Coro Final
Lo que no habíamos previsto —lo que ningún Eduardo había hecho jamás en todas las veces que fuimos él— es que esta vez, en lugar de obedecer el frío, Eduardo decidió cazarlo.
Pasó tres días después de la madrugada de la libreta.
Eduardo se despertó una mañana con una calma rara, la calma de los que ya tomaron una decisión sin terminar de pensarla.
Se sentó en la cama y se dijo, en voz alta, despacio, como quien firma algo: La próxima vez que sienta que no debo, voy a hacerlo igual.
Voy a ir hacia donde el frío me diga que no vaya.
Y voy a encontrar a esa persona que no me dejan conocer, exista o no exista, aunque sea para demostrarme que estoy loco.
Y nosotros, que lo oímos decirlo, sentimos por primera vez en miles de noches algo parecido al pánico.
Porque un hombre puede pasarse la vida obedeciendo una corazonada sin notarlo.
Pero un hombre que decide, a propósito, con los dientes apretados, desobedecerla, es un hombre contra el que casi no tenemos armas.
Nuestras armas son sutiles. Son el escalofrío, la excusa prestada, la náusea que parece propia.
Funcionan porque el que las recibe no sabe que vienen de afuera.
Contra alguien que ya las descubrió, que las espera, que decidió de antemano leerlas al revés —si siento que no, es que sí—, nuestras armas se vuelven mapas.
Le estábamos marcando el camino justo al decirle por dónde no ir.
Eduardo fue a ver a Tomás.
Le costó, porque había un orgullo herido entre los dos, pero fue, y le dijo la verdad a medias, la única verdad que se puede decir sin que te encierren: Aquella cantante.
La del bar. La que me dijiste que tenía que escuchar y yo no fui.
Necesito saber quién es. Necesito ir a verla.
No me preguntes por qué. Y Tomás, que era un buen tipo y que extrañaba a su amigo, lo miró un momento largo, y algo en la cara de Eduardo —una urgencia que no le había visto nunca— lo hizo no preguntar.
Sacó el teléfono. Se llama Verónica, dijo. Toca el viernes. Te paso la dirección.
Verónica.
Eduardo repitió el nombre por dentro y le tembló algo viejo, algo de antes, como si el nombre fuera la palabra que le faltaba a una canción que tarareaba desde la cuna.
Verónica. Se le llenaron los ojos sin permiso, ahí, parado en la acera, delante de Tomás, sin ninguna razón.
Se los secó con rabia. Guardó la dirección como quien guarda una llave.
El viernes le subió el frío desde que abrió los ojos.
Todo ese día se lo pasamos encima. Le mandamos la náusea de la mañana, el dolor de cabeza de la tarde, la certeza creciente, hora tras hora, de que no debía ir a ningún lado esa noche.
Y por primera vez en todas nuestras vidas, no alcanzó.
Eduardo se levantaba del inodoro pálido y se lavaba la cara y se miraba al espejo y decía no.
Se tomaba un analgésico y decía no, esta noche voy.
Cada freno que le poníamos, él lo agarraba como prueba.
Si tanto no quieren que vaya, se decía, es porque ahí está.
Justo ahí. Donde más me duele ir. Lo estábamos empujando hacia ella con cada empujón que le dábamos para atrás.
Nunca habíamos estado tan indefensos. Nunca un Eduardo nos había vuelto las armas en contra con tanta frialdad.
A las diez de la noche salió de su casa caminando hacia la dirección que le había dado Tomás, con el frío clavado en la espalda como un cuchillo y la mandíbula apretada y los ojos húmedos sin saber por qué, y nosotros íbamos con él, dentro de él,
gritándole para con todo lo que teníamos y viéndolo no parar.
Del otro lado de la ciudad, esa misma noche, Verónica no aguantaba la piel.
No había show de ella ese viernes. No tenía nada que hacer.
Pero desde la tarde la había agarrado una inquietud sin nombre, una corriente que la empujaba a salir, a caminar, a ir hacia algún lado que no sabía cuál.
Su mitad —la del amor, la ciega, la que tira hacia adentro— se había despertado entera esa noche, como si oliera que del otro lado de la ciudad alguien venía por fin, después de toda una vida, en su dirección.
Verónica se puso el abrigo sin pensar. Voy a caminar, le dijo a una Inés que no estaba.
Bajó a la calle. Y sus pies, que sabían más que ella, igual que las piernas que la habían parado en una esquina hacía meses, la llevaron sin preguntarle hacia el centro, hacia las calles del bar, hacia la zona donde un hombre con una camisa cualquiera caminaba en ese momento hacia ella sin saberlo.
Los dos convergían sobre el mismo punto del mapa.
Y el punto, claro, era la esquina. La del semáforo que parpadea en ámbar para nadie, la de la farmacia, la del cartel de la inmobiliaria meciéndose.
Siempre la misma esquina. En cada vida hay un lugar donde el río intenta juntarse, y en esta vida era esa esquina, y hacia esa esquina iban los dos esa noche, él desde el norte peleando contra nosotros, ella desde el sur empujada por su propia sangre.
Eduardo llegó primero. Se paró en el borde de la acera, del lado norte, mirando la dirección en el teléfono, calculando que el bar quedaba cruzando y a dos cuadras. Levantó la vista para cruzar.
Y la vio.
Del otro lado de la calle, bajo la luz pobre de un farol, una mujer con un abrigo oscuro acababa de llegar a la acera de enfrente y se había detenido, también, sin razón aparente, como si hubiera llegado a donde tenía que llegar sin saber a qué.
Tenía la cara girada hacia él. A esa distancia, de noche, no se distinguían los rasgos.
Pero Eduardo supo. Lo supo del modo en que se saben las cosas verdaderas, en el cuerpo, antes que en la cabeza: era ella.
La voz. El hueco. La persona que no lo dejaban conocer.
Estaba a doce metros, del otro lado de una calle vacía, mirándolo, y él sintió que toda su vida había sido el camino hacia esa esquina, hacia ese instante, hacia esos doce metros.
Y Verónica, enfrente, sintió lo mismo invertido.
Vio a un hombre parado en la esquina de enfrente, una silueta cualquiera, y el hueco que llevaba adentro desde niña se incorporó dentro de ella como un animal que despierta y dijo es él, es él, después de toda la vida, es él, cruza.
Se le cortó la respiración. Dio medio paso hacia el asfalto.
El semáforo, para los dos, se puso en verde.
Ahora. Tenía que ser ahora. Si alguna vez fuimos a hacer algo, era ahora, en ese cruce, en ese segundo, con los dos cuerpos ya inclinados el uno hacia el otro y nada en el mundo entre ellos salvo doce metros de calle mojada y nosotros, que no somos nada, que no tenemos manos,
que solo tenemos el frío.
Así que le dimos todo el frío que nos quedaba.
Todo. Vaciamos sobre Eduardo, en ese único segundo, el peso entero de todas las veces.
Todas las muertes de Verónica que él no recordaba se las tiramos encima de golpe, sin imágenes, sin nombres, convertidas en pura sensación: el taxi, la escalera, el fuego, la pastilla, el camión, otra vez no llegaste a tiempo,
todo el dolor de años apretados en una sola ola helada que le subió desde los pies y le llenó el pecho y le explotó detrás de los ojos.
No le mandamos un pensamiento. No teníamos cómo.
Le mandamos una certeza sin palabras, la más vieja y la más honda, la única que sobrevive a todo: si cruzas, la pierdes.
Si la tienes, se muere. La estás matando con cada paso. Para. Por ella. Para.
Eduardo se detuvo con un pie sobre el asfalto.
Y por primera vez en toda la historia, en todas las vidas, un Eduardo entendió.
No por los hechos. No supo de viajes, ni de bucles, ni de nosotros.
Pero entendió lo único que importaba, lo entendió entero, de un golpe, en el cuerpo: que ese frío no lo protegía a él.
Que nunca lo había protegido a él. Que el frío, toda su vida, lo había estado protegiendo a ella.
Que la cosa más parecida al amor que había sentido jamás era esa orden brutal de alejarse, y que cruzar esa calle hacia la mujer que era el amor de su vida significaba, por un camino que no entendía y no necesitaba entender, ponerla en el suelo.
Se quedó con el pie sobre el asfalto, temblando, mirándola.
Y eligió.
Eligió como solo puede elegir un hombre que ama de verdad, que es contra toda lógica, contra todo deseo, contra el propio corazón que le gritaba que cruzara.
Sacó el pie del asfalto. Dio un paso atrás, hacia la acera.
Y otro. Se dio vuelta, despacio, dándole la espalda a los doce metros y a la voz, a ese hueco y a la única felicidad verdadera que su cuerpo recordaba sin recordarla, y empezó a caminar hacia el norte, hacia ningún lado, llorando como no había llorado en esta vida, sin saber por quién,
soltándole la mano a alguien que ni siquiera había tocado.
A esto, mañana, le iba a llamar casualidad. Que se cruzó con una desconocida en una esquina y siguió de largo. Qué tontería. Qué noche rara.
Solo un presentimiento.
Verónica, del otro lado, vio al hombre darse vuelta y empezar a irse, y no entendió.
Tenía el pie en el aire, lista para cruzar hacia él, con todo el cuerpo gritándole que ese era, que fuera, que no lo dejara ir.
Abrió la boca para llamarlo. No tenía nombre para llamarlo.
Y mientras dudaba ese medio segundo fatal —el nombre que no tenía, el grito que no salió— por la calle bajó, rápido, demasiado rápido para la hora y para el asfalto mojado, un auto con las luces altas, justo por el carril que ella iba a cruzar,
justo por el espacio de aire donde habría estado su cuerpo si hubiera dado el paso medio segundo antes.
Pasó silbando, la roció de agua sucia hasta las rodillas, y se perdió calle abajo, y desapareció en la noche como si nunca hubiera estado.
El río. Otra vez. Con otra cara. Y por primera vez, pasando de largo por un cauce vacío.
Verónica se quedó clavada en la orilla de la calle, con el corazón en la boca, mojada, temblando, sin entender del todo lo cerca que había estado el frente de ese auto de ella, sin saber que lo único que la había salvado era un hombre que, al darse vuelta y soltarle la mano,
le había robado el medio segundo que la habría puesto bajo las ruedas.
Cuando levantó la vista, la esquina de enfrente estaba vacía.
El hombre se había ido. La calle se había ido.
El segundo se había ido. Verónica se quedó sola bajo el farol, empapada, con un dolor en el centro del pecho que no tenía herida, una pena enorme y sin causa, la sensación insoportable de haber estado a punto de recuperar algo que llevaba toda la vida extrañando y de haberlo visto, otra vez,
irse caminando hacia el norte sin darse vuelta.
No supo por qué había salido a la calle esa noche.
No supo por qué se había parado justo en esa esquina.
No supo por qué lloraba.
A esto, ella también, lo iba a llamar casualidad.
Esa madrugada Eduardo volvió a la radio por última vez, aunque todavía no sabía que era la última.
Se sentó frente al micrófono, encendió la luz roja, y le habló a la ciudad de los que no duermen con una voz que se le rompía en cada palabra.
No puso Primera vez. No abrió el cajón. Al terminar la madrugada, cuando ya aclaraba, dijo al aire algo que no tenía planeado, algo que le salió de un lugar que no sabía que tenía:
—A veces uno se pasa la vida buscando una voz —dijo—. Y el día que por fin la encuentra, descubre que lo más parecido al amor que va a sentir nunca es darse vuelta y dejarla ir, para que viva. No sé por qué les cuento esto. Buenas noches. Cuídense. Alguien estuvo despierto con ustedes.
Apagó el micrófono. Apagó la luz roja. Apagó, sin saber que la apagaba para siempre, la voz.
A la semana renunció. Dijo que estaba cansado, que necesitaba un cambio, que doce años eran muchos.
Excusas razonables. Excusas que en el fondo no eran del todo suyas.
Se fue de la radio, y con el tiempo de la ciudad, y nadie entendió bien por qué un hombre dejaba así lo único que amaba.
Él menos que nadie. Cargó con eso el resto de su vida: una nostalgia doble, sin domicilio, el duelo de una mujer que no conoció y de una voz que dejó de poner al aire, dos pérdidas apiladas que no podía nombrar, y que llamaba, cuando lo agarraba de noche, simple melancolía.
Vivió. Vivió largo. No fue del todo infeliz.
Pero nunca, ni una sola vez, volvió a darle play a un demo sin que lo cruzara, por una fracción de segundo, la sombra de algo perdido.
Nosotros, por fin, descansamos.
No con alegría. No hay alegría en esto. Descansamos como descansa el que cargó un cuerpo amado hasta la tumba y por fin lo baja: con los brazos vacíos y rotos y la certeza de haber hecho lo único que se podía hacer.
Ella estaba viva. Iba a cumplir cuarenta, y cincuenta, y más.
Iba a tener una vida larga y suya, con su música, sus amigas y sus botas, con noches buenas y malas, con todo lo que tiene una vida cuando se la deja vivir.
No iba a tenernos a nosotros. Ese era el precio, y lo pagábamos enteros, una vez más, la última, con lo único que un hombre puede dar de verdad: el amor de su vida, a cambio de la vida del amor de su vida.
Llegamos tarde tantas veces. Llegamos temprano tantas otras. Nos inventamos mil excusas. Le soltamos la mano en mil esquinas.
Y a todo esto, durante miles de años, le llamaron casualidad.