15. Llamarada
No era común ver a niños en la guerra.
El aclamado ejército de Capital bajo el mando de Krollo estaba conformado únicamente por los más diestros hombres y mujeres del reino.
Entre sus filas no había lugar para los débiles, pues su victoria y reputación estaban en juego.
Los ancianos, los enfermos y, sobre todo, los infantes, tenían terminantemente prohibida su participación en cualquier conflicto bélico.
Pero había una excepción.
En secreto y alejado de los ojos de la sociedad, Krollo formó un pequeño escuadrón de niños y niñas que denominó Escuadrón de Reconocimiento.
Críos desamparados, huérfanos o cuya vida no se auguraba fácil.
La misión primordial de este pelotón no era más que la de explorar el campo de batalla antes de que la guerra tuviese lugar.
Serían ellos los encargados de sufrir las trampas ocultas que el enemigo hubiese colocado, o revelar la posición de algún grupo de guerrilleros que, escondido en algún lugar, emboscaría a los capitenses por sorpresa una vez estallase el conflicto.
Eran niños cuyo destino estaba repleto de miseria y dolor y, para Krollo, aquella forma de morir era una buena manera de dar un uso a sus vidas.
Una muerte rápida por la más noble de las causas: la prosperidad de Capital.
Para Aldo, aquello era una oportunidad que no podía dejar escapar, pues implicaba darle un propósito a la miserable vida de su hija.
De cabellos rojos y plateados, su primogénita había nacido cromógena, o lo que es lo mismo, marcada por Yavan.
Aquello era una carga que Aldo no estaba dispuesto a arrastrar toda su vida y sería allí mismo donde pondría fin a su existencia.
—No quiero estar aquí, papá —se atrevió a decir Doile—. Hoy cumplo ocho años y mamá me había preparado una tarta —agachó la cabeza mirando al suelo mientras su padre tiraba de su brazo, obligándola a seguir caminando—. Y luego quería jugar con los niños de la calle y reírme y…
El repentino manotazo que Aldo le propinó fue suficiente para silenciar sus deseos y arrancarle la ilusión de una fiesta de cumpleaños para siempre.
Aldo no quería a su hija. Nunca lo había hecho. Desde el momento de su nacimiento, cuando vio aquel cabello bicolor que le crecía, supo que su vida no sería nunca igual. Sería el hazmerreír del reino entero, nadie querría acercarse a él y le repudiarían hasta el fin de sus días.
La batalla que acontecería aquel día era una buena oportunidad de remediar ese error.
En el mejor de los casos, el presenciar la muerte de personas tan de cerca provocaría en su hija un trauma tal que jamás volvería a relacionarse con la gente y, de esa manera, Aldo no tendría que sufrir la vergüenza de exponer a su hija en público.
En el peor de los casos, ella moriría, y él dejaría de cargar con el peso de ser señalado como padre de una niña cromógena.
Fuera cual fuese el desenlace de aquella batalla, él saldría ganando.
—Deja de decir estupideces —espetó Aldo levantando su mano, amenazando con propinarle otro bofetón—. Va a comenzar una guerra y tú solo piensas en divertirte y pasártelo bien.
Doile se frotó la mejilla, tratando así de calmar el dolor. Aldo suspiró y se acuclilló, situándose a la misma altura que su hija. Ella apartó la cara hacia un lado, huyendo de aquel aliento fétido a causa de su adicción al alcohol.
—Escúchame bien, niña —la sostuvo por los hombros, zarandeándola—. Aunque no pertenezcas al escuadrón de Reconocimiento, tu labor aquí hoy es muy similar. Ahora saldrás al campo de batalla y enfrentarás a cualquier enemigo de Capital que veas, ¿entendido?
Doile seguía frotándose la zona del impacto, allí donde su piel rosada se tornaba roja con la forma de los dedos de su padre.
—¿¡ENTENDIDO!?
La niña alzó la vista y se encontró con los ojos enfermizos de Aldo. Aunque las lágrimas amenazaban con derramarse, Doile le sostuvo la mirada, desafiante, durante unos segundos. Finalmente, por miedo a recibir otro golpe, inclinó la cabeza y asintió a su petición.
—Esa es mi chica —dijo él, alzándose del suelo para, seguidamente, empujar a su hija hacia el campo de batalla—. No mires atrás y mata a todo el que se interponga en tu camino.
La sonrisa maliciosa de su padre fue lo último que vio antes de girar su cabeza y contemplar la vastedad del campo de batalla que se abría ante ella.
Pudo observar cómo, no muy lejos de ella, algunos soldados capitenses ya luchaban contra hombres de armaduras celestes y ropajes de pieles y cuero.
Eran soldados armados, experimentados, con miradas repletas de sufrimiento y manos untadas en sangre.
Con miedo, la pequeña Doile comenzó a andar, adentrándose cada vez más en la tierra que, posiblemente, la vería morir.
¿Cómo voy a matar a nadie si ni siquiera voy armada?
¿Debería volver y pedirle a padre alguna de sus navajas?
Se giró y buscó a su padre con la mirada.
A lo lejos, pudo intuir su silueta medio oculta entre las hojas de un matorral.
Era él, el mismo que la había conducido a su muerte, asegurándole que perder la vida por una bandera era la forma más digna de morir.
El mismo que, durante todos aquellos años, le había infundido la idea de que preservar la integridad del reino era lo más importante en la vida de un capitense.
Aquel al que ella estaba obligada a llamar “papá”, había decidido esconderse cuando estalló el conflicto, atiborrándose de alcohol y yaciendo con alguna mujer del bando contrario, esperando que su hija fuese brutalmente asesinada por los enemigos de Krollo.
—¡Jefe! Deberías venir a ver esto.
Doile se giró rápidamente al escuchar aquella voz a sus espaldas.
Dos hombres enfundados en armaduras celestes la miraban desde arriba como si hubiesen encontrado un tesoro.
Pronto, un tercer hombre se unió a ellos.
Su coraza era del mismo tono que la de sus compañeros, pero, a diferencia de ellos, la suya estaba adornada con infinidad de marcas que reflejaban su rango.
Portaba dos lanzas cruzadas que envainaba a su espalda y que sobresalían por encima de sus hombros en forma de cruz.
Detrás de él, una larga capa marrón ondeaba al viento, posiblemente proveniente de algún mamífero de la zona.
—Es tan solo una niña —explicó el primer hombre—. Pero, sin duda, es una capitense. ¿Qué hacemos con ella?
Su líder dirigió una mano hacia la prominente barba que adornaba su mandíbula. Se la frotó con dos dedos, sopesando la respuesta.
—En la guerra no hay lugar para la piedad —declaró, desenvainando ambas lanzas de filo celeste, una en cada mano—. Quien muestra algún signo de debilidad está condenado a morir.
Siguiendo su ejemplo, sus acompañantes le imitaron y desenvainaron sus armas, alargando el brazo y dirigiendo el filo hacia el cuello de Doile.
—Lo siento, niña —sentenció el líder, enarbolando ambas lanzas hacia atrás y preparándose para asestar el tajo final—. Esto no es culpa tuya.
Doile se quedó paralizada, intuyendo que, al más mínimo movimiento, los filos que se apoyaban sobre su cuello desgarrarían su piel.
Cerró los ojos con fuerza, asimilando lo que estaba por acontecer.
Recordó a su madre y cómo, con los pocos recursos que tenía, había conseguido comprar los ingredientes para prepararle una tarta por su cumpleaños.
Cómo, tras horas de elaboración, ni siquiera pudo probar un bocado, pues Aldo había irrumpido enfurecido en la casa, y de un manotazo había lanzado la tarta contra el suelo.
Sus palabras volvieron a resonar en su cabeza.
¡Deja de podrir la mente de la niña! Tiene que aprender a luchar, a conocer el olor de la sangre, a sentir la amargura de matar a una persona con sus propias manos… ¡Capital está en guerra! No necesitamos tartas de frambuesa ni ninguna de tus tonterías.
La ira rugió en su pecho, la impotencia se adueñó de su voluntad.
La guerra no es lugar para una niña. La voz de su madre se hizo hueco en su mente. ¡No te lo consentiré, Aldo!
Recordó a su padre y cómo, en respuesta, arrojó a su madre al suelo, abalanzándose sobre ella y asestándole golpes sin piedad, esperando que alguno de ellos la callara para siempre.
Las lanzas duales del líder brevodiano iniciaron su recorrido con un único objetivo; decapitar a la niña.
¿Qué clase de monstruo eres tú?, r ecordó decir a su madre, malherida en el suelo. ¿¡Acaso no hay una pizca de humanidad en ti!?
El filo rozó su cuello.
Doile abrió sus ojos.
Las nubes del cielo se separaron en espiral, dejando pasar un foco de luz que se proyectó directamente sobre la capitense. El impacto del haz luminoso empujó a los tres hombres hacia el suelo, cegándolos levemente.
—¿Pero qué narices…?
Los tres brevodianos observaron atónitos el fulgor platino que, de pronto, recorrió el pequeño cuerpo de la capitense. La contemplaron un poco más hasta percatarse de cómo, sobre las manos de aquella niña, brotaba un aura blanquecina que, de inmediato, se propagó por sus brazos.
—Jefe… esto…—balbuceó uno de los hombres desde el suelo.
—No puede ser —murmuró el líder dirigiendo su mirada al cielo. Arriba, las nubes volvían a cerrarse—. ¡Alejaos! ¡Esa niña acaba de ser bendecida por Gheva!
Sus subordinados, pálidos ante la declaración de su dirigente, se levantaron apresuradamente del suelo.
—¡Corred!
Doile observó sus manos mientras las rotaba, contemplando la luz llameante que las acariciaba ahora.
En su interior podía sentir dos energías que, aun siendo totalmente diferentes entre sí, parecían convivir en perfecta armonía.
Una de ellas era fría, como una ventisca que cubre de hielo todo a su paso.
La otra, en cambio, ardía inmisericorde, como las llamas de un incendio que devoran todo cuanto tocan.
Se percató, además, de que era capaz de regular la intensidad de aquellas energías como si fueran dos músculos de su propio cuerpo, tensándolos o relajándolos a voluntad.
No sabría explicar exactamente por qué pero, en aquel momento, la energía llameante parecía cobrar protagonismo.
Quería salir, quería destruirlo todo, acabar no solo con los hombres que la habían querido ver muerta, sino con todo a su alrededor.
Era una energía destructiva, caótica, con un único fin; ver el mundo arder.
Sin dudarlo, Doile apagó la energía gélida, permitiendo que la cálida se desatara, otorgándole aquel libre albedrío que demandaba.
Sus pies comenzaron a helarse, como si el frío de su cuerpo estuviese abandonándolo y fluyera hacia el suelo, creando una aureola de hielo a su alrededor.
Cuanto más frío liberaba, más calor comenzaba a sentir en su interior.
Las llamas de luz que momentos antes solo rodeaban sus brazos se propagaron recubriendo la totalidad de su cuerpo y dándole la sensación de estar envuelta en un fuego áureo.
La niña, sin pronunciar palabra alguna y haciendo caso omiso al miedo que el rostro del líder brevodiano mostraba, alzó su mano, apuntándole con su palma. Un torrente de fuego lumínico salió despedido hacia el hombre, del que solo quedaron restos de armadura calcinada y huesos carbonizados.
Sin alterar la ira que reflejaba su rostro, Doile se giró bruscamente y comenzó a caminar hacia el arbusto donde debía esconderse su padre.
A su paso, la hierba bajo sus pies se convertía en ceniza, las rocas se fundían y las pocas aves que volaban cerca del aura que irradiaba caían desplomadas contra el suelo.
Cuando llegó, el matojo de hojas primaverales también sucumbió ante su fuego, revelando la figura de su padre tendido en el suelo, desnudo junto a una mujer y rodeado de botellas de vino esparcidas medio vacías a su alrededor.
—¿Hija mía? —preguntó con dificultad debido a su evidente estado de embriaguez—. ¿Ya ha acabado la guerra?
Doile cerró sus puños todo lo fuerte que pudo, desahogando la ira que la voz de su padre le suscitaba.
El fuego perlado que envolvía su cuerpo aumentó, creando un fulgor de llamas aún mayor.
Sobre su piel comenzaron a brotar pequeñas marcas negruzcas que amenazaban con abrasarla, pues ni siquiera el joven cuerpo de Doile era capaz de contener tanto poder calorífico.
—¿Doile? Cariño, soy yo —aclaró su padre, endulzando su tono todo lo posible—. ¿Qué te ha pasado? Vamos, respóndeme. ¿Qué es todo ese fuego de tu cuerpo?
Doile no respondió y alzó ambas manos, apuntándole con ellas.
—¡Espera! ¿Qué pretendes? —balbuceó él, retrocediendo a gatas—. ¿A mí? ¿A quién te ha dado la vida? ¿A quién te vio nacer? ¿A quién te ha cuidado todos estos años? ¿A tu propio padre?
Cada palabra que pronunciaba incrementaba la ira que Doile sentía y, con ella, las llamas de luz que la envolvían.
Miró por última vez a aquel ser despreciable, disfrutando del hecho de que, por primera vez, era él quien se arrastraba pidiendo clemencia.
Aquel hombre no merecía su perdón, ni siquiera una despedida.
Pero Doile apartó su rencor por un instante y, sin alterar su tono lo más mínimo, le dedicó unas últimas palabras.
—Púdrete en el infierno.
El fuego brotó de sus brazos sin control hasta que Aldo quedó reducido a cenizas.
Con su objetivo cumplido, la Bendición se apagó.
Doile cayó exhausta sobre el suelo árido, consumida por aquel fuego que había ennegrecido parte de su piel.
Pero sonreía, no podía parar de hacerlo.
Era feliz pues, a partir de ese día, no volvería a sufrir la tiranía de aquel que había sido obligada a llamar “padre”.