Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 12. Ilma
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12. Ilma

Dad todo lo que tengáis y no dejéis a ninguno con vida, recordó haber oído decir a Jedena. Incluso si ello requiere vuestra propia muerte.

Y así había sido. Y así estaba siendo. La humanidad estaba entregando todo cuanto tenía para cambiar su futuro. Para reescribir su destino.

Ilma alzó la cabeza y la luz lunar iluminó su rostro al abandonar el cobijo que la caperuza le brindaba.

Frente a ella, unos metros por delante, pudo ver cómo un nuevo pelotón de Hiniur comunes se dirigía hacia su posición.

No era muy complicado deshacerse de ellos.

Sus guardabosques, junto a los kyanos y brevodianos que los enfrentaban, no habían tenido mayor dificultad en repelerlos.

Sin embargo, en cuanto parecía que ya no quedaba ni uno en pie, en cuanto por fin creían gozar de un pequeño respiro, nuevas oleadas de enemigos aparecían y el cansancio, poco a poco, iba sintiéndose más pesado.

Hemos combatido durante horas, pensó. De seguir así, la derrota será inevitable.

La reina davense desvió la mirada. Más allá pudo observar a sus fieles guardabosques y no pudo sentir sino orgullo de ver cómo combatían a los engendros de Yavan.

Kúdar saltó por encima del grupo de Hiniur.

Llevaba atada a su cintura una cuerda vegetal que parecía haber tomado prestada de algún kyano.

El otro extremo de la cuerda estaba sujeto a la cintura de Vett, quien se deslizó por debajo del grupo de enemigos justo cuando Kúdar los sobrevoló, atrapándolos con ella en su interior.

Los Hiniur se sacudieron con violencia, tratando de escapar de la atadura, pero solo pudieron quedarse ahí, quietos, y esperar su final. Vett desató la cuerda de sus caderas y se la tendió a Kúdar, quien la recibió con desconcierto.

—Mantenlos sujetos.

—¿Qué vas a hacer?

—Tú mantenlos sujetos y no preguntes.

—Pero, ¿qué vas a hacer?

Vett le fulminó con la mirada y Kúdar desvió su único ojo, disimulando.

—Será solo un momento, acabaré con ellos y volveré.

—Vale, bien. Pero, ¿qué vas a hacer?

La cabeza de Kúdar se giró cuando el manotazo que le propinó Vett impactó en su mejilla.

—¿Eres tonto? —bufó, ahogando así su frustración—. No sé ni para qué me molesto.

Sin mediar palabra, la guardabosques de cabello esmeralda se dirigió hacia el grupo de bestias.

Aceleró el paso hasta alcanzarlos y se dejó caer al suelo, deslizándose por debajo de ellos.

Con un movimiento rápido, extrajo dos cuchillos ocultos en el interior de sus mangas y los alzó, rasgando las tripas de las criaturas a su paso.

Al salir por el otro lado, los Hiniur, como marionetas, se desplomaron sin vida.

Vett volvió a ocultar los filos entre sus ropajes mientras regresaba junto a Kúdar, quien soltó las cuerdas a su llegada.

—¿Ves? Ya te he dicho que era un momento.

—Ha estado muy bien —afirmó el guardabosque—. Pero, la próxima vez, tú sujetas y yo ataco. ¿Te parece?

Vett resopló.

—De verdad que a veces no te soporto.

Un poco más adelante, estaban Káman y su hermana Zalka, haciendo frente a otro pelotón.

Aullido Lunar disparaba saetas tendido en el suelo, derribando a los enemigos que se iban aproximando a él. Una tras otra, iba colocando las flechas sobre la cuerda para, seguidamente, destensarla y dejar que el proyectil atravesase el aire hasta hundirse en algún Hiniur.

Pero los engendros de Yavan parecían no inmutarse ante las muertes de sus semejantes y siguieron corriendo hacia el davense.

Fue entonces cuando, desde algún lugar, Zalka saltó hacia su hermano.

Este, desde el suelo y sin cesar sus disparos, contrajo las rodillas con las plantas de los pies hacia el cielo, dejando que su hermana aterrizase sobre ellas.

Una vez que Zalka apoyó los pies sobre los de su hermano, Káman estiró las piernas de golpe, impulsándola hacia las alturas. Aprovechando esa posición ventajosa, Zalka colocó una flecha en su arco y acabó con los Hiniur desde el aire.

—¿Necesitas un descanso? —preguntó una voz tras Ilma, sacándola del espectáculo que protagonizaban sus guardabosques.

Se giró rápidamente para encontrarse con el rostro húmedo de sudor del líder brevodiano. Sus lanzas, una en cada mano, lejos de lucir con aquel resplandor celeste tan característico, estaban impregnadas con la sangre de aquellas bestias a las que había segado la vida.

—No parecen acabar nunca, Yskar —respondió Ilma con un deje de preocupación—. Llevamos toda la noche enfrentándolos y los Hiniur no cesan. El agotamiento acabará por matarnos.

El brevodiano posó la mano sobre el hombro de la reina.

—No podemos rendirnos ahora.

—No se trata de rendirse, Yskar. Es solo que... mira a tu alrededor.

El brevodiano escrutó el entorno. Más allá, donde sus hombres luchaban, distinguió cómo un numeroso grupo de Hiniur se abalanzaba sobre uno de sus guerreros mientras cabalgaba a lomos de su oso.

Lo derribaron, le arrancaron la coraza celeste y, esquivando los últimos embates de su lanza, acabaron con su vida.

Yskar apartó la mirada.

—¿Te das cuenta? —espetó la davense—. Los nuestros no van a resistir mucho más.

—¿Qué otra opción tenemos, Ilma?

—Necesitamos ayuda, y la necesitamos ahora —la davense miró a los flancos, donde los comandantes se preparaban para enfrentar a los Hiniur de Rango Alto—. Quizás los bendecidos puedan… —observó, a lo lejos, los cuerpos moribundos de Alina y Azava—. O quizás no.

—Los comandantes lo darán todo en esta guerra, incluso si eso significa llevar su Bendición al límite —aseguró Yskar—.

Tal vez alguno nos brinde apoyo temporalmente, pero su cometido aquí es enfrentar a los Rango Alto.

Dudo que tras ello estén en condiciones de seguir luchando y ayudarnos —se giró para mirar a la davense—.

Lo único que sé es que no podemos dejar de enfrentarlos, aunque ello signifique…

Yskar calló al sentir la mano de Ilma posarse sobre su pecho. Confuso, buscó su mirada y se encontró con el semblante atónito de su compañera. Ella señalaba el campo de batalla con el índice extendido, incapaz de articular palabra. Yskar miró en aquella dirección.

En el centro del yermo, de pronto, un tumulto de niños apareció de la nada, abalanzándose contra los Hiniur con ferocidad.

Eran niños de rostros humanos, pero de su piel brotaban plumas, escamas o sinuosas colas que se mecían al viento.

Uno, de cabellos dorados y orejas de lince, se lanzó sobre los Hiniur, asestando un aluvión de arañazos hasta dar muerte a varios de ellos.

Otro, con patas similares a las de un ciervo y pronunciadas astas, embistió a los engendros, estampándolos contra el suelo.

Los monarcas alcanzaron a distinguir incluso a otro, de nariz chata y orejas porcinas, que se dejó caer con todo su peso sobre una de las criaturas hasta aplastarla.

—¿Qué son…? —preguntó Yskar, estupefacto—. ¿Quiénes…?

—Sabía que este día llegaría, pues así está escrito.

Yskar e Ilma miraron en todas direcciones, buscando el origen de aquella voz. Era extraño, pues parecía no provenir de ningún sitio y, al mismo tiempo, de todos a la vez.

—Posiblemente perdamos nuestro hogar hoy, aquel que durante décadas nos ha ofrecido cobijo y nos ha protegido del exterior —volvió a sonar aquella voz, aunque esta vez se escuchó algo más cercana—.

Puede que no esté del todo conforme con la determinación que habéis tomado.

Pero, como ser humano que alguna vez fui, no podía ignorar a los míos cuando más ayuda precisan.

Si la humanidad perece hoy, jamás podría perdonarme haberlo presenciado como un mero observador.

Una mariposa cuyas alas reunían todos los colores del otoño, se posó suavemente sobre el hombro derecho de Yskar. Sus ojos se alzaron en esa dirección y fue entonces cuando, a lo lejos, pudo distinguir una silueta encorvada que se aproximaba.

Vestía ropajes tejidos a partir de hojas secas y lianas trenzadas.

Su barba, blanca y frondosa, servía como hogar a infinidad de mariposas como las que revoloteaban a su alrededor.

Se valía de un bastón de roble para caminar y en su mirada se reflejaba la sabiduría de quien había visto el mundo crecer.

Yskar se dispuso a alzar sus lanzas contra aquel anciano, pero la mano de Ilma lo detuvo a tiempo.

—No, Yskar —ordenó la davense—. No percibo maldad en él.

Aunque inquieto, el brevodiano bajó las lanzas y dejó de lado su actitud desafiante, permitiendo que el anciano se acercara a ellos.

—¿Quién eres tú? —espetó Yskar a su llegada.

El anciano se tomó varios segundos antes de responder. Alzó un dedo y dejó que una de las mariposas se posara sobre él para mostrar la belleza de sus alas, abriéndolas y cerrándolas intermitentemente.

—He tenido tantos nombres que no sabría decirte cuál es realmente el mío —dijo con una sonrisa amigable en el rostro—.

¿Qué es, al fin y al cabo, la identidad?

¿El nombre que se nos confiere al nacer?

¿El que recibimos en el seno familiar? ¿Aquel con el que te reconocen en tu entorno?

¿O simplemente el que resulta más agradable para uno mismo?

Yskar e Ilma intercambiaron miradas de desconcierto. El anciano, al ver la perplejidad en sus rostros, soltó una leve risotada.

—Pero si lo que buscáis es una forma cómoda de dirigiros a mí, entonces podéis llamarme Laub —giró su cabeza y su sonrisa se borró de golpe.

Miró el devastador escenario que ofrecía el páramo unos segundos antes de responder—.

Quizás no sea el momento para presentaciones ni cavilaciones de un vejestorio como yo —suspiró—.

La razón de mi visita no es otra que la de ofreceros mi ayuda en vuestra causa.

—Toda ayuda es bienvenida, Laub —respondió Ilma—. Las tropas Hiniur parecen no tener fin y nuestros hombres…

Yskar interrumpió a la davense cuando extendió su brazo, ofreciéndole una de sus lanzas a Laub.