Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 12. Ilma #2
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12. Ilma #2

—Mis hombres están dando su vida mientras nosotros perdemos aquí el tiempo hablando de sinsentidos —sentenció—.

No sé quién eres ni qué haces aquí, pero si de verdad quieres ayudar, tómala y únete a nosotros.

De lo contrario, te recomiendo que te pongas a cubierto.

Esta batalla no es lugar para un anciano.

Laub miró pensativo la punta de acero brevodiano que relucía a la luz de la luna. Soltó una pequeña risa despreocupada antes de retomar la palabra.

—La ayuda que vengo a ofrecer no implica mi participación directa en la batalla, joven rey —respondió con calma—.

He recibido una señal. Un mensaje. Una petición desde las estrellas —calló durante unos segundos—.

Vosotros dos, reyes de los pueblos que hoy combaten la profecía, sois los elegidos para recibir el favor de Aelireth, Vastali de la curación y Madre de la vida en la Tierra.

Sin mediar palabra, Laub apoyó su bastón sobre las palmas de sus manos y lo levantó horizontalmente a la altura de sus hombros.

Cerró los ojos y comenzó a balbucear algo en un idioma que los monarcas no supieron comprender.

Poco a poco, a cada lado del anciano, surgieron dos espirales traslúcidas, espectrales.

A medida que giraban, fueron adoptando formas más reconocibles hasta que, finalmente, Yskar e Ilma pudieron distinguir las siluetas oníricas de dos animales celestiales.

—Si pretendéis combatir lo divino, entonces necesitaréis ayuda divina —acarició la cabeza del corcel que se mantenía firme a su lado—.

La Creadora ha fijado su atención en vosotros, líderes de Brevodia y Davá.

Habéis sido los elegidos, y a vosotros se os confía uno de los favores sagrados de los Cuatro.

Aceptad este designio, y recibid al espíritu animal que os ha designado.

Siendo hija de Davá, Ilma no podía sino rendirse ante la belleza que irradiaban aquellas criaturas.

El corcel desprendía vitalidad, brío, majestuosidad.

Sus patas mostraban con orgullo una musculatura perfectamente esculpida.

Su prolongada melena caía hacia un lado como una cascada hasta besar el suelo.

Mas lo que realmente cautivó a la davense fue que, al sacudir la cabeza, el animal dejó ver la cara interna de su crin, la cual estaba formada por un tapiz de estrellas titilantes y pálidas lunas que danzaban entre sí bajo la oscuridad de la noche.

El otro animal onírico aleteó hasta posarse sobre la cabeza del anciano, donde varias mariposas seguían revoloteando.

Tenía el aspecto de un halcón de ojos rasgados y pico afilado.

Desplegó sus alas y, como la crin del corcel, la cara interna de sus plumas mostró el brillo de incontables estrellas y lunas.

—El favor de los Vastali… —murmuró Ilma, sin abandonar el asombro que le suscitaba estar tan cerca de unas criaturas como aquellas.

—El favor de Aelireth —concretó Laub—. Fue ella quien, entre otras cosas, nos creó a nosotros: los guardianes del bosque.

Nuestro propósito no es otro que encontrar a hombres y mujeres de corazón puro para vincularnos a ellos y proteger la vida en todas sus formas.

Hoy, el mundo se tambalea y la existencia de la humanidad pende de un hilo.

Vosotros habéis demostrado vuestra valía, enfrentándoos al mal sin perder la fe en un futuro para los vuestros.

Así, el favor de Aelireth ha hallado en vosotros a sus dignos portadores.

Yskar se atrevió a dar unos pasos hacia el corcel, extendió la mano y acarició el lomo del animal celestial.

Zim, el guardián protector de las estrellas, sacudió levemente su cabeza, haciendo vibrar su ondulante crin al viento.

El corcel cerró los ojos e inclinó el cuello hasta que su frente tocó la del brevodiano.

—Tú, que has nacido bajo la sólida roca y el apabullante frío, heredarás la determinación y el valor de Zim —comenzó a decir Laub, mientras el corcel se deshacía en partículas de luz que se fundían con la piel del rey—.

Acepta este presente de la Creadora y lleva a cabo el cometido que se te ha encomendado.

Cuando las partículas se fundieron sobre la piel de Yskar, su cabello comenzó a crecer sin control. Una melena parda, tan larga como la crin del guardián, brotó de su cabeza y se extendió más allá de sus hombros, hasta cubrirle medio cuerpo.

—Esto es…

La mitad inferior de su cuerpo contaba ahora con cuatro poderosas patas que se mantenían firmes sobre la tierra.

Su torso, todavía humano, seguía cubierto por placas de acero brevodiano entrelazadas con un espeso pelaje, a excepción de su hombro y parte del pectoral derecho, donde su piel lucía al desnudo.

Laub, sin mediar palabra, avanzó entonces hacia Ilma.

A su llegada, las mariposas salieron despedidas de entre la frondosidad de su barba y se posaron sobre los tirabuzones de la davense.

El anciano le dedicó una pequeña sonrisa que arrugó su rostro, mientras Ilma seguía sumida en aquel eterno asombro.

—Tú, reina davense, serás portadora del espíritu de Kartaya, el águila custodia de los vientos —con un fuerte aleteo, la guardiana voló hasta situarse sobre la cabeza de Ilma y comenzó a deshacerse en partículas—.

Heredarás el don de la vigía, velando los cielos y observando el mundo allá donde los demás ojos no alcancen a ver.

Ilma observó su cuerpo y cómo, poco a poco, se fue delineando bajo una fina capa de luz.

Giró los brazos, perpleja, al ver cómo suaves plumas de tonos otoñales y puntas blancas empezaron a cubrir parcialmente su piel.

Alrededor de sus brazos, tras sus pies e incluso sobre su entrecejo brotaron más de aquellas plumas, que se extendieron más allá de su frente, entremezclándose con su cabello.

—Kartaya…

Ilma guardó silencio cuando, de pronto, unas alas majestuosas irrumpieron desde su espalda, rasgando la tela de su blusa grisácea al desplegarse. Atónita, se volvió y recorrió el plumaje con la mirada mientras las batía suavemente.

Laub se colocó entre los dos, golpeó el suelo con su bastón y contempló el horizonte.

—Ahora id y cambiad nuestro destino.

Ilma abrió las alas, mostrando su imponente plumaje al batirlas. Yskar, por su parte, se irguió sobre las patas traseras, haciendo girar los mástiles de sus lanzas entre los dedos.

Sin decir nada más, ambos se lanzaron con decisión al campo de batalla dispuestos a extinguir para siempre las huestes de Yavan.