Coro 1
Ahora deberíamos contar cómo es una ciudad cuando se la mira desde donde la miramos nosotros.
Desde aquí —y no vamos a decir todavía dónde es aquí— una ciudad no es un plano de calles.
Es una coreografía. Millones de cuerpos que se cruzan y no se tocan, que entran a un café justo cuando otro sale, que toman el autobús de las nueve y doce en vez del de las nueve y ocho y por eso no conocen al amor de su vida,
que viven treinta años a seis cuadras de la única persona que los habría entendido y se mueren sin saberlo.
La mayoría de esos desencuentros no los arregla ni los rompe nadie.
Pasan solos. A eso, con razón, se le llama azar.
Pero dos de esos cuerpos los mirábamos nosotros con una atención que no tiene nombre. Y a esos dos no los dejábamos al azar.
Verónica y Eduardo vivían en la misma ciudad.
Es importante que entiendas lo cerca que estaban, porque toda la pena de esta historia cabe en esa cercanía.
Tomaban a veces la misma línea de autobús.
Compraban el pan en panaderías que estaban a ocho minutos a pie una de otra.
Les gustaban dos bares que compartían pared.
Una vez —una sola, y nos dolió hasta a nosotros— estuvieron en la misma esquina, la del semáforo en ámbar, separados por el ancho de una calle, ella esperando para cruzar hacia él, él del otro lado a punto de cruzar hacia ella.
Y los dos, en el mismo segundo, sintieron frío.
Ella miró su teléfono con una excusa que no tenía.
Él se acordó de golpe de algo que no había olvidado.
El semáforo se puso en verde para los dos.
Ninguno cruzó. Verónica se dio vuelta y entró a una farmacia a comprar algo que no necesitaba.
Eduardo dobló por la calle de al lado, hacia ningún lado, apretando el paso, con esa rabia chica y sin dueño que le venía a veces y que él achacaba al clima.
Cuando salieron, cada uno por su puerta, la esquina ya estaba vacía.
Habían estado a doce metros. Doce metros y todas las vidas que llevaban buscándose.
A esto, los dos, le llamaron casualidad.
Es la palabra. Es siempre la palabra. La gente tiene una sola palabra para tapar el agujero por donde se le escapa lo que no entiende, y esa palabra es esa.
Casualidad. Qué casualidad que justo ese día.
Qué casualidad que no nos cruzamos. Qué casualidad que sentí que no debía ir, y no fui, y mira.
La dicen aliviados o la dicen tristes, pero la dicen siempre, porque la otra opción —que algo, alguien, los estuviera moviendo como se mueve a un niño que se acerca demasiado al fuego— no se puede pensar sin que se caiga el mundo.
Nosotros la movíamos. A ella la movíamos para que llegara tarde.
A él para que llegara temprano. Llego tarde, llego temprano — la misma mano, dos relojes, el mismo fin.
Le inventábamos a uno la excusa justa en el momento justo y al otro le soltábamos la mano del destino con una suavidad que no nos van a creer.
Porque no lo hacíamos con crueldad. Hay que decirlo ya, aunque todavía no podamos decir por qué: cada vez que les torcíamos el rumbo, lo hacíamos como quien aparta a alguien que ama del borde de una azotea.
Con el corazón en la garganta. Pidiéndole perdón sin que nos oyera.
Y mientras tanto, abajo, en la ciudad, el amor de ella crecía.
Eso no lo habíamos previsto la primera vez, y para cuando lo entendimos ya era tarde para nosotros, que nunca tenemos otra cosa que ser tarde.
Verónica no se enamoraba de Eduardo, porque no lo conocía, no podía.
Verónica se enamoraba del hueco. De la forma exacta de una ausencia que no paraba de crecer dentro de ella mientras más la apartábamos.
Cada esquina en la que la salvábamos le dejaba, como una marca de agua, un poco más de añoranza.
Volvía a su apartamento de la mancha en el techo y se sentaba con la guitarra y le salían canciones que no sabía de dónde venían, canciones llenas de una persona que no había conocido, y se asustaba un poco de lo bien que le salían.
¿A quién le escribo?, se preguntaba. Y no había nadie.
Y la canción seguía sabiendo cosas que ella no.
Una de esas noches, Inés se quedó a dormir en el sillón y la escuchó tocar una nueva.
—Esa —dijo Inés desde el sillón, sin abrir los ojos—. Esa es la mejor que hiciste.
—No sé de qué habla.
—De un tipo. Obvio. ¿Quién es?
Verónica se quedó con la mano en las cuerdas, callada.
—No existe —dijo al fin—. Te juro que no existe.
La escribo y siento que le estoy escribiendo a alguien de verdad, y cuando termino me doy cuenta de que no hay nadie, y es…
—buscó la palabra como buscaba los acordes— es como despertarse de un sueño donde querías muchísimo a alguien.
Que te queda el querer puesto, pero la persona se borró.
Inés abrió los ojos.
—Eso es lo más triste que escuché en mi vida.
—No es triste —dijo Verónica, demasiado rápido—. Es una canción. Nada más.
Pero se quedó despierta hasta tarde, y volvió a girar el dial de la radio de su abuela, buscando sin admitirlo una voz grave y despacio que había oído media vez y no se le iba del cuerpo.
No la encontró. Esa noche la habíamos hecho enchufar el cargador del otro lado de la cama, lejos de la radio, con una de esas pequeñas inconveniencias domésticas que parecen nada.
Se durmió antes de poder estirarse a buscarla.
Lo de Eduardo, en la otra punta de la ciudad, era distinto: lo que le crecía a él no era la añoranza. Era la sospecha.
Los hombres como él, los que se acostumbran a velar, desarrollan un oído para lo que falta.
Y Eduardo había empezado a notar, sin poder nombrarlo, que en su vida había un patrón de cosas que no llegaban a pasar.
Trabajos que se caían en el último momento por motivos absurdos.
Mujeres con las que todo iba bien hasta que una noche, sin razón, él inventaba una excusa para no continuar.
Discos que iba a comprar y no compraba. Una vez —esto lo desvelaba— se había bajado de un avión en la puerta de embarque, devuelto la tarjeta, inventado una excusa ante la azafata que lo miró como a un loco, y el avión había llegado perfectamente a destino, sin incidentes,
y él nunca pudo explicarse qué lo había bajado.
Solo el frío. El frío sin invierno y la certeza de que no debía subir.
Empezó a llevar una libreta, igual que ella, sin saber que ella llevaba una.
Pero la de él no tenía canciones. Tenía una lista.
Una lista de todas las veces que había cambiado de idea sin motivo, con la fecha al lado, como quien rastrea los síntomas de una enfermedad que todavía no tiene nombre.
Al final de la lista, una noche, escribió una sola pregunta y la subrayó dos veces:
¿Quién decide por mí cuando creo que decido yo?
No tenía respuesta. Nosotros sí. Y por primera vez, esa noche, sentados donde estamos sentados, tuvimos miedo.
Porque esa pregunta es el principio de todo lo que viene.
Esa pregunta es la grieta por donde, alguna vida, un hombre como él termina entendiendo demasiado.
Y un hombre que entiende demasiado es un hombre que, la próxima vez que sienta el frío en la esquina, podría —solo podría— decidir no obedecer.
Faltaba para eso. Faltaba bastante.
Por ahora bastaba con seguir torciendo la ciudad despacio, esquina por esquina, excusa por excusa, manteniéndolos a doce metros para siempre.
Por ahora bastaba con que ella llamara casualidad a su tristeza y él llamara casualidad a su rabia, y que ninguno de los dos levantara del todo la vista. Por ahora.
Lejos, en una página de noticias que ninguno de los dos leyó, un autobús de la línea que ambos solían tomar se quedó sin frenos en una bajada y terminó contra un muro, de madrugada, casi vacío. Dos heridos leves. Nada grave. Una nota chica, de esas que se olvidan al día siguiente.
Ni Verónica ni Eduardo iban en ese autobús.
Esa noche, ninguno de los dos.