Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 11. Aelireth
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11. Aelireth

Aunque los guerreros de Gheva habían logrado vencer al Maggom, la Creadora permaneció con su semblante rígido. No iba a confiarse. No podía permitírselo. Aquello no era más que una pequeña victoria frente a la marabunta de enemigos que esperaban, impacientes, su momento de atacar.

Yavan sacudió ligeramente el cuerpo, haciendo ademán de liberarse de las cadenas. Pero Izh tiró con más fuerza, manteniéndolas firmes y conteniendo un poco más al Dios.

—Debes sentirte tan orgullosa… ¿verdad, querida? —se burló Yavan, sonriente—. Derrotar a una de mis unidades más letales debe ser tan… gratificante. ¿Me equivoco?

Gheva guardó silencio. Yavan mantuvo su sonrisa burlona al no obtener respuesta.

—Ya veo —prosiguió—. Me entristece profundamente ser yo quien arruine este momento de jolgorio y regocijo pero, de todas mis unidades, el Maggom era la más débil.

Y, aun así, dos de tus preciados comandantes casi pierden la vida enfrentándolo.

Dime, querida, ¿qué posibilidades tienes contra el resto?

Frente a ella, los peones blancos que acababan de combatir (aquellos con los números ocho y trece tallados) seguían en pie sobre sus casillas, pero sufrían evidentes secuelas.

Al del trece le habían arrancado las vendas que cubrían sus brazos, exponiendo la putrefacción que los recorría tras abusar de su Bendición.

El del ocho, por su parte, exhibía una hendidura donde deberían estar sus ojos, y la luz que emanaba de ellos se había extinguido.

Aun siendo dos frente a uno y aun gozando del favor de Arothia…

aquel enfrentamiento casi acaba con la vida de sus comandantes.

¿Qué haría contra los siguientes enemigos?

¿Serían más poderosos que el Maggom, tal como aseguraba Yavan?

Tampoco podría enfrentar a dos comandantes en cada combate, pues eso implicaría descuidar otros frentes que debía atender.

Y si lograba, de alguna forma, darles muerte a todos…

¿cómo enfrentaría a su Rey y a su Reina?

—Mi turno —espetó Yavan de pronto, extrayendo a Gheva de sus pensamientos.

La torre negra se alzó de su casilla y se deslizó sobre el tablero. Cuando alcanzó su destino, aterrizó, y la casilla se agrietó en un mar de finos ríos de lava.

Gheva se tomó unos segundos para responder hasta que, finalmente, adelantó uno de sus peones. Tenía el número cuatro tallado en la parte posterior y tres estalactitas que se alzaban como agujas desde su base.

Yavan soltó una carcajada.

—¿Estás segura?

Mientras la duda devoraba la convicción que Gheva trataba de mostrar, la torre magmática avanzó un poco más, situándose frente al peón blanco que se acababa de mover.

Con su mera presencia, las estalactitas que adornaban la peana de la figura blanca comenzaron a derretirse, así como el escudo de Capital que con tanto orgullo lucía en su reverso.

Había sido una mala decisión.

Gheva recorrió el tablero con la mirada, desesperada por encontrar una alternativa, pero cada opción que contemplaba implicaba poner en riesgo al resto de las piezas. Muy a su pesar, en este enfrentamiento también tendría que involucrar a dos de sus comandantes.

El peón blanco con el número dos se colocó junto al número cuatro, ambos enfrentando a la imponente torre.

Unos aplausos cargados de sarcasmo y burla desconcentraron a Gheva al finalizar su jugada, obligándola a desviar la mirada hacia el otro lado del tablero.

—¡Bravo, querida, bravo! —exclamó Yavan sin cesar su palmoteo—. Corriges tu error cometiendo otro. ¿Acaso ya no sabes qué hacer? ¿Estás desesperada? ¿De verdad vas a volver a enfrentar a dos de tus comandantes contra una sola de mis creaciones?

—Mis comandantes volverán a vencer, como han hecho antes —replicó Gheva, impasible.

—Oh, y no dudo en absoluto de ello, querida —contestó Yavan, divertido—. Pero parece que te olvidas de algo muy importante: la guerra no solo se libra en el campo de batalla.

Sus ojos carmesíes recorrieron el tablero mientras pensaba en su próxima jugada.

La hilera de peones blancos, que representaban a los comandantes de Capital, marchaba en formación cubriéndose entre sí.

Pero lo que Gheva parecía haber pasado por alto era que su avance dejaba una clara abertura en su retaguardia.

Aprovechando esa vulnerabilidad, Yavan avanzó uno de sus peones, dirigiéndolo hacia la figura de la Reina blanca.

Gheva, casi sin pensar, interpuso su caballo para enfrentarlo.

Yavan movió otro de sus peones en la misma dirección.

Inmediatamente, el alfil blanco abandonó su casilla, sobrevoló el tablero y se posicionó junto al caballo, enfrentando al muro de peones negros que lo arrinconaban.

—Interesante. Muy interesante —admitió Yavan, curvando sus labios en una sonrisa—.

El alfil y el caballo… piezas muy valiosas para la defensa de tu Rey y Reina.

Quizás un mero peón no tenga nada que hacer contra ellos, pero…

—otro peón negro avanzó—. ¿Podrán derrotar a un grupo de ellos?

¿Arriesgarás dos de tus piezas más importantes por unos simples… peones?

Gheva estaba acorralada, obligada a ver cómo cada vez más peones negros estrechaban el círculo que cercaba a su caballo y a su alfil. No podía atacar; hacerlo supondría separarlos y eso los haría más vulnerables ante una ofensiva. Tenían que moverse juntos.

—¿Lo entiendes ahora? —preguntó Yavan, disfrutando de la opresión que ejercía—. La guerra tiene muchos frentes, querida. Si intentas abordarlos todos a la vez sin dedicarle a cada uno la atención que merece, solo conseguirás que caigan sin esfuerzo alguno.

No podía permitirlo. Dos de sus comandantes se enfrentaban a una de las unidades más letales de Yavan y descuidarlos pondría en riesgo al resto. Sin embargo, tampoco podía desatender a su alfil y a su caballo, dos de sus piezas clave para la defensa de su Rey y Reina.

No había alternativa.

—Aelireth.

La Vastali, movida por las palabras de la Creadora, abrió los ojos mientras abandonaba lentamente su trance.

—¿Es mi hora?

Gheva giró ligeramente la cabeza, dejando entrever su ojo celeste a través de la estrecha abertura de su yelmo, y asintió.

—Tú, que custodias la vida terrenal de los seres de la Creación, concédeles la fuerza necesaria para erradicar el mal que corrompe este mundo y bríndales tu favor en esta batalla.

Aelireth volvió a cerrar sus ojos.

—Que así sea.

La Vastali extendió las manos al frente, unidas como si quisieran ocultar algo. Abrió las palmas poco a poco, revelando una flor cuyos pétalos desprendían un fulgor de luz plateada.

Syn lumerya kynel est

Kevorai silen veythalar imb

Nyakor kerya vondariel envir

Syka enb limiathor krey

[Que rompan las nubes y muestren el firmamento.

Que despierte el monte y libere al viento.

Que brote la niebla y extienda su aliento.

Que se abra el cielo y acabe mi lamento.]

La luz que irradiaba la flor fue abandonando el tono argénteo para adoptar un matiz verde oscuro. En el tablero, una de las torres blancas, que hasta ahora habían permanecido al margen del conflicto, comenzó también a iluminarse con ese mismo tono verdoso.

Finalmente, la flor abrió sus pétalos y su luz se intensificó.

A su vez, la torre se elevó en el aire, quedando suspendida momentáneamente antes de surcar el tablero, dejando a su paso un rastro de hierba fresca y colorida vegetación.

Se detuvo de improviso y comenzó a descender lentamente, hasta aterrizar entre el alfil y el caballo, ocupando la casilla que quedaba justo tras ellos.

Fue entonces cuando la luz esmeralda que irradiaba la torre comenzó a extenderse, tiñendo las casillas contiguas con su resplandor. Tanto el alfil como el caballo, envueltos por el brillo, comenzaron a adquirir aquel tono verdoso que, poco a poco, fue alterando su forma.

El caballo se irguió sobre sus patas traseras. Su crin creció, prolongándose más allá de su peana hasta cubrir levemente el escudo de Brevodia que adornaba su lomo.

Del alfil nacieron afiladas plumas que fueron envolviendo su figura, ocultando incluso el escudo de Davá que se entreveía en su espalda. De sus costados surgieron dos majestuosas alas, similares a las de un halcón, que se desplegaron y envolvieron su cuerpo como un manto.

Concedido su favor y cumplido su cometido, el cuerpo de Aelireth fue desvaneciéndose, abandonando lentamente el Vacío Primordial.

—Que la Madre Tierra os brinde la entereza necesaria y os conceda la ayuda que precisáis para alzaros con la victoria.

Aelireth desapareció por completo.

Gheva, aun manteniendo la mirada en su dirección, asintió.

Volvió la cabeza al frente, clavando los ojos en su adversario, dejando que la luz verde que irradiaban sus piezas acariciase su semblante.

Sacudió suavemente las alas, permitiendo que varias plumas etéreas se desprendieran y envolvieran su silueta a medida que caían.

—No necesito estar en todas partes —respondió Gheva con firmeza—. Ellos tienen la voluntad suficiente para enfrentarte por sí mismos.

…Y la convicción necesaria para cambiar su destino.