Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 8. Perspectiva
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8. Perspectiva

No eran días fáciles para vivir en Capital.

La ambición y el ansia de poder que el rey Krollo demandaba sumían al reino en una constante vorágine de conflictos y guerras.

Las cifras de fallecidos ascendían abruptamente cada día.

La falta de comida y la escasez de agua ya eran algo común entre los barrios más humildes del reino, algo que no parecía preocupar en lo más mínimo a Su Majestad.

Pese a todo, Brunan se consideraba, desde hacía tiempo, un hombre afortunado.

La casa de madera que había construido junto a su esposa Sanna a orillas de la costa de Capital no tenía otro propósito más que facilitar su trabajo como pescador.

Sin embargo, cuando comenzó el mandato (y tiranía) de Krollo, las familias que vivían más allá de las murallas de Capital quedaron excluidas de cuanto tuviera relación con el reino.

Esto implicaba quedar al margen de cualquier participación en las guerras que Krollo protagonizaba contra el mundo, pero también del abastecimiento, la protección y los recursos que el reino ofrecía.

Pero a Brunan nunca le importó.

Aunque no poseía grandes riquezas materiales, el amor que sentía por su esposa era todo lo que necesitaba para ser feliz.

Sanna era una mujer de buen corazón, de esas que no dudan en ofrecer su ayuda a todo aquel que lo necesite, aunque eso supusiera sacrificarse por los demás.

Rezumaba belleza por sus cuatro costados pese a vestir con los harapos más viejos de la casa.

Pero, si por algo era la persona más importante para él, no era sino por haberle acompañado en la decisión de traer al mundo a sus dos preciosas hijas mellizas: Alina y Azava.

—¡No os alejéis mucho! —gritó Brunan desde la puerta de casa.

—¡No, padre! —respondieron las mellizas al unísono, retomando la carrera por la arena de la costa.

Brunan chasqueó su lengua a la vez que ladeó la cabeza en disconformidad.

—Estas niñas no van a aprender nunca —se quejó, tomando asiento sobre las escaleras de la entrada de la casa.

Sanna, sentada a su lado sobre un tocón de madera, sonrió.

—Me pregunto de quién habrán heredado esa testarudez.

El pescador frunció el ceño.

—No de mí, desde luego.

Brunan miró a su esposa con una sonrisa que delataba la fingida convicción que trataba de darle a sus palabras. Sanna estalló en carcajadas cuando su marido trató de negar lo evidente.

—Déjalas que jueguen —dijo, una vez calmada su risa—. Esta parte del mundo está abandonada y alejada de todo mal. No les pasará nada.

Brunan dejó escapar un suspiro.

—Eres demasiado buena.

Alina corría tan rápido como sus piernas le permitían. Tras ella, una decidida Azava la perseguía de cerca, casi rozándole los talones.

—¡No corras más! ¡Para!

Pero Alina no se detuvo. Su risa nerviosa y aquella tensión que latía en su pecho cuando notaba la mano de su hermana rozarle la blusa, la obligaban a seguir corriendo todo lo que podía.

Tanta era su velocidad que, de repente, sus pies no pudieron seguir el ritmo y acabó por perder el equilibrio, cayendo de espaldas sobre la arena de la costa. Azava, aprovechando el momento, se sentó sobre el abdomen de su hermana, asegurándose de que no huyera de nuevo.

—¡Te tengo! —celebró, orgullosa de su hazaña—. No tienes escapatoria.

Alina no podía borrar la mezcla de alegría y angustia que se dibujaba en su rostro. Apretó los brazos contra sus costados con todas sus fuerzas; sabía lo que vendría a continuación.

—No, por favor… —suplicó entre carcajadas—. Te lo ruego… ¡otra vez no, hermana!

Azava, ignorando las súplicas de la pequeña, alzó sus manos en busca de algún recoveco entre sus costados que no estuviese protegido. Cuanto más exploraba, más crecía el nerviosismo de Alina, que se tensaba con tan solo pensar en sus intenciones.

Desistiendo en su búsqueda, Azava decidió actuar. Dirigió la mano hacia Alina y presionó allí donde se unían su brazo y su axila. Logró colar los dedos entre los pliegues de su piel y los movió de un lado a otro, provocándole un ataque de cosquillas.

—¡Para ya! —rogó, retorciéndose sobre sí misma, queriendo escapar de las manos de su hermana—. ¡Azava! Por favor… —las carcajadas la callaron—. ¡Por favor!

—¿Te rindes?

Un nuevo ataque de sus dedos volvió a provocar ese estallido de risas agridulce que Alina sufría.

—¡Dilo! —exigió Azava, sin cesar su ataque—. “Me rindo, hermana. Tú ganas”. ¿Ves? Es muy fácil.

—¡Jamás! Nunca admitiré que…

Alina enmudeció. Azava, aún sentada encima de ella, alzó bruscamente la cabeza, deteniendo las cosquillas y frunciendo el ceño con la mirada fija en el horizonte.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alina, cortando en seco sus carcajadas al ver la repentina reacción de su hermana.

—Fuego… —fue la única respuesta que dio antes de echar a correr de vuelta a casa.

Alina se incorporó, confusa, tratando de asimilar las palabras de su hermana.

¿Fuego …?

Abrió sus ojos hasta su límite y escudriñó el horizonte.

Pudo ver a Azava corriendo desesperada hacia la modesta casa de madera de sus padres.

Una espesa nube de humo negro se escapaba del interior, colándose por cualquier hueco o grieta, y una cortina de llamas y ascuas que devoraba todo a su paso.

Sobresaltada, Alina se alzó y corrió todo lo rápido que sus cortas piernas le permitieron.

—¡Hermana, espérame!

Pero Azava, más adelante, parecía no oírla. Impulsada por el miedo de ver su casa arder, no pudo aminorar la marcha. En aquel momento no existía nada más que la hierba que pisaba y el impulso de sus zancadas.

No tardó en llegar a casa. A su alrededor, los restos carbonizados de la fachada se esparcían por el suelo. Las ventanas y las puertas habían sido consumidas por el fuego, dejando tras de sí un rastro de escombros llameantes que impedían el acceso al interior.

—¡Azava! —llamó su padre, tosiendo a causa del humo que había inhalado.

La capitense de cabello platino se giró al oír los gritos. El gran Brunan, el mejor pescador de todo el puerto, yacía inmóvil en el suelo. Tenía las piernas atrapadas bajo unas columnas de madera que se habían desprendido de la casa y habían caído sobre él.

—Tu madre… —el sollozo le obligó a callar por un momento—. Tu madre está…

Azava no necesitaba saber más.

—¡No puedes entrar! —prosiguió Brunan como si hubiese adivinado las intenciones de su hija—. Morirás si lo haces.

Pero, en aquel momento, la cabezonería que había heredado de su progenitor era muy superior a su sentido común. Miró la entrada y los escombros llameantes que la bloqueaban. Cerró los ojos, respiró hondo y expulsó el aire despacio, preparándose para lo que estaba a punto de hacer.

Dio un paso hacia la casa, pero una mano la sujetó de pronto, frenando su avance.

—No, hermana. No puedes entrar ahí —pidió Alina, exhausta, a su llegada.

—No vas a detenerme. Ni tú, ni padre, ni nadie —espetó—. Madre está dentro y no pienso abandonarla.

Sin dar lugar a una respuesta, Azava dio un tirón y se liberó del agarre de su hermana. No miró atrás, no sopesó las consecuencias. Mientras Brunan y Alina aún asimilaban sus palabras, Azava ya se había lanzado contra los escombros ardientes derruidos de la entrada, accediendo al interior.

—¡AZAVA! —volvió a gritar Brunan, impotente al no ser capaz de vencer el peso de la madera que le aprisionaba.

Pero cuando aún se retiraba las lágrimas de preocupación que amenazaban con derramarse, Alina saltó también al interior por el pequeño hueco que había dejado la silueta de su hermana entre los escombros.

—¡ALINA!

El humilde salón la recibió sumido bajo la danza de las llamas que devoraban todo a su paso.

Las estanterías que flanqueaban la estancia no eran más que un mar de astillas esparcidas por el suelo, calcinadas.

Los cuadros, los muebles, los recuerdos de toda una vida…

todo había sucumbido al poder del fuego.

Más allá, tendida sobre el suelo, Alina reconoció la figura de su hermana, quien se frotaba los ojos con ímpetu. Avanzó hacia ella cuidando sus pasos, sorteando las brasas que salpicaban el suelo amaderado.

Al llegar, se acuclilló y alzó la cabeza de su hermana para comprobar qué era aquello que la obligaba a frotarse los párpados con tanto empeño.

—Hermana… soy yo —susurró Alina, sosteniéndole la mano, tratando de calmarla.

—¡Alina! —respondió ella, mirando en otra dirección—. Mis ojos…

—¿Tus… ojos?

Alina palideció cuando Azava retiró las manos del rostro.

Sus párpados ya no existían. El blanco de sus ojos, devorado por el fuego, había adquirido el color del carbón.

Azava movía la cabeza en todas direcciones, sin fijar la vista en ningún lugar, intuyendo la posición de su hermana gracias a su voz.

—He perdido la visión, Alina —confesó con una calma impropia para la situación en la que se encontraban—. Las llamas, a mi entrada en la casa, me han quemado los ojos. Siento el calor a mi alrededor, sobre los párpados y… me arde —calló un instante, frotándose de nuevo—. Quema.

—¿Co… cómo que has perdido tu visión? —tartamudeó Alina, atemorizada—. Azava… —un sollozo escapó de sus labios—. Esto… esto está muy mal…

—No es momento de tener miedo, te necesito más lúcida que nunca —contestó, manteniendo la calma a pesar del dolor que sentía.

Alina asintió repetidas veces en respuesta.

Se retiró la humedad de los ojos y, con un fuerte tirón, rompió un pedazo de tela de la manga de su blusa.

La enrolló y la empapó con el agua de su cantimplora.

Levantó la venda improvisada y la colocó sobre los ojos ennegrecidos de su hermana, esperando que aquello aliviase su dolor.

—Tienes razón, no es momento de tener miedo.

Azava soltó el aire por la boca cuando sintió el agua fría humedecerle los párpados, calmando el ardor que sufría.

—Necesitas encontrar a madre. Debemos salir de aquí cuanto antes. No sé dónde está… puede que en la planta de arriba, puede que detrás de algún mueble… ¿Puedes verla?

Alina escrutó el entorno. Pocos metros más adelante, aplastada bajo una de las estanterías, pudo reconocer el cuerpo de su madre. Fueron los harapos amarillentos que solía vestir los que le permitieron verificar que, efectivamente, se trataba de ella.

—¿Puedes? —insistió Azava, al no recibir respuesta.

Alina se limpió silenciosamente las lágrimas de las mejillas y, procurando calmar el tono de su voz, respondió.

—No, hermana… no la veo por ninguna parte —mintió.

—¿Puede que haya salido por la puerta de atrás?

—Puede ser —respondió Alina, tratando sonar lo más convincente posible—. Está entreabierta, quizás madre ya esté fuera.

—Ve con ella.

Alina frunció el ceño.

—Tú no te vas a quedar aquí.

—No puedo ver, hermana. Y no puedes cargar conmigo, las llamas nos alcanzarían a las dos. Sálvate.

Alina, desoyendo las directrices de su hermana, sostuvo sus manos y la levantó del suelo.

Frente a ellas, en el lado opuesto de la que solía ser su casa, las llamas habían devorado la puerta trasera, pero también habían abierto un pequeño hueco en la pared que daba al exterior.

Tan solo tenían que llegar hasta allí y podrían salir, pero debían ser rápidas, pues el techo de la casa amenazaba con derrumbarse y sellar aquella salida improvisada.

—Alina, ¿qué haces? No puedes cargar conmigo ¿Acaso no me has oído? —reprochó Azava—. Busca alguna salida y vete de aquí. ¡Rápido!

Alina meditó un instante. Cerró los ojos, sintiendo en sus mejillas el calor del fuego y escuchando el crepitar de las llamas. Inspiró hondo y soltó el aire lentamente. Apretó un poco más las manos de su hermana, con suavidad, antes de pronunciar sus siguientes palabras.

—Déjate guiar —le susurró—. Yo seré tus ojos.

Con aquella frase en mente, Azava se dejó llevar por su hermana y, con cuidado, ambas abandonaron la casa y dejaron atrás aquel infierno.

Al salir, se encontraron con su padre. Brunan había logrado escapar de la columna de madera que le aprisionaban y, arrastrándose, se acercó a sus hijas.

—Hijas mías…

Rodeó a cada una con un brazo. Las hermanas se derrumbaron ahí mismo, ahogando su llanto sobre el hombro de su padre.

—Esto es terrible… terrible… —repetía Brunan entrecortadamente—. La casa… vuestra madre ha… ha…

Antes de que acabase la frase, los cielos se abrieron en espiral y un poderoso haz de luz cayó sobre las hermanas.

Los cuerpos de Alina y Azava se envolvieron por completo con aquel fulgor plateado.

Su piel comenzó a brillar como una estrella y sus ojos se tornaron completamente blancos.

Alzaron la vista, hipnotizadas, mientras el torrente de luz seguía precipitándose sobre ellas.

La hazaña de las niñas no había pasado desapercibida para Gheva y, en aquel preciso instante, decidió dotarlas de una Bendición.

A Azava le concedería el don de percibir el calor de los cuerpos a su alrededor. Con él, sería capaz de ver en la más absoluta oscuridad, allá donde los demás ojos no alcanzaran a vislumbrar nada.

A Alina le concedería la capacidad de la regeneración y la sanación, pues la promesa de cuidar de su hermana sería algo que le acompañaría de por vida.