Casualidad Outro
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Outro

Esa noche, Verónica no pudo dormir.

Volvió a su casa empapada, se sentó en el borde de la cama con el continente de humedad creciéndole encima en la oscuridad, y agarró la guitarra sin encender la luz.

No buscó nada. No quiso escribir. Pero le salió igual, de un tirón, entera, como si alguien se la dictara desde un lugar al que ella todavía no llegaba o del que ya había vuelto.

Una canción de despecho por un amor que no había tenido.

Un duelo por alguien que nunca conoció. La rabia y la pena de haber estado, esa noche, a doce metros de algo, y de haberlo visto irse caminando hacia el norte sin darse vuelta.

Empezaba con un verso que ya tenía escrito y no sabía de dónde había sacado: crucé la acera sin saber por qué, justo el segundo antes de verte.

Y siguió sola desde ahí. La escribió, sin decidirlo, en la primera persona de un hombre que se aparta, que cancela, que suelta una mano —una voz que no era la suya—, y ni eso la extrañó.

Habló de un frío sin invierno. De una mano sobre el reloj.

De una corriente que grita para sin contar la verdad.

De soltar una mano que no había llegado a tomar.

Cuando terminó, ya aclaraba, y Verónica se quedó mirando la letra sin entender cómo sabía tantas cosas que ella no sabía.

La grabó unas semanas después. Le puso un nombre que le pareció el único posible, una palabra que le rondaba la cabeza desde esa esquina sin que supiera por qué.

La llamó Casualidad.

Es la canción con la que empezó este libro.

La que escuchaste al principio, si escaneaste el código, como un despecho cualquiera de esos que duelen bonito en el auto, a oscuras.

La voz que oíste era la de ella. El dolor que oíste era verdadero, y no tenía causa, y sin embargo la tenía toda.

Era el único pedazo de un amor de mil vidas que logró cruzar al otro lado: no un recuerdo, no una cara, no un nombre.

Una canción. Lo que no se puede recordar, a veces, se puede cantar.

Verónica vivió. Eso es lo que importa, y por eso lo repetimos.

La canción le fue bien, después le fueron bien otras, tuvo la vida larga y suya que volvimos tantas veces a comprarle.

Algunas noches, sin motivo, la agarraba una tristeza honda y sin herida, y ella, que era inteligente y no creía en estas cosas, la dejaba pasar y la llamaba cansancio, o nostalgia, o nada.

Nunca supo por quién era. Nosotros sí. Pero a nosotros ya no nos quedaba forma de decírselo, y quizás era mejor así.

Y ahora quedas tú.

Te lo prometimos en la primera página y venimos a cumplirlo. Antes de que cierres el libro, te vamos a pedir que escuches la canción otra vez. La misma. La de ella. El segundo código, al final de esta página.

Solo que ya no va a ser la misma canción.

Porque ahora ya sabes. Ahora, cuando ella cante crucé la acera sin saber por qué, vas a saber por qué.

Cuando diga una mano sobre el reloj que me susurra para, por favor, vas a saber de quién es la mano.

Cuando llegue al final y susurre da marcha atrás, da marcha atrás, vas a oír, debajo de su voz, otra voz: la nuestra, la de todos los que volvimos, soltándole la mano una vez más para que ella pudiera estar viva para grabarla.

La misma letra. Dos canciones. Una antes de saber y otra después. Igual que tu vida, que es siempre la misma y cambia entera el día que entiendes de dónde te vienen los presentimientos.

Y entonces, cuando termine, y bajes el teléfono, y te quedes un rato en silencio, queremos que pienses una sola cosa más. La que te pedimos desde el principio.

Esa vez que cruzaste la calle un segundo antes. Esa cita que cancelaste con una excusa que no era tuya. Ese mensaje que borraste con el pulgar. Ese escalofrío sin tormenta, esa alarma que no sonó en ningún reloj y sin embargo te despertó por dentro.

¿Y si no era casualidad?

¿Y si alguien que fuiste, y que no recuerdas, te estaba sacando de una condena que nunca vas a ver?

¿Quién te avisa mientras duermes? ¿Quién te cose esa intuición?

No te pedimos que nos creas.

Solo que, la próxima vez que sientas el frío sin invierno, dudes un segundo antes de llamarlo casualidad.

Algo nos dice…

algo nos dice que ya fue.

Da marcha atrás, por favor.

Da marcha atrás