Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Veintiséis #2
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Capítulo Veintiséis #2

Se sentó en el borde de la fuente y le puso la mano en el hombro. Jauhara alzó la vista, conteniendo los sollozos que le atenazaban la garganta. Tanya vio sorpresa en aquellos ojos empapados del color de los pensamientos.

—Sé que apenas me conoces —dijo Tanya—. He pensado que quizá podría ayudar.

—No puedes ayudarme —Jauhara se abrazó a sí misma, temblando pese al calor de la noche—. Nadie puede ayudarme.

Tanya recordó su viejo adagio favorito: la sorpresa es la esencia del ataque.

—¿Amas a tu marido? —preguntó a bocajarro.

Jauhara se echó hacia atrás y la miró como si hubiera perdido el juicio. En sus expresivos ojos marrones se leían el asombro y un profundo dolor.

—¿Amarlo? —Las palabras parecieron escapársele solas—.

Siempre lo he amado. No ha habido nadie más para mí que Saiid desde que tenía cuatro años.

Cuando pensé que había muerto, yo también quise morir.

Pensé en seguirlo... no deseaba otra cosa que estar con él.

Pero estaban los niños. Así que me quedé.

Su voz se redujo a un susurro doloroso. —Nunca pensé, ni una sola vez... nunca pensé que estaría vivo... pero que ya no me amara... que no me quisiera.

Cerró los ojos como presa de una agonía, y las lágrimas brotaron bajo las largas pestañas. —No me quería —susurró con la voz rota.

—¡Sí te quiere! —Tanya puso todo el énfasis que pudo en las palabras—. Te ama. Pero si quieres recuperarlo, Jauhara, vas a tener que luchar por él. Si te rindes, si dejas que se aleje de ti ahora, lo perderás para siempre.

Sus palabras surtieron el efecto deseado. Jauhara se echó hacia atrás sobre los talones y se secó las lágrimas con las manos antes de alzar la vista. Era una de esas mujeres afortunadas, advirtió Tanya con un punto de envidia, que podían llorar a moco tendido sin perder ni un ápice de su belleza.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Jauhara.

Tanya dio unas palmaditas en el murete bajo donde estaba sentada, y Jauhara se levantó y fue a sentarse a su lado.

—Cuando miraste a Saiid, allí en el pasillo hace un momento, ¿qué viste?

—¿Ver? —los ojos de Jauhara mostraban solo genuina perplejidad—. Vi a Saiid.

Tanya la miró con igual perplejidad. Era imposible que hubiera pasado por alto esas cicatrices. Lo intentó de nuevo.

—Te pusiste delante de él y le sostuviste el rostro entre las manos. Lo besaste. En la boca, en las mejillas. Piensa, Jauhara.

La hermosa frente se frunció. Tanya reconoció el instante exacto en que Jauhara comprendió lo que quería decir.

—Su rostro —susurró—. Oh, lo que le hicieron a su rostro. No... apenas me di cuenta. Solo vi que era mi Saiid.

—Eso no es todo —le dijo Tanya, sosteniéndole la mirada con firmeza—. Khalid me dice que apenas puede usar la mano derecha. También le rompieron la pierna en muchos sitios. No sé nada de su estado, ni si la cirugía podría ayudar, pero Khalid dice que siempre cojeará.

El rubor le subió al rostro a Jauhara, y sus ojos centellearon de furia.

—Los soldados eran como animales. Peor —escupió con rabia—. Las cosas que le hicieron a nuestra gente. A Saiid.

—Entonces debes intentar comprender —Tanya escogió sus palabras con cuidado—.

Saiid es un hombre destrozado. Está lisiado y desfigurado.

Está avergonzado, Jauhara. Avergonzado de que lo veas así.

Te ama, pero piensa que ya no lo amarás; no ve cómo podrías.

Siente que ya no te merece. A su manera, está intentando hacer lo que cree que es mejor para ti.

—Él es lo mejor para mí —Jauhara sorbió por la nariz, usando el borde de su blusa para secarse las lágrimas que le brotaban sin cesar—.

Nunca quise nada más que pasar mi vida con Saiid.

Si tiene cicatrices, o camina cojeando..

. sigue siendo mi esposo, el hombre a quien amo.

Por dentro, sigue siendo Saiid. Nada más me importa.

—A él sí le importa —señaló Tanya con suavidad.

Jauhara la miró fijamente durante un largo momento. Lentamente, los ojos de gacela se entrecerraron mientras comenzaba a comprender del todo.

—¿Pensó que lo rechazaría por lo que esas... esas bestias le hicieron? ¿Dejó que sus hijos crecieran sin padre porque cojeaba? ¿Me dejó creer que estaba muerto durante doce años porque le avergonzaba su rostro?

Eso lo resumía todo, reflexionó Tanya, mientras observaba a Jauhara ponerse de pie de un salto y caminar de un lado a otro por la hierba.

—¡Lo amaba! —hizo un gesto con la mano, elegante incluso en su ira—.

Habría estado a su lado siempre. ¡Debería haberlo sabido!

En cambio, me dejó llorándolo, guardando luto.

He estado en agonía... ¡agonía! Tantas veces solo quise morir también.

Tantas veces pensé en reunirme con él. No lo hice porque estaba mal, y por los niños, pero ¡oh, cuánto quería hacerlo!

Tantas veces. Y ahora... ¡ahora! Descubro que, si lo hubiera hecho, seguiría estando sola.

No lo habría encontrado allí, esperándome.

¡Porque seguía vivo, pero avergonzado por unas cicatrices y una cojera!

Esto era bueno. Tanya apenas se había atrevido a esperar que pudiera sacar a Jauhara con tanta eficacia de su estupor paralizante y su dolor hacia una ira saludable. La joven caminaba de un lado a otro con agitación, y sus largas faldas ondeaban alrededor de los tobillos.

—No me merece —bramó—. No merece tener mi amor, tener unos hijos tan maravillosos como los que hemos tenido juntos. ¿Qué se ha ganado sino que lo eche de esta casa?

Hermoso, aprobó Tanya en silencio. Pero un poco incoherente.

Tuvo que reprimir una risita al ocurrírsele que Khalid también perdía soltura con el inglés cuando lo dominaba una emoción intensa.

Pero era hora de bajar a Jauhara de esas cumbres de indignación antes de que irrumpiera en la casa en busca de venganza.

Tal como estaban las cosas, parecía probable que echara a Saiid de la casa; aún más probable que él obedeciera la furiosa orden de su esposa.

Si bien podría resultar gratificante para Jauhara.

.. probablemente para todos ellos... a corto plazo, a la larga sería contraproducente, porque Saiid desaparecería una vez más, y esta vez no volvería.

—Pero sí lo amas —le recordó a Jauhara—. Así que ven, siéntate conmigo y piensa en algunas cosas.

Todavía ruborizada de ira, Jauhara parecía dispuesta a negarse. Finalmente, con algo muy parecido a un mohín petulante, se sentó junto a Tanya.

—Vuelve a ver su rostro —sugirió Tanya con suavidad—. Visualízalo como lo hiciste hace un momento.

La ira abandonó a Jauhara, y sus hombros parecieron hundirse. Un leve suspiro se le escapó de los labios.

—Sí, lo recuerdo. Es muy malo, ¿verdad?

Tanya no se anduvo con rodeos.

—Es espantoso —levantó una mano, atajando la protesta instantánea—. ¿Quieres palabras corteses o quieres recuperar a tu esposo?

Se hizo el silencio.

—De acuerdo. Ahora piensa un momento. Piensa en lo que debe de ser para Saiid vivir con ese rostro.

Verlo en cada espejo, en cada escaparate.

Saber que cuando camina por la calle, eso es lo que la gente verá.

No hay manera de ocultar las cicatrices, ninguna forma de cubrirlas.

Tiene que vivir con eso día tras día. Él no puede aceptarlo, Jauhara.

¿Cómo va a creer que tú aceptarás lo que él mismo no puede?

—Pero seguro que hay cirugía —susurró—. No tiene que vivir así. No es tan rico como nosotros, pero tiene más que suficiente. Podría permitirse lo mejor.

—Por supuesto —asintió Tanya—. Pero es un hombre orgulloso que ha perdido el ánimo. Creciste en una familia llena de hombres orgullosos. Seguro que puedes entenderlo.

Los ojos oscuros miraron a Tanya con seria determinación.

—Bennett también quedó lisiado —argumentó Jauhara, sacudiendo la cabeza—. Y el lado de su rostro, tan destrozado, tan marcado, no tan malo como el de Saiid, es cierto, pero aun así muy malo. Su sueño de volar, perdido para siempre. Y él pudo aceptarlo, seguir adelante.

Tanya asintió. —Sí. Pero a Bennett lo hirieron, no lo torturaron. Y los soldados sí torturaron a Saiid. Tortura, Jauhara. No solo pretendían destrozarle el cuerpo. Querían destrozar al hombre que había dentro. Y lo consiguieron.

Finalmente, Jauhara comprendió. Sus ojos se fueron llenando de lágrimas.

—Mi pobre Saiid —susurró—. Es un hombre maravilloso, Tanya. Muy orgulloso, sí, pero siempre tan bueno. Tan cariñoso. No merece esto.

Inclinándose hacia delante, Tanya entrelazó sus dedos con los de Jauhara.

—Creo que tú eres el camino de regreso de Saiid —dijo con seriedad—.

Khalid lo intentó durante años. Debes creer en tu hermano, Jauhara, y no enfadarte con él.

Khalid siente que te ha traicionado, y sé por Sarah que cree que nunca lo perdonarías si descubrieras la verdad.

Discutió con Saiid por esto. Hizo todo lo posible por llegar a él.

Tu hermano odiaba lo que Saiid te estaba haciendo, le juró que no te importarían las cicatrices, la cojera.

Que seguirías amándolo. Pero nada de lo que dijo sirvió de nada.

—Pero si no quiere creer... —murmuró Jauhara.

—Saiid no se rindió porque perdiera el rostro —le dijo Tanya—.

Se rindió porque, en su mente, te ha perdido a ti.

Sarah me contó que a veces llamaba a Khalid para preguntar por ti y por los niños.

.. y que lloraba. Ha estado perdido sin ti, Jauhara.

Da igual que fuera decisión suya. Todavía te ama, muchísimo.

Lo vi en sus ojos cuando te vio allí, junto a la cocina.

Pero no va a venir a ti por iniciativa propia.

Vas a tener que ir tras él y arrastrarlo de vuelta a la vida, aunque sea a rastras.

Jauhara la miró fijamente. —Hablas como si lo supieras por experiencia.