Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 6. Hermanas
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6. Hermanas

—Juraría que la decisión fue enfrentar solo a un comandante por Hiniur —espetó Ramis, observando desde la retaguardia el avance de las comandantes—. Con una de ellas debería bastar para darle muerte y así la otra podría servir de refuerzo donde más se precise.

Jedena asintió.

—Y eso es justo lo que estamos haciendo, Capitán —aseguró la del Diez casi de inmediato—. Ceñirnos a nuestra estrategia inicial.

El lenovense frunció el ceño.

—Alina y Azava combaten como una sola persona —aclaró Jedena ante la confusión que presentaba Ramis—.

Alina actúa como los ojos de Azava y usa su habilidad con las agujas para inmovilizar al enemigo.

Pero es Azava quien, gracias a su Bendición, analiza los puntos más sensibles del enemigo y, de esa manera, Alina sabe en qué lugar exacto emplear su habilidad —calló unos segundos—. Una no puede ser sin la otra, Capitán.

—Entiendo —respondió Ramis sin apartar la mirada del horizonte—. Pero ¿por qué ellas?

Jedena extendió su brazo, ofreciéndole al Capitán el bestiario de Samil. El lenovense lo tomó y lo abrió por la página que Jedena marcaba, la cual describía el Hiniur de Rango Alto que las hermanas enfrentarían.

— Maggom —leyó—. Lo poco que sabemos de este es que absorbe la luz y la expulsa en forma de niebla negra para ocultar su cuerpo —llevó su dedo al margen de la página, donde había una pequeña nota decorada con purpurina—.

Me pregunto si habrá variantes de estos Hiniur…

¿Os imagináis lo fabuloso que se vería si la niebla fuese más colorida?

¿De un azul cielo quizás? ¿O de un rosa chillón? Una auténtica fantasía.

—Un Hiniur que ciega a sus adversarios con una neblina oscura —concluyó la capitense—. La Bendición de Azava le permite ver en la más absoluta oscuridad. ¿Quién mejor que ella para enfrentar a un enemigo como este?

Ramis cerró el tomo con lentitud y dirigió sus ojos hacia la comandante antes de asentir.

—Vamos a ganar esta batalla, Capitán. Cueste lo que cueste.

Tanto Alina como Azava permanecieron firmes, mirando con desdén a la bestia escamada que avanzaba amenazante hacia ellas.

Sus cabellos se mecieron con fuerza cuando la criatura desplegó sus nebulosas alas al mundo, levantando una ráfaga de aire que amenazó con derribarlas.

Pero su voluntad ardía con más ímpetu, anclándolas al suelo pese a los fútiles intentos del Hiniur por intimidarlas.

—Según dijo Samil, a este bicho se le conoce como el Maggom —aclaró Azava, abriendo parcialmente las rejillas de su máscara metálica—.

Sabemos que es capaz de absorber la luz de su alrededor y expulsarla por sus alas en forma de niebla —ajustó un virote sobre la ballesta que acomodaba en su muñeca—. Cuida tus pasos, hermana.

Alina, sin apartar la mirada del monstruo, escuchaba atentamente las indicaciones de su hermana mientras extraía de su bolsa de cuero unas estacas metálicas y las ajustaba con precisión entre los dedos.

—¿Cuál es su punto más vulnerable?

Azava intensificó la luz de la Bendición que envolvía sus pupilas, analizando el cuerpo del Hiniur en busca de las zonas que irradiaban más calor.

La criatura emitió un rugido gutural que ensordeció a las comandantes por un momento. Al percatarse de que su grito no había logrado sembrar el terror que pretendía, avanzó un poco más hacia ellas, levantando hilos de humo negro con cada pisada.

—Los cuernos sobre su cabeza es, sin duda, la parte que más calor desprende —indicó Azava—. Pero están demasiado altos para mis pernos y perderán fuerza antes de llegar a alcanzarlos —abrió las rejillas por completo—. Solo hay que buscar la forma de llegar hasta allí arriba.

—Eso déjamelo a mí —propuso Alina casi al instante—. Yo le obligaré a bajar, tú tan solo distráemelo.

Azava asintió, levantó el brazo y apuntó con su ballesta hacia el cuerpo de la bestia.

El Maggom, percatándose de las intenciones de la comandante, emprendió una carrera frenética hacia ella, dejando una estela de niebla negruzca a su paso. Azava disparó, pero el proyectil se desvió cuando se vio obligada a rodar por el suelo para esquivar las garras que se cernían sobre ella.

Se incorporó lo más rápido que pudo y colocó un nuevo virote sobre la cuerda de su ballesta. La monstruosidad mantuvo su atención sobre ella, dedicándole la mirada más siniestra que sus ojos carmesí pudieron proyectar.

La comandante volvió a accionar su arma, liberando el proyectil que surcó el aire hasta golpear el cuello de la criatura, donde rebotó y se perdió entre la vastedad de rocas que salpicaban el suelo.

El Maggom no se inmutó. Aquella pequeña astilla de punta afilada era demasiado insignificante como para herir la resistente capa de escamas que cubría su cuerpo. Agitó sus alas enérgicamente y, sin previo aviso, se impulsó hacia delante, pero, una vez más, Azava logró evitar el impacto.

Una vez tras otra, el Hiniur cargaba hacia ella, oscureciendo los alrededores con la niebla que desprendían sus alas. Sin embargo, los ojos de Azava, iluminados por su Bendición, penetraban la opacidad permitiéndole anticipar la dirección de cada embate.

El Maggom, exasperado por fallar todos los ataques, giró la mirada en busca de un nuevo objetivo: Alina. Pero en cuanto lo hizo, Azava desató sobre él una lluvia de virotes, forzándolo a volver su atención sobre ella.

Debía mantenerlo ocupado. Tenía que ganar tiempo para Alina.

El Maggom, entonces, asestó una poderosa batida de sus alas y la niebla que desprendían envolvió a la comandante en una oscuridad absoluta.

Azava permaneció de pie en medio de la cortina de sombras mientras la silueta del monstruo se reflejaba en sus ojos.

Sus pupilas adoptaron un brillo más intenso cuando aumentó la fuerza de su Bendición.

Podía percibir cada pliegue en las alas del monstruo, la rugosidad de cada escama, los hilos de saliva negra entre los colmillos…

Para Azava, la oscuridad no suponía amenaza alguna. Desde que perdió su visión, las sombras eran su dominio y su refugio. Y en aquel lugar sin un ápice de luz, ni siquiera aquella criatura aberrante podía sentirse tan cómoda como lo estaba ella.

La comandante apartó la mirada por un momento, buscando a su hermana entre el velo de tinieblas. Parecía que por fin había encontrado el punto débil donde perforar al Hiniur con sus agujas e inmovilizarlo, aunque aún buscaba la forma de alcanzarlo.

Más tiempo pensó Azava, agotada. Necesita más tiempo.

Jadeante, encajó un nuevo perno en la ballesta, preparada para mantener distraída a la bestia.

El Hiniur irrumpió entre la niebla, abalanzándose con sus patas delanteras.

La comandante se deslizó a un lado y esquivó el impacto.

La cola silbó justo después mientras se cernía sobre la capitense, pero Azava lo anticipó y saltó justo a tiempo.

Entonces el mar de colmillos emergió entre la oscuridad, pero ella logró agacharse en el último instante y las fauces se cerraron apenas un palmo por encima de su cabeza.

Fuera lo que fuese lo que Alina trataba de hacer, debía hacerlo ya. Mantener la Bendición activa tanto tiempo la agotaba y sus reflejos respondían cada vez con mayor lentitud.

Durante los siguientes minutos, el baile que protagonizaban el Maggom y Azava continuó. Él arremetía furioso y ella, a duras penas, lo esquivaba y disparaba los pocos proyectiles que aún le quedaban. Hasta que, finalmente, la luz de su Bendición fue apagándose poco a poco.

Entornó los ojos, esforzándose por vislumbrar el cuerpo del Maggom, pero no fue suficiente para predecir la embestida que propinó con su cabeza y que logró lanzarla por los aires.

Su cuerpo rodó por el suelo, impulsado por la descomunal fuerza del ataque.

Se golpeó contra cada roca que se cruzó en su camino, hasta estrellarse contra la pared de una montaña que se alzaba próxima.

Su máscara metálica, aquella que la resguardaba de la luz y le permitía usar su Bendición, se fracturó en tres partes tras el impacto.

Intentó abrir los ojos, pero la luz lunar le abrasó las retinas, obligándola a mantener los párpados cerrados. Desprovista de la máscara que la resguardaba de toda luz, Azava no podía percibir el calor corporal de la bestia. Estaba condenada a enfrentarse al Maggom completamente a ciegas.

Mierda.

Aprovechando la distracción, Alina logró situarse tras el Maggom y, aferrándose a las escamas, trepó por la pata trasera, clavando allí una de sus agujas.

Pero la frágil punta metálica se dobló al contacto con la endurecida piel del Hiniur y, antes de que la criatura pudiera reaccionar, la comandante se dejó caer al suelo.

¿He fallado…?

—¡Alina! —la llamó Azava desde la otra parte.

Alina forzó la vista y pudo ver a su hermana enfrentándose a la monstruosidad con los ojos cerrados, desprovista de la máscara de acero que la protegía de la luz lunar.

—Date prisa —pidió Azava—. No puedo abrir los ojos y hay demasiada luz para poder usar mi Bendición. No sé cuánto tiempo más podré retenerle.

Entonces Alina comprendió la gravedad de la situación. Debía encontrar un punto que no estuviese cubierto por escamas, perforarlo con la aguja y alcanzar el nervio para inmovilizar a la criatura.

Con ese objetivo en mente, la comandante echó a correr por el flanco, rodeando la colosal figura del Maggom.

Se fijó en el vientre que, aunque carente de escamas, se antojaba demasiado elevado del suelo como para alcanzarlo.

Las alas, también desprotegidas, quedaban descartadas, pues la incesante humareda negra que brotaba de ellas le impediría ver con claridad y acertar en el blanco.

Piensa Alina, piensa.

Un golpe metálico la distrajo por un instante. No podía verlo desde su posición, pero hubiese jurado que el sonido provenía de la armadura de su hermana al recibir un brutal ataque del Maggom.

Azava… ¿Estará bien…?

Sus ojos recorrieron cada pliegue, cada recoveco del cuerpo del monstruo, sin detener su carrera desenfrenada. Debía darse prisa; Azava se estaba sacrificando para que ella cumpliera su cometido y cada segundo que pasaba podía marcar la diferencia entre vivir o morir.

Los ojos… No.

Siguió corriendo.

Las patas… Tampoco.

Volvió a emprender la carrera.

La cola…

—¡Lo tengo! —gritó con la esperanza de que su hermana lograse escucharla—. ¡En la parte interna de su pata derecha! ¡No hay escamas ahí!

Pero Azava no respondió. Aunque débil, seguía concentrada en los sonidos que ocasionaba el Maggom al moverse, tratando de intuir así su próximo ataque.

Alina no perdió un segundo más y, centrando la mirada en el punto vulnerable, corrió todo lo rápido que pudo. La niebla que desprendían las alas del Hiniur cubría por momentos el blanco, pero no fue suficiente para que Alina lo perdiese de vista.

Al alcanzar la pata, la capitense saltó y se aferró a las escamas que sobresalían de su piel. Comenzó a trepar por ellas, con la mirada fija en el punto.

Pero el Maggom ya se había percatado de su presencia.

Giró su prolongado cuello y su cabeza emergió justo encima de ella.

La comandante se quedó inmóvil, como si así pudiera engañar a la bestia y despistarla.

Pero el Maggom, furioso, respondió abriendo sus fauces, revelando las sierras dentadas que poblaban sus encías.

Y, tras emitir un estridente siseo, de pronto, cayó la oscuridad.

El Hiniur vomitó una ráfaga de niebla desde lo más profundo de su garganta, tan densa como la que brotaba de sus alas. La nube envolvió por completo a Alina, arrebatándole la visión y ocultando el punto débil que tanto le había costado encontrar.

Pero la comandante no iba a rendirse tan fácilmente. Azava se había enfrentado sola al Maggom, sin poder verlo, solo para darle el tiempo que necesitaba. Ya no oía su voz. No sabía si estaba herida o, en el peor de los casos… muerta.

No. No podía rendirse.

Aun envuelta en oscuridad, Alina comenzó a lanzar estocadas al azar, guiándose solo por la intuición de dónde creía que se localizaba el punto.

Una.

Dos.

Tres.

Hasta nueve veces intentó vencer la resistencia de las escamas pero fue el décimo intento el que logró penetrar en la piel del engendro.

El Maggom aulló de dolor cuando la punzada le atravesó. Sus patas traseras perdieron rigidez y, sin poder evitarlo, se desplomaron.

Alina se soltó y se dejó caer en el suelo.

Sin perder un segundo, corrió hacia las patas delanteras, donde intuía que también podía haber un punto sin escamas. Y no se equivocó. Justo entre el vientre y la base de las patas, se extendía un pliegue de piel desprovisto de toda protección.

Mientras la criatura luchaba por recuperar el control de sus extremidades traseras, concentrando todas sus energías en ellas, la comandante hundió dos estacas más en el pecho de la criatura.

—¡Hermana! —gritó al ver el cuerpo tendido de Azava un poco más adelante.

El Maggom gruñó al recibir la nueva punzada y, desprovisto de sensibilidad en las extremidades, se desplomó de bruces contra el suelo.

—¡Azava despierta! ¡Lo he conseguido! ¡Dispara a sus cuernos antes de que el efecto de mis agujas termine!

Pero inutilizar sus patas no fue suficiente. Para detener a un ser casi divino como lo era el Maggom, haría falta mucho más.

El Hiniur, que solo se valía de su alargado cuello ahora, lo movió de un lado a otro. Su cabeza, acompañando el movimiento, serpenteó próxima al suelo, buscando con sus colmillos a la culpable de aquel ataque.

—¡Azava!

Pero su hermana seguía sin dar respuesta. Su cuerpo permaneció inmóvil entre los salientes rocosos, sus ojos ya no emitían la luz de su Bendición, y sus mechones platinos estaban salpicados con la sangre que brotaba de alguna herida en su cabeza.

—¡AZAVA!