2. Ramis
Y llegará el día, querido hijo, en que los párrafos de la profecía serán y nos veamos obligados a enfrentar la batalla más dura de nuestras vidas. No tanto, quizás, por los enemigos que tengamos que abatir, sino por los seres queridos que tendremos que dejar atrás.
Ramis no sabía por qué aquellas palabras de Azhna se agolpaban tan contundentes en su mente justo en aquel momento.
Quizás porque aquel día su ausencia pesaba más que nunca.
Quizás porque anhelaba que estuviese allí, a su lado, admirándole mientras combatía el mal como único representante del reino de Lenov y heredero de la sangre de Tristán.
O quizás esa nostalgia era debida a que allí, al borde de la batalla más importante de su vida, era cuando encontraba el sentido en aquellas palabras que con apenas diez años no supo comprender.
Miró tras él y sus pupilas azuladas recorrieron los muros del reino de Capital que se alzaban imponentes a su espalda.
Siguió elevando su mirada hasta toparse con los torreones del castillo, que apenas sobresalían por encima de la muralla.
Entornó sus ojos como si, de alguna manera, pudiese así atravesar la opacidad del enladrillado de jaspe negro que recubría el edificio.
Sabía que, en algún lugar en el interior de aquel laberinto de bloques oscuros, se encontraba su hija Cincela, y fue entonces cuando las palabras de Azhna volvieron a resonar en su mente.
…Sino por los seres queridos que tendremos que dejar atrás.
Suspiró.
—Ocúltate, hija mía, estés donde estés —murmuró para sí—.
Pues es a ti a quien buscan. He aprendido a convivir con el anhelo de Amali, la esposa más hermosa que cualquier hombre jamás podría desear.
He aprendido, también, a vivir sin el cariño de una madre y la sabiduría de alguien como Azhna —hizo una pausa antes de volver su vista al frente y dirigir su mano hacia la empuñadura de su espada—.
Pero tu muerte… sería algo que no podría superar ni aun viviendo todas las edades de este mundo.
Frente a él, en la lejanía, la nube de polvo provocada por las primeras tropas de soldados capitenses en su carrera hacia el frente de batalla, le impedía ver con claridad.
A su lado, una imperturbable Jedena escrutaba la escena donde humanos e Hiniur ya se enfrentaban entre sí.
Sabía que, al final de aquel día, Capital podría ser su hogar o… su tumba.
Como actual gobernante de Capital, ella no permitiría que esa segunda opción llegara a convertirse en una realidad. Aquel día se perderían numerosas vidas, era consciente de ello, pero jamás consentiría que esas aberraciones alcanzaran la victoria.
El antifaz plateado que cubría sus ojos pareció adquirir un grado más de luminosidad cuando intensificó el poder de su Bendición, preparándose para lo que estaba a punto de acontecer.
El resto de los comandantes, situados en fila horizontal a cada uno de sus lados, observaban desde la distancia cómo sus más fieles soldados ya arremetían contra los primeros engendros de Yavan.
En los flancos, aprovechando el camuflaje que la escasa vegetación del yermo le ofrecía, Ilma, junto a sus leales guardabosques, realizaba los últimos preparativos antes de aventurarse a la batalla.
Vett buscaba cualquier recoveco entre los pliegues de su vestimenta para ocultar los cuchillos que más adelante se incrustarían sobre algún cráneo Hiniur.
Kúdar afilaba con tesón las navajas dobles que antaño le despojaron de su ojo izquierdo, pero que ese día serían sus más fieles aliadas.
Zalka untaba la punta de sus flechas, una a una, con el mejunje viscoso que Ilma le había proporcionado, y que había asegurado ser el veneno más letal que Davá jamás había elaborado.
Káman, acuclillado junto a Ilma, se acomodó la tela negra que cubría sus labios, esperando el momento oportuno para atacar.
—Davá nunca volverá a ser el reino que fue —murmuró la reina davense llamando la atención de Káman—.
Pero hoy tenemos la oportunidad de luchar en nombre de aquellos que murieron y que no pudieron siquiera suplicar por sus vidas.
—Se giró hacia el guardabosque y, aun con los labios ocultos, pudo intuir la sonrisa que se dibujaba en ellos.
Una sonrisa propia de alguien que comienza a saciar su sed de venganza—.
No mostréis piedad hoy, Káman. Merecen que recaiga sobre ellos toda la ira de Davá.
Káman Aullido Lunar asintió con firmeza, extrayendo una flecha de su carcaj y acomodándola sobre la cuerda de su arco.
—No quedará uno con vida, majestad.
En el flanco contrario, un pelotón de Kyanos, armados con cuerdas vegetales y recubiertos de algas y moluscos, avanzaba hacia los cada vez más próximos Hiniur. Shaila encabezaba la marcha, seguida por Krib, su guerrero más diestro, y su patoso sirviente, Bronk.
Pronto, la primera oleada Hiniur los alcanzó. Se detuvieron a escasos metros de los Kyanos mientras los observaban con un deseo propio de alguien que no ha saciado su apetito en décadas.
Krib dio un paso al frente, desenvainó sus hojas nacaradas y chasqueó sus filos, hasta que una mano detuvo su avance al apoyarse sobre su pecho.
—No te contengas lo más mínimo —ordenó Shaila, retirando su mano del pecho de su subordinado mientras con la otra sostenía una esfera perlada donde contemplaba su propio reflejo—. Hoy tenemos la oportunidad de demostrarles a estos estúpidos terrestres de qué somos capaces nosotros, los Kyanos.
—Gra-gra-gran idea, oh, mi ilustrísima señora —intervino Bronk, situado tras ella—. De esa manera no podrán negar el poder que vos ostentáis y, cuando todo esto acabe, os reconocerán como líder, y gobernaréis tanto las aguas como las tierras de este mundo.
Shaila gesticuló media sonrisa.
—Por fin tu sucia boca dice algo con sentido.
—Pero mi señora… —respondió Bronk, ruborizándose—. Este sirviente no merece tan hermosos elogios. Es lo más bonito que me han dicho en toda mi vida.
Las branquias de Shaila se inflaron levemente, en señal de molestia.
—Sabía que esperar dos frases coherentes seguidas por tu parte era mucho pedir. Cálmate, imbécil, y prepárate tú también.
Bronk asintió con nerviosismo.
—Así que… sin contenciones —soltó Krib de pronto, mientras su aleta central se erguía amenazante hacia el cielo y comenzaba a emitir un fulgor rojizo—. ¿Está segura, majestad? Ya sabe que aún no consigo dominar del todo mi forma frenesí.
Las aletas de Shaila se desplegaron majestuosas a su espalda, irradiando un resplandor rosa coral cuyo brillo delineó su figura. Las branquias a ambos lados de su cuello se inflaron y sus ojos se cubrieron con el mismo resplandor rosado que vibraba en sus aletas.
—Yo no pretendo contenerme lo más mínimo —sus labios esbozaron media sonrisa.
Los ojos de Krib adquirieron también el mismo tono rojizo que ya envolvía su aleta central.
—Que así sea, pues.
Más allá, en el corazón del campo de batalla, las tropas brevodianas, encabezadas por Yskar e Íkaro, a lomos de sus corpulentos osos monteses, cargaban contra las primeras oleadas Hiniur.
La mayoría de aquellas bestias encontraban su final al ser aplastadas por los robustos cuerpos de Beti e Ylvan o serrados entre el bosque de colmillos que adornaban sus fauces.
Pero algunos afortunados lograban burlar las torpes pisadas de los osos y las poderosas dentelladas que asestaban con sus colmillos.
Para ellos, la muerte llegaría apenas unos segundos más tarde, cuando, al rebasar al rey brevodiano y a su leal Recolector, las lanzas de filo celeste descendieran desde la altura de sus monturas y se hundieran en sus cráneos.
Sin embargo, tras ellos, los primeros cuerpos de los soldados capitenses comenzaron a caer inertes sobre el suelo de grava, coloreando con su sangre el terreno sobre el que posteriormente caminarían sus compañeros de escuadrón.
En aquella vorágine de garras y espadas, cada vez más hombres perdían su vida entre llantos de agonía y súplicas de desesperación.
Aunque preparados y provistos con las armas más letales de los cuatro reinos, el número de vidas humanas perdidas parecía ser muy superior al de los Hiniur.
—Majestad.
Yskar, sin abandonar la comodidad del lomo de Ylvan, dio un fuerte tirón y extrajo la hoja de su lanza del cuerpo del Hiniur que acababa de abatir.
—¿Qué precisas, amigo mío?
Íkaro alzó su brazo señalando a una guerrera brevodiana montada en un oso de pelaje gris que se posicionó a su lado.
Sobre cada orificio de la nariz de su montura colgaba un aro de acero azulado, del cual iban enganchadas pequeñas cadenas celestes que pendían hacia abajo.
Yskar descendió su mirada y se percató de las fundas de pieles que transportaba el animal a cada uno de sus costados.
De su interior sobresalían las puntas de más lanzas brevodianas que el oso parecía cargar.
—¿Has solicitado mi presencia, Íkaro? —preguntó la brevodiana a su llegada, tirando levemente del pelaje de su oso, con la intención de ordenarle parar.
Al igual que su montura, la mujer lucía un aro en la nariz del cual se enganchaba una cadena celeste que se unía a otro aro en su oreja. Bajo su ojo izquierdo, se dibujaban dos gruesas líneas de pintura azul que intensificaban todavía más su mirada.
—Yrva, muéstraselo.
La mujer asintió con firmeza y se inclinó hacia un lado, extrayendo una de las lanzas sujetas a su montura.
Sin alterar su postura, acomodó el asta bajo su axila y apuntó a un Hiniur que corría directo hacia ella.
Permaneció así unos instantes, con un ojo entornado y el otro clavado en la criatura, que se acercaba cada vez más veloz.
—Te tengo.
La brevodiana llevó su pulgar a un pulsador que sobresalía del mango y lo accionó. La hoja celeste salió despedida hacia el Hiniur, clavándose en su garganta y dejándolo tendido en el suelo.