Capítulo Veintiséis #3
Tanya asintió. —A veces forma parte de mi trabajo.
Cuando alguien está tan herido, cuando el camino de vuelta es tan largo, es más fácil rendirse.
Algunos están empeñados en recuperarse, y hay que frenarlos para que no se lesionen más con su afán.
Otros abandonan a mitad de camino cuando no avanzan como quisieran, y otros se rinden antes siquiera de empezar.
Para Saiid, quizá sea demasiado tarde en cuanto a las lesiones físicas.
No lo sé, eso tendrían que decidirlo los médicos.
Pero es en el interior donde está el peor daño, donde más le duele.
Y ahí solo puedes ayudarle tú. Si quieres.
—Sí, por supuesto. —La respuesta de Jauhara fue instantánea, pero vaciló.
Jugueteaba con los pliegues de la falda, los dedos temblorosos—.
Pero solo si... solo si todavía me quiere.
¿Y si de verdad ha cambiado de opinión, de corazón?
Era terrible pensar que estaba muerto. Saber que está vivo, pero que ya no me ama. .. es muy duro. Muy duro, Tanya.
Tanya se puso de pie y tiró de la mano de Jauhara.
—Solo hay una manera de averiguarlo.
—Pero... ¿y si ya se ha ido?
Tanya no pudo evitar reírse y negó con la cabeza mirando a la otra mujer.
—Jauhara, si crees por un momento que Khalid... o Elyse... lo dejarían salir de esta casa antes de que hayas tenido tu oportunidad con él, ¡no conoces a tu familia tan bien como crees!
La sonrisa con que respondió Jauhara fue tímida, pero era una sonrisa de verdad, con sus ojos oscuros brillantes y un toque de picardía. Saiid no tenía ninguna oportunidad, decidió Tanya.
De hecho, la batalla terminó casi antes de empezar.
Reinaba un silencio relativo en el salón cuando Tanya y Jauhara se reunieron con la familia.
Tanya notó que los hombros de Saiid se tensaban y que apretaba con fuerza las manos sobre los muslos antes de levantar la cabeza para mirar a Jauhara.
Aunque parecía prepararse para lo peor, sostuvo la mirada de Jauhara sin vacilar.
Al sentir los ojos de Khalid sobre ella, Tanya se acercó a donde él y Sarah estaban sentados.
Captó el asentimiento casi imperceptible de Sarah y se tranquilizó; el nudo de ansiedad en el estómago se fue deshaciendo.
La mirada que Jauhara lanzó a su hermano mayor fue acerada e implacable, pero fue directamente a plantarse frente a Saiid.
Tenía los dedos entrelazados ante ella mientras se enfrentaba a su esposo.
Había un hambre desnuda en el rostro cicatrizado de Saiid mientras la miraba, y tanto dolor que a Tanya se le encogió el corazón de pena por él.
—¿Puedes decirme, Saiid...? —la voz de Jauhara tembló. Hizo una pausa, como si reuniera fuerzas—. ¿Puedes decirme, aquí y ahora, a la cara, que ya no me amas?
Se hizo un silencio absoluto en la habitación. Saiid tragó saliva convulsivamente; la mano derecha le temblaba.
—No. —Su respuesta fue ronca, apenas un susurro—. Nunca podría decirte eso. Jauhara... noor ayouni, luz de mis ojos, nunca podría dejar de amarte. Pero mi rostro... mi mano. Mi pierna.
Jauhara se arrodilló ante él.
—Saiid, la última vez que te vi, me salvaste de aquel soldado.
¿Recuerdas? Intentó... violarme. —No miró a su familia, pero se le subieron los colores a las mejillas.
Continuó, cubriendo las manos de él con las suyas—.
Si él hubiera... conseguido... ¿habrías dejado de quererme?
Si me hubiera dejado el rostro como el tuyo, ¿te habrías apartado de mí?
—W-allahi, por Alá, nunca —juró Saiid—. Eres mi vida, mi mundo. ¿Cómo iba a apartarme de ti?
—Pero cuando te pasó a ti, te apartaste de mí.
Es a ti a quien amo, Saiid. No a tu rostro ni a tu brazo.
Para mí solo has existido tú. Pero no me diste ni la oportunidad.
Elegiste huir antes que arriesgarte a que te rechazara.
Pero elegiste mal, esposo mío. No habría dejado de amarte. Por nada del mundo, jamás.
Los dedos de él parecían casi aplastar los de ella.
—¡Soy espantoso! —Las palabras brotaron de él—. Un monstruo. Los niños huyen de mí por la calle. La gente me evita... les da miedo mirarme a la cara.
—¿Y tú los miras a la cara? —preguntó Jauhara con voz dulce.
El silencio de él fue su respuesta. Jauhara se levantó y tiró de él para que se pusiera en pie a su lado.
—Ven. Verás a nuestros hijos. Y luego hablaremos, tú y yo.
Khalid se había puesto de pie y los encaraba.
—Saiid.
La advertencia no pasó desapercibida para Saiid, que inclinó la cabeza en señal de aceptación.
No tocaría a su esposa mientras siguieran divorciados.
Tanya sintió verdadera lástima por él, consciente de que tendría que decirle a Jauhara, si no esa noche, al menos muy pronto, que ya no era su esposa.
—Ya que Jauhara y Saiid necesitan un rato a solas —dijo Sarah, tirando de la manga de Khalid—, este sería un buen momento para ir al hospital.
Tanya se volvió a mirarla. Los demás en la habitación hicieron lo mismo. La sonrisa de Sarah titubeó, algo insegura.
—Yo, eh... creo que nuestro hijo quiere hacer su aparición.