Casualidad Verso 2
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Verso 2

Esa primavera, por una vez, a Verónica empezaron a salirle bien las cosas.

No de golpe, no como en las películas. Bien como salen las cosas de verdad: despacio, con esfuerzo, con una llamada que llevaba a otra.

Una canción suya —subida casi por descuido a internet una madrugada— la encontró la persona indicada, y de pronto la banda tenía una fecha real en un lugar real, un bar con nombre, con escenario de verdad y no una tarima de cajones, con un sonido que por fin no se la comía.

Doscientas entradas. Para Verónica, que había cantado años para nueve personas y tres eran de la banda, doscientas entradas eran un estadio.

Se lo tomó con una seriedad feroz. Ensayó hasta que a Mauro se le hincharon las muñecas.

Cambió el orden de las canciones nueve veces.

Se compró, después de pensarlo una semana, unas botas que no podía pagar, y se rió sola en la tienda al verse en el espejo, porque hacía mucho que no se gustaba así.

No era una mujer esperando a nadie. Era una mujer a punto de jugarse algo suyo, algo que se había ganado nota por nota, y lo sabía, y le brillaban los ojos de saberlo.

—Si esto sale bien —le dijo a Inés, las dos sentadas en el suelo de la cocina comiendo directo de la olla, como cuando tenían veinte— no es que vaya a cambiar mi vida. Es que va a empezar.

—Te va a salir bien.

—No digas eso, que trae mala suerte.

—Te va a salir espectacular y vas a ser insoportable y yo voy a poder decir que te conocí cuando comías fideos del fondo de la olla.

Verónica le tiró un fideo. Inés se lo comió del aire. Se rieron hasta que les dolió algo, que era su manera de decirse que se querían.

La banda eran cuatro, contándola a ella.

Mauro en la batería, que la conocía desde antes de que cantara en serio y la cuidaba con una lealtad de hermano mayor gruñón.

Lucía en el bajo, callada, la mejor música de los cuatro y la que menos lo sabía.

Y Diego en los teclados, que llegaba siempre tarde y siempre con algo gracioso que decir.

No ganaban nada con esto. Ensayaban en un local que les prestaba un tío de Lucía, entre cajas de cerámica, y aguantaban el frío con una estufa eléctrica y café.

Tocar con ellos era, para Verónica, la otra cara del silencio de la editorial: ahí las palabras eran animales, sí, pero eran sus animales, y los cuatro las soltaban juntos y veían qué pasaba.

Esos ensayos entre cajas de cerámica eran de las pocas horas en que el hueco del pecho se le cerraba del todo y no extrañaba nada ni a nadie.

El domingo antes del show llamó a su madre, como siempre. Pero esta vez, antes de que la madre arrancara con lo de siempre, Verónica se le adelantó.

—Mamá. Tengo un concierto grande. Un lugar de verdad. Doscientas personas.

Hubo un silencio del otro lado. Y después su madre, que nunca entendió esto de la música, que toda la vida le había pedido algo seguro, dijo, con una voz distinta, más chica:

—¿Doscientas? —Y luego—: ¿Y cantas tú sola, ahí adelante?

—Canto yo sola.

Otro silencio. Verónica se preparó para el sermón. No vino.

—Tu abuela cantaba —dijo la madre, de la nada, una cosa que Verónica no le había oído nunca—. En el pueblo. En las fiestas. Tenía una voz que paraba la calle. Tú sacaste eso de ella, no de mí. Yo desafino hasta para el feliz cumpleaños.

Verónica se rió, con los ojos de pronto llenos, agarrada al teléfono.

—Avísame cómo te fue —dijo la madre—. El lunes. No te olvides de llamar.

Colgó antes de ponerse sentimental, porque eran de un pueblo donde eso no se hacía.

Verónica se quedó un rato larguísimo con el teléfono apagado en la mano, sonriendo sola, sintiendo que algo se enderezaba después de muchos años.

Esa noche durmió bien. No giró el dial. No extrañó a nadie.

Por unos días, la vida le alcanzó entera.

Cuento todo esto con cuidado porque quiero que quede claro, antes de lo que viene, que Verónica estaba entera.

Que tenía una vida con peso, con amigas y una madre además de una banda y ambición legítima, una vida que se sostenía sola sin ningún hombre adentro.

El hueco seguía ahí, claro. Pero esos días el hueco era una nota sola en una canción enorme, y la canción sonaba fuerte, y era de ella.

Lo que Verónica no sabía es que en la mesa de al lado la suerte se había sentado, sin que ella lo viera, un hombre llamado Tomás que organizaba ciclos de música en bares, conocía a todo el mundo y no se acostaba ninguna noche antes de las cuatro.

Había sido él quien le dio la fecha a la banda.

Y Tomás tenía, además, una vieja amistad de noctámbulos con un locutor de radio al que respetaba como a poca gente: un tipo callado, leal, con el mejor oído de la ciudad para lo que todavía no había estallado.

Se habían conocido años atrás, las dos criaturas de la madrugada que eran, y de tanto en tanto Tomás le mandaba un mensaje a las tres de la mañana: Eduardo, escucha esto, te vas a morir. Y casi siempre Eduardo se moría.

Cuando Tomás escuchó a Verónica ensayar, una tarde, parado al fondo del bar vacío con los brazos cruzados, se le puso la piel de gallina y pensó, palabra por palabra, lo siguiente: Esto tiene que escucharlo Eduardo. Esta voz es exactamente lo que él lleva años buscando.

Y nosotros, desde donde estamos, cerramos los ojos.

Porque ya habíamos visto esa frase formarse en la cabeza de otros Tomases, en otras vidas, con otras palabras.

El universo, te decíamos, no se rinde. Cuando le tapas un camino arma otro.

Cuando le sacas el demo de las manos a Eduardo, te manda un amigo en común a las tres de la mañana.

La corriente busca la grieta. Y esta vez la grieta tenía nombre, y el nombre era Tomás, y Tomás estaba escribiendo un mensaje.

Edu. El jueves toca una chica en lo de siempre. No te lo puedo explicar. Tienes que venir. Es la voz, hermano. Es la voz que esperas.

Eduardo leyó el mensaje a la una de la madrugada, en la cabina, entre canción y canción.

Y le pasó algo que no le pasaba nunca: se le aceleró el corazón de alegría.

Hay que entenderlo. Eduardo llevaba doce años abriendo sobres con la esperanza de encontrar exactamente eso, y nunca, ni una vez, alguien en quien confiaba tanto le había escrito con esa certeza.

Es la voz que esperas. Algo en él, algo más hondo que la sospecha y más viejo que el miedo, dio un salto.

Contestó enseguida, sin pensarlo, con los dedos rápidos:

Ahí estoy. No falto.

Y por una hora, en la cabina, Eduardo fue feliz de una manera limpia que casi no recordaba.

Puso mejor música. Le habló más cálido a la ciudad.

Se imaginó, sin atreverse a imaginarlo del todo, entrando a ese bar el jueves, parándose al fondo, escuchando por fin la voz que su amigo le juraba, y sintiendo eso que llevaba doce años persiguiendo: el endurecimiento de la espalda, la mano que no cambia de canción, el aquí está.

Nosotros lo mirábamos ser feliz y se nos rompía algo que no tenemos.

Porque sabíamos lo que íbamos a tener que hacerle.

El jueves llegó. Eduardo no trabajaba esa noche —lo había arreglado, había pedido el favor, había dejado todo listo para ir—.

Se duchó. Eligió una camisa, se la cambió dos veces, cosa que no hacía desde hacía años.

Eran las nueve. El show era a las once. Tenía tiempo de sobra.

Estaba de buen humor, silbaba bajito, una canción que no sabía de dónde había sacado.

A las nueve y media se sentó en el borde de la cama para atarse los cordones de los zapatos.

Y lo sentimos venir, y no pudimos no hacerlo.

El frío le subió por la espalda, vértebra por vértebra.

El frío sin invierno. Pero esta vez fue más fuerte que nunca, porque esta vez lo que había del otro lado era más fuerte que nunca, y el freno tuvo que ser del tamaño del impulso.

A Eduardo se le cerró la garganta. Se le revolvió el estómago de pronto, de verdad, con un malestar físico que no se inventó él.

Le empezó a latir la cabeza. Y por encima de todo eso, como una mano apoyada sobre el reloj, vino la certeza —enorme, helada, indiscutible— de que no debía ir a ese bar.

Para, dijimos. Esta vez no, por favor. Esta noche no. Esta voz no.

Se quedó sentado en el borde de la cama con un cordón de los zapatos en cada mano.

Y peleó.

Esto no había pasado antes, o no así. Otras veces Eduardo obedecía el frío casi sin notarlo, porque le prestábamos una excusa cómoda y él se dejaba llevar.

Esta vez se dio cuenta. Esta vez, con la camisa nueva y el corazón todavía acelerado de alegría, Eduardo entendió que algo le estaba diciendo que no fuera justo a lo único que en años había querido ir, y se enojó.

Se enojó como no se había enojado nunca.

No, dijo en voz alta, solo, en su cuarto.

No, esta vez voy. Por una vez en mi vida voy a hacer lo que quiero.

Se ató los cordones con rabia. Se levantó. Agarró las llaves.

Y le mandamos la náusea de verdad. La de doblarse.

La que no se puede discutir con voluntad porque no está en la cabeza, está en las tripas.

Eduardo tuvo que sentarse en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, sudando frío, esperando a que se le pasara, y mientras esperaba —odiándonos sin saber que éramos nosotros, odiando a su propio cuerpo traidor— el reloj fue corriendo, las nueve y cuarenta y cinco, las diez,

las diez y media, y la ventana de ir se fue cerrando sola, como se cierra una puerta despacio cuando nadie la empuja.

A las once y cuarenta y cinco, blanco, vacío, agotado, Eduardo le escribió a Tomás desde el suelo del pasillo.

Perdona, hermano. Me dio algo, no sé qué. Estoy mal. No voy a poder.

Lo escribió y se quedó mirando la pantalla.

Porque sabía —por primera vez lo sabía con todas sus letras— que la excusa que acababa de mandar, en el fondo, no era suya.

Que alguien se la había puesto en la mano.

Que él había querido ir con toda el alma y algo más fuerte que él le había torcido la noche.

Y abrió la libreta, ahí tirado en el pasillo, y anotó la fecha, y al lado escribió, con una letra que le temblaba: Esta vez quise.

Esta vez quise de verdad. Y no me dejé. ¿Qué soy? ¿Qué me pasa? ¿Quién no me deja?

En el bar, esa noche, Verónica cantó para doscientas personas y estuvo mejor que nunca.

No supo qué, pero al fondo, había un taburete vacío que Tomás estuvo cuidando toda la noche, mirando la puerta cada vez que se abría.

No supo que un hombre con una camisa nueva había estado a punto de ocupar ese taburete y escuchar su voz y enamorarse, quizás esa misma noche, de la única manera en que se enamoran los que llevan años esperando una voz.

No supo nada de eso. Cantó feliz, cantó suya, y cuando terminó la gente la aplaudió de pie, y este aplauso sí fue de verdad, no fue cortesía, fue asombro, y Verónica lloró un poco arriba del escenario sin que se notara mucho.

Fue una de las noches más felices de su vida.

Y nosotros, que la habíamos salvado una vez más, la mirábamos llorar de alegría con la culpa más vieja del mundo encima, porque sabíamos lo que ella no: que esa felicidad la había comprado, sin enterarse, al precio de no conocerlo. Que cada noche buena de su vida tenía, debajo, un taburete vacío.

Tomás, al final del show, fue a abrazarla.

—Tenía que venir un amigo —le dijo, todavía con la emoción en la cara—.

Un tipo que sabe de esto más que nadie. Le dije que tenías la voz que él busca.

Se sintió mal, no pudo, una lástima. Pero te juro que la próxima lo traigo, aunque sea a la rastra.

Tienen que conocerse. No sé por qué, pero tienen que conocerse.

Verónica se rió, agradeció, ya pensando en otra cosa, en la euforia de la noche, en sus amigos, en su voz por fin escuchada.

Pero esa madrugada, en su casa, cuando se le bajó la adrenalina y se quedó sola en la oscuridad con su continente de humedad creciéndole encima, le volvió el hueco.

Más grande que nunca. Tan grande que esta vez no pudo llamarlo casualidad.

Se quedó mirando el techo y sintió, con una claridad que la asustó, que esa noche perfecta le había faltado alguien.

Alguien concreto. Alguien que tenía que haber estado y no estuvo.

Una silla vacía en el centro exacto de su felicidad.

No sabía a quién extrañaba.

Lloró por él de todos modos.

Y agarró la libreta —la suya, la de las canciones, no sabía que del otro lado de la ciudad un hombre lloraba sobre otra libreta esa misma madrugada— y escribió, casi sin pensar, una línea suelta que no iba con ninguna canción todavía, una línea que le salió del hueco directo a la página:

Crucé la acera sin saber por qué, justo el segundo antes de verte.

Se quedó mirándola. No entendió de dónde venía. No había cruzado ninguna acera. No había estado a punto de ver a nadie.

La dejó ahí, en la página, esperando.

Lejos, en una nota que nadie de los dos leería nunca, decía que esa misma madrugada un cable viejo del tablero eléctrico del bar —del bar donde Verónica acababa de cantar— se había recalentado y empezado a humear horas después de que se fuera el último,

y que el vigilante nocturno lo había visto a tiempo, de pura suerte, y lo había cortado antes de que prendiera.

Nada pasó. El bar abrió normal al día siguiente.

Una de esas cosas que no llegan a ser nada.

Casi nada.

Cada vez, casi nada.

Pero cada vez un poco menos casi.