Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 14. Kerin
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14. Kerin

Doile estaba atónita.

Su rostro magullado estaba tan pálido como la luz que circundaba sus manos.

Los latidos de su corazón retumbaban en su oído y su respiración comenzó a acelerarse.

Allí postrada, de rodillas entre la tierra y el fango, era incapaz de apartar la mirada del ser que tenía delante y de cómo parecía sonreír mientras disfrutaba de su manjar.

Quiso levantarse, pero su cuerpo dolorido no parecía querer obedecer su petición. Poco a poco, valiéndose de los pequeños salientes de la pared montañosa, logró ponerse en pie.

Kerin… murmuró.

El Klotoross clavó entonces sus ojos viperinos en su siguiente víctima.

Apoyó la cola en el suelo y comenzó a moverla de lado a lado, avivando el fuego que la cubría.

Cuando su extremidad quedó totalmente envuelta por las llamas, giró su cuerpo y barrió el terreno con ella, dejando un rastro de ascuas a su paso.

Doile intentó ordenar a sus piernas que se movieran, pero estas volvieron a negarse. Sin ver otra alternativa, cerró los párpados con fuerza y se preparó para recibir la brutalidad del ataque.

Sin embargo, cuando la comandante logró percibir el calor que desprendía la cola, esta se detuvo en seco. Las llamas menguaron. La respiración de la bestia, de pronto, no se sintió tan pesada y las escamas de su rostro se contrajeron, expresando una mueca de dolor.

Infinidad de púas transparentes, tan delgadas como afiladas, atravesaron su rostro desde el interior, agujereando todo a su paso. El hocico, la mandíbula e incluso sus ojos estaban ahora perforados por aquel bosque de aguijones gélidos cuyas puntas goteaban la sangre negruzca de la bestia.

El Hiniur abrió su boca con un rugido tan potente como el dolor que sentía. A medida que sus fauces volvían a abrirse, una luz resplandeció en el interior. Un fulgor que nada tenía que ver con el fuego que ardía en su garganta, sino, esta vez, con la luz de una Bendición.

Kerin estaba de rodillas sobre la rugosidad de la lengua, con las manos iluminadas apoyadas sobre ella.

Desde su pecho, ascendiendo hasta sobresalir por encima de sus hombros, una coraza de hielo cubría al comandante, amortiguando así el impacto de las constantes dentelladas que el Klotoross le había proferido.

Doile conocía bien a Kerin y sabía que, aunque vivía con un miedo constante hacia todo aquello que le rodeaba, en situaciones límite como aquella ese mismo temor se convertía en su mayor arma.

Y, aquel día, lo volvió a demostrar.

Su compañero de pelo azulado se había valido de la saliva que empapaba la lengua para usar su Bendición, congelándola para crear aquella coraza helada que le protegía y aquel laberinto de estalactitas que crecían desde la lengua y que ahora atravesaban el cráneo del monstruo.

Kerin, aún empapado por la saliva, saltó de las fauces del Hiniur y, aprovechando el hielo que aún empapaba su cuerpo, se deslizó por uno de los lados para aterrizar junto a Doile. Ella, a pesar del alivió que sintió al verlo con vida, le dedicó una mirada de indiferencia.

—¿Podrías no darme estos sustos? —le reprochó.

—Ca-ca-casi muero ahí dentro —el chico se retiró los mechones celestes impregnados de baba que se adherían a su cara—. El monstruo… yo…—jadeaba por el sobreesfuerzo—. Yo…

—Sí, tú, casi me matas del susto —acabó de decir Doile, volviendo a alzar su mirada para posarla en el Hiniur—. Pero he de reconocer que no me esperaba que lograses herirle. Puede que ahora tengamos una oportunidad.

El comandante frunció el ceño.

—¿O-o-oportunidad? —respondió, alzando su dedo hacia la cabeza del Hiniur—. ¡Mira!

El Klotoross parecía recobrar la consciencia. Las agujas de hielo, tras permanecer expuestas tanto tiempo al calor de su piel, se derritieron. Los diversos agujeros que la Bendición de Kerin le había proferido estaban siendo sellados y cicatrizados por la lava que surcaba su piel.

—¿Ves? No ha servido de na-na-nada.

Doile sonrió.

—Oh, ya lo creo que sí —aseguró—. Ahora sabemos que tu Bendición puede herirle.

Kerin se retiró la saliva que taponaba sus oídos.

—Pero solo con herirle no vamos a poder…

Doile empujó a Kerin hacia un lado. La cola aterrizó entre ambos, barriendo el suelo y logrando colisionar contra la comandante, que la empujó lejos.

—¡Doile!

Kerin corrió hacia el monstruo mientras buscaba con sus dedos las cantimploras que colgaban de su cinturón.

La tapa de metal estaba tibia por la exposición al calor del Klotoross, pero aún conservaba el agua en su interior.

Retiró los tapones, introdujo los dedos y humedeció sus yemas.

Al sacarlas, un constante goteo comenzó a deslizarse desde la punta de cada una de ellas.

Kerin empleó entonces su Bendición y el líquido se cristalizó de inmediato, confiriéndole unas garras de puro hielo que nacían desde cada uno de sus dedos.

Al alcanzar el costado del Hiniur, Kerin propició una cuchillada con las diez garras de escarcha que adornaban ahora sus falanges.

Las escamas carbonizadas que cubrían aquella zona se desprendieron y el comandante vio una oportunidad de incrustar sus filos en la carne magmática de la bestia.

Sin embargo, sus afiladas agujas se deshicieron en vapor al rozar el halo de calor que desprendía.

El Hiniur abandonó su atención sobre Doile para dirigirla hacia el que había osado atacarle. Un brazo envuelto en fuego golpeó a Kerin como si fuera un insecto.

Aunque el ataque fue fortuito, el comandante logró solidificar la saliva que aún impregnaba su cuerpo en la zona del impacto. Una coraza de hielo volvió a materializarse y pudo amortiguar la contundencia del golpe. Pero no fue suficiente para evitar que cayera rodando por el suelo.

El Klotoross corrió hacia él arrastrando su cola, proyectando chispas y avivando las llamas que la cubrían. Alcanzó a Kerin, torció el lomo y alzó su látigo de fuego. Pero algo se estrelló contra su cuerpo y detuvo su frenesí.

Tras él, Doile miraba a la criatura con un fuego en los ojos más intenso que el que ardía sobre el Hiniur.

Se agachó y tomó otra piedra del suelo. Esta comenzó a resplandecer al contacto con la Bendición.

Cuando adquirió el tono níveo que deseaba, la comandante la arrojó contra los ojos de la bestia y la cegó por un instante.

Aprovechando aquel momento de tregua, Doile corrió hacia Kerin y le tendió la mano para levantarlo del suelo.

—Como me temía —repuso él con la coraza de hielo medio quebrada y las garras de escarcha partidas—. Atacarle con hielo es inútil. Su fuego…

—¿Te ves capaz de inmovilizarlo?

Kerin frunció el ceño.

—¿Có-có-cómo dices? —tartamudeó—. Digo que a-a-atacarle con hielo no va a ser suficiente para…

—Encárgate de que no se mueva, del resto me ocupo yo —interrumpió ella—. Tengo una idea.