Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 5. Maggom
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5. Maggom

Sentado sobre el oscuro pelaje de su fiel oso montés, Yskar lo comprendió todo; su verdadero enemigo era el tiempo. No serían los Hiniur quienes ganarían la guerra, sino el agotamiento que, silencioso, acabaría por desgastar a sus hombres.

Las tropas de Grifford, aunque numerosas, sucumbían ante las lanzas celestes de los brevodianos con relativa facilidad.

Eran Hiniur comunes, los mismos que en tantas otras ocasiones habían enfrentado.

Pero volvían. Una y otra vez. Como siempre lo habían hecho.

Como lo hacían también ese día. Y sería precisamente su obstinada persistencia la que decidiría aquel enfrentamiento.

Ylvan irrumpió en la batalla, lanzándose sobre un grupo de Hiniur que se aproximaba. Al aterrizar, los barrió con la ristra de colmillos que sobresalían de su mandíbula y, sacudiendo su cabeza, les segó la vida al partirlos por la mitad.

Frente a él, una nueva oleada de Hiniur se acercaba desde el horizonte.

Yskar ordenó al oso enfrentarlos y este, con sus fauces aún manchadas con la sangre de sus enemigos, obedeció.

Su carrera era torpe pero sus pisadas, devastadoras.

Finalmente, tras dejar atrás al resto de brevodianos, Ylvan logró acercarse a los engendros lo suficiente como para continuar la ofensiva.

Yskar, soportando los violentos vaivenes sobre el lomo de su montura, se deslizó por un costado, quedando colgado del espeso pelaje y, sin que Ylvan detuviese su carrera, extendió su brazo y arrancó una segunda lanza que se hallaba clavada en la tierra.

Volvió a erguirse sobre su montura y alzó ambas lanzas, encajando su mástil bajo cada una de sus axilas.

Apuntó a los Hiniur y accionó ambos pulsadores a la vez.

Las puntas celestes cortaron el aire raudas hasta clavarse en los dos Hiniur que cerraban la retaguardia del grupo.

Con un giro de muñeca, Yskar hizo rodar las astas y las volvió a acomodar bajo sus brazos apuntando a las bestias con la parte posterior del arma.

Mantuvo aquella posición un poco más hasta que, finalmente, accionó los pulsadores ocultos a la vez.

Las puntas del arma emitieron un destello anaranjado y las hojas clavadas en los Hiniur, movidas por el magnetismo que desprendía el mástil, volaron de vuelta hacia él, atravesando el cuerpo de otros dos enemigos más en su retroceso.

El resto del grupo encontró su final al ser alcanzados por Ylvan, quien no dudó en despedazarlos con sus colmillos y zarandearlos violentamente con ellos.

—¡Íkaro! —llamó Yskar, girándose hacia atrás—. ¡Íkaro!

Más allá, su leal Recolector combatía cuerpo a cuerpo contra un grupo de Hiniur.

Con la destreza propia de alguien acostumbrado a trepar montañas, se movió en círculos, girando sobre sí mismo y haciendo rodar el filo celeste de su lanza al compás de sus golpes, segando las vidas de aquellas bestias que subestimaron su potencia.

Al arremeter contra el último de ellos, el brevodiano trepó por el pelaje pardo de Beti, que luchaba a su vera, se sentó de vuelta sobre su lomo y juntos se acercaron a su rey.

—¿Qué ordena, majestad?

—Las oleadas Hiniur no cesan, ni creo que lo hagan hasta que pongamos fin a la vida de los Emisarios —advirtió Yskar—.

No debemos desgastarnos demasiado ahora.

Nuestro cometido aquí es vital; contener a los grupos de Hiniur comunes y asegurarnos de que no crucen el yermo.

En el interior de Capital aún se refugian supervivientes.

Nosotros somos la última barrera. Si caemos, estas aberraciones alcanzarán los portones del reino y, entonces… habremos fracasado.

Íkaro asintió en conformidad.

—Majestad, pero…

Oteó el campo de batalla y, a lo lejos, pudo ver seis figuras imponentes acercándose. Hiniur muy distintos a los que ahora combatían, cuyo poder se percibía incluso desde donde se encontraban.

—… ¿Cómo contenemos a los grandes?

Yskar hizo un gesto con la cabeza, señalando hacia atrás.

—Eso es tarea de ellos.

Íkaro se giró hacia donde su rey le había indicado. Varios metros más allá, pudo distinguir la silueta de Ramis junto a los trece comandantes de Capital, que comenzaban a separarse en pequeños grupos, caminando hacia las diferentes monstruosidades colosales.

—Y… ¿crees que podrán contra ellos?

Yskar entornó los ojos y asintió.

—Ellos son los Bendecidos de Gheva —dijo, volviendo su mirada al frente—. Si ellos no pueden, amigo mío, ninguno de nosotros podrá.

La mirada de Íkaro permaneció fija, observando a las bestias descomunales. Por un instante, temió que la más cercana se dirigiera hacia ellos y pusiese en riesgo su tarea de contener las incesantes oleadas de Hiniur de Rango Bajo que enfrentaban.

Su aspecto era, cuanto menos, algo fuera de lo común.

Una bestia de un tamaño muy superior a cualquier monstruo del que hubiera podido oír en cualquier mito o leyenda.

Su cuerpo estaba envuelto por una densa capa de niebla negra, que parecía emanar directamente de las membranas de sus alas.

La opacidad del velo solo dejaba entrever sus cuatro patas, provistas de afiladas garras, que sobresalían bajo aquel manto de oscuridad.

Por encima de la nube negra que lo envolvía asomaban los picos de sus alas y un largo cuello escamado que sostenía una monstruosa cabeza coronada por un rostro repleto de malicia y terror, con intensos ojos carmesí que escrutaban el entorno en busca de su próxima presa.

—Majestad… —balbuceó el corpulento Recolector—. Si dejamos que esa criatura se acerque más y logre alcanzarnos, los nuestros no podrán…

—No nos alcanzará —interrumpió Yskar con firmeza—. Observa atentamente.

Íkaro volvió a dirigir la mirada en aquella dirección.

La monstruosidad había detenido su avance de forma abrupta, como si algo en su camino la hubiese obligado a parar.

Extendió sus alas, disipando la niebla que hasta entonces cubría su cuerpo y mostrando al mundo la majestuosidad y el porte de su figura en toda su magnitud.

El Recolector abrió los ojos hasta su límite.

Aunque aquella bestia escamada se encontraba a cierta distancia, el terror que infundía se percibía desde su posición.

Se tranquilizó cuando, al desviar los ojos, comprobó que Yskar no se dejaba intimidar por el aura de miedo que irradiaba.

Volvió entonces a mirar hacia la bestia, forzando la vista, tratando de vencer la espesa humareda negra que seguía brotando sin control desde sus alas.

Frente al Hiniur, dos mujeres se erguían sin inmutarse, desafiándolo con su sola presencia.

Íkaro frunció el ceño.

—¿Quiénes son esas valientes?

Yskar sonrió.

—Alina y Azava —aclaró—. Las hermanas mellizas de Capital.