Capítulo Veintisiete
Sami Khalid Al-Mansour nació justo a medianoche del once de enero. Tanya logró escapar de sus futuros parientes al amanecer, y regresó a casa arrastrándose con las primeras luces del día para meterse en la cama.
No vio ni supo nada de los Al Mansour durante un mes entero…
un mes en el que se sumergió de lleno en el trabajo en una clínica de rehabilitación cerca del hospital.
Atendía pacientes durante el día, y cuando el desasosiego de las noches se volvía insoportable, empezó a trabajar a tiempo parcial en un gimnasio como entrenadora personal.
Era agotador, pero al menos cuando caía rendida en la cama dormía, en lugar de quedarse despierta pensando en aquel joven apuesto y testarudo que le había robado el corazón para luego abandonarla.
Exactamente un mes después de la última vez que había visto a Sarah, acudió a abrir cuando sonó el timbre. Parte de su cansancio se desvaneció al ver a su amiga en el umbral, con el pequeño Sami bien arropado y durmiendo plácidamente en sus brazos.
—¡Sarah! —exclamó con auténtica alegría.
—Intenté llamarte un par de veces —explicó Sarah mientras entraba—. Pero no estabas. Así que vine justo a tiempo de ver cómo se encendían las luces. Llegas tarde a casa.
Tanya hizo una mueca. —Ha sido un día muy largo.
Apartó los cojines decorativos y esperó a que Sarah se acomodara en el sofá antes de sentarse a su lado.
Se inclinó para acariciar la pelusilla oscura de la diminuta cabeza de Sami y le pasó el dedo por la suave mejilla.
Con una sonrisa, Sarah se lo tendió. Tanya cogió al bebé y lo acunó con delicadeza, embelesada con aquellos rasgos preciosos, con la manita que se cerraba en torno a su dedo con un agarre firme incluso dormido.
Era imposible no pensar que, si las cosas hubieran salido de otra manera, quizá ahora ella también estaría esperando tener a su propio hijo en brazos…
un hijo suyo y de Bennett. Los días que había pasado hacía un mes en compañía de Elyse y Jauhara, en el seno mismo de la familia Al Mansour, solo habían agravado el dolor.
Apartó aquel pensamiento y alzó la vista para descubrir que Sarah la observaba con serena intensidad.
—Últimamente trabajas demasiado.
Tanya no podía fingir que no sabía a qué se refería.
—El trabajo ayuda. Hace mucho, antes de decidir irme con Bennett a Taqara, cuando aún pensaba que algún día me dejaría, solía decirme que sería más fácil sobrellevar el dolor una vez que se hubiera ido de verdad. Pero es mucho peor. Me siento tan… vacía, sabiendo que ya no está.
Un destello de dolor cruzó el rostro de Sarah, y Tanya cayó en la cuenta, demasiado tarde, de que su amiga también había pasado por aquello, convencida de que Khalid había vuelto a Taqara y la había abandonado para siempre. Alargó la mano y le tocó el brazo.
—Lo siento. Se me olvidó…
Sarah negó con la cabeza para tranquilizarla, aunque su sonrisa tembló a pesar de todo.
—No pasa nada. Por un momento me ha transportado a aquellos días terribles en que pensé que no volvería nunca. Sigue siendo mi peor pesadilla.
Pareció dudar, y Tanya se preguntó qué ocurría.
—Tanya… —Sarah pareció respirar hondo—. Khalid y yo nos vamos a Taqara a finales de mes, de visita durante un par de semanas. Quiere enseñarme la casa de los Al Mansour y presentarnos a Sami y a mí a toda la familia.
Tanya no estaba preparada para la punzada de dolor que la atravesó.
—Será un viaje maravilloso —logró decir. ¿Querrían que les cuidara la casa mientras estaban fuera?
—Sí. —Sarah sonrió radiante. La felicidad le iluminaba el rostro—. Todos están deseando ver a Sami, y parece mejor ir nosotros que hacer que vengan ellos. ¡Hay tantísimos parientes, Tanya! Es increíble. He tenido que hacer fichas para intentar recordar quién es quién. El caso es que…
Se mordió el labio y miró a Tanya con aire evaluador. Tanya se preparó para lo que viniera.
—Queremos que vengas con nosotros —soltó Sarah atropelladamente—. Khalid dice que si me das tu pasaporte, puede conseguirte el visado para cuando nos vayamos. Y volaremos en el jet privado de Rashid, así que no te costará nada.
Tanya forzó una risa para esquivar el verdadero tema. —¿Khalid aún no se fía de los vuelos comerciales?
Sarah respondió con una sonrisa algo traviesa.
—No. Parece incapaz de dejar de tratarme como si fuera de porcelana, como si fuera a romperme en cualquier momento.
Ahora escúchame un momento, Tanya, ¿vale?
Quiero que me des tu pasaporte. Lo digo en serio.
Ahora mismo. No te comprometes a nada por sacar un visado.
Aún tendrás dos semanas para decidir. Si en el último momento, ya en la escalerilla del avión, decides que no quieres venir, no tienes por qué hacerlo.
Pero sin visado, no tendrás la opción de cambiar de opinión a última hora y venir con nosotros.
—Pero, Sarah…
Su amiga la fulminó con la mirada, y Tanya cerró la boca.
—Dame tu pasaporte. Y luego tómate estas dos semanas, Tanya, para reflexionar en serio sobre lo que quieres de verdad.
Este último año, con Bennett, todos dedicamos mucho tiempo a ayudarle a decidir sus metas, lo que quería hacer.
Oímos hablar de sus sueños, sus objetivos, los antiguos y los nuevos. Pero ¿y tú qué?
—¿Yo? —Tanya parpadeó desconcertada. ¿Y ella qué?—. Sabes que llevo años planeando desarrollar mi consulta, mi reputación…
Sarah la detuvo con solo ponerle una mano en el brazo.
—Tanya, nos conocemos desde hace un par de años.
Sí, siempre has tenido este plan… esta meta…
de convertirte en una fisioterapeuta de primera, de que la gente se dispute tus servicios, de volar por el mundo de un trabajo a otro.
Pero ni una sola vez, en todo este tiempo, has dicho ni dado a entender de ningún modo que ese sea tu sueño. ¿Cuál es tu sueño, Tanya?
Una familia propia. Ese había sido siempre su sueño, desde que tenía memoria. El mero pensamiento era tan doloroso que lo apartó de su mente. Se encogió de hombros.
—Mira adónde le llevaron a Bennett sus sueños.
—Perseguir su sueño no fue lo que lo hizo volar por los aires con esa mina.
No es que lo derribaran del cielo —señaló Sarah con un pragmatismo irritantemente sensato—.
Pero la cuestión es que sí persiguió su sueño, lo mejor que pudo.
Luchó por él, se sacrificó por él. Sí, se truncó.
.. pero durante unos años, Bennett pudo hacer lo que siempre había soñado.
.. pilotar sus cazas. Este último año, lo ayudaste a forjar nuevas metas, un nuevo camino que seguir.
Y en ese tiempo, también forjó un nuevo sueño, Tanya, y tú formas parte de él.
La pregunta que debes hacerte es: ¿forjaste tú también un nuevo sueño? ¿Y Bennett forma parte de ese sueño?
Se levantó del sofá y se inclinó para coger a Sami de los brazos de Tanya.
—Ve a buscar tu pasaporte, Tanya. En esto no te doy a elegir. Deja que te consigamos el visado mientras lo piensas y decides qué es lo que realmente quieres hacer con el resto de tu vida.
No tenía por qué ir realmente a Taqara, se dijo Tanya mientras entraba en su dormitorio.
No pasaba nada por hacer feliz a Sarah dejando que le consiguieran el visado.
Ya suavizaría el golpe más tarde ofreciéndose a cuidarles la casa mientras estuvieran fuera y a regar las fucsias y los hibiscos que tanto le gustaban a Sarah.
En cuanto al resto... simplemente no pensaría en ello.
Le gustaba su trabajo, estar con los niños, ayudarlos a superar sus discapacidades.
Viajaría e iría a lugares exóticos. La perspectiva ya no le resultaba tan emocionante como antes.
De hecho... ¡No! Frenó ese pensamiento en seco.
Esto era lo que quería de la vida. Había planificado toda su vida, y tenía los pies bien plantados en el camino que había elegido hacia su meta.
Tanya frunció el ceño mirando el delgado librito azul que descansaba en el cajón de su escritorio.
Ahí estaba esa palabra otra vez. ¿Qué tenía de malo tener una meta?
Las metas eran alcanzables, algo por lo que esforzarse, que se podía lograr.
Los sueños eran solo eso... sueños. Ilusiones que podían arrebatarte antes de que siquiera estuvieran a tu alcance.
O justo cuando por fin pensabas que podía hacerse realidad, se desvanecía, como. .. Bennett.
Tanya cerró el maletín de golpe y fue resuelta a la sala de estar.
—Toma. —Le tendió el pasaporte a Sarah.
Sarah no dijo nada mientras lo guardaba en el bolso, pero se volvió al llegar a la puerta.
—Prométeme que lo pensarás —dijo.
Tanya asintió con cansancio.
—Te lo prometo.
Sarah salió al rellano y se dirigió a las escaleras, pero se detuvo y miró hacia atrás.
—Jauhara me contó, ¿sabes?, lo que le dijiste. Que si quería a Saiid, tendría que ir a por él. ¿Quieres a Bennett, Tanya? Si es así... ven con nosotros y ve a buscarlo.
Tanya se quedó mirando a su amiga, y de pronto recordó aquella conversación de hacía tanto tiempo con su madre. ¿Qué le había dicho Mary? No tengas miedo de arriesgarte. Si quieres a Bennett, haz lo que haga falta para estar con él.
Había dejado de lado sus metas en aquel entonces.
Había estado dispuesta a hacer lo que fuera necesario para estar con Bennett.
Incluso se habría plantado ante él, de haber sido posible.
Pero no lo había sido, porque él se había marchado, lejos, a Taqara.
.. un país que no admitía visitas sin invitación.
Pero ahora... Tanya sintió una perversa satisfacción mientras miraba a Sarah y veía cómo la expresión seria de su amiga se disipaba. Se echó a reír y se lanzó hacia Sarah, abrazándola con fuerza.
—¡Lo haré! —anunció—. No se va a librar de mí tan fácilmente.
—¡Sí! —Sarah rebuscó en su bolso, no sin dificultad, porque tenía que hacer equilibrios con el bebé y la bolsa de los pañales—.
No pensaba darte esto hasta más tarde...
lo guardaba como último recurso. Pero parece que no hace falta.
Me lo envió el Dr. Milan, porque que él supiera, seguías quedándote con nosotros, trabajando con Bennett.
—¡El Dr. Milan! —Tanya empezó a desdoblar la hoja de papel que le había dado Sarah—. Trabajé para él, era el mejor cirujano ortopédico que he conocido. Se fue al extranjero a dirigir una clínica importante que estaban abriendo en...
Miró a Sarah con los ojos muy abiertos mientras los recuerdos afloraban... ¡No podía ser casualidad!
—En Taqara... en Al Qalat.
—Sigue —la animó Sarah—. Lee lo que dice.
—Quiere que vaya. —Tanya recorrió la carta con la mirada, sin dar crédito a lo que leía—.
Al hospital infantil de allí. Siempre le conté que quería viajar, y se acordó.
Me ofrece un puesto en el centro de cirugía ortopédica infantil.
Visado... gastos de viaje... alojamiento. .. billete de ida y vuelta...
—No necesitarás el visado ni el alojamiento —dijo Sarah con suficiencia—.
Y mientras estés en Taqara con nosotros, puedes pasarte por el hospital, conocer el trabajo y ver si te gusta.
Si las cosas funcionan con Bennett, puedes ir y venir.
Khalid dice que desde la finca de la familia solo hay unos treinta minutos en coche hasta el hospital.
—Podría tenerlo todo —susurró Tanya, alzando la vista hacia Sarah.
—Sí —Sarah parecía muy satisfecha de sí misma—. Puedes tenerlo todo.