7. Alina
Alina dejó atrás a la criatura y corrió en auxilio de su hermana. Al llegar, advirtió que su estado era más grave de lo que había imaginado. Cubrió sus manos con la luz de su Bendición y, con urgencia, retiró las vendas que envolvían sus brazos para sanarla.
Pero la comandante se detuvo en seco cuando una espesa cortina de niebla negra comenzó a devorar la escasa luz. A pesar de no poder usar sus patas, el Maggom logró desplegar sus enormes alas y, de pronto, Alina se vio cercada por una cúpula que la sumió en tinieblas.
Allí, enjaulada, lo único que podía ver eran aquellos ojos carmesí que la miraban con demencia salvaje.
Las astas del Hiniur, retorcidas hacia el cielo, empezaron a emitir un resplandor blanquecino al absorber los últimos filamentos de luz lunar que se filtraban desde lo alto.
Cuando todo resquicio de luz se extinguió, Alina no podía ver siquiera el destello de la Bendición que cubría sus manos.
No podía ver al Hiniur, pero sabía que estaba allí.
Percibía su aliento.
Escuchaba sus gruñidos reverberar en lo más profundo de su garganta, deseando salir.
Un chasquido resonó desde algún lugar en la oscuridad.
Alina, desorientada, sintió un golpe devastador en el costado que la lanzó por los aires.
Su cuerpo salió disparado hasta chocar contra una de las colosales alas que la rodeaban.
Al caer al suelo, exhausta y malherida, se llevó las manos a la zona del impacto como si así, de alguna manera, pudiese calmar el dolor que sentía.
—Su cola…
Ayudándose de la pared membranosa, Alina intentó incorporarse. Apenas había logrado alzarse cuando la prolongada cola del Maggom volvió a barrer la superficie, golpeándola de nuevo. La dura arremetida la lanzó a través de la oscuridad hasta caer en algún lugar de aquella cúpula funesta.
Estaba aturdida, perdida entre la bruma negra.
Sus ojos miraron a todas partes pero solo encontraron más oscuridad, que seguía emanando de las alas y la boca del Maggom y se esparcía por el lugar.
Fruto de la desesperación, Alina trató de intensificar un grado más su Bendición, deseando que su luz pudiese otorgarle la visión necesaria para, al menos, poder intuir la dirección de los ataques que recibía.
Se concentró en sus manos, cerrándolas con fuerza hasta que, finalmente, un tenue fulgor comenzó a envolverlas.
Sin embargo, la luz apenas logró abrirse paso entre la opacidad de la niebla que exhalaban las alas del Maggom.
Asustada, levantó una mano, aferrándose a la esperanza de que aquella escasa luz fuera suficiente para prevenir el próximo latigazo.
El Hiniur rugió, preparándose para arremeter mientras el sonido se propagaba con un eco estridente. La comandante tensó su cuerpo instintivamente, preparándose para un golpe inminente, sin saber exactamente en qué dirección lo recibiría esta vez.
Y, de pronto, la nada.
Desde alguna parte de la cortina de niebla, la cola del Maggom impactó contra ella en su lateral. Alina voló a través de las sombras, rodando por el suelo sin rumbo, hasta que la aspereza de la tierra la frenó.
Tras unos instantes allí tendida, finalmente se incorporó, avanzando a tientas entre la penumbra.
¿Cómo enfrento algo que no puedo ver?
Necesito los ojos de Azava.
Necesito a mi hermana.
… ¿Estará bien?
¿Estará viva?
Un golpe la catapultó de nuevo. Rodó por el aire, rebotó contra la pared membranosa y, antes de aterrizar, la cola la volvió a recibir, lanzándola hacia arriba.
Alina no podía hacer otra cosa más que dejarse arrastrar por la voluntad del Maggom. No sabía a qué altura se encontraba. No distinguía dónde empezaba y dónde acababa aquella oscuridad. Sentía los golpes, cada vez más contundentes. Más veloces. Más letales.
¿Voy a morir?
Su coraza se resquebrajó, dejando al descubierto su torso cubierto de vendas. Las partes de su cuerpo que la tela no cubría quedaban expuestas, con la piel marchita debido al uso de su Bendición durante tantos años.
El suelo volvió a recibirla.
La sangre brotó sin control de toda ella. No resistiría un nuevo ataque. Estaba al límite. Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ahora.
—Mi Bendición no sirve de nada aquí— susurró sin despegar la mejilla del suelo—.
Solo puede sanar. Solo puede… dar vida. ¿De qué me sirve, si no hay nadie a quien curar?
Estoy sola. No puedo… no puedo… —levantó la cabeza lentamente, sus ojos miraron hacia la oscuridad—.
A menos que… no. No. Eso sería una locura.
Podría... —tragó saliva—. Podría perder los brazos y…
Abrió uno de sus ojos, débilmente. Movió sus dedos, uno a uno, asegurándose así de no desfallecer. No aguantaría otro ataque como ese. Tenía que hacerlo.
Aunque fallara.
Aunque le costara todo.
Alina llevó su antebrazo derecho a su boca, mordió el extremo de la venda que lo envolvía y tiró de ella.
La tela se desprendió con suma facilidad, revelando un brazo enclenque y putrefacto que dejó caer sobre el suelo.
Hizo lo mismo con el otro antebrazo y, de un tirón, liberó su extremidad de la opresión.
El uso desmedido de su capacidad curativa durante tantos años, la estaba matando.
Alina prefería no decir nada acerca del estado de su piel marchita, ocultándola bajo vendas para no preocupar a nadie, en especial a su hermana.
Si alguien lo descubría, seguramente le prohibirían usar su Bendición, y eso era algo que jamás permitiría.
No tanto por el riesgo de perder el puesto como comandante, sino porque estaría entonces faltando a su promesa; la de proteger siempre a su hermana.
Pero en aquella completa oscuridad, donde nadie podía verla, no le importó mostrar el estado de su cuerpo. Aunque fuera lo último que hiciera, tenía que usar su Bendición una vez más.
—Si no hay cuerpos que sanar… —susurró, apoyando las manos en el suelo embarrado—. Entonces sanaré la tierra.
La piel de Alina brilló.
Intentó intensificar su luz todo lo que pudo y, por un momento, pareció vencer la oscuridad. Gracias al leve resplandor, distinguió la silueta inmóvil de la cabeza del Maggom, justo frente a ella. Mirándola de cerca. Acechándola.
Entonces, la capa de luz que cubría su piel se desplegó en cuatro partes, abriéndose como los pétalos de una flor y liberando la auténtica forma de su Bendición.
Primero sus manos, luego sus brazos y, poco a poco, toda la luz que quedaba en su cuerpo comenzó a esparcirse por el suelo como raíces. A su vez, Alina iba absorbiendo la descomposición que yacía bajo tierra. Sin miedo. Sin medida. Sin contención.
La capitense gritó de dolor. La putrefacción de sus brazos se propagó hacia su pecho. Sus extremidades amenazaban con desprenderse en cualquier momento. Pero no debía parar. No podía parar.
La tierra comenzó a abrirse, y de sus fisuras brotaron enormes flores de exuberantes pétalos que se abrieron lentamente, como si despertaran de un largo sueño, alimentándose de la vida que Alina propagaba por el suelo desde sus manos.
Sintió dos de ellas.
No… cuatro.
Seis.
Alina paró de contar cuando sus brazos, incapaces de soportarlo más, dejaron de emitir su Bendición. Al perder la sensibilidad en sus extremidades, la capitense cayó de bruces, pero el jardín que había empezado a brotar no dejó de crecer.
Las flores desplegaron por completo sus pétalos de llamativos colores, los cuales emitían un fulgor que formaba un hermoso arcoíris alrededor de la comandante. En el corazón de cada una, descansaba un dardo vegetal que apuntaba hacia el Maggom.
Dispararon al unísono.
Los proyectiles sisearon en el aire, clavándose en distintos puntos del cuerpo del Hiniur que, como las agujas de Alina, provocarían un efecto paralizante.
Sobrevino el silencio.
Alina se levantó del suelo ayudándose únicamente de sus piernas, que temblaban violentamente.
El débil resplandor de las flores no bastaba para vencer la oscuridad, y Alina seguía sin poder ver al Maggom.
Pero no lo necesitaba, el silencio era absoluto.
Ya no sentía su aliento, ni los ojos rojos que la habían acechado todo este tiempo.
Sabía que lo había conseguido. Había logrado paralizar el cuerpo del monstruo. Los dardos superaban en tamaño y potencia a sus agujas y, por tanto, la parálisis sería mucho más duradera. Con suerte, ganaría el tiempo suficiente para idear una manera de…
La cola barrió la oscuridad, arrancando a Alina del suelo e impulsándola por el aire.
¿No ha funcionado? ¿Los dardos de las plantas no han sido suficiente? ¿O tal vez…?
Escuchó la cola moverse cerca, preparándose para un nuevo ataque. Quizás el que acabaría con ella.
¿…la oscuridad tampoco había permitido a las plantas acertar en el blanco?
Era el fin.
Cerró los ojos mientras una última súplica escapaba de sus labios.
Gheva, ¿por qué nos has abandonado?
Como si la Creadora hubiese respondido a su plegaria, dos luces de esperanza irrumpieron tras ella de pronto, rasgando la espesura de la niebla.
—No mueras.
Desde el suelo, Alina giró su cabeza al reconocer aquella voz… y entonces lo comprendió.
Aquellos orbes no eran sino los ojos de Azava que, desprovistos de la máscara que solía ocultarlos, liberaban por fin todo el poder de su Bendición.
Alina se percató de que allí, en ese lugar, no había resquicio alguno de luz que limitase el don de su hermana.
Sumida en la más absoluta oscuridad, Azava podía desplegar su poder sin aquella pieza metálica sobre sus ojos. Sin restricciones. Sin límites.
Pero había algo distinto en ella.
Sobre la frente de Azava se había formado un triángulo luminoso que conectaba ambos ojos. Aquello era algo que Alina jamás había visto pero, de alguna forma, supo que esa debía ser la auténtica forma de su Bendición.
—Hoy… —volvió a decir Azava desde la penumbra—. Yo seré tus ojos.