Casualidad Pre-Coro 1
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Pre-Coro 1

A esa hora, Eduardo era la única luz encendida en todo el edificio.

Le gustaba así. Le gustaba subir cuando los demás bajaban, cruzarse con el de seguridad que ya se iba, recorrer el pasillo a oscuras hasta la cabina y encender solo lo necesario: la lámpara baja, las luces de la consola, esos diales que de noche parecían pequeñas lunas.

Apagaba el techo. Decía que la radio de madrugada no se hacía con luz de oficina, que la oscuridad era parte del sonido, y los técnicos lo dejaban hacer porque Edu, a las dos de la mañana, no le molestaba a nadie.

Tenía treinta y cinco años y llevaba doce hablándole a gente que no podía ver.

Eso hace algo con una persona. Doce años poniendo la voz —no la cara, no el cuerpo, solo la voz— al servicio de una ciudad de desconocidos que volvían a casa al volante, que cuidaban a un enfermo, que no podían dormir, que acababan de pelear,

que estaban solos de esa manera específica en que se está solo a las cuatro de la mañana.

Edu les hablaba a todos ellos como si fueran uno.

Bajaba el volumen de su propia voz hasta dejarla en ese tono casi de confesión, ese grave despacio que no apuraba nunca, y la ciudad insomne lo dejaba entrar.

Le escribían. Gracias por estar. Hoy me salvaste sin saberlo.

No apagues todavía. Él guardaba algunos de esos mensajes en una carpeta que no le enseñaba a nadie.

Si le preguntaban a qué se dedicaba, decía locutor, y se encogía de hombros, como si fuera poco.

No era poco. Edu lo sabía y le daba vergüenza saberlo.

Lo suyo era acompañar a los que velan. Estar de guardia, por si acaso.

Ser la prueba, para miles de personas que nunca conocería, de que a esa hora horrible alguien seguía despierto a propósito.

Y había una cosa más, una que para Edu valía más que todo el resto.

El bloque se llamaba Primera vez.

Era idea suya, la había peleado durante años contra programadores que querían poner música que la gente ya conociera, porque lo conocido tranquiliza y lo conocido vende.

Edu se había plantado. Una vez por noche, decía, una sola, vamos a poner algo que nunca antes sonó en una radio.

Una canción de alguien que nadie escuchó todavía.

Un demo grabado en un cuarto con una manta tapando la ventana.

Lo que llegara. Y antes de ponerlo decía siempre la misma frase, bajito, casi para sí: Esto es la primera vez que suena al aire. Que conste que estuvieron aquí.

Le llegaban demos por todos lados. Un cajón de la cabina estaba lleno.

Pendrives, links, sobres con la letra nerviosa de gente que se jugaba algo al mandarlos.

Edu los escuchaba todos. Todos. Era lo único en su vida que hacía con una devoción de rezo.

Porque sabía —lo sabía en el cuerpo, como se saben las cosas verdaderas— que en alguno de esos sobres, alguna noche, iba a estar la voz.

La que te endereza la espalda en la silla.

La que te hace bajar la mano que iba a cambiar de canción.

La que estás esperando sin saber que la esperas.

El hombre que se había hecho experto en encontrar a los que nadie encontraba.

Vale la pena detenerse aquí un segundo, porque hay cosas que es mejor decir cuando todavía no duelen.

Edu vivía solo. No de una manera trágica: tenía un divorcio sin rencores a la espalda —ella le dijo al final, sin odio, una frase que él no olvidó: contigo siempre hubo alguien más, Eduardo, y lo raro es que nunca hubo nadie—, una madre lejos, dos o tres amigos que veía poco y bien,

un apartamento ordenado donde casi no recibía a nadie.

La gente que lo conocía lo describía como un buen tipo un poco lejano, alguien que escuchaba mejor de lo que se dejaba escuchar.

Las mujeres que habían intentado algo con él se topaban siempre con lo mismo: una amabilidad enorme y una puerta cerrada al fondo.

Como si Edu estuviera reservado para algo.

Esperando a alguien. Él habría jurado que no, que eran ideas, que simplemente no había aparecido, y se habría reído de la palabra reservado.

Pero a veces, cuando se quedaba dormido —y le costaba, dormía mal, el insomne que consuela insomnes—, tenía la sensación incómoda de que alguien velaba por él del mismo modo en que él velaba por la ciudad.

De que había una voz más arriba, o más adentro, o más adelante, cuidándolo a las cuatro de la mañana.

Avisándole de algo. ¿Quién me avisa mientras duermo?

, pensaba a veces, medio en broma, y se daba la vuelta en la cama, y no encontraba respuesta, y al final se dormía.

La noche del demo fue un jueves.

Llegó en un sobre común, sin remitente llamativo, con una caligrafía que se esforzaba en ser pulcra y no del todo lo conseguía: la letra más cuidada de alguien.

Adentro, un pendrive y una nota de tres líneas.

Edu no leyó la nota todavía —tenía la costumbre de escuchar primero y leer después, para no dejarse influir por las palabras de nadie sobre su propia música—.

Metió el pendrive. Apareció un solo archivo. Una sola canción.

Le puso el dedo encima para darle play.

Y entonces lo sintió.

Un frío le subió por la espalda, vértebra por vértebra, un frío que no venía de ninguna ventana porque no había ventana abierta, un frío sin invierno.

Se le erizó la nuca. Por un instante —medio segundo, menos— tuvo la certeza absoluta, física, inexplicable, de que no debía darle play a ese archivo.

De que si lo escuchaba iba a pasar algo.

No supo qué. No había un qué. Había solo el cuerpo diciendo que no con todas sus letras, una alarma que no sonaba en ningún reloj de este mundo y sin embargo le había despertado algo viejo por dentro.

Para, dijo eso. No esta noche. No esta voz.

Edu se quedó con el dedo suspendido sobre la tecla.

Después —y nunca, en toda su vida, iba a poder explicarse del todo por qué— sacó el dedo.

Se dijo una excusa. Se dijo que era tarde, que estaba cansado, que llevaba demasiadas horas y que escuchar un demo cansado era faltarle el respeto al que lo mandó; que mejor mañana, con la cabeza fresca, con café, le iba a dar la atención que merecía.

Una excusa razonable. Una excusa que, en el fondo, no era del todo suya, como si alguien se la hubiera prestado para que pudiera obedecer sin sentirse tonto.

Sacó el pendrive. Lo dejó sobre la mesa del control, junto a la pila de sobres ya escuchados que tocaba descartar esa semana, prometiéndose que sería el primero de la noche siguiente.

Volvió a su micrófono. Presentó la última canción de la madrugada. Su voz salió como siempre, tibia y de guardia, hacia los que no dormían.

Pero algo en la cabina se quedó raro. Un malestar sin domicilio, una irritación finita y absurda, como cuando dejas una llamada sin devolver y el día entero te pesa sin que sepas por qué.

Edu apagó, bajó las escaleras, cruzó la ciudad dormida hasta su casa ordenada y vacía, y por el camino sintió, sin motivo, unas ganas extrañas de enojarse con alguien.

Con quién, no sabía. Consigo mismo, quizás. Con el frío. Con la noche.

A la mañana siguiente, alguien del personal de limpieza se llevó la pila de descartes de la mesa del control y, con ella, sin que nadie lo notara, un pendrive sin etiqueta que nadie recordaba haber querido guardar.

Edu no volvió a pensar en ese demo.

Es decir: creyó que no volvía a pensar en él.

Nosotros sabemos que lo pensó cada noche de su vida, sin saber que lo pensaba, cada vez que ponía un demo de otra persona y, por una fracción de segundo antes de la primera nota, lo cruzaba la sombra de algo perdido.

Una voz que no llegó a escuchar. Una primera vez que no le dio a nadie.

Lo llamó cansancio. Lo llamó los años. Lo llamó, cuando se ponía romántico consigo mismo a las cuatro de la mañana, simple melancolía de locutor viejo.

Le llamó cualquier cosa.

Menos casualidad, esa palabra no la usó.

Esa palabra, sin saberlo, la estaba escribiendo Verónica al otro lado de la ciudad, en una libreta, sin entender todavía para qué.