Casualidad Coro 2
55%

Coro 2

Hay una pregunta que a esta altura ya te estás haciendo, y es justa, así que vamos a dejarla dicha aunque todavía no la contestemos: si tanto los queríamos, si se nos rompía algo que no tenemos cada vez que los apartábamos, ¿por qué no les dijimos la verdad?

¿Por qué gritarles, para y no explicarles nunca de qué?

Porque la verdad, dicha demasiado pronto, no salva a nadie.

La verdad es una corriente que grita para sin contar por qué, y tiene que ser así, porque el día en que uno de los dos entendiera el porqué —el porqué entero, el de verdad— ese día íbamos a perderlo todo.

Ya lo verás. Ten paciencia con nosotros, que llevamos más vidas que tú teniéndola.

Por ahora quédate con esto: el lazo se apretaba.

Verónica había empezado a buscar.

No lo llamaba así, claro. Se decía que le costaba dormir, que la radio de su abuela la calmaba, que era una manía vieja.

Pero todas las noches, ya, el último gesto del día era estirar la mano en la oscuridad hacia el aparatito de plástico color crema y girar el dial despacio, conteniendo el aliento, buscando sin admitirlo una voz grave que había oído media vez hacía meses y que no se le había ido nunca del cuerpo.

La buscaba como se busca con la lengua el hueco de un diente que ya no está.

Una y otra vez. Estática, un tango, un anuncio, estática.

Y una madrugada, la encontró.

Pasó sin aviso, como pasan las cosas que más esperamos.

El dial cayó en una frecuencia baja, medio perdida, y de pronto ahí estaba: la voz.

Grave, despacio, con algo roto y cuidado a la vez, hablándole a la ciudad de los que no duermen con una ternura que no pedía nada a cambio.

Verónica se quedó tan quieta que dejó de respirar.

Era él. No sabía quién era él, no tenía cara ni nombre, pero el hueco que llevaba adentro desde niña, el miembro fantasma, la forma exacta de una ausencia de toda la vida, se encajó de golpe en esa voz como una llave en su cerradura.

Le dolió de lo bien que entraba. Se le llenaron los ojos sin permiso.

Es esto, pensó, con una certeza que no había tenido nunca por nada.

Es esta voz. Esto es lo que extraño. Existe.

No me lo inventé. Está ahí, a unos kilómetros, hablándome ahora mismo sin saber que soy yo la que lo escucha.

El hombre de la radio dijo algo bajito, una de esas cosas que decía para los desvelados, hay alguien despierto contigo, aguanta hasta que aclare, y Verónica se llevó las dos manos a la boca, porque sintió, absurda y totalmente, que se lo decía a ella.

Que después de toda una vida extrañando a un desconocido, el desconocido le acababa de hablar.

Se incorporó en la cama. Buscó algo para anotar —la frecuencia, lo que fuera, un dato, un hilo para tirar al día siguiente y averiguar quién era esa voz, cómo se llamaba, dónde encontrarla—.

Manoteó en la mesita de noche buscando un lápiz, un papel, su teléfono, lo que apareciera primero, sin dejar de mirar la radio como si pudiera escaparse.

Y le soltamos la mano.

No nos mires así. No teníamos otra. A él lo apartábamos con frío; a ella, que venía hacia él con toda la fuerza de un amor de muchas vidas, había que apartarla de otro modo, y el modo era cruel y era el único: dejamos que la estática se lo llevara.

La radio vieja de su abuela —ese aparatito que captaba mejor los fantasmas que las emisoras, y vaya si tenía razón en eso— se deslizó de la frecuencia con un crujido, sola, como hacen las radios viejas, y la voz se hundió en un mar de ruido blanco.

Verónica giró el dial de vuelta, despacio, con el corazón en la garganta.

Un milímetro a la izquierda. Un milímetro a la derecha.

Estática. Un mariachi lejano. Estática. La buscó una hora.

Dos. Con el lápiz por fin en la mano y el papel listo y nada que anotar.

No la encontró esa noche.

Podría haberlo buscado de otro modo. Lo pensó varias veces: una lista de emisoras, recorrerlas una por una, llamar de día y preguntar por el hombre que habla bajito de madrugada.

Llegó a tener la lista abierta delante. Y cada vez, justo entonces, pasaba algo: se le enfriaba la cena, sonaba el teléfono, le venía un sueño de plomo que la doblaba sobre la mesa.

Pequeñas cosas. Cosas de nada. Nuestras.

Las noches siguientes, la voz estuvo cada vez más difícil de hallar, más rara, más corta, porque del otro lado de la ciudad el hombre dueño de esa voz estaba —aunque ella no lo supiera— hablando cada vez menos, apagándose, soltando la radio poco a poco como quien suelta un cabo en la niebla.

Verónica giró el dial cientos de veces más.

A veces creía oírlo de lejos y era otro.

A veces el ruido blanco tenía, por un segundo, la forma de su voz, y se le paraba el corazón, y era nada.

Empezó a escribir como una poseída.

Las canciones le salían enteras, de un tirón, a las tres de la mañana, con la guitarra en la cama y la radio muda al lado.

Eran las mejores que había hecho. Todas le hablaban a la misma persona sin cara.

Todas decían, de mil maneras, lo mismo: sé que estás, te oí media vez, te extraño desde antes de conocerte, ¿quién eres, dónde estás, por qué no llegas?

Inés, que ya no preguntaba quién era el tipo porque había entendido que no había tipo, la escuchaba con un nudo en la garganta y le decía cuídate, duerme algo, come.

Verónica asentía y no dormía ni comía, pero escribía.

Una parte de ella sabía que estaba un poco enferma de esto.

Otra parte sabía que nunca había estado tan viva ni había cantado tan de verdad.

Del otro lado de la ciudad, esa misma madrugada, Eduardo estaba peligrosamente cerca de entender.

Había llenado media libreta. Fechas, frenos, cambios de idea sin motivo, doce años de pequeñas desviaciones que una por una eran nada y juntas eran un dibujo.

Y esa noche, en la cabina silenciosa, con el cajón de demos cerrado y la ciudad durmiendo afuera, Eduardo se puso a leer la lista entera de corrido por primera vez, de atrás para adelante, buscando el hilo.

Y empezó a verlo.

No todo. No el porqué —ese se lo teníamos bien guardado, ese era el último, ese no podía verlo todavía sin que se cayera el mundo—.

Pero vio la forma. Vio que casi todos los frenos, casi todas las náuseas, casi todas las excusas prestadas, tenían algo en común que hasta entonces se le había escapado.

Pasaban siempre cerca de lo mismo. De una voz.

De una mujer. De la posibilidad de encontrar a alguien.

El avión del que se bajó iba a una ciudad donde —recordó de golpe, con un escalofrío— había anotado ir a un concierto.

La cita que canceló sin motivo, años atrás, era con una chica que cantaba.

El demo del cajón. El bar de Tomás. Siempre, debajo, lo mismo: alguien a quien podía conocer, y un cuerpo que se lo impedía.

Eduardo dejó el lápiz sobre la libreta, muy despacio, como se deja un arma cargada.

—Hay alguien —dijo en voz alta, solo, en la cabina, y la palabra le salió temblando—. Hay alguien que no me dejan conocer.

Lo dijo y se le erizó toda la piel, porque sintió que era verdad, la primera verdad de verdad en mucho tiempo, y porque entendió en el mismo instante algo todavía peor: que ese me dejan implicaba un ellos.

Que había un ellos. Que durante toda su vida adulta alguien o algo le había estado escribiendo las corazonadas desde afuera, cosiéndole la intuición como quien le cose la ropa a un muñeco, y que él, que se creía un hombre que decidía, había sido las dos cosas a la vez: la mano y el muñeco.

¿Quién me cose esta intuición?, escribió en la libreta, con la letra que ya le temblaba siempre.

Y nosotros, leyendo por encima de su hombro lo que escribía, supimos que se había terminado el tiempo de los rodeos.

Porque un hombre que pregunta quién me cose esta intuición es un hombre que está a un solo paso de darse vuelta y mirarnos.

Y nadie, en ninguna vida, había llegado tan cerca de mirarnos como Eduardo esa madrugada, con la libreta abierta y la ciudad dormida y la pregunta justa por fin escrita y subrayada dos veces.

Ha llegado el momento. No queríamos que llegara, pero llegó, y ya no podemos seguir hablándote en penumbra.

Te debemos la verdad, a ti que lees, y se la debemos a él, que la buscó con más coraje que nadie.

Así que respira. Lo que viene es lo que vinimos a contar desde la primera página. Lo que viene es el porqué.

Lo que viene es de dónde te hablamos.