10. Cincela
Gestar al hijo de Yavan le quemaba por dentro.
Los latidos de las venas que descendían por su vientre se sentían como infinidad de agujas que se clavaban y se retorcían en su interior.
La sangre negruzca que ahora recorría su cuerpo provocaba dolores insufribles en sus huesos y músculos y, por si fuera poco, cuando aquel ser tomaba control de su voluntad, le invadía una sensación de miedo que detestaba.
Pero, aunque le costara admitirlo, aquello también tenía sus ventajas. La asombrosa capacidad regenerativa de la que ahora gozaba le había permitido recuperarse rápidamente del brutal ataque que Tayim le había propinado.
La última esquirla de cristal se desprendió del brazo de Cincela justo cuando las escamas de su piel cubrieron la herida, cicatrizándola de inmediato.
—Parece que sana rápido —apuntilló Verso, guardando las distancias.
Cincela rotó el brazo, examinándolo. Ya no brotaba sangre, ni tenía los cortes que momentos antes la sumían en dolor. Las escamas cubrían su piel, cerrando los desgarros y fortaleciendo la zona, para que nada volviera a lacerarla.
—Soy inmortal —espetó, levantándose del suelo por fin—. Las heridas siguen doliéndome, pero no me matarán —una vez erguida, dirigió la mirada a través del ventanal, ahora fracturado, y observó el campo de batalla—. Cada vez soy más como ellos.
Verso suspiró.
—¿No te parece extraño?
—¿Qué de todo? —respondió Cincela, sin apartar sus ojos bicolor del paisaje.
Verso acarició el amuleto de plata que colgaba de su muñeca.
—Si eres… ya sabes…
—Un Emisario —acabó de decir Cincela, despegando la mirada del cristal por un momento para posarlos sobre el clérigo.
—E-e-eso… —balbuceó, nervioso—. Si empiezas a ser un… Emisario, es porque hiciste el pacto con tu sangre. Pacto que, por cierto, Grifford te obligó a hacer. Entiendo que con el propósito de convertirte en uno de ellos y gestar en tu interior lo que sea que se esté gestando.
Cincela guardó silencio, cavilando su respuesta.
—Supongo que sí.
El aprendiz observó el escudo de Lenov tallado en su amuleto durante unos segundos más.
—Entonces, cuando esa cosa te posee, ¿por qué los atacas a ellos? —alzó su cabeza, buscando la mirada de la joven—. Si eres una Emisaria, ¿no deberías estar de su parte y protegerlos?
Cincela se llevó una mano al vientre y cerró los párpados, dejándose arrullar por el sonido de los latidos que emitía. Por momentos, parecía como si el ser de su interior estuviese hablándole.
—Él solo tiene un propósito —abrió los ojos lentamente—: desarrollarse lo suficiente hasta estar listo para abandonar mis entrañas y ver el mundo.
Hasta que ese día llegue, yo soy su única protección frente al exterior, y cualquier amenaza que yo perciba, Él también la sentirá como propia.
Ya sea un simple tropiezo, el contacto con algo relacionado con Gheva (como en nuestro caso), o incluso un ataque por parte de Tayim.
A él no le importará de dónde provenga el peligro.
Me protegerá hasta que llegue el momento de abandonar el vientre materno.
Verso levantó la vista y asintió repetidas veces.
—Y es por eso que te concede las habilidades que posees…
¡Claro! —se frotó el mentón mientras recordaba—.
Quizás por eso, cuando fuimos atacados por aquel Hiniur enorme en el Bosque del Lamento, Él te confirió el poder suficiente para derrotarlo, ¿verdad?
Porque sintió que quizás allí podrías morir y…
—Creo que va mucho más allá, Verso —interrumpió Cincela—.
Cuando estuvimos en el Bosque, aunque yo aun no lo sabía, ya poseía las habilidades de una Emisaria, incluida la inmortalidad.
No podía morir y él lo sabía. Por eso, no creo que despertara y me concediera su poder por temor a mi muerte, porque directamente, yo no puedo morir.
—¿Entonces? —el aprendiz tragó saliva y avanzó hasta sentarse en la cama—. Si tenía la certeza de que no morirías y no sentía peligro, ¿por qué despertó y te concedió su poder?
Cincela agachó la cabeza, clavando la vista en las juntas de las baldosas de jaspe que conformaban el suelo.
—Por el miedo que sentí —afirmó, tajante—.
Ese día, Álvar estaba débil y falló conteniendo al Hiniur.
Mi padre estaba tendido en el suelo, cubierto de heridas por el golpe que recibió de la bestia, y tú…
—miró a Verso—. Te interpusiste, dispuesto a recibir el ataque que acabaría conmigo.
Ese día pensé que os perdía, Verso. Él debió percibir el miedo que sentí en ese momento y por eso despertó.
De cualquier cosa que me afecte (ya sea física o emocional), Él me protegerá, otorgándome el poder de un Emisario.
Verso se daba golpes con el dedo índice sobre la frente, tratando de comprender.
—Pero sigue sin tener sentido, Cincela —aseguró—. ¿Por qué tú? ¿Por qué te concedería Grifford ese poder? Algo así puede volverse en su contra, tan solo basta con que los percibas como una amenaza. ¿Acaso no pensaron en eso?
Cincela volvió a dirigir la mirada al campo de batalla, donde pudo distinguir las siluetas de Tayim y Regina a lo lejos.
—No lo sé —afirmó—. Algo vieron en mí para elegirme como gestante.
Tampoco sé hasta qué punto eran conscientes de que Él pudiese ponerse en su contra —suspiró—.
Pero lo que sí sé es que, una vez nazca, yo ya no le serviré de nada y, posiblemente, acabe conmigo.
O… —se giró hacia Verso—. Quizás muera en el mismo momento en el que lo traiga al mundo.