Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 1. Confrontación
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1. Confrontación

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?

El hombre acomodó las cadenas de gruesos eslabones que cargaba sobre su espalda mientras aguardaba una respuesta.

La mujer permaneció sentada en su trono de cristal, el cual reflejaba la luz que envolvía el lugar, mientras miraba al horizonte sumida en sus propios pensamientos.

Acarició la rugosidad de las figuras talladas en los reposabrazos cavilando, por un instante, las consecuencias de lo que estaba por acontecer aquel día.

Después de todos aquellos años, de toda aquella espera, realmente había llegado el momento.

Tras aquel eterno silencio, finalmente desvió sus ojos cristalinos hacia su interlocutor.

—No hay alternativa, Izh —espetó, manteniendo intacta la autoridad que irradiaba su mirada—. Su rencor no ha menguado en todo este tiempo, y no consentiré que acabe con todo lo que hemos creado.

Tras él emergió la silueta de otra mujer.

Vestía una túnica blanca y portaba entre sus manos una flor cuyos pétalos eran de un intenso tono rojizo.

Sus ojos también estaban ocultos bajo una banda inmaculada que dejaba su cabello esmeralda caer a ambos lados en tirabuzón.

Sus pasos se detuvieron al situarse detrás de Izh y, al igual que él, su rostro mostró un leve matiz de preocupación.

—¿Va a dar comienzo? —preguntó—. ¿Es la hora?

La mujer sentada en el trono asintió.

—Llegó el día, Aelireth.

Ambos Vastali inclinaron levemente sus cabezas, conscientes de que, dijeran lo que dijeran, no lograrían cambiar la decisión que ya había sido tomada.

Movidos por la premura que habían mostrado sus compañeros, dos figuras más emergieron de entre la luz: otra mujer de ojos vendados que acariciaba una lira de finas cuerdas, y un hombre de torso desnudo cuya mano descansaba sobre la empuñadura de una espada que envainaba en uno de sus costados.

—Te prestaremos nuestra ayuda cuando precises —aseguró Arothia.

—Haremos lo que esté en nuestras manos para acabar con él —espetó Ohmne, desenvainando su arma—. No dudes en contar con nuestro favor cuando así lo requieras.

Gheva asintió y, seguidamente, centró su atención en el Vastali que soportaba las pesadas cadenas sobre la espalda.

—Dime, Izh. ¿Crees que podrás retenerle un poco más?

Aunque la labor de todos los Vastali era esencial para mantener viva la Creación, el cometido de Izh era, sin duda, el más crucial de los cuatro.

No tenía un cuerpo fornido, ni tampoco una constitución digna de un ente divino.

De hecho, caminaba apesadumbrado, encorvado hacia delante.

Su delgada espalda, apenas oculta por el largo cabello negro que abrazaba su cuerpo, dejaba entrever sus costillas y las prominentes vertebras que recorrían su columna.

Su piel tampoco lucía tersa y suave como la de los demás, sino que estaba conformada por infinidad de grietas de luz que palpitaban al ritmo de su corazón.

Nadie, en el eminente Reino de Luz, habría imaginado que alguien como él pudiera formar parte de los cuatro Vastali al servicio de la Creadora.

Pero Gheva había percibido en él algo que nadie parecía ver.

El Don de Izh no era el de la fuerza, como cabría esperar de un ser celestial, sino el de la resistencia y la fortaleza.

Él extirpaba los pecados de las almas, los transformaba en eslabones y, uno a uno, iba forjando el mar de cadenas que cargaba sobre su cuerpo. Así aseguraba que, al morir, los espíritus de los seres que conformaban la Creación, ascendían hacia las estrellas libres de toda carga y pena.

Pero Izh tenía un cometido aún más importante.

Algo que solo alguien con una entereza como la suya podía llevar a cabo.

Entre todas las cadenas, había algunas de eslabones mucho más gruesos y pesados que el resto: aquellas que sellaban a Yavan e impedían que liberara la totalidad de su poder.

Desde la creación del mundo, esas cadenas habían sido el muro que contenía su fuerza devastadora.

Si aquel día existía alguna esperanza de alcanzar la victoria, era gracias a su sacrificio.

Izh alzó lentamente su cabeza cuando la voz de la Creadora se dirigió a él. Su cabello se apartó de su rostro a medida que ascendía, dejando entrever un semblante repleto de líneas de luz que agrietaban su piel.

—Aunque los nuevos eslabones son más pesados —contestó, acomodándose las cadenas—, nada me pesaría más que ver la Creación sucumbir a la oscuridad.

Tras un breve silencio, Gheva asintió.

—Tu labor será recordada por la eternidad —barrió con la mirada a los cuatro Vastali—.

La de todos lo será. —Sin esperar respuesta y sin alterar la seriedad de su semblante, apoyó su espalda sobre el trono, irguiéndose—.

Ha llegado el momento de cruzar al otro lado.

—Su cabeza, altiva, miraba al frente mientras los cuatro Vastali se posicionaban a su alrededor—. Empecemos.

Una vez en sus posiciones, los seres celestiales, guardianes de la Creación, comenzaron a entonar frases en la lengua de la Luz.

Aelireth hizo sonar las cuerdas de su lira.

Izh tiró con fuerza de sus cadenas.

Ohmne alzó su espada.

Arothia extendió la flor hacia delante, sosteniéndola con ambas manos.

Los cuatro Vastali desplegaron sus alas perladas al unísono, mostrando la belleza de sus plumajes mientras sus cuerpos se envolvían con un fulgor plateado.

Gheva llevó una mano a su frente, ocultando parcialmente sus ojos con la palma.

—Así empieza la Nueva Era.

Sus dedos descendieron lentamente a lo largo de su rostro y un yelmo de luz cubrió su semblante.

Era alargado, terminado en pico, y dejaba dos aberturas en forma de V a la altura de los ojos que le permitían ver.

La Creadora dedicó una última mirada hacia los cuatro Vastali que seguían inmersos en su trance.

Suspiró, cerró los ojos lentamente y sus cuerpos comenzaron a volverse translúcidos mientras sus mentes viajaban al Vacío Primordial.

Allí no existía el tiempo ni el espacio.

El Vacío Primordial, más que un lugar, era una ilusión. Un sueño vívido. Un rincón perdido en algún lugar del vasto cosmos, al que solo se podía acceder a través de la mente. Una grieta entre la vida y la muerte. Entre el todo y la nada. Entre lo que es y, a su vez, lo que nunca fue.

Un lugar envuelto en un manto de estrellas y planetas, rodeado de lunas y cometas y adornado por galaxias y coloridas nebulosas.

En su centro, suspendido en la nada más absoluta, descansaba un tablero de ajedrez de dimensiones cósmicas.

Su superficie se dividía en cuadrículas que alternaban los colores blanco mármol y negro obsidiana, las cuales desprendían luz del mismo color que la casilla que ocupaban.

Gheva despertó.

Su cuerpo seguía materializado en el reino de la Luz, pero su conciencia adoptó su misma forma y apariencia en aquel remoto lugar.

Una silueta de luz blanca, casi palpable, que se erguía tras las piezas blancas.

Las imágenes espectrales de los cuatro Vastali fueron emergiendo tras ella, custodiando su retaguardia y esperando el momento oportuno para intervenir en aquella batalla.

En el extremo opuesto, justo detrás de las piezas negras, una presencia oscura, también de apariencia espectral, aguardaba la llegada de su adversaria.

Estaba de pie, contemplando con desdén como Gheva iba adquiriendo una forma cada vez más visible.

Su cuerpo estaba envuelto por un sinfín de oscuras cadenas, las cuales se extendían hacia Izh, que las mantenía sujetas.

Al principio hubo silencio mientras las dos divinidades intercambiaban miradas sin decirse nada. Aunque sus cuerpos estaban muy lejos de aquel lugar, contemplar el reflejo de Yavan frente a ella, después de tantos años, despertaba en su interior una ira irrefrenable que difícilmente podía contener.

—Los designios del destino son algo tan…

mágico —afirmó la voz del ente sombrío desde el otro lado del tablero—.

Solo las estrellas saben lo mucho que he ansiado este momento.

Y hoy, por fin, ha llegado el día en que nos enfrentaremos de nuevo.

Supongo que te alegrarás tanto como yo de volver a vernos.

Gheva no contestó de inmediato. Entornó los ojos por debajo de su yelmo, contemplando en silencio a aquel ser al que había detestado durante décadas.

El único, entre todo el Cenáculo de Dioses, que había jurado arrasar su más perfecta creación.

La obra que haría que Padre se enorgulleciera de ella y la elevase a Alto Dios.

Pero el miserable que tenía delante estaba decidido a arrebatárselo todo.

—¿Qué ocurre querida? —espetó—. ¿Tanto es tu regocijo al verme que eres incapaz de gesticular una simple palab…?

—Tu tiranía ha dejado tras de sí un dolor inconmensurable —cortó Gheva con voz acerada—.

Ignoro lo que traerá este día y nada sé del mañana.

Lo único cierto es que acabaré con tu despreciable existencia.

Así tenga que quebrantar las leyes de Padre, te haré sentir la agonía de cada gota de sangre que has derramado.

Suplicarás misericordia y no hallarás piedad.

Ni redención. Ni tregua alguna. Tan solo muerte.

Yavan asintió repetidas veces. Uno de sus colmillos asomó cuando alzó ligeramente el labio en una sonrisa. Dio un paso hacia delante, haciendo sonar las cadenas que lo aprisionaban.

—¡Pero qué modales, mi querida Gheva! ¿Así es como me recibes después de todos estos años?

¿No querrías una conversación distendida, como aquellas que solíamos tener, antes de que todo esto dé comienzo?

Dejemos nuestras diferencias de lado por un momento.

Cuéntame cómo va todo por allí. ¿El Reino de Luz sigue tal y como recuerdo? Seguro que los siglos han hecho…

—Ya conoces el único motivo por el que estoy aquí —interrumpió, sin alterar su tono—. Darte muerte. Nada más.

La risotada de Yavan inundó el silencio.

—Los años te han vuelto un tanto irascible, querida —su voz abandonó el tono jocoso para adquirir la seriedad que hasta ahora no había mostrado—.

Está bien, lo haremos a tu manera. Pero antes, no me gustaría empezar sin recordarte lo más importante —el fulgor carmesí de sus pupilas se intensificó—: Mueve tus piezas con astucia y cuida cada jugada, pues un solo error podría suponer tu final.

Así son las reglas de este juego; un movimiento en falso y… —chasqueó la lengua—. Se acabó.

Aunque detestaba admitirlo, Yavan tenía razón. Debía cuidar cada decisión en cada turno, porque cada movimiento podría ser el último.

Gheva repasó las fichas blancas dispuestas en su lado del tablero.

Los peones estaban numerados y todos presentaban el escudo de Capital tallado en su reverso.

Cada uno portaba algún rasgo característico que lo diferenciaba de los demás: uno lucía lo que parecía un turbante, otro sostenía una lira de madera blanca, en otro se alzaban estalactitas de afilados picos desde su base hacia el cielo, e incluso distinguió uno con una barba blanca tallada en su superficie.

La Creadora elevó su cabeza y barrió con la mirada el otro lado del tablero.

Los peones del bando opuesto, sin embargo, tenían formas aberrantes.

Apoyados sobre cuatro patas, sus espaldas se revestían con una capa de pelaje que caía hasta el suelo.

Armados con garras y colmillos esculpidos en la propia figura, su imponente apariencia no pasaba desapercibida.

Pero, tras ellos, se alzaban seis figuras con formas aún más monstruosas y de mayor tamaño que se imponían al resto.

—Empiezas tú, querida.

Por un momento, Gheva perdió la concentración al escuchar aquella voz distorsionada desde el otro lado del tablero.

Volvió a centrar su atención en la hilera de peones que se desplegaba en su lado y, con su mera voluntad, hizo avanzar uno de ellos dos casillas hacia adelante.

En respuesta y casi de inmediato, Yavan adelantó uno de los suyos de igual forma, confrontando al blanco.

Los turnos se fueron sucediendo de la misma manera, un peón blanco avanzaba hacia el centro y, en respuesta, uno negro se adelantaba para enfrentarlo, impidiéndole el paso.

—Una estrategia un tanto predecible. No es propio de ti, querida —volvió a decir la voz funesta desde la otra parte.

Sin darle el privilegio de caer en sus provocaciones, Gheva exploró el tablero, sopesando su próxima jugada.

Se fijó en las unidades negras que aguardaban en la última fila.

En su centro, una figura sobresalía por encima de todas.

Su unidad más poderosa; el Rey. Tenía una forma macabra, envuelta en una esfera membranosa que desprendía un halo oscuro, denso, muy distinto al resto de unidades.

Entonces, Gheva localizó la figura de su propio Rey frente a ella.

A diferencia de la pieza negra, el suyo mostraba la parte superior cercenada con un corte limpio, como si algo le hubiera sido arrancado.

También le llamó la atención un agujero que se abría en su centro, tras el cual se intuía lo que antaño fue un escudo de Capital, ahora desgastado y apenas reconocible.

La Creadora siguió recorriendo su lado del tablero con la mirada hasta que, de pronto, notó una casilla vacía. Faltaba un peón. Sus ojos comenzaron a saltar de pieza en pieza, de casilla en casilla, pero no lo encontró.

—¿Qué sucede, querida? —intervino de pronto la voz de Yavan, cargada de burla—. ¿Acaso buscas esto?

Tras sus palabras, en una de las casillas laterales próximas al centro del tablero, emergió la figura que faltaba.

Gheva quiso sentir alivio al verla, pero algo en aquella pieza se lo impidió.

A diferencia del resto de sus unidades, la superficie no era completamente blanca.

Aquel peón presentaba una dualidad de colores; por un lado, era blanco y por el otro, de un intenso tono negro.

—Devuélvemela —exigió Gheva con tono despectivo.

—Me temo que eso no va a poder ser, pues no es mi voluntad, ni la tuya, lo que rige el comportamiento de esa pieza.

Gheva contrajo su mirada.

—Explícate.

Yavan dejó escapar una leve risa antes de contestar.

—Hace tiempo que ese peón abandonó la luz. Sé que tú también te has dado cuenta de ello —aclaró—. Y, poco a poco, se va acercando a este lado del tablero. A MI lado del tablero.

¿Ha abandonado la luz…?

—Y aún hay más —prosiguió Yavan—. Esa pieza puede ser movida por cualquiera de los dos, pues lleva en sí ambos colores.

Puedes sacrificar tu turno en moverla, dejando expuestas a tus demás unidades, o ignorarla y permitirme acercarla poco a poco hacia este lado para que, finalmente, la oscuridad la envuelva. Tú decides.

—Pero eso…

—¿…no está permitido? —acabó de decir Yavan con sorna—.

Oh, ya lo creo que sí, querida. Todo esto es fruto de tus decisiones apresuradas y de tus deseos impulsivos.

Durante todo este tiempo, has descuidado la unidad más importante de tu juego...

y ahora ya es tarde —soltó una carcajada—.

¡Que comience la última batalla por la humanidad!