Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 4. Arothia
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4. Arothia

La guerra siempre traía consecuencias. Symra, Padre de todos los Dioses, lo sabía mejor que nadie.

Durante la Gran Batalla de los Primeros, cuando las divinidades lucharon por el dominio del Vacío, la guerra imperaba en el cosmos dejando una estela de caos a su paso.

Y siempre, siempre, traía consecuencias.

No tanto, quizás, por el resultado del conflicto, sino por los daños colaterales que ocasionaba: la muerte de inocentes ajenos a las disputas de los Primeros, la aniquilación de civilizaciones enteras o el exterminio de Las Creaciones más vulnerables.

Fue entonces cuando Symra, ante tal injusticia, desplegó su poder y dio forma al Vacío Primordial.

Una brecha entre el espacio y el tiempo únicamente accesible a través de la mente y reservada solo a las divinidades que se enfrentaban.

Desde entonces, las guerras entre Dioses se libraban allí, en aquel tablero compuesto por luces y sombras.

Sin embargo, a diferencia de lo que muchos podrían suponer, el Vacío Primordial era más que un simple juego.

Las piezas que participaban en él estaban vivas y cada una representaba a las unidades de cada bando.

Derrotar una pieza en el tablero, significaba la muerte de su contraparte en el mundo real.

Así, la guerra continuaría, pero sin devastar a Las Creaciones que deseaban permanecer al margen del conflicto.

Durante eones, así había sucedido. Y aquel día, en la batalla por preservar la Creación de Gheva, no sería diferente.

Yavan se limitó a sonreír, alargando el tiempo de su turno. Sus ojos se clavaron en su adversaria, ajenos al tablero, disfrutando de la incertidumbre que ella parecía sufrir.

—¿A qué esperas?

Las palabras de Gheva confirmaron su impaciencia, provocando que la sonrisa de Yavan, poco a poco, se ensanchara.

—Tienes mucha confianza puesta en tus comandantes de Capital, querida —apuntilló, recorriendo con la mirada la hilera de peones blancos—.

Aquellos privilegiados que portan las habilidades propias de La Creadora.

Formidables combatientes, con capacidades casi divinas.

Pero…—puso su atención en uno de sus alfiles negros—.

¿Serán suficientes para hacerles frente a los míos?

El alfil negro se elevó lentamente de su casilla, quedando suspendido en el aire.

Gheva lo examinó con detenimiento, reparando en los detalles que adornaban la pieza.

Una criatura agigantada sentada sobre sus cuartos traseros, con la espalda erguida y las alas extendidas, de las cuales emanaba una neblina negra que dejaba una estela sombría tras de sí.

Desde su cabeza, coronándola, se alzaban dos astas blancas que se retorcían hacia el cielo y que parecían emitir un tenue brillo de forma intermitente.

La pieza finalmente aterrizó sobre una casilla blanca, próxima a la muralla de peones que Gheva había dispuesto. Al caer, la niebla que envolvía al alfil se esparció sobre la casilla, cubriéndola por completo y tiñéndola de negro.

—Tu turno, querida.

Era innegable; el poder que desprendía aquel alfil no tenía nada que ver con el resto de piezas.

Los comandantes eran seres poderosos, pero, ¿sería suficiente?

Si sus guerreros más capaces caían, ¿cómo iba a ganar aquella batalla?

No podía permitirse errores, no podía dejar que su Creación cayese bajo el yugo del mal.

Gheva sopesó durante unos instantes su próxima jugada hasta que, tras aquel silencio, uno de sus peones se movió una casilla hacia delante.

Como todos los demás, tenía el escudo de Capital adornando su parte posterior, pero, a diferencia del resto, este tenía el número trece tallado junto al escudo.

Envuelto en una capa de telas blancas y provisto de unas agujas ocultas bajo ellas, el peón terminó su movimiento.

—¿Es esa tu decisión final? —repuso Yavan sin apartar sus orbes carmesí de su contrincante—. Bien, veamos de qué es capaz.

El alfil negro se movió dos casillas más, situándose justo frente al peón blanco.

Como antes, al aterrizar, la casilla se oscureció al simple contacto con la pieza.

Sin concederse un instante para sopesar otras opciones, Gheva desplazó otro de sus peones (el que tenía el número ocho tallado en su superficie) y lo situó en la casilla contigua al peón que había movido previamente, ambos encarando ahora a la monstruosidad.

—Vaya, vaya… una jugada inesperada por tu parte, he de confesar —admitió Yavan—.

Me temo que enfrentar a dos de tus unidades contra una de las mías no te servirá de nada.

¿No te das cuenta? Lo único que lograrás será ahorrarme tiempo, pues con un solo enfrentamiento acabaré con dos de tus comandantes.

Gheva, haciendo caso omiso a las provocaciones que vomitaba Yavan, giró su cabeza hacia un lado, mostrando su perfil hacia su derecha.

—Arothia.

Al oír la voz de la Creadora, la Vastali abrió los ojos lentamente. Frente a ella, unos pasos más adelante, distinguió el yelmo de luz que velaba el rostro de Gheva y cuyo perfil se orientaba en su dirección.

—¿Es el momento? —preguntó la Vastali, acomodando la lira sobre su mano—. ¿Necesitas de mi favor?

Gheva asintió.

—Arothia, mensajera de lo divino, encargada de dotar a los hombres y mujeres con las Bendiciones dadas a aquellos dignos de mi Luz. Concédeles tu favor en esta batalla. Permite que sus Bendiciones liberen su auténtica forma y desplieguen todo su poder.

Arothia cerró sus ojos y guardó silencio durante unos segundos.

—Que así sea.

Apoyó su mano en las cuerdas de su lira y, moviendo delicadamente los dedos, las hizo sonar. Una bella melodía inundó el lugar, acompañada de una suave voz que rompió la quietud.

Syn alkremi ystheuriné

Thelinba askriem maphisto ithlaon

Kramen saytho klamuren

Imba eyn iuskalieri thén

[Que no tiemble la tierra, ni el fervor de su anhelo.

Que no se detenga su furia, ni el susurro del viento.

Que no amaine su deseo, ni el calor de su fuego.

Que no mengue su luz, ni la fuerza del cielo.]

La lira brilló y, a su vez, los peones blancos comenzaron a irradiar luz. Cuanto más sonaban sus notas, más intenso se volvía el destello que desprendían, hasta que, poco a poco, la figura de Arothia comenzó a desvanecerse.

—Ojalá mi favor os sirva en esta batalla —susurró mientras su cuerpo abandonaba el Vacío Primordial—. Alzaos con la victoria y acabad con él para siempre.

Gheva mantuvo su atención en la Vastali hasta que, finalmente, se desvaneció por completo.

—Así será —aseguró, volviéndose hacia el tablero.

La Creadora contempló como ahora todos sus peones (salvo el que tenía el número catorce tallado) irradiaban una luz que lograba iluminar incluso el oscuro rostro de Yavan.

Confiada, Gheva clavó sus ojos en él, esperando su próxima jugada.

Él, en respuesta, soltó una profunda carcajada, sin dejarse intimidar.

—¡Esto sí que es una sorpresa! —exclamó, dando un paso al frente, haciendo sonar las cadenas que le aprisionaban—.

Elevar las Bendiciones de tus comandantes hasta ese punto es algo tan…

impropio de ti. ¿Has olvidado lo que les puede pasar si sobrepasan su límite?

¿Has olvidado, querida Gheva, que pueden perder la vida si sus Bendiciones alcanzan esos niveles?

Gheva, sin inmutarse lo más mínimo, mantuvo el duelo de miradas con Yavan. Abrió sus seis alas, mostrando la majestuosidad que desprendían y alzó su mano hacia los dos peones que confrontaban el alfil negro.

Sus dedos brillaron y, con ellos, los peones aumentaron todavía más la luz que irradiaban.

—Haré lo que sea necesario para borrar tu existencia.