Puente #2
No hubo nada que nadie pudiera hacer. Eduardo estaba en la cabina, al aire, hablándole a la ciudad de los que no duermen, diciéndoles aguanten hasta que aclare, sin saber que a unas cuadras la única persona que de verdad velaba por él acababa de dejar de existir.
Se enteró cuando salió, al amanecer, con el teléfono lleno de llamadas perdidas.
Lo que vino después no se cuenta. Un año de un hombre roto de una manera que no tiene arreglo, un hombre que seguía yendo a la radio porque no sabía hacer otra cosa y le hablaba a los insomnes con una voz que se le quebraba,
un hombre que llegaba a nuestro continente y miraba el techo y ya no veía ríos, veía una mancha.
Y al final de ese año, una madrugada, solo, con el dolor entero encima, el alma de Eduardo hizo lo que no debería poder hacer un alma.
Se negó a seguir. Empujó hacia atrás con una fuerza que no existe. Y volvió.
Volvió a una mañana de muchos años antes, joven otra vez, sin un solo recuerdo de nada de esto, sin saber por qué a veces, sin motivo, se le llenaban los ojos de lágrimas. Volvió siendo nosotros por primera vez.
Y entonces empezó lo que todavía no termina.
Porque la primera vez que volvimos, lo hicimos con una sola idea tatuada al cuerpo, sin palabras, como un nudo en el pecho: esa noche, ese taxi, esa avenida, ¡NO!
Y cuando llegó esa noche —años después, ya enamorados de nuevo, ya viviendo de nuevo bajo el continente de humedad— a Eduardo le subió por primera vez el frío sin invierno, y le dijo a Verónica no tomes el taxi, quédate, ven, duerme aquí, y ella se quedó, y el taxi pasó vacío,
y el camión se saltó el semáforo contra la nada, y no pasó nada.
Esa noche, creímos que la habíamos salvado.
Tres semanas después, Verónica resbaló en la escalera mojada del estudio donde grababa, y se golpeó la cabeza, y murió.
Eso es lo que tardamos vidas en entender, y es lo que tenemos que hacerte entender a ti ahora, porque es el corazón de todo.
El accidente no es un hecho. Es una corriente.
Le tapas un cauce y se abre otro. No es el taxi: es ella, muerta joven, de mil maneras distintas.
Salvábamos el taxi y venía la escalera. Salvábamos la escalera y venía una pastilla mal recetada.
Salvábamos la pastilla y venía un incendio en una sala, un cable viejo recalentado de madrugada.
Cada vez más cerca, cada vez con otra cara, como el agua que siempre encuentra la grieta.
Volvíamos y volvíamos, y cada vez aprendíamos a tapar un cauce nuevo, y cada vez el agua ya venía bajando por otro.
¿Cuántas vidas? Perdimos la cuenta, y la cuenta no importa. Importan los pedazos, así que toma unos pocos, rápido, como los vivimos.
Una vida la salvamos del agua y la perdimos del fuego.
Una vida la tuvimos hasta los cuarenta y nos pareció un milagro y se la llevó algo de adentro, algo del propio cuerpo, contra lo que no hay frío que avise.
Una vida, de tanto querer salvarla, la asfixiamos: le tuvimos tanto miedo al mundo que la encerramos en una vida chiquita y triste, a salvo y muerta en vida, y entendimos que eso también era matarla.
Una vida ella nos miró, al final, con el camión ya encima, y alcanzó a decir, sin reproche, otra vez no llegaste a tiempo, y esa frase la cargamos desde entonces como se carga una piedra en la boca del estómago para siempre.
Y en alguna de esas vidas, agotados, deshechos, empezamos por fin a mirar el dibujo completo en vez de las muertes una por una.
Pusimos todas las líneas de tiempo juntas, todas las vidas, como Eduardo puso su libreta esta madrugada, y buscamos lo único que se repetía en todas.
El único factor que estaba presente, sin excepción, en cada línea donde Verónica moría joven.
Éramos nosotros.
Estar juntos. El encuentro. En todas las vidas en que Eduardo y Verónica se conocían, ella moría antes de tiempo.
En todas. No porque él la lastimara —nunca, jamás, óyelo bien, él la amó cada vez con todo lo que tenía—.
No porque hubiera maldad en él ni veneno en ella.
Por algo más frío y más difícil de aceptar: porque amarla la ponía en una trayectoria, la subía a una corriente, y esa corriente desembocaba siempre, de un modo u otro, en lo mismo.
Él era, sin culpa, sin saberlo, la primera ficha de una fila que terminaba siempre con ella en el suelo.
El amor de Eduardo no la mataba con sus manos. La mataba poniéndola en el río.
Tardamos en aceptarlo más que en nada. Probamos todo antes.
Amarla con cuidado, amarla de lejos, amarla a medias.
No alcanzaba. Mientras se conocieran, mientras sus vidas se tocaran, el río se formaba.
Y un día, en una madrugada que fue la más amarga de todas las madrugadas que llevamos vividas, entendimos lo único que nos quedaba por probar, lo único que no habíamos tenido nunca el coraje de probar.
No salvarla del accidente.
Salvarla de nosotros.
Dejar de tapar cauces y tapar la fuente.
No evitar el taxi, ni la escalera, ni el fuego.
Evitar el encuentro. Volver atrás una vez más y, en lugar de correr hacia ella, correr en la dirección contraria.
No conocerla jamás. Que no hubiera primer sobre, ni primer café, ni continente, ni ríos inventados.
Que ella viviera una vida entera, larga, suya, sin él.
Aunque eso significara que nosotros —que la amábamos más que a nuestra propia existencia, que habíamos gastado vidas enteras volviendo por ella— tuviéramos que pasar a su lado sin tocarla.
Velar por ella desde la única distancia que la mantenía viva: la de no existir en su vida.
Eso es esta vida. La que estás leyendo. La del nunca conocerse.
Y aun así el río no se rinde del todo. Aprendimos también esto: no hace falta que se conozcan para que empiece a formarse; basta el roce.
Cada vez que sus caminos se acercan demasiado —una esquina compartida, un demo en un cajón, un jueves con un taburete reservado—, el agua ya está buscando el cauce: un autobús que se queda sin frenos, un cable que humea de madrugada en un bar.
Viste esas noticias pequeñas pasar por esta historia como si fueran decorado.
No eran decorado. Eran el río, oliendo la cercanía, empezando a bajar.
Por eso ni siquiera el roce está permitido.