Casualidad
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Verso 1
Verónica supo, antes de que terminara la última nota, que esa noche tampoco iba a pasar nada.
Lo supo por la forma en que el tipo de la barra dejó de mirarla a la mitad de la segunda canción y se volvió hacia su cerveza, como quien decide que ya tuvo suficiente belleza por hoy.
Lo supo por los cuatro acordes que el baterista marcaba con la mandíbula floja, contando los segundos para el cigarro.
Lo supo, sobre todo, por el silencio raro que vino después del último rasgueo: ese silencio que no es asombro, sino cortesía.
El silencio educado de la gente que quiere irse.
Aplaudieron. Claro que aplaudieron. En los bares siempre aplauden, porque aplaudir es más rápido que pensar en qué decir.
Vero dijo gracias al micrófono con la voz que ponía para esas cosas, una voz tibia que no era del todo la suya, y desenchufó la guitarra antes de que el dueño le hiciera el gesto de siempre, el del dedo cruzando el cuello, corta, que viene el partido.
Eran las once y veinte de un martes. Había cantado para nueve personas, y tres de ellas eran el resto de la banda.
—Estuviste bien —le dijo Mauro, recogiendo los platillos—. La nueva quedó bien.
—La nueva no la entendió nadie.
—La entendí yo.
—Tú cobras por entenderme.
Mauro se rió, y esa risa fue lo mejor de la noche, y a Vero le bastó.
Llevaba ocho años cantando en sitios así y había aprendido a hacer presupuestos pequeños con la felicidad: una risa verdadera, un verso que le saliera redondo, un desconocido que cerrara los ojos en el momento justo.
Con eso pagaba la cuenta de seguir. Lo demás —el contrato, el estudio, su voz saliendo de una radio mientras alguien, al volante en una autopista, la oía sin saber su nombre— eso era de otra moneda, una que casi nunca veía.
Guardó la guitarra en el estuche con la delicadeza con que se acuesta a un hijo.
Era lo único caro que tenía. Lo demás de su vida cabía en un apartamento pequeño, de un solo ambiente, con una mancha de humedad en una esquina del techo que ella había decidido ver como un país, un continente marrón que crecía despacio sobre su cama, y a veces, antes de dormir, le inventaba ríos.
No era una vida triste. Esto es importante decirlo ya, porque el mundo está lleno de gente que te va a contar a Verónica como una historia triste, y no lo era.
De día trabajaba en una editorial pequeña, de esas que sobreviven de milagro publicando manuales técnicos que nadie lee por gusto: instrucciones de calderas, normas de seguridad, reglamentos.
Verónica corregía. Cazaba comas perdidas, enderezaba frases torcidas, cambiaba «el mismo» por la palabra que hacía falta.
Le gustaba. Le gustaba de verdad, y se reía cuando lo confesaba, porque sonaba a mentira que alguien disfrutara eso.
Pero había un descanso enorme en ese silencio de oficina donde las palabras se portaban bien y se quedaban quietas, donde una coma estaba bien o estaba mal y se acababa la discusión.
Eran lo contrario de las palabras de las canciones, que eran animales: te mordían, se escapaban de noche, no obedecían a nadie.
En la editorial las palabras hacían lo que les decía.
Era el único lugar de su vida donde mandaba ella.
Su jefe, un señor de sesenta años que olía a pastillas de menta y tenía la paciencia de un mueble, le había dicho una vez, sin levantar la vista del original: «Usted corrige como si las frases le dolieran». Verónica se lo tomó como el mejor cumplido de su vida y no supo explicar por qué.
Los viernes, casi siempre, terminaba el día en el bar de la esquina de la editorial con Inés, que trabajaba a tres puertas, en una veterinaria, y que llegaba oliendo a perro mojado y con anécdotas de loros deprimidos y tortugas que no comían.
Se conocían desde los diecinueve. Se habían visto pasar dos mudanzas cada una, varios novios olvidables, un par de duelos de verdad.
Inés era la única persona del mundo a la que Verónica le mostraba las canciones antes de que estuvieran terminadas, en esa versión cruda y vergonzosa en la que todavía no se sabe si algo sirve o es una porquería.
Inés escuchaba con los ojos cerrados y al final decía la verdad, siempre, aunque doliera, que era exactamente para lo que servía una amiga así.
Y los domingos Verónica llamaba a su madre, que vivía lejos, en el pueblo del que las dos eran, y que le preguntaba siempre lo mismo —si comía bien, si esa cosa de la música estaba dando algo, cuándo iba a buscarse algo seguro— y Verónica contestaba siempre lo mismo, que sí, que algo, que ya, mamá,
ya, y colgaba con esa mezcla de amor y fastidio que solo cabe entre una madre y una hija que se quieren y no se entienden.
Después se quedaba un rato mirando el teléfono apagado, y se le pasaba.
Tenía todo eso. Tenía una vida con peso.
Y tenía, sobre todo, esa cosa rara y feroz que es saberse buena en algo que al mundo todavía no le importa.
Verónica sabía cantar. No bonito: bien. Sabía lo que pesaba una palabra cuando la dejabas caer en el sitio exacto, sabía esperar el medio segundo justo antes de entrar, sabía cuándo callarse, que es lo más difícil.
Nadie se lo había enseñado y nadie podía quitárselo.
Esa certeza la sostenía como un hueso sostiene un brazo, por dentro, sin que se viera, en las noches de nueve personas y en las de ninguna.
Así que no, no era triste.
Era solo que, a veces, sin ningún motivo, le pasaba esto.
Le pasó esa misma noche, de hecho, mientras cargaba el estuche por la avenida vacía hacia la parada.
Una ráfaga de aire le levantó el pelo —aire de febrero, aire que no traía nada— y de pronto sintió, con una nitidez absurda, que llegaba tarde a algo.
No tarde al autobús. Tarde a algo. La sensación exacta de haber salido de casa dejando la plancha enchufada, pero sin casa, sin plancha: solo el tirón en el pecho, la urgencia sin objeto, el cuerpo entero girado hacia adelante como una brújula hacia un norte que no estaba en ningún mapa.
Se detuvo en la esquina.
Miró la calle de enfrente como si alguien fuera a aparecer.
No apareció nadie, claro. Era una esquina cualquiera, con un semáforo que parpadeaba en ámbar para nadie y una farmacia cerrada y el cartel de una inmobiliaria meciéndose.
Vero se quedó ahí más tiempo del que tenía sentido.
Después se rió sola, bajito, de ese modo en que una se ríe para espantarse a sí misma, y cruzó, y tomó el autobús, y se fue a su casa con su continente de humedad.
Pero algo en ella se quedó parado en esa esquina.
Le pasaba desde siempre. Desde niña. Esa nostalgia de algo que no había vivido.
Un miembro fantasma, había leído una vez que le decían a eso, a la pierna que ya no está y sin embargo pica: el cerebro insiste en un mapa viejo, sigue mandando señales a un lugar que se quedó vacío.
Vero tenía un miembro fantasma, pero no de una pierna.
De una persona. Echaba de menos a alguien con una precisión de detalle —el modo en que le hablaría, el peso de su silencio, una voz, sobre todo una voz— y ese alguien no existía, no había existido nunca, no tenía cara para ponerle ni nombre para llamarlo. Solo el hueco con su forma exacta.
Lo había hablado con Inés, una vez, borrachas.
—Es que extraño a alguien —le dijo— y no sé a quién.
—A todas nos pasa —dijo Inés—. Se llama estar soltera.
—No. No es eso. —Vero buscó las palabras como buscaba los acordes, con los dedos—. Es como cuando entras a una casa donde ya viviste, pero al revés. Extraño una casa donde todavía no viví. ¿Se entiende?
—No.
—Yo tampoco.
Y se rieron, porque era más fácil reírse, y porque Inés tenía razón en lo práctico: a todas les pasa, una se inventa un amor para tener a quién extrañar, el corazón es un órgano que produce ausencias igual que el estómago produce hambre. Vero se lo creyó esa noche. Casi siempre se lo creía.
Salvo que de vez en cuando, en una esquina, a las once y media de un martes, el cuerpo le decía que no con una seguridad que daba miedo.
No es un invento, decía el cuerpo. Es memoria.
Solo que la memoria está del otro lado, en un lugar al que todavía no llegaste, o del que ya volviste.
Y Vero, que era inteligente y no creía en esas cosas, apretaba el paso y subía el volumen de los auriculares y se decía casualidad, casualidad, qué tonta, y la palabra la tapaba como una manta corta: le abrigaba la cabeza y le dejaba los pies al frío.
Esa noche, ya en la cama, con la luz apagada y su continente invisible creciendo sobre ella en la oscuridad, Vero hizo lo que hacía siempre que no podía dormir.
Buscó la radio.
No el teléfono: la radio de verdad, un aparatito viejo de su abuela, plástico color crema, con el dial flojo, que nunca caía dos veces en el mismo sitio y captaba mal las emisoras y mejor los fantasmas.
Le gustaba esa lotería de girar el dial en lo oscuro y caer en mitad de una canción sin saber cuál, o en una voz hablándole a la madrugada.
Había algo ahí —en esas voces de la noche, hombres y mujeres que le hablaban a una ciudad de insomnes que no podían verlos— que la calmaba como no la calmaba ninguna pastilla.
La idea de que alguien estuviera despierto a propósito. Velando. De guardia, por si acaso.
Giró el dial. Estática. Un tango. Estática. Un anuncio de colchones. Estática.
Y entonces, por una fracción de segundo, antes de que su pulgar siguiera de largo, cayó en una emisora donde un hombre estaba hablando bajo, muy bajo, como si supiera que solo lo escuchaban los que de verdad no podían dormir.
No alcanzó a oír las palabras. Solo el tono.
Una voz grave, despacio, con algo roto y cuidado a la vez, una voz que parecía estar disculpándose por estar ahí y al mismo tiempo no pensar irse.
A Vero se le erizó la piel de los brazos.
No supo por qué. Fue inmediato y fue total, como meter el pie en agua que no esperabas tan fría. Se quedó quieta. Esperó a que el hombre volviera a hablar.
Y su pulgar —que no le pidió permiso, que actuó por su cuenta, igual que las piernas la habían parado en la esquina— giró el dial un milímetro y se llevó la voz, y la cambió por estática, y por un tango, y por nada.
Vero frunció el ceño en la oscuridad.
¿Por qué hice eso?
Pensó en volver a buscarla. Movió el pulgar de regreso, lo dejó ahí, sobre el plástico tibio, sin girar.
Tres segundos. Cinco. Una parte de ella quería encontrar esa voz otra vez con una urgencia que no le cabía en el pecho, una urgencia de martes a la medianoche que no tenía ningún sentido.
Y otra parte —más vieja, más honda, una parte que hablaba desde el otro lado del miembro fantasma— le sostuvo la mano.
Déjalo, dijo esa parte. No esta noche. No por aquí.
Y a esto, también, Vero le iba a llamar casualidad por la mañana.
Apagó la radio. Se durmió enseguida, como se duermen los que mañana trabajan. No soñó nada que recordara.
Pero esa semana hizo algo que no hacía desde los veinte años.
Grabó su mejor canción en un solo archivo, compró un paquete de sobres, copió de una lista vieja de internet las direcciones de todas las radios de la ciudad —las grandes, las chicas, las que nadie escucha— y les mandó el demo a todas, con una nota de tres líneas escrita con su letra más cuidada.
Lo hizo en una sola tarde, de corrido, casi con rabia, sin darse permiso de pensarlo, empujada por una urgencia que no reconocía como suya.
Después no le contó a nadie, ni siquiera a Inés, porque sabía lo que le iban a decir: que nadie escucha esos sobres, que era tirar el dinero.
Uno de esos sobres, aunque ella no iba a saberlo nunca, llevaba la dirección de una emisora pequeña, de esas que solo existen de madrugada.
A unos kilómetros de ahí, en un edificio bajo con una antena en el techo, un hombre de unos treinta y cinco años se inclinó hacia el micrófono para presentar la última canción de la madrugada, y antes de hablar sintió, sin ningún motivo, un frío que le subió por la espalda.
Un frío sin invierno. Miró el control, la luz roja, la consola con sus diales como pequeñas lunas.
Tuvo la sensación nítida y estúpida de que se estaba olvidando de algo.
De que tenía que decir un nombre y no lo tenía.
De que alguien, en alguna parte de la ciudad dormida, lo estaba esperando, y de que él —por el bien de los dos, aunque no habría sabido decir por qué— no debía aparecer.
Sacudió la cabeza. Acercó los labios al micrófono.
Y a esto, él también, le llamó casualidad.