Puente #3
Por eso los mantenemos a doce metros, y los doce metros nos parecen pocos.
Por eso el frío aparta a Eduardo de cada esquina donde ella podría estar.
Por eso le sacamos el demo de las manos, le cerramos a Tomás, le secamos el cajón, lo estamos sacando poco a poco de la radio.
No lo castigamos. Lo salvamos a él de volver a perderla, y la salvamos a ella de volver a morir.
Cada excusa que le prestamos es un te quiero que no puede oír.
Cada náusea que le mandamos es nuestra manera, torpe y brutal, la única que nos queda, de decirle: vive, por favor.
Vive sin nosotros. Es lo único que podemos darte: una vida en la que no te tenemos.
Falta que entiendas la última pieza, la más triste, la que explica por qué ella sufre de un modo y él de otro.
Porque Verónica también vuelve.
No solo Eduardo. Ella también, en cada vida, al final, cuando lo pierde —porque en las vidas donde se conocían, a veces era ella la que sobrevivía y él el que caía, el río no elige—, también su alma se negó a seguir, también empujó hacia atrás, también volvió desnuda.
Y a ella también le sobrevivió un solo telegrama del otro lado.
Pero no el mismo que a él. Acuérdate de lo que dijimos: lo que sobrevive al viaje es lo más viejo del cuerpo.
Y en el cuerpo de Eduardo, de tanto perderla, lo más viejo, lo más hondo, lo que aguantó el tirón del viaje, fue el miedo.
El miedo a que ella muera. Por eso él vuelve y se aparta.
Pero en el cuerpo de Verónica lo más viejo, lo más hondo, lo más imposible de arrancar, no fue el miedo.
Fue el amor.
Ella no se acuerda de los accidentes. No le sobrevivió ni una sola de sus muertes.
Le sobrevivió, intacto, el haberlo amado.
Vuelve sin recordar el río, sin recordar el dolor, sin recordar la causa: vuelve solo con la certeza de que en alguna parte hay alguien suyo, una voz, un hueco con forma de hombre, y con una orden tatuada en lo más viejo del cuerpo que dice lo contrario de la de él.
Donde a él el cuerpo le dice aléjate, la matas, a ella el cuerpo le dice búscalo, es tuyo, no descanses hasta encontrarlo.
Ese es el campo de fuerzas en el que viven sin saberlo.
Dos intuiciones que vuelven del mismo lugar y se contradicen.
Él tira hacia afuera con su mitad —el miedo— y ella tira hacia adentro con la suya —el amor—.
Y el amor de ella es ciego, y por eso es tan fuerte: ella no sabe que buscarlo es morir.
Tira hacia él con toda la inocencia de quien solo recuerda lo bueno.
Nosotros, que recordamos —que cargamos el porqué entero, la pieza que a ella se le borró—, tenemos que ganarle a su amor con nuestro miedo, cada vez, en cada esquina.
No porque su amor valga menos. Porque su amor no sabe.
Y nosotros, Dios nos perdone, sí sabemos.
Por eso, además, esta vida es la más difícil de todas.
Porque cada vida que pasa, el amor de ella vuelve un poco más grande —el anhelo se acumula, vida tras vida, como sedimento en el fondo de un río—, y esta vez vuelve más fuerte que nunca lo fue.
Esta vez su mitad tira con la fuerza de todas las veces juntas.
Y por eso esta vez nuestra mitad tiene que ser más radical que nunca.
Antes alcanzaba con soltarle la mano en una esquina.
Ahora, contra un amor de tantas vidas, no alcanza ningún gesto chico.
Ahora hace falta el sacrificio entero: la ausencia total, la vida rediseñada de raíz para que sus caminos no se toquen ni una vez.
Hace falta que Eduardo deje hasta la radio.
Que apague la voz. Que se borre del único canal por donde el amor ciego de ella todavía podría encontrarlo en la madrugada, girando un dial.
Y ahí está nuestro terror. Ahí, esta noche, en esta cabina, con la libreta abierta.
Porque lo hicimos demasiado bien. De tanto coserle la intuición a Eduardo, de tanto afinarle el oído para lo que no se ve, lo volvimos el más despierto de todos los Eduardos que fuimos.
Y un Eduardo demasiado despierto es justo lo que nunca debimos crear.
Escribió la pregunta. ¿Quién me cose esta intuición?
Vio la forma. Dijo en voz alta hay alguien que no me dejan conocer.
Está a un paso de darse vuelta y mirarnos.
Y si se da vuelta, si entiende del todo, si llega hasta el final del hilo y descubre que en alguna parte de esta misma ciudad existe ella, la mujer del hueco, la dueña de la voz que busca desde antes de nacer…
…entonces todo nuestro miedo no va a alcanzar contra todo su amor.
Porque hay algo que ni mil vidas de volver nos enseñaron a vencer, y es esto: un hombre que se entera de que existe el amor de su vida no se queda quieto.
Aunque le juren que conocerlo la mata. Aunque entienda el río.
Un hombre así, puesto a elegir entre una vida larga sin ella y una vida corta con ella, elige mal.
Elige siempre mal. Lo sabemos porque somos él. Lo elegiríamos nosotros.
Y por eso esta madrugada, con Eduardo inclinado sobre la libreta, a un paso de comprender, tenemos que hacer la cosa más difícil que hicimos jamás. Más difícil que volver. Más difícil que soltarla.
Tenemos que apagarle la última luz antes de que vea con ella.
Tenemos que hacerlo callar.
Da marcha atrás, por favor. Una vez más. La última.
Da marcha atrás.