9. Azava
Alina seguía atónita, contemplando la belleza de la auténtica forma de la Bendición de Azava, desplegada en todo su esplendor. Los mechones platinos caían a cada lado de su rostro y sus ojos iluminaban allá donde miraban.
Parecía como… si pudiese ver.
Sus iris perlados vagaban en todas direcciones, ávidos, como si contemplaran el mundo de nuevo tras haber permanecido cerrados durante tantos años. El triángulo luminoso que brillaba sobre su frente intensificó su luz cuando su mirada, de pronto, se detuvo al encontrar la de su hermana.
—Azava…
—Lucha a mi lado, hermana —masculló, aumentando cada vez más el aura que desprendía su Bendición—. Yo seré tus ojos.
Tras aquellas palabras, Alina notó como algo se encendía en su interior. Un calor que, lejos de sentirse doloroso, resultaba reconfortante. Una fuerza que parecía crecer por momentos y que la alentaba a hacer frente al monstruo que tenía delante.
En el centro de su frente algo brilló. Un trazo recorrió su piel hasta dar forma a un triángulo de luz, idéntico al de su hermana.
Sus ojos, como los de Azava, se tornaron blancos e irradiaron un haz que iluminaba allá donde dirigía su mirada.
Y fue entonces cuando aquella oscuridad dejó de sentirse tan absoluta. Tan densa. Tan opresiva.
Ahora era capaz de distinguir diversas auras de colores moviéndose entre la penumbra. Algunas eran de un celeste pálido; otras, de un rojo intenso. Pero todas danzaban frente a sus ojos marcando la silueta del monstruo.
¿Estoy percibiendo el calor corporal del Maggom?
—¿Pero cómo…? —balbuceó Alina, incrédula—. ¿Por qué puedo percibir el calor que desprende el Hiniur? ¿Por qué soy capaz de usar tu Bendición?
—Temporalmente —respondió Azava con firmeza—. Este es el verdadero poder de mi Bendición: mostrar el mundo que yo percibo.
—Pero eso es imposible —murmuró Alina, mientras giraba lentamente las manos y contemplaba en ellas los patrones caloríficos que desprendían—. Salvo que… estemos conectadas.
Azava avanzó hasta situarse junto a Alina y le dio un pequeño golpe cariñoso en el costado, justo como hacían de niñas para perdonarse cada vez que reñían.
—Siempre lo hemos estado.
El Maggom, al percatarse de que las comandantes no parecían verse afectadas por la oscuridad que desprendía, lanzó un rugido tan sonoro que, por un momento, recordó al impacto de un trueno.
Las hermanas sintieron la embestida de su aliento, que agitó sus cabellos y sacudió sus ropas, pero permanecieron firmes, observando sin inmutarse aquellas fauces que se abrían ante ellas.
La luz que emitían sus ojos iluminó al monstruo cuando le devolvieron la mirada y se preparaban para poner fin a su existencia.
—Cada segundo que pasa, la luz de mi Bendición se vuelve más dolorosa —explicó Azava, ajena al miedo que trataba de infundir la criatura—. No creo que pueda mantenerla mucho tiempo. Debemos ser rápidas.
Alina asintió.
El Hiniur, sin previo aviso, arremetió con su cola, barriendo el suelo en busca de las comandantes, que parecían negarse a morir. Las hermanas reaccionaron al instante, saltando a un lado cada una para evitar el fatal impacto.
Aún en el aire, Azava extrajo uno de sus virotes y lo cargó en la ballesta.
Al pisar el suelo, comenzó a correr por uno de los flancos, atenta a la próxima arremetida del Hiniur, y disparó.
Uno tras otro, iba colocando los proyectiles sobre la cuerda y descargaba el arma contra el cuerpo de la bestia.
El Maggom siguió con sus ojos carmesíes la figura de la comandante, sintiendo cómo las astillas afiladas que impactaban sobre su lomo no bastaban para atravesar su endurecida piel de escamas.
Estiró el cuello y, tras una breve pausa, atacó dirigiendo el bosque de colmillos que adornaban su boca hacia ella.
Los reflejos de la capitense no fueron tan rápidos esta vez y la bestia logró atraparla, cerrando las fauces sobre su cadera. La elevó del suelo y la sacudió de un lado a otro, como si no fuera más que una muñeca de trapo.
Alina aprovechó la oportunidad.
Analizó el cuerpo del Maggom una vez más, buscando con la mirada los puntos que desprendían mayor calor corporal y que emitían un resplandor rojizo.
Sus astas seguían siendo la zona más vulnerable, pero debido a los movimientos impredecibles de su cuello, se antojaban aún inalcanzables.
Siguió recorriendo con la mirada cada parte de la criatura, cada escama, cada pliegue… Y, finalmente, lo encontró.
Justo entre el cuello y el pecho, una pequeña porción de piel desprendía un aura tan rojiza como la de sus cuernos y Alina supo, en ese instante, dónde debía atacar.
Corrió bordeando la cúpula hasta posicionarse frente a aquel diminuto punto.
El jardín de plantas se irguió a su paso y estas volvieron a abrirse por completo, exponiendo sus exuberantes pétalos.
Comenzaron a moverse guiadas por la mirada de la comandante.
Dondequiera que Alina posaba los ojos, ellas apuntaban.
Cuando la capitense tuvo al fin visión plena del punto débil del Maggom, las plantas respondieron de inmediato.
De cada una de ellas brotó un dardo vegetal desde su centro.
Dispararon todas a la vez, clavando sus proyectiles en la piel del Hiniur sin encontrar resistencia, atravesando la carne hasta alcanzar los nervios que sostenían su cuello.
La criatura empezó a tambalearse hasta que, sin poder soportarlo más, su cabeza comenzó a caer.
A medida que lo hacía, la mandíbula aflojó el agarre sobre su presa y sus fauces se abrieron hasta el límite, liberando a Azava.
En un último intento por sobrevivir, el Maggom trató de levantarse, pero las plantas volvieron a disparar sus dardos, asegurándose de que aquella abominación no volviera a alzarse.
El haz de luz que cubría los ojos de Alina cruzó el habitáculo de oscuridad cuando dirigió su mirada hacia Azava.
—Todo tuyo, hermana —aseguró—. Ya no se levantará más.
Azava sacudió la cabeza, volviendo en sí.
Se puso de pie, todavía agitada tras el último ataque del Hiniur, y avanzó cojeando hasta situarse junto a Alina.
Juntas, las comandantes observaron en silencio la cabeza inmóvil del Maggom a sus pies, contemplando cuán insignificante parecía ahora.
Tras unos segundos sumidas en aquella quietud, Azava dejó escapar un suspiro de alivio, sabiendo que todo había terminado.
Sin perturbar el silencio, extrajo un virote azulado, forjado con acero brevodiano, y lo acomodó sobre la cuerda de su arma.
—Y así comienza nuestro nuevo mañana —murmuró, apoyando la boca de su ballesta sobre el nacimiento de uno de los cuernos del Hiniur.
Disparó, atravesando la base de la cornamenta.
Antes de que el Maggom pudiese asimilar el dolor que la herida le provocaba, Azava rebuscó entre sus ropajes y extrajo otro perno brevodiano, que cargó en la ballesta. Apuntó al cuerno contrario y volvió a disparar sin piedad, perforando el asta diagonalmente.
El Maggom rugió agónicamente.
Su alarido fue apagándose a medida que la vida abandonaba su cuerpo.
Las alas que rodeaban a las comandantes cayeron abruptamente.
La Bendición de Azava se apagó, así como la de Alina, al entrar en contacto con el resplandor lunar.
Las dos capitenses cayeron al suelo, rendidas por el sobreesfuerzo, y sonrieron jadeantes ante su victoria.
El cuerpo del Maggom yacía frente a ellas, inerte sobre el suelo árido.
Sus escamas comenzaron a descomponerse en infinidad de hilos de humo negro, y su cuerpo se disipó lentamente hasta no ser más que una nube de niebla que se desvaneció en el aire.
—Juntas podemos contra cualquier cosa —susurró Alina.
—Este es el primer paso, hermana —murmuró Azava, cerrando sus párpados carbonizados, sin permitir que la luz penetrase en sus ojos —. La profecía muere hoy.