Puente
Somos Eduardo.
Eso es lo primero y lo más difícil de decir, así que lo decimos sin adorno.
No somos un dios, ni un ángel, ni la conciencia, ni el destino.
Somos él. Somos todos los Eduardos que ya vivieron esta historia y la perdieron y volvieron a empezarla.
Somos los que fuiste, le diríamos a él si pudiera oírnos; los que serás, los que ya no eres.
Un coro de hombres iguales, gastados de tanto volver, hablando con una sola voz desde un lugar que no está antes ni después de su vida, sino debajo, como está el agua debajo del pozo.
No te vamos a explicar cómo se viaja hacia atrás.
No lo sabemos. Nadie lo sabe, ni los que lo hacemos.
Que quede claro, porque es importante para lo que sigue: no hay máquina, no hay fórmula, no hay un botón.
Hay solo esto, que es lo único que sabemos con certeza porque lo vivimos cada vez.
Se llega al final de una vida con un error tan grande encima, un error tan imposible de soportar, que el alma entera se niega a seguir, y empuja hacia atrás con una fuerza que no debería existir, y vuelve.
Pero no vuelve entera. Vuelve desnuda. El viaje arranca de cuajo los recuerdos, las caras, los nombres, las fechas, todo lo aprendido.
Es el precio, y es un precio total. Vuelves sin haberte ido.
Vuelves a un cuerpo joven, en una mañana cualquiera, y no sabes que volviste, y no sabes a qué.
Lo único que sobrevive al viaje es lo más viejo del cuerpo.
El miedo. El amor. El escalofrío. Esa parte tuya que no usa palabras porque es anterior a las palabras.
Llega del otro lado un solo mensaje, y ni siquiera es un mensaje: es un temblor.
Una mano sobre el reloj. Una corriente que grita para sin poder contar por qué, porque el por qué se quedó del otro lado, arrancado con todo lo demás.
A eso, los que lo reciben sin saber que lo reciben, le ponen nombres.
Le dicen intuición. Le dicen corazonada.
Le dicen instinto, mal presentimiento, sexto sentido.
Le dicen, cuando se salvan de algo y no entienden cómo, qué casualidad, qué suerte.
Le dicen, cuando entran a un lugar nuevo y sienten que ya estuvieron, déjà vu, mira qué cosa rara.
Y siguen caminando. Toda la humanidad camina así, todo el tiempo, recibiendo telegramas de sus propios muertos futuros y firmándolos como azar.
Te lo dijimos en la primera página y te lo repetimos ahora que ya casi entiendes: esa vez que cruzaste la calle un segundo antes, esa cita que cancelaste con una excusa que no era tuya, ese mensaje que borraste con el pulgar.
No eras solo tú. Eras también quien ya vivió eso, volviendo a avisarte. Da marcha atrás. Por aquí no.
No te pedimos que nos creas. Te pedimos que, cuando termines este libro, lo recuerdes la próxima vez que sientas el frío sin invierno. Nada más que eso. Que dudes una vez.
Ahora déjanos contarte lo nuestro, que para eso volvimos tantas veces.
La primera vez —la primerísima, la que sí pasó— Eduardo y Verónica se conocieron.
Fue por la radio, claro. Cómo iba a ser si no.
Aquella primera vida, Eduardo abrió un sobre una madrugada de jueves, metió un pendrive, le dio play sin que ningún frío lo detuviera —porque todavía no había nada del otro lado que lo detuviera,
todavía no habíamos vuelto nadie— y escuchó una voz de mujer que le enderezó la espalda en la silla y le bajó la mano que iba a cambiar de canción.
La voz que esperaba. Esa noche, en Primera vez, dijo al aire, con la garganta apretada: esto es lo más hermoso que escuché en años, y es la primera vez que suena en una radio; que conste, mundo, que estuvo aquí.
Y puso la canción de Verónica entera para una ciudad de insomnes.
Y Verónica, que esa madrugada no dormía, la escuchó salir de la radio de plástico color crema de su abuela.
Su propia voz. En la radio. Por primera vez.
Se sentó en la cama con las dos manos en la boca y lloró como no había llorado nunca, de una felicidad que no le cabía en el cuerpo, y se quedó despierta hasta que aclaró solo para oír cómo se llamaba el hombre que le había regalado eso.
Eduardo. Se llamaba Eduardo. Tenía una voz grave y despacio, y al despedirse de la madrugada dijo alguien estuvo despierto contigo, y Verónica sintió, absurda y totalmente, que se lo decía a ella.
Al día siguiente le escribió a la radio para darle las gracias.
Fue un mensaje corto y torpe, escrito y borrado cuatro veces antes de mandarlo: que ella era la de la canción, que no sabía cómo agradecerle, que había llorado en la cama oyéndose en una radio por primera vez.
Eduardo lo leyó en la cabina, a las cuatro de la mañana, y se quedó mirando la pantalla con el corazón haciendo algo raro.
Contestó enseguida. Le dijo que la canción era de las cosas más hermosas que había puesto al aire en doce años.
Le dijo, sin pensarlo, una verdad que no le había dicho a nadie: que llevaba toda la vida esperando una voz así y que no sabía que la estaba esperando hasta que la oyó.
Se escribieron hasta que aclaró. Cuando el sol entró en la cabina, ya habían quedado en tomar un café.
Se vieron un martes, a media tarde, en un sitio cualquiera de mesas chicas, los dos muertos de vergüenza y de sueño porque ninguno de los dos había dormido pensando en esto.
Llegaron puntuales, lo que ya decía algo.
Verónica lo reconoció antes de oírlo hablar, sin saber cómo: había entre cien desconocidos un hombre sentado al fondo y ella supo que era él, y se le aflojaron las piernas, y casi se da media vuelta.
Él la vio entrar y se puso de pie demasiado rápido, golpeando la mesa, derramando un poco de agua, disculpándose.
Se dieron la mano como dos tontos. La mano de ella en la de él duró un segundo más de lo que dura un saludo, y ninguno de los dos la soltó del todo a tiempo, y los dos lo notaron, y los dos miraron para otro lado.
Y entonces él habló.
Fue oír esa voz de cerca, sin radio de por medio, lo que terminó de romper algo dentro de Verónica.
Porque era la misma voz que la calmaba en la madrugada, la del hueco, la de toda la vida, pero ahora estaba ahí, a una mesa de distancia, pidiéndole perdón por el agua derramada, preguntándole si le molestaba que hubiera elegido la mesa del fondo porque era la más tranquila.
Verónica abrió la boca para contestar y le salió un hilo de voz, y se rió de sí misma, y él se rió con ella, y de golpe ya no había vergüenza, había otra cosa, una cosa imposible y vieja: la sensación exacta, para los dos, de estar retomando una conversación interrumpida hacía mucho.
No de empezar. De volver.
Hablaron cuatro horas. Se enfrió el café de los dos sin que ninguno lo tocara.
Hablaron de música y de insomnio y de pueblos de los que uno se va, y en algún momento ella le contó, sin saber bien por qué se lo contaba a un desconocido, lo del miembro fantasma: que extrañaba a alguien desde niña y no sabía a quién,
que tenía un hueco con forma de persona y nunca le había puesto cara a esa forma.
Eduardo se quedó muy quieto al oír eso. Y le dijo, despacio, que a él le pasaba algo parecido al revés: que toda la vida había sentido que tenía que cuidar a alguien que todavía no había llegado, y que cada vez que conocía a alguien se preguntaba en secreto ¿serás tú a quien tengo que cuidar?
, y que la respuesta siempre había sido no, hasta esa tarde.
No dijo más. No hizo falta. Los dos sabían lo que acababan de decirse, aunque ninguno lo entendía.
Cuando salieron ya era de noche. Caminaron sin rumbo, despacio, parándose en cada esquina más tiempo del que pedía cualquier semáforo, alargando la calle para no terminarla.
En una de esas esquinas —y esto guárdalo, tú que lees, porque es lo que esta vida nos obligó a deshacer— el semáforo se puso en verde, y en lugar de cruzar cada uno a lo suyo, se quedaron quietos, frente a frente, dejándolo pasar.
Él le corrió un pelo de la cara. Ella no se apartó.
Y se besaron en esa esquina, bajo una luz pobre de farol, con el semáforo cambiando de color para nadie, los dos muertos de sueño y vivos como no habían estado nunca.
Fue, desde el primer minuto, como volver a una casa donde ya habían vivido.
Esa esquina, en esta vida, es la del frío.
La misma. Donde una vez se besaron, ahora se dan la espalda.
Lo que en aquella primera vez los unió para siempre, en esta lo usamos para separarlos.
No por crueldad. Ya lo sabes. Pero quédate con la imagen, porque vamos a necesitarla: una esquina, un semáforo en verde, dos personas que se quedan quietas.
La primera vez, para tomarse la mano. La última, para soltársela.
No te vamos a contar todo el amor que vino, porque el amor contado se gasta y este lo necesitamos intacto. Pero déjanos darte unos pedazos, para que sepas lo que se perdió, para que cuando digamos sacrificio no sea una palabra hueca.
En aquella vida, Verónica le enseñó a Eduardo a no tenerle miedo al silencio: a quedarse callados juntos sin llenar el aire, él que se ganaba la vida llenando el aire.
En aquella vida, él la escuchaba ensayar desde la cocina y aprendió a saber, por cómo afinaba, si había sido un buen día o uno malo, antes de que ella dijera una palabra.
En aquella vida tenían un apartamento con una mancha de humedad en el techo, y ella, que veía países en todo, la había llamado nuestro continente, y antes de dormir le inventaba ríos, y él le seguía la corriente, nunca mejor dicho, y se dormían riéndose de geografías que no existían.
En aquella vida la voz de Verónica, empujada por un locutor terco que la puso una y mil veces al aire, dejó de ser desconocida.
Llenó salas. Y Eduardo, al fondo de cada sala, lloraba de orgullo como un tonto, el hombre que había encontrado la voz que buscó toda la vida y que además dormía cada noche a su lado.
Fueron felices. Hay que decirlo claro porque es lo que hace insoportable lo demás. Fueron de verdad, completamente, ferozmente felices.
Durante tres años.
El accidente fue una tontería. Lo son casi siempre.
Una madrugada de invierno, ella volvía de un show, sola, en un taxi, por una avenida mojada y un camión se saltó un semáforo.