Casualidad Pre-Coro 2
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Pre-Coro 2

Tomás no era de los que se rinden. Esa fue la complicación.

A la semana del show volvió a la carga, porque para Tomás juntar a la cantante de su vida con el oído de su vida era casi una misión personal, una de esas cosas bonitas que la gente generosa hace sin saber el tamaño de lo que mueve.

Le mandó a Eduardo, directo, sin pedir permiso, el video del concierto.

No me digas que no, hermano. Mira esto. Treinta segundos.

Si después me dices que no, te dejo en paz.

Y abajo, un enlace, y una imagen congelada: una mujer con una guitarra y unas botas nuevas, parada en un escenario, la boca abierta en mitad de una palabra.

Eduardo no abrió el video.

No pudo. Puso el dedo sobre el enlace y le subió el frío por la espalda con tanta fuerza que dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como se deja boca abajo una foto que duele mirar.

Se quedó un rato largo respirando. Después le contestó a Tomás cualquier cosa, una evasiva, ahora no puedo, después lo veo, y supo, mientras lo escribía, que no lo iba a ver nunca.

Que no podía. Que había algo en ese enlace que su cuerpo había decidido tratar como se trata el borde de una azotea.

Y entonces Eduardo hizo algo nuevo, algo que nosotros llevábamos vidas esperando y temiendo a la vez.

Empezó a alejarse de Tomás.

No de un día para el otro. Despacio, con la cobardía suave de los que se alejan sin avisar.

Tardaba en contestarle. Le cancelaba los cafés de la madrugada con excusas razonables.

Cuando Tomás le mandaba música —cualquier música, no solo la de ella— Eduardo dejaba pasar los mensajes, y los dejaba pasar precisamente porque cualquiera de ellos podía traerla de vuelta, podía ser el caballo de Troya con la voz adentro.

Tomás era la grieta. Y un hombre que aprende, sin saber cómo, que por cierta grieta se le cuela algo que su cuerpo teme, empieza a tapar la grieta.

Aunque del otro lado de esa grieta esté uno de sus pocos amigos.

Pero la grieta no era solo Tomás. Esto es lo que a Eduardo le tomó más tiempo entender, y lo que a nosotros nos partía el alma verle entender.

La grieta era la radio.

La radio entera. Porque la radio era el único lugar del mundo construido exactamente para que la voz de una desconocida llegara hasta él.

Era un embudo, una antena, una boca abierta a la ciudad por la que cualquier noche podía entrar ella: en un demo, en un enlace, en un Eduardo escucha esto, en una llamada al aire, en mil formas que ni Eduardo ni nosotros podíamos prever todas.

Doce años Eduardo había mantenido esa puerta abierta de par en par con orgullo, había peleado por mantenerla abierta, le había puesto nombre a la puerta: Primera vez.

Y la puerta que lo definía era, ahora, exactamente por donde el destino intentaba pasarle a Verónica.

Así que el frío, despacio, empezó a venirle también ahí. En la cabina. Con el oficio.

Una noche, frente a su cajón lleno de demos —ese cajón que durante años había abierto como quien abre un cofre—, Eduardo sintió el escalofrío sin invierno con solo mirar los sobres.

No abrió ninguno. Puso música conocida, de la que tranquiliza y no compromete, y por primera vez en doce años se saltó el bloque de Primera vez sin un motivo que pudiera decir en voz alta.

Lo justificó: estaba cansado, no había encontrado nada bueno esa semana, una noche no pasa nada.

Una excusa razonable. Una excusa que, otra vez, en el fondo no era del todo suya.

Los oyentes lo notaron. Llegaron mensajes.

¿Y la primera vez de hoy? Extrañé el momento.

Eduardo, ¿estás bien? Te oigo raro. Esa última lo dejó mirando la pantalla un rato largo, porque era verdad y no sabía cómo lo sabían.

Se oía raro. Se oía como un hombre que está abandonando algo y todavía no se anima a decírselo.

Hubo una noche, en particular, que se le quedó clavada.

Entre los sobres del cajón había llegado uno con la letra de un chico —se notaba que era joven por el pulso, por las faltas, por las ganas—.

Adentro, un demo y media página escrita a mano.

Hola Eduardo. Tengo dieciocho. Grabé esto con el teléfono en el baño de mi casa porque es el único lugar donde no me escuchan.

Mi padre dice que la música no es para gente como nosotros.

Te lo mando a ti porque eres el único que pone a los que nadie pone.

Si no sirve, dímelo y lo dejo. Si sirve, ponlo una vez, una sola, y que mi padre lo escuche sin saber que soy yo.

Eduardo leyó eso y se le hizo un nudo, porque era exactamente para esto que existía Primera vez, para esto y para nada más: para el chico del baño, para el viejo que no creía,

para una sola noche en que la voz de alguien a quien nadie escuchaba cruzara la ciudad y le tocara la puerta a su propio padre sin que él supiera.

Era la clase de noche por la que Eduardo se había hecho locutor.

Puso el dedo sobre la tecla con el corazón apretado de ternura.

Y le subió el frío.

No por el chico. El chico no tenía nada que ver.

Pero el cajón entero se había vuelto un campo minado, y el cuerpo de Eduardo ya no distinguía: cualquier demo, cualquier voz nueva, cualquier puerta abierta a un desconocido le disparaba la misma alarma helada, porque cualquiera de esas puertas podía ser, también, la de ella.

Sacó el dedo. Se quedó un rato largo con la hoja del chico en la mano, releyéndola, odiándose.

Después puso una canción vieja, conocida, segura, y siguió la madrugada sin Primera vez, y el demo del chico quedó en el cajón con todos los demás, sin sonar.

A la madrugada siguiente le escribió una de sus oyentes de siempre, una taxista que trabajaba de noche y que hacía años le mandaba mensajes en los semáforos.

Hace una semana que no pones la primera vez.

Yo paso la noche entera al volante, sola, y ese momento era el que esperaba.

Es como si hubieras apagado una lucecita.

¿Estás bien, Edu? Eduardo miró el mensaje en el semáforo de su propia vida, detenido, en ámbar, y no supo qué contestar.

Apagó el teléfono. Esa noche tampoco puso Primera vez.

La lucecita, sin que él se animara a decirlo, ya estaba apagada.

Porque eso era. Sin entenderlo, sin elegirlo, Eduardo había empezado a soltar la radio.

Dejó de pelear por el bloque. Cuando el programador volvió, otra vez, con lo de poner música más segura, Eduardo —que se había plantado durante años— se encogió de hombros y dijo bueno.

Empezó a delegar la selección. Empezó a llegar más tarde y a irse más temprano.

La devoción de rezo con que abría los sobres se le secó por dentro como se seca un pozo, y él se quedaba mirando el cajón sin abrirlo, sintiendo una pena enorme y sin domicilio, el duelo de algo que se le estaba muriendo en las manos sin que pudiera nombrar la enfermedad.

Porque eso es lo más cruel de lo que le hacíamos, y hay que decirlo, aunque todavía no podamos decir por qué lo hacíamos.

No le quitábamos a Eduardo solo a una mujer que no conocía.

Le quitábamos lo que más amaba de sí mismo.

El hombre que vivía para encontrar voces perdidas se estaba quedando, a propósito, sordo.

El que se enorgullecía de decir que conste que estuvieron aquí estaba cerrando la puerta para que cierta persona no pudiera estar nunca.

Le estábamos pidiendo que matara su don para salvar a alguien, y no le explicábamos a quién, ni le dejábamos el consuelo de saberse héroe.

Solo le dejábamos el frío, la excusa prestada, y un duelo que parecía cobardía.

Tomás, que lo quería, lo fue a buscar una vez. Lo esperó a la salida de la radio, a las cuatro de la mañana, apoyado en la pared como en los viejos tiempos.

—¿Qué te pasa? —le dijo, sin rodeos—. Te mandé la voz de tu vida y desapareciste. Dejaste de poner música nueva. No me contestas. Estás apagado, hermano. Te conozco hace diez años y nunca te vi así. ¿Qué te pasa?

Y Eduardo, que era un hombre honesto, abrió la boca para contestar y se dio cuenta de que no tenía respuesta.

De que no sabía. De que la verdad —hay algo que no me deja, Tomás, hay un frío que me aparta de tu cantante y de mi cajón y de todo lo que amo, y no sé qué es, y le tengo miedo— era una verdad de loco,

una verdad que no se puede decir a las cuatro de la mañana sin que el otro te mire distinto para siempre.

Así que dijo lo único que se puede decir.

—No sé —dijo Eduardo—. No sé qué me pasa, Tomás. Te juro que no sé.

Y era cierto. Era lo más cierto que había dicho en meses.

Tomás lo miró un momento, con esa tristeza de los amigos que ven hundirse a alguien y no alcanzan la mano a tiempo.

Después le apretó el hombro, le dijo que cualquier cosa estaba ahí, y se fue caminando por la calle vacía.

No volvió a insistir con la cantante. Lo dejó en paz, como había prometido.

Sin saberlo, Tomás acababa de cerrar él mismo la grieta que era.

La última puerta personal entre Verónica y Eduardo se cerró con un apretón de hombro y una buena intención rendida.

Nosotros respiramos. Una puerta menos.

Pero todavía quedaba la más ancha de todas.

Quedaba la radio, la antena en el techo, la voz de Eduardo saliendo cada madrugada hacia la ciudad, ofreciéndose.

Mientras Eduardo siguiera al aire, seguiría siendo encontrable.

Mientras su voz cruzara la noche, podía cualquier madrugada cruzarse con una radio de plástico color crema en la mesita de noche de una mujer que no podía dormir.

Y nosotros ya sabíamos —lo habíamos sabido desde el principio, desde antes del principio— lo que íbamos a tener que pedirle a Eduardo antes del final.

No alcanzaba con que dejara los demos. No alcanzaba con que perdiera a Tomás.

Iba a tener que dejar de hablar.

Iba a tener que apagar la voz.

Pero todavía no. Todavía le dejábamos eso. Que siguiera, unas noches más, siendo el hombre que velaba por una ciudad de insomnes, sin saber que, entre esos insomnes, girando un dial en la oscuridad, estaba la única a la que tenía prohibido velar.