Doile se había acercado hasta su posición y, de pie ante él, lo observaba desde arriba con una sonrisa de satisfacción.
—Buen trabajo Kerin, esto será suficiente.
Tras sus palabras, la comandante cerró los ojos para concentrarse en las dos fuerzas que vibraban en su interior.
Sintió el fuego abrasador que albergaba una de ellas, la parte de su Bendición que tantas veces había empleado y que de tantas situaciones la había salvado.
El fuego era devastador, incontrolable, y quizá por eso Doile lo elegía con tanta frecuencia.
Pero ese día, sin embargo, era la energía gélida la que pedía a gritos libertad y Doile, aceptando sus deseos, la dejó fluir.
El haz de luz que cubría sus manos, rápidamente, se extendió hacia sus brazos. Kerin, aun sin ser capaz de moverse, pudo observar cómo Doile dejaba escapar su calor corporal por los pies cuando una aureola de fuego apareció bajo ellos, incinerando la tierra que pisaba.
A su vez, la luz de su Bendición seguía extendiéndose por su cuerpo hasta envolverla por completo. Sin embargo, a diferencia de otras veces, el fulgor de luz no tomó la forma de llamas, sino de una ligera capa de hielo de la que se desprendían perfectos copos de nieve.
Su armadura, endurecida por el hielo, se resquebrajó en mil fragmentos. Las uniones de acero que sostenían su coraza cedieron. Luego los brazales, los protectores de las piernas… Poco a poco el acero fue desprendiéndose y desplomándose contra el suelo.
Una neblina helada se arremolinó alrededor de su cuerpo desnudo, tejiendo un vestido de pura escarcha que se adornaba con finos cristales de hielo.
Su piel desprendía un vaho glacial que dejaba tras de sí una llovizna helada.
Un fulgor azul pálido ardió en sus pupilas cuando la comandante volvió a abrir los ojos.
Doile posó la mano sobre el vientre del Hiniur.
La bestia gruñó al sentir el frío lacerante que emanaba de la capitense.
Las escamas comenzaron a endurecerse y desprenderse de su piel al congelarse.
Sus ojos carmesíes se volvieron de un anímico color blanco, mientras el fuego que envolvían su cuerpo fue apagándose lentamente.
Kerin empleó todas sus fuerzas en mover la cabeza, queriendo comprobar qué era aquello que Doile pretendía.
Pudo ver cómo sus piezas de armadura se quebraban y se hundían en el suelo hechas hielo.
Su cabello bicolor también se heló y comenzó a desprenderse de su cabeza.
Le siguieron sus uñas, que se despegaron de sus dedos, e incluso se percató de como los dientes empezaron a perder adherencia y los expulsaba por la boca con cada tosido que sufría.
—Doile…—balbuceó Kerin con un débil hilo de voz—. ¿Qué… estás…?
—Habéis sido mi salvación —interrumpió la comandante, manteniendo el frío que expulsaba de su cuerpo—.
Para la hija de un tirano como yo, encontrar gente como vosotros en mi vida ha sido toda una sorpresa —a pesar de la rigidez de su cara, Doile gesticuló una sonrisa y la escarcha que se almacenaba en aquella zona, se resquebrajó—.
Me he sentido una más y eso me ha hecho feliz.
—Do-do-Doile… por favor —murmuró Kerin, empleando todas las fuerzas que le quedaban para pronunciar cada palabra—. No digas eso… No lo digas.
—Cuidad de mi madre, ella no va a entenderlo —cerró sus ojos, las lágrimas que se precipitaron de ellos se congelaron a medio recorrido al hacer contacto con su piel—. Y, sobre todo, acabad con estos malnacidos y vivid el futuro que siempre hemos soñado.
—Doile…
—Prométemelo.
Las llamas del Klotoross se apagaron para siempre.
El frío lo envolvió, helando su cuerpo hasta dejarlo inmóvil. Su respiración ya no se sentía, ni tampoco el constante borboteo del fuego que almacenaba en su garganta. El Hiniur perdió la vida y se quedó allí de pie, rígido como una estatua, para la eternidad.
Los picos de hielo que le atravesaban, de pronto, se quebraron, y Kerin pudo incorporarse por fin.
A gatas y teniendo su armadura perforada por el uso de su Bendición, se dirigió hacia el cuerpo de Doile que yacía en el suelo, hasta quedarse de rodillas a su lado.
Estaba irreconocible, el frío había consumido casi la totalidad de su piel, dejando a la vista tan solo un montículo de huesos cubiertos de sangre congelada.
Kerin llevó sus manos temblorosas hacia los restos de su compañera y, con sumo cuidado, sostuvo el cráneo que sobresalía. Lo miró durante unos segundos y sus ojos se fueron humedeciendo a medida que aceptaba la verdad.
Doile había muerto.
Había usado su Bendición hasta su límite y aquello fue lo que había puesto fin a su vida. Ahora, su alma descansaría en paz junto a Gheva en algún lugar del firmamento y, desde allí, cuando Capital volviese a ser lo que era, sería recordada como una de las grandes heroínas que salvó la humanidad.
Con sumo cuidado, Kerin se acercó el cráneo y lo apoyó sobre su regazo. Lo acarició suavemente con los pulgares, mientras sus lágrimas rodaban por sus mejillas.
—… Te lo prometo.