13. Klotoross
—Debemos extremar precauciones con el siguiente —sugirió Ramis volteando las hojas del bestiario—. No olvidemos que este Hiniur fue capaz de arrasar por completo el reino de Davá.
Jedena miró al horizonte.
—Tengo el candidato perfecto para enfrentarlo —sentenció—. Kerin es, sin duda, la mejor elección aquí.
El lenovense arqueó una ceja.
—¿El muchacho?
Jedena asintió.
—No lo juzgues, Capitán.
—No lo juzgo a él, sino a su Bendición —hojeó el bestiario hasta dar con la página que describía al Klotoross—. Este Hiniur emplea el fuego para atacar, no sé hasta qué punto una Bendición que hace uso del hielo puede servir para…
—Él no ataca con hielo —interrumpió Jedena—. Él usa el frío, y estoy convencida de que esa es la forma correcta de enfrentar a este Hiniur.
Ramis pasó la página, reparando en las descripciones que Samil había anotado en los márgenes, repasando la estrategia que pretendía llevar a cabo la comandante.
“Vale, a ver, este es muy simple: Tira fuego, y mucho. Hay que tener cuidado con su lomo; parece que es ahí donde concentra las llamas. Pero, sobre todo, cuidado con su rabo, puesto que usa la fricción para prenderlo en llamas (es tan difícil escribir esto sin que suene mal) …”
—Creo que hay que vigilar su cola —concluyó Ramis, sacudiendo su mano, tratando de retirar la purpurina que se había adherido a su dedo—.
Y advierte también de la peligrosidad que implica enfrentarlo: “Arrasó el reino de Davá y, por lo que cuentan los supervivientes, es un Hiniur agresivo. No se anda con tonterías; si ataca es para matar” —cerró el bestiario de golpe—.
Sigo pensando que enviar solo a uno es arriesgado.
Jedena guardó silencio mientras sopesaba las palabras del lenovense.
—¿Y qué sugieres, Capitán?
—Hay que enviar a dos comandantes, puesto que es de los más peligrosos que vamos a enfrentar y debemos asegurar nuestra victoria —aseveró—. No conozco las Bendiciones de los comandantes tan bien como tú, pero, ¿no hay nadie más que tenga ventaja contra un enemigo que manipula el fuego?
Un nombre se abrió paso en la mente de Jedena. Si iban a tener que lidiar con fuego, solo podía ser ella. La comandante se volteó para mirar a Ramis.
—Doile.
Sin duda, uno de los Hiniur de Rango Alto más devastadores era el Klotoross. Desde la catástrofe que vivió Davá, el fuego que era capaz de generar hacía de este Hiniur uno de los más mortíferos a los que enfrentar.
Las llamas que emanaban de su cuerpo, según contaban los davenses supervivientes, alcanzaban temperaturas tan elevadas que eran capaces de derretir hasta la roca más sólida.
Gozaba de una coraza de escamas que cubría su silueta y, entre las grietas que las separaban, se distinguían ríos de lava que conformaban su piel.
Además, su cuerpo estaba salpicado de escarpadas protuberancias endurecidas por la constante exposición al calor. Su cabeza reptiliana ostentaba una serie de picos incandescentes, similares a antorchas, que se extendían por su lomo y aumentaban de tamaño a medida que recorrían su columna.
Pero, si por algo se le temía, era por el incesante fuego que envolvía su cola y que fue el verdadero causante del desastre que arrasó el reino de Ilma.
Tan larga como su propio cuerpo y tan pesada que, no pudiendo vencer su peso, estaba condenado a arrastrarla tras de sí, dejando un rastro de brasas y ascuas que quemaba la tierra por donde pasaba.
El Klotoross siguió avanzando por el terreno de arena y grava, intensificando la radiación de las llamas que lo envolvían. Con cada paso, el fuego de su cola se extendía un poco más mientras se aproximaba hacia las dos siluetas que permanecían firmes ante él.
Una de las figuras liberó su Bendición. Un fulgor blanquecino recubrió sus manos desde las muñecas y danzó sobre ellas en forma de llamas de luz.
—¿Tienes algún plan? —preguntó Doile apretando sus puños, intensificando la luz que los cubría—. ¿Alguna idea?
—No qui-qui-quisiera parecer un estorbo pero mi Be-Be-Bendición es capaz de manipular el agua para convertirla en hielo —el tembleque en la voz de Kerin era evidente—. Contra el fuego po-po-poco puedo hacer.
Doile suspiró, resignada.
Los pasos del Klotoross se sintieron más contundentes cuanto más se acercaba. Los escasos matojos y los troncos de los árboles que algún día expusieron orgullosos sus copas al mundo sucumbían ante las llamas cuando el calor que desprendía la criatura les acariciaba.
—Si Jedena y el Capitán te han escogido para este enfrentamiento, es porque tu habilidad es útil contra este bicho, al igual que la mía —Doile escrutó el entorno—. Solo que debemos dar con la forma de aprovechar esa ventaja.
El Klotoross se detuvo de golpe, fijando sus ojos carmesíes en los humanos que tenía frente a sus pies.
Exhaló y liberó un humo grisáceo por sus fosas nasales, claro indicador del fuego que contenía en su interior.
Meció su cola de lado a lado, arrastrándola por el suelo, calentando las escamas que la cubrían e intensificando así el fuego que desprendía.
—El paso del río Olika está más adelante, entre las montañas que rodean el reino —recordó Doile sin dejarse intimidar—. Debemos conducirlo allí, quizás el agua pueda apagar su fuego y entonces tengamos una oportunidad.
La comandante de cabello rojiblanco se giró hacia Kerin para comprobar que las indicaciones habían llegado a sus oídos. Él seguía contemplando la colosal criatura que tenía delante. Sus piernas temblaban sin control y sus dientes castañeaban como quien es arrojado al agua helada.
—¿Me has oído?
Kerin sacudió la cabeza y volvió en sí.
—U-u-un río, sí, entendido —tartamudeó, sin retirar sus ojos de las fauces del Klotoross que se abrían por encima de él—. Que gran in-in-invento esto de los ríos… Bu-bu-buscaré ese río y le tiraremos agua.
Doile suspiró nuevamente.
—No sé para qué me molesto.
Un gorgoteo resonó desde las entrañas del monstruo.
De entre sus colmillos resbalaron hilos de lava que se deslizaron hasta caer en el suelo frente a los comandantes. Ambos fijaron la mirada en el charco incandescente, observando cómo la tierra burbujeaba y se derretía al mero contacto.
El Hiniur abrió su boca un poco más y el chisporroteo en su garganta sonó de nuevo, esta vez con más contundencia. Doile pudo observar como en el fondo de su paladar una cortina de llamas crepitaba con violencia, ansiosa por salir.
—¡Corre! —ordenó la comandante, tirando del brazo de su compañero y obligándolo a correr con ella.
Un torrente de llamas abandonó las fauces del Klotoross casi de inmediato, calcinando el suelo justo donde momentos antes habían estado los comandantes. Al ver que su ataque había fallado, el engendro cerró su boca de golpe y cesó la llamarada que vomitaba.
Doile atravesó la ladera todo lo rápido que fue capaz, esquivando las rocas irregulares que salpicaban el suelo calcinado. Tras ella, Kerin la seguía de cerca, volteándose cada pocos pasos para comprobar que el Hiniur, furioso, había comenzado a perseguirles.
—¡Va-va-vamos a morir!
—¡No mires atrás! —ordenó Doile—. Puedo ver el río desde aquí.
Pero el miedo que sentía Kerin era muy superior a su voluntad y, desobedeciendo la petición de su compañera, volvió a girarse.
El Hiniur inclinó su cabeza hacia delante, tratando así de ganar velocidad.
Una vez logró situarse lo suficientemente cerca, asestó dentelladas al aire tratando de atrapar a los comandantes con ellas.
A cada paso, el aura del fuego que recubría su piel consumía la vegetación cercana, reduciéndola a cenizas.
Incluso la misma roca de la montaña parecía sucumbir a su fuego, derritiéndose y goteando como la cera de una vela.
—¡Do-Do-Doile!
—¡He dicho que no mires atrás!
El Klotoross lanzó un último bocado, pero esta vez su presa no logró escapar. Doile se detuvo en seco al ver la silueta de Kerin elevarse del suelo, atrapado entre el mar de colmillos que le había conseguido alcanzar.
—¡Voy a morir, voy a morir, voy a morir! —gritó el comandante de cabello azulado mientras seguía ganando altura.
En ese momento, Doile supo que no llegarían al río. Tendrían que enfrentarlo allí mismo, sin nadie alrededor que pudiese ayudarles ni la inmensa cantidad de agua que precisarían para apagar el fuego que emanaba de aquella criatura.
Corrió hacia el Klotoross sin perder de vista a Kerin, quien estaba siendo zarandeado de lado a lado como un trapo.
Una vez tras otra, el Hiniur sacudía su cabeza intentando desorientar al comandante, para seguidamente estamparlo contra la montaña y aplastarlo contra el suelo, esperando que cada golpe que propinaba fuera el último.
Esquivando los movimientos erráticos de sus patas, Doile logró colarse en uno de los costados de la monstruosidad. Inspiró aire, concienciándose de lo que estaba a punto de hacer.
Tiene que ser aquí. Murmuró. Aquí y ahora.
Apoyó una mano en el costado del Hiniur. Unos sofocos asfixiantes recorrieron su cuerpo cuando comenzó a transferir su propio frío corporal hacia la bestia.
Pero algo interrumpió su concentración.
Los violentos movimientos del Klotoross, que trataban de acabar con la vida de Kerin, eran tan impredecibles como poderosos.
Doile fue capaz de evitarlos, pero finalmente fue alcanzada de lleno por uno de ellos, que logró lanzarla lejos.
Su cuerpo surcó el aire hasta estrellarse contra la robusta roca de la montaña, que detuvo el vuelo en seco.
La comandante tardó varios segundos en recuperarse del impacto.
Sus párpados se sentían pesados y un quejido escapó de sus labios cuando intentó ponerse en pie.
La luz de sus manos menguaba, perdiendo poco a poco su brillo perlado.
Abrió los ojos débilmente y alzó la mirada.
El cuerpo de Kerin seguía zarandeándose de un lado a otro, pero ahora ya no luchaba por liberarse.
Parecía inconsciente, moribundo, sometido a los vaivenes de aquellas fauces que lo sacudían.
Doile abrió la boca para gritar el nombre de su compañero, pero lo que vio a continuación detuvo su deseo de hablar.
Con un fuerte latigazo de su cuello, el Klotoross lanzó al comandante hacia arriba y el cuerpo de Kerin voló inerte, girando sin control sobre sí mismo. Siguió rodando hacia el cielo y, al alcanzar cierta altura, su cuerpo volvió a descender hacia las fauces magmáticas que lo esperaban más abajo.
Doile palideció.
—¡KERIN!
El comandante aterrizó sobre la lengua del Hiniur. El fuego al final de su garganta volvió a chisporrotear con ímpetu y, satisfecho de haber atrapado a su presa, cerró su boca de golpe y selló a Kerin en su interior.