Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 2. Ramis #2
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2. Ramis #2

Yrva hizo girar el asta de su lanza, ahora sin hoja, y apuntó con la parte posterior del mango hacia el cadáver.

Presionó otro pulsador oculto en esa parte del arma y la culata emitió un leve fulgor anaranjado.

El filo comenzó a temblar cada vez con más violencia, hasta que se liberó del cuerpo del Hiniur y surcó el aire de vuelta, encajándose de nuevo en su lugar.

Yrva soltó el pulsador y el resplandor anaranjado desapareció. Yskar entrecerró los ojos y miró a Íkaro, desconcertado.

—¿Pero qué…? ¿Qué son esas lanzas, Íkaro?

El Recolector soltó una carcajada. Se inclinó hacia el oso gris de Yrva, tomó una de las armas que cargaba y se la lanzó a Yskar, quien la atrapó en pleno vuelo.

—Reconstruir nuestras vidas en el nuevo asentamiento de Nueva Brevodia no fue fácil, Majestad —aclaró Íkaro, mientras Yskar seguía examinando su nueva lanza—.

Tuvimos que dedicarlo todo a sobrevivir; nuestro tiempo y los pocos recursos que nos quedaban.

—Alzó ligeramente su arma, examinándola—.

Una de nuestras primeras prioridades fue diseñar estas lanzas.

—Están forjadas con el material que usábamos en los antiguos equipos de recolección —prosiguió Yrva—.

El interior del mango está confeccionado a partir de los lingotes que empleábamos para la extracción de minerales.

Uno despierta el magnetismo y el otro lo apaga.

De esa forma, puedes lanzar el filo hacia los Hiniur sin acercarte, y luego recuperarlo simplemente accionando el pulsador.

Yskar accionó su lanza y la punta, de inmediato, salió propulsada hacia delante, encontrando el final de su recorrido en el cráneo de un Hiniur que se aproximaba.

Yrva e Íkaro accionaron también sus armas y las hojas celestes volaron para incrustarse en las dos monstruosidades que seguían de cerca a la que Yskar había abatido.

Los tres brevodianos giraron el asta de sus lanzas al mismo tiempo, apuntando con la culata hacia los cuerpos inertes de las criaturas. Accionaron el pulsador y las puntas surcaron el aire al instante, regresando de vuelta a su lugar.

Yskar sonrió, complacido.

—Habéis hecho un gran trabajo.

—Y no solo eso, Majestad —intervino Yrva de pronto—. Hemos modificado también las armas de los comandantes que así lo han deseado, sustituyendo su hierro por acero brevodiano y mejorado su rendimiento.

Yskar no cabía en sí del orgullo que sintió en aquel momento.

Íkaro no solo había demostrado ser un gran líder en su ausencia sino que, además, había logrado mantener al pueblo brevodiano preparado ante posibles nuevos ataques.

Si aquel día, en aquella batalla, Yskar no lograba vivir, sabía que dejaría a Brevodia en las mejores manos posibles.

—Nos alzaremos con la victoria —sentenció el rey—. Estoy seguro de ello.

Los comandantes situados frente a las puertas del reino permanecían atentos al grotesco escenario que se desarrollaba ante sus ojos.

La impotencia pronto se adueñó de todos ellos, pero fue Tretton quien, de forma inconsciente, intensificó su Bendición, fruto de la ira que empezaba a sentir.

Varios aros de luz circundaron sus brazos y su musculatura pareció ganar todavía más tamaño.

Con cada muerte que presenciaba, la furia que sentía iba en aumento y, con ella, también lo fue la intensidad de su Bendición.

—Maldita sea, Jedena. ¿A qué estamos esperando? —gruñó apretando sus puños con fuerza—. Los nuestros nos necesitan.

Jedena se giró lentamente hacia Tretton para dedicarle la más severa de las miradas. Él frunció el ceño en respuesta.

—Reserva tus energías, comandante del Once —elevó su tridente, dirigiendo sus tres picos hacia el horizonte—. Nosotros debemos encargarnos de ellos.

Tretton siguió con su mirada el cuerpo del tridente hasta divisar aquello a lo que se refería. A lo lejos, más allá del campo de batalla, pudo ver seis sombras que se erguían impasibles, esperando su momento de atacar. Siluetas descomunales. Colosales. Titánicas.

—Esos son…

—Hiniur de Rango Alto —acabó de decir Jedena—. Bestias con capacidades que rozan lo divino. Solo un poder como el de nuestras Bendiciones puede hacerles frente y ese es, precisamente, nuestro cometido.

—En ese caso, basta de esperar. Acabemos con ellos de una maldita vez —espetó Tretton, apoyando su gran maza sobre su hombro—. Tan solo son seis Hiniur frente a trece bendecidos de Gheva. No creo que…

—No son ellos los que me preocupan o, al menos, no demasiado —interrumpió Jedena, bajando ligeramente su tridente y señalando esta vez dos sombras de menor tamaño que se alzaban a los pies de aquellas bestias—. Sino ellos.

—Regina… —susurró Ramis, que había estado atento a la conversación—… Tayim.

—Efectivamente, Capitán. Los Emisarios de Yavan —aclaró Jedena, apoyando su tridente en el suelo—. Ellos no gozan de capacidades que rozan lo divino. Ellos son lo divino.

Fue en aquel preciso instante cuando todos observaron cómo la silueta de Regina, a lo lejos, comenzó a elevarse. Siguió ascendiendo hasta ganar cierta altura y se mantuvo suspendida por encima de las cabezas de sus más ambiciosas creaciones.

Un alarido ensordecedor escapó de su garganta, resonando por todo el valle y deteniendo, por un momento, el fragor de la batalla.

Los Hiniur de Rango Alto le siguieron a coro, ofreciendo los rugidos más sonoros y estridentes que fueron capaces de emitir.

Cuando las voces se apagaron, la hilera de aquellas seis monstruosidades comenzó a avanzar.

Mientras las aberraciones se dirigían al frente, sus figuras fueron cada vez más visibles. Pudieron percibir cómo uno de ellos comenzaba a desprender niebla oscura de entre sus alas.

Otro arrastraba su cola por el suelo, aprovechando la fricción para prender fuego a su extremidad. Pudieron ver cómo otro alzaba el vuelo y se ocultaba entre las nubes grises que ese día cubrían el firmamento.

Otro de ellos emitía pequeños relámpagos azules con cada nuevo paso que daba.

Otro avanzaba reptando, usando las manos para impulsarse mientras arrastraba su cuerpo contra el suelo.

Pero había uno de ellos que destacaba por encima de todos pues, a pesar de no presentar ninguna habilidad aparente, su tamaño y corpulencia era muy superior al resto.

—Bien, Jedena —llamó Tretton—. ¿Y ahora? ¿Es buen momento para intervenir?

Jedena le dedicó media sonrisa aun sin girarse hacia él.

—El mejor —aseguró, escarbando entre sus ropajes hasta extraer un tomo forrado en cuero, decorado con brillantina en sus esquinas—.

Pero no los enfrentaremos a ciegas —abrió el libro por una página al azar, la cual mostraba una ilustración detallada de un Hiniur de Rango Alto—.

Con la información que hemos recopilado en este bestiario, asignaré un comandante a cada Hiniur, teniendo en cuenta su experiencia en combate, sus conocimientos bélicos y, sobre todo, su Bendición.

Los demás permaneceréis cerca, apoyando a los brevodianos, davenses y kyanos contra las oleadas de Hiniur comunes.

Pero, si alguno de los comandantes fallase, acudiréis de inmediato en su ayuda. ¿Queda claro?

Los comandantes, manteniendo la luz de sus Bendiciones sobre sus cuerpos, asintieron. Pero había uno de ellos que no brillaba como el resto y, movido por las palabras de Jedena, dio un paso al frente.

—A mi enfréntame contra el más fuerte —exigió Zékiel con un semblante repleto de felicidad—. Solo él y yo. Nadie más.

—¡O mejor! Ponle a él solo contra todos —respondió Tretton al instante—. Con suerte, le darán muerte de una vez por todas.

Zékiel, lejos de caer en la provocación de su compañero, sonrió.

—Por una vez en mi vida voy a estar de acuerdo contigo, ¡Jedena, enfrentaré a todos yo solo!

—¡Callaos! —sentenció la del Diez, y Zékiel y Tretton no dijeron una palabra más—.

Quienes enfrentéis a los Rango Alto, se os exigirá todo de vosotros —hojeó varias páginas más y se detuvo en otra ilustración, reparando en las descripciones y notas que Samil había escrito en los márgenes—.

Trataré de emparejaros teniendo en cuenta la Bendición que poseéis cada uno, de manera que enfrentaréis a aquellos Hiniur con habilidades en clara desventaja con las vuestras —miró hacia su derecha, buscando con sus ojos al hombre que permanecía a su lado —.

Y para ello, necesito a alguien curtido en la guerra que me ayude a trazar la mejor estrategia.

Ramis mantuvo sus ojos de zafiro fijos en Jedena.

—Capitán, te quedarás conmigo en la retaguardia —prosiguió la del Diez—. Salvo que nuestra asistencia en este conflicto sea necesaria. Coordinaremos y decidiremos qué comandante se enfrentará a qué.

El lenovense permaneció en silencio unos segundos hasta que, finalmente, asintió.

—Haré lo que sea necesario para que la humanidad se alce con la victoria.

—Bien, en ese caso, comandantes, en breve comunicaremos quién enfrentará a los Rango Alto —dijo, cerrando el libro de golpe—.

Pero antes, debo recordaros algo que no debéis olvidar —cerró sus ojos y el haz de luz de su Bendición cubrió sus párpados como un antifaz—.

Acabad con todos ellos. Dad todo lo que tengáis y no dejéis a ninguno con vida, incluso si ello requiere vuestra propia muerte.

No encontraréis mejor día para morir que este.

Nuestro futuro y el de las generaciones venideras son la recompensa de la victoria.

Hoy, más que nunca, tenéis que demostrar de qué sois capaces.