3. Cincela
Una lluvia de cristales se esparció sobre el suelo de la habitación cuando el Emisario estrelló la cabeza de Cincela contra la ventana.
Tras el impacto, Tayim retorció la cabeza de la joven, provocando que su piel se rasgase con los cristales que aún quedaban adheridos al marco de la ventana y que circundaban su cabeza como una corona.
Sin apenas concederle unos segundos de respiro, tiró de su pelo hacia atrás, obligándola a recorrer de nuevo el mar de cristales afilados que la rodeaban.
Los fragmentos volvieron a desgarrar su piel en el retroceso y la sangre cubrió su tez como un velo.
Una vez tras otra, Tayim tiraba de su cabello alejándola del cristal para, seguidamente, estrellarla contra él.
Pero, de pronto, cesaron las arremetidas. Cincela, moribunda, pudo percibir el aliento de Verso tras ella y cómo Tayim, a través de él, volvía a dedicarle unas palabras.
—No te resistas, querida. Tu destino ya ha sido decidido —susurró con una dulzura impropia para una voz demoníaca como la suya—. Cuando todo esto acabe, tú te vendrás con nosotros y darás vida al hijo de Yavan, que ahora mismo se gesta en tus entrañas.
Sin esperar respuesta, Tayim volvió a estrellar el cráneo de Cincela contra los últimos fragmentos del ventanal, arrancándolos del marco.
Allí clavada trató de recomponerse. Varios mechones se adherían a su rostro, pegados por la sangre que lo cubría. Sus ojos, apagados, apenas lograban abrirse y, lo poco que lo hacían, dejaban solo entrever una mirada vacía propia de alguien que está al borde del colapso.
Dolor.
Un ardor tan punzante y agónico como nunca había sentido. No tanto por las afiladas estalactitas de cristal que se clavaban con cada colisión, sino por tener tan cerca a aquel monstruo que tanto sufrimiento le había causado y no poder enfrentarlo.
De nuevo, la mano de Verso, a merced de la voluntad de Tayim, tiró de su cabello platino, obligándola a recorrer el pasadizo de dientes de vidrio que rodeaban su cuello como una gargantilla.
—Tranquila, querida. No vas a morir —susurró, dejando que su aliento acariciara su nuca antes de posar sus labios sobre ella, dedicándole tres delicados besos—. Al menos, no ahora. Te necesitamos viva hasta que El Eco de los Dioses vea la luz de este mundo.
Las manos de Verso, ahora convertidas en garras por la exposición al poder de Tayim, presionaron el cráneo de Cincela, preparándose para estamparla de nuevo.
—Gheva, nos has subestimado —murmuró el Emisario—. La esencia del Supremo ha logrado eclipsar la tuya, como siempre ha hecho. Como siempre debió ser.
Su brazo, esclavo de los deseos de Tayim, empleó toda su fuerza y dirigió la cabeza de la lenovense hasta verla hundida en los últimos trozos de cristal.
Pero, de pronto, detuvo su recorrido en seco.
Cincela, súbitamente, notó como aquellas garras fueron perdiendo fuerza.
Dejó de sentir su opresión, dando paso a la suavidad que las manos de Verso solían tener.
Sus ojos carmesí se imbuyeron con la inocencia que acostumbraban a desprender, y la voz discordante que hasta ahora había coloreado el tono del clérigo, volvió a adquirir aquella calidez de siempre.
La joven, incapaz de soportarlo más, se desplomó contra el suelo. Sus párpados estaban ya cerrados y su cabeza no lograba mantenerse erguida. Parecía que su cuerpo pidiese desfallecer, como si no estuviese dispuesto a soportar más dolor.
—¡Cincela! —gritó Verso, cuando volvió en sí y se dirigió hacia el cuerpo languideciente de su amiga—. ¡Cincela, respóndeme!
Rápidamente, las profundas heridas que sufría la joven fueron cubriéndose con una capa de escamas negruzcas que brotaron de su piel, cerrándolas hasta detener el caudal de sangre que emanaba de ellas.
Poco a poco, la joven abrió sus ojos bicolor para encontrarse con una mirada que no supo reconocer al instante, pero que tenía aquel brillo a hogar. Aquel sabor a casa.
—… ¿Verso? —murmuró, con un tenue hilo de voz apenas perceptible.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el clérigo con un tembleque evidente en sus labios—. ¿Por qué estás repleta de sangre? Deja… —jadeó repetidas veces, fruto de su agotamiento—. Deja que te limpie un poco y…
Verso calló cuando Cincela, algo más recompuesta, le empujó lejos. Al caer contra el suelo, el clérigo se frotó la zona del impacto, tratando de calmar así el entumecimiento.
—¡Aléjate! —ordenó—. Aléjate de mí.
—Pero, yo tan solo quiero…
—¡No! —exigió Cincela, algo más recuperada cuando sus escamas cerraron las heridas—.
Tayim ha usado su facultad sobre ti y no dudará en hacerlo de nuevo…
No debes acercarte —se alzó, ayudándose de la repisa ensangrentada frente a la ventana—.
Ahí fuera… —se apoyó sobre el marco del ventanal mientras sus heridas acababan de cicatrizar— …
están librando la batalla que narra la profecía —se irguió por completo y posó su mirada en la escena que tenía lugar fuera—.
Los nuestros se enfrentan a infinidad de Hiniur, los más peligrosos que jamás hayamos visto y, por si fuera poco, a tres Emisarios también.
Lo último que querríamos… —desvió su mirada, centrándola en las baldosas del suelo, observando su propio reflejo en ellas—.
Sería enfrentarlos a un cuarto Emisario.
Tras escuchar esas palabras, Verso recordó los momentos en los que Cincela había liberado el oscuro poder que habitaba en su interior.
Recordó el episodio en la Fontana del Lamento, cuando la maldición casi la consumió por completo.
Y aquella confrontación con Álvar, cuando el monstruo volvió a apoderarse de ella, brindándole la fuerza necesaria para enfrentar a alguien tan poderoso como lo era el antiguo Rey de Capital.
—Y… no queremos eso.
—No, Verso, no queremos —aclaró Cincela, alzando su mirada—. Debo sanar primero. Ambos debemos. Y confiar en la fuerza de los nuestros —desvió la mirada—. No podemos hacer más ahora.
Verso suspiró, resignado.
La respiración de Tayim se aceleró cuando abandonó abruptamente su trance. Regina, percatándose de que su hijo volvía en sí, descendió de los cielos y aterrizó junto a él, observando cómo se recuperaba del sobreesfuerzo que le había exigido emplear su facultad durante tanto tiempo.
—¿Y bien?
Tayim alzó la cabeza hacia un lado, buscando con sus ojos la mirada de su madre, quien esperaba impaciente una respuesta.
—La chica está bien, madre —respondió entrecortadamente—. No he podido mantener mi facultad sobre el estúpido clérigo más tiempo. Sin tener contacto visual directo es difícil mantener el vínculo telepático.
Regina chasqueó su lengua, molesta.
—Pero… —prosiguió Tayim, cuyos jadeos aminoraron, permitiéndole sonreír con malicia—. Le he dado una lección que no olvidará. Ahora sabe que debe esperar paciente hasta que todo esto acabe y entonces se unirá a nosotros.
Regina le devolvió la sonrisa a su hijo, orgullosa de que hubiera cumplido su tarea.
—Bien hecho, hijo mío —dijo, volviendo su mirada al frente, donde sus mayores creaciones seguían avanzando hacia la batalla—.
Ahora es su turno. Mis queridos bebés se encargarán de eliminar todo resquicio de humanidad, y será entonces cuando nadie se interpondrá ante la voluntad del Supremo.
Ahora descansa y recupérate, mientras yo acabo con todos ellos y…
—desvió su mirada, posándola sobre una bolsa membranosa, negruzca y viscosa que permanecía inmóvil tras ella, palpitando con una cadencia irregular—… tu padre completa su gestación.
Tras sus palabras, Regina batió sus alas hasta quedar suspendida varios metros por encima. Inhaló todo el aire que sus pulmones pudieron albergar y lo expulsó de golpe, en un chirrido estridente que se propagó por el yermo.
Los Hiniur de Rango Alto, que avanzaban lentos pero decididos hacia el campo de batalla, volvieron a hacer eco de la llamada de su madre, devolviéndole el más macabro de sus rugidos.
Tras ello, aceleraron su ritmo, emprendiendo una carrera hasta que, por fin, alcanzaron la marabunta de humanos e Hiniur que se enfrentaban en el epicentro de aquel yermo.
—Aquí comienza la decadencia de la humanidad —sonrió—. Aquí comienza la era del cataclismo.